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martes, 17 de agosto de 2010

LEÓN DE 7 VIDAS

No lo saben todos, pero me gustan las Sevillanas (musicalmente hablando). Me gusta el flamenco, me gustan las saetas. Qué sé yo por qué; tal vez por ese buen amigo uruguayo-español-sefardita que tanta afición sentía por lo andaluz, o por algún ancestro indocumentado en mi propia familia, en fin, no lo sé. Pero ahí tengo ese gusto, instalado a sus anchas dentro de mí.

Todo esto viene a cuento por que nuestro querido Fernando de León ha comenzado ya la etapa de recuperación luego una compleja peripecia quirúrgica. La sala de operaciones no hizo la mínima mella en su generosidad ni en su calidez. Y es entonces cuando salta en mi memoria una sevillana llamada La buena gente. Aquí te va, Fernando, con toda estima:

¡Vivan las buenas personas
Que vivan las buenas gentes
Que vivan las buenas gentes
Esas que nunca traicionan
Esos que nunca te venden!

viernes, 30 de julio de 2010

LA DANZA DE LOS ENANOS




¿Cómo que qué es esto? Es la Danza de los Enanos, una fiesta (religiosa) para celebrar a la Virgen de las nieves, patrona de La Palma. Las Islas Canarias saben festejar de manera única. Y un amigo FUNDAMENTAL de este blog —oriundo de esas felices latitudes— necesita todo el ánimo posible para enfrentar algunos trámites complicados, pronto. Para él bailan los enanos esta vez.


domingo, 18 de julio de 2010

El Vals Triste, de Sibelius, en versión animada



La belleza teñida de tristeza que Sibelius imprimió a su famoso “Vals Triste” fue recogida con grandísima sensibilidad por el ilustrador italiano Bruno Bozzetto en 1976, para su película Allegro non Troppo.

Hábil parodia de “Fantasía”, el genial filme de Disney, la creación de Bozzetto, no obstante, es más refinada en su alcance expresivo. En el presente caso, un gato recorre las ruinas de una casa que conoció mejores tiempos, evocando la vida de sus antiguos habitantes antes que el lugar caiga ante la implacable urbanización. Los últimos acordes del vals se vuelven desoladores, y sin embargo, Bozzetto extrae de todo eso una belleza inolvidable. Arte, sin discusión posible.

Dedicado a cuantos amen un lugar ya desaparecido. O a quienes odien las urbanizaciones implacables.

domingo, 11 de julio de 2010

LA GENUINA ESTRELLA DEL MUNDIAL


Pulpo Paul
Lo suyo es comer mejillones y, de paso, acertar en el fútbol. El oráculo invertebrado de Oberhausen —mascota soñada de cualquier apostador— se convirtió en la imprevisible estrella de este Mundial sudafricano.

Un gran saludo a los amigos españoles que distinguen esta página con sus visitas. Esta vez, la Copa del mundo irá a las tierras del Quijote.

miércoles, 7 de julio de 2010

NORA

Mientras un pulpo se hace célebre en estos días por su talento como adivino, otro animalito, en este caso la gatita llamada Nora, se dedica... al piano.

¿Será pariente de nuestro Gatosierra?


domingo, 21 de marzo de 2010

TÍO ALBERTO



Yo tuve un tío inolvidable. Fue uno de los hermanos de mi abuela; se llamaba Antonio Fuenzalida, aunque debió llamarse Antonio Giusto. Que llevara un apellido diferente al de sus hermanos era el resultado de una triste historia que ya no importa; para mí simplemente era “mi tío Alberto”.

A este hombre lo distinguía de inmediato un atributo: su inteligencia aguda, ágil y sin titubeos. Me incitaba a la admiración oírlo exponer sus opiniones, o resolver sin mucho ajetreo asuntos que para los demás habían sido penosos durante horas. Tío Alberto se tomaba con buen humor esos pequeños triunfos, y además se complacía en ayudar… aunque tenía poquísima paciencia si alguien le pidiera repetir lo recién explicado.

Ese intelecto era responsable de una falta de calor emocional muy característica. La objeción provenía de las mujeres de la familia, quienes criticaban su estilo tachándolo de demasiado cerebral. A mí, en cambio, me agotaban ellas con sus comentarios. En mi propia experiencia, tío Alberto era siempre cariñoso, aunque ciertamente no excedía la medida. Con las emociones no tenía la misma pericia que con las ideas, pero se trataba de una forma de ser como hay tantas otras, y punto.

El afecto creció entre nosotros —fue mi tío favorito— gracias a 88 razones blancas y negras: el teclado del piano. Ahí, en la música, estaba nuestro verdadero lugar de encuentro, de comunicación y de entendimiento. Yo como alumno y él como maestro a la antigua usanza, involucrado personalmente para brindar a su pupilo una formación tan amplia como fuera posible.

Pues mi tío Alberto era pianista. El piano fue su instrumento y su sustento, pero no en la tradición clásica sino “popular”… a la manera de aquellos tiempos. Era pianista de salón. Quienes hayan visto la película “El Pianista” recordarán que el protagonista, Szpilman, se vio obligado a tocar en salones de té; de aquellos elegantes espacios les hablo, donde la fingida ligereza de la música exigía un serio dominio técnico.

Hubo una verdadera tropa de pianistas sobresalientes que ejercieron su arte sin que casi ninguno legara registros a la posteridad. El repertorio “albertino” lo formaban abundantes piezas pensadas para estos artistas (ritmos de baile, rapsodias, notables arreglos de música operática, sinfónica, etc.). Yo estudié esas partituras, y su calidad no desmerecía en nada frente a una buena música de piano “clásico”.

Tío Alberto llegó a tener banda propia, bautizada, claro, “Orquesta Don Alberto”. En su casa había un cuadro que enmarcaba un afiche de juventud, donde él aparecía en un óvalo central rodeado por los rostros de sus colegas, entre los cuales el más recordado era el clarinetista (hasta hoy recuerdo su apellido: Astorquiza). También conocí las partituras, impresas en la Alemania de Entre Guerras, con reducciones para “orquesta de salón”. Borodin, Weber, Glinka, Mendelssohn, Mozart, los infaltables valses de Strauss… todos ellos efectivos “resúmenes” para deleitar en esos brillantes salones.

Pero no sólo hubo salones. Tío Alberto fue un músico aventurero que había conocido la emoción y el calor que otros le supusieron ausente. Recorrió las noches de Valparaíso, enseñó música en la Armada, formó parte de una comisión que revisó el Himno Nacional chileno para ajustar mejor la letra a la música, fue pianista acompañante en clases de ballet de un colegio, o en bandas mayores… y aquí lucía otra capacidad extraordinaria: su lectura musical a primera vista. Podía leer instantáneamente todas las piezas que yo colocaba frente a sus ojos. Con ese atributo sorprendía a aficionados y entendidos. Intentó traspasármelo con poco éxito (en música soy un memorizador, no un lector).

Estas aventuras existenciales ya habían quedado atrás cuando aparecí en su vida para tomar mis primeras lecciones. Para entonces tío Alberto tenía unos 70 años, aunque seguía muy vital, siempre lleno de ideas, de opiniones. Vivía solo, separado. Su mujer, sus hijas y sus nietos vivían en el sur, en Concepción, y mantenían una fluida y cordial relación, seguramente gracias a la distancia.

Junto a mi tío, interpretando un dueto.
Si no engaño, era algo de Bellini.

Durante años yo fui su visitante casi diario. Compartimos muchas tardes junto al piano. Él me obsequió no sólo su conocimiento, sino su experiencia y, lo que es más, su historia, que explicaba en pequeñas “rapsodias verbales” que me deleitaba oír mientras tomábamos té o analizábamos algún partido de fútbol en la pantalla blanco y negro de su televisor... aunque él se ofuscaba más y más a medida que el partido avanzaba en torpeza y en varias ocasiones apagó el televisor por la “estupidez táctica” de los jugadores locales.

Cuando salí del colegio disminuí mi frecuencia en las visitas. Él seguía apareciendo en casa de mi abuela, pues vivíamos cerca. Aun así, yo me fui concentrando en los estudios y las nuevas vivencias de la juventud… y no me di cuenta que lo estaba dejando solo.

Él nunca me dijo nada, sino que se enorgullecía de mis logros. Cuando enfermó alcancé a visitarlo al hospital. Todavía recuerdo la alegría que demostró al verme aparecer junto a su cama y mi propia dicha de verlo nuevamente. Los enfermeros habían atado sus muñecas, porque la noche anterior, en un arranque de independencia muy típica de él, había concluido que no tenía nada más que hacer en el hospital y se levantó para irse a casa. Lo detuvieron en otro piso del edificio y lo devolvieron a su cama entre protestas. Ahí estaba esa tarde, “castigado”. Pero los enfermeros no sabían que él tenía la razón otra vez. Murió sólo días después. Quería tener, como todos, el último consuelo de morir rodeado por los rostros y espacios que eran suyos, no en un aséptica habitación comunitaria que nada dice de nosotros. Lo doloroso para mí no fue sólo su muerte, sino enterarme dos días más tarde que tío Alberto se había lamentado cierta vez de mi “abandono”, luego de aprender tanto de él. Es mi culpa que haya tenido esa impresión equivocada. Y hasta hoy me atraganto conmigo mismo en este asunto. Pasan los años y siempre ronda en mi conciencia esa falta de delicadeza mía hacia alguien que era tan, tan importante en mi vida. Pues detrás de esa “distancia cerebral”, él tenía un corazón magnífico.

Lamento no haber tenido tiempo suficiente para enmendar mi alejamiento, salvo esa visita de hospital que nos reconfortó a ambos. Quiero creer que, en esas circunstancias finales, él pudo entender que nunca lo había olvidado. Bien sabe que hasta hoy lo recuerdo con cariño. Por eso, y por tantas cosas más, le dedico estas líneas de homenaje. Gracias por todo, querido tío Alberto.

domingo, 14 de marzo de 2010

FOTO DE LA SEMANA


Excelencias, los temblores no vuelan...


El pasado 11 de Marzo ocurrió un hecho político de suma importancia para Chile: el gobierno elegido (centro-derecha) asumió oficialmente ese día, con la investidura del nuevo mandatario en el Congreso Nacional ante ilustres asistentes. Dos décadas de centro-izquierda llegaban a su fin. Sin embargo, nada de esto importó: la vedette del día no estuvo en el mundo político sino bajo los pies de todos. Tembló. Otra vez. Y con fuerza. Los (in)dignatarios presentes ignoraban en su mayoría la experiencia de un sismo, al menos de los que suceden ajenos a la malicia política. Pero aquel 11 de marzo volvieron con algo nuevo que contar en sus países de origen. Tres fuertes remezones sacudieron el protocolo en apenas media hora, justo en plena ceremonia. Y las pompas republicanas se volvieron de pronto muy intrascendentes.

Cosa divertida, los extranjeros fueron fotografiados mirando inquietos el techo del Congreso. Como dijo un sabio amigo: “Es curioso ver como todos miran hacia arriba, sin percatarse que la cosa viene de abajo. ¿Por favor, en manos de quiénes estamos?”.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

EL ÚLTIMO VALS

vals
Yo sé que cuando me vaya de este mundo, haré de mi mente un gran salón para reunir en él todas mis añoranzas. La melodía ya gastada de un vals vienés recuperará su hechizo como si sonara por primera vez, y yo saludaré de nuevo las imágenes de quienes quise y por quienes fui querido. Volverán mis mascotas a pasearse junto a mí, vendrán mis amigos a reanudar las conversaciones truncadas, diré las palabras que nunca dije y oiré las que pretendí no haber oído.

Entonces algún balcón abierto dejará entrar el viento fresco de la eternidad, y lo posible se hará real mientras los relojes se detienen. Quizás descubra que la propia vida eterna construyó su nido en ese reino que todo hombre lleva dentro de sí, profundo como un bosque virgen, donde nosotros somos más auténticamente nosotros mismos. Y cuando mi gran salón de oro viejo se vista con una luz inesperada, primigenia, recordaré a Mahler y sonriendo, diré: “Urlicht!”

Erich Kleiber, el gran Erich Kleiber, dirige El Danubio Azul. Por favor, aprecien las maravillas que esta batuta olvidada era capaz de desgranar: el sfumato repentino del sonido y la velocidad en las trompas que ascienden (0:24) realzando la tensión del acorde de séptima, la entrega de unos cellos que parecen cantar (00:44 y ss.), la energía que se levanta (1:12) y se relaja en tres notas que bajan, bien calculadas, detenidas en un silencio fugaz (1:37), dando paso al enunciado perfecto del tema y su desarrollo (1:40) que cobra fuerza y gracia a medida que avanza a su resolución (2:11); el sentido del rubato que aparece siempre con elegancia (3:46 o 4:49) o el delicioso matiz del volumen de la trompeta en las tres notas que subrayan la melodía: primero a volumen normal (4:18), luego más fuerte (4:22) y luego repitiendo la primera nota... pero levemente más despacio (4:25). En fin, es una interpretación cuajada de detalles inspirados y una dirección precisa y magnética como pocas. ¡Qué grande fue este primer Kleiber!

jueves, 8 de octubre de 2009

PADRE

Para que a los irritables se nos caiga al menos una vez la cara de vergüenza.

Dedicado a mi viejo, al que conocí tan poco.
Y gracias al Gato, que me sugirió el video.

lunes, 1 de junio de 2009

DE COLMENAS Y JACARANDÁS

Santiago

En la misma calle donde está mi trabajo existe un Instituto Neuropsiquiátrico. Es uno de esos lugares que inspiran contradicciones: realizan una labor que sabemos necesaria, pero ojalá no la tuvieran que hacer.

Santiago no facilita las cosas para nada, al contrario, las precipita. Es una ciudad desintegradora, una urbe extendida sin control ni piedad, como una plaga gris.

El estallido en las proporciones de las ciudades creó monstruosas colmenas de cemento; pero a diferencia de las que construyen las abejas, no existe en las nuestras un propósito compartido. Vivimos en una especie de colmena desmesurada y contradictoria, llena de ocupantes obsesionados con su propio y exclusivo alvéolo. Pequeñas criaturas desvinculadas entre sí y para quienes la “colmena” se ha vuelto ajena e inhóspita.

Además, las “ciudades de cera” en que viven aquellos insectos se amoldan a la colonia que albergan. Cada integrante puede recorrerla entera. Cuando hay demasiada miel o demasiados habitantes, la colonia se dividirá para formar un nuevo hogar. Las abejas “entienden” que la colmena no debe estorbar, sino favorecer la existencia.


Santiago, en cambio, hace rato que es un archipiélago de individuos dispersos, no una comunidad integrada. Lo que llamamos “nuestra ciudad” no suele ser más que “nuestro barrio”, porque el resto no cuenta en la vida diaria. La ciudad total es sólo un mapa en nuestras mentes, una figura abstracta que nunca podríamos rellenar con nuestra propia experiencia. Nos excede. Si al menos fuera un mosaico de lugares humanizados tendríamos el placer del descubrimiento, pero la belleza, a no ser gratas excepciones, parece haberse mudado a otro sitio.

Así, ¿cómo perderá el neuropsiquiátrico su abrumada clientela?

Una vez me contaron que para cierto filósofo, la medida ideal de las ciudades consistía en que desde su centro todavía pudieran verse los árboles de sus confines. Ni decir tengo que estoy absolutamente de acuerdo, pero subrayo el detalle de los árboles. Me basta recorrer un parque, aunque sea pequeño, para confirmar que la gente se siente a gusto allí, que han recuperado cierta ilusión de pertenencia y cierta noción de orden, que se complacen en otros ritmos, muy distintos al frenético pulso citadino. El neuropsiquiátrico, de hecho, en su breve jardín ha colocado un par de asientos rústicos sobre piedrecitas blancas, en compañía de arbustos amables donde el viento, por ejemplo, no pasa inadvertido.


Sobre estos espacios sencillos mecía sus colores un imponente jacarandá. Las ramas gruesas que se separaban desde el tronco esculpían formas armoniosas hasta multiplicarse en una copa llena de pájaros, y en primavera llena de flores lilas. No sé cuántos años habrá tardado en alcanzar su porte, pero el gran árbol era un restaurador de espíritus cansados. Más aún, era un desafío, una rebeldía contemplativa.

Y lo tumbaron.

Las autoridades del Neuropsiquiátrico quisieron ampliar su estacionamiento y como se sabe, el hombre que planifica para sí mismo ignora la delicadeza. Un lunes que parecía otro más alcé la vista para reconfortarme un poco… y sólo descubrí un vacío en el paisaje, a medio ocupar con cables eléctricos. Otro jacarandá más pequeño y mal cortado había sido perdonado, sí, pero ya no esparcía la silenciosa bondad de su predecesor. ¿Cómo un instituto destinado a sanar mentes heridas pudo ignorar al más poderoso de sus benefactores? Deprimente.

Todavía están allí las sillas, pero no el bienestar. Los clientes y los funcionarios, siempre apurados y de cabeza gacha, entran y salen; los automóviles siguen cruzando pomposos el portón, mientras el muro exhibe sus condenas a quienes estacionen frente a él... La dureza de la ciudad vino a ensuciar la esquina, y todo por cuestión de progreso.

Será por cosas como éstas que alguien escribió: “El progreso es enemigo de los árboles”.


sábado, 7 de marzo de 2009

Historia de Dos Hermanos (I)

[François Porché, 'Baudelaire - Historia de un alma', Cap. II]

“
Entre los seres que rodean a una vida, ¿cuáles son los reales y cuáles los fantasmas? ¿Acaso los seres humanos con los que nos codeamos a diario no son a veces sombras para nosotros?
Apenas había en Francia un autor célebre que Baudelaire no conociera personalmente o al que no se hubiese acercado alguna vez. Balzac había muerto, pero el poeta había conocido en la calle al gran novelista en la época en que era todavía un adolescente, y luego se vio con él muchas veces. Víctor Hugo estaba desterrado, pero anteriormente le visitaba Baudelaire en el número 6 de la Place Royale. Conocía a Théophile Gautier desde hacía mucho tiempo. Sainte-Beuve, a quien enviaba versos desde 1844, le trataba con benevolencia, por lo menos verbalmente. Baudelaire lo llamaba “el tío Beuve”. Delacroix, en cuyo estudio de la calle Notre-Dame-de-Lorette le introducía con frecuencia Jenny, el ama de casa, tomaba en consideración sus consejos. Sin duda se trataba de hombres cuyo talento, y hasta cuyo genio en lo que se refería a algunos de ellos, era indiscutible.

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Además contaba con camaradas, con colegas que eran verdaderos poetas o verdaderos escritores. [. . .] Y junto a los jefes de fila que Baudelaire admiraba, junto a los compañeros que estimaba, se apretaba el tropel confuso de las relaciones literarias: cronistas, folletinistas, críticos de arte, asistentes habituales a las comidas de Philoxene, el pequeño lírico cruel; a los viernes de Mürger y al café Tabourey, la cervecería Des Martyrs, el Divan Le Peletier, el café de la Régence, adonde Musset iba algunas veces a jugar al ajedrez; el fumadero de Valois; el restaurant Cousinet de la calle Du Bac. En esos lugares se estrechaban las manos, se cambiaban saludos y sonrisas convenidas, se compartían algunos entusiasmos y sobre todo algunas enemistades y había mucho ruido, muchos gestos.

”

martes, 24 de febrero de 2009

Historia de dos hermanos


Baudelaire fue hermano de Poe.
El vínculo entre ambos poetas constituye, de hecho, un episodio sorprendente —incluso conmovedor— en la famélica historia del reconocimiento humano.

Ambos nunca se conocieron personalmente, ni siquiera por vía de intermediarios. Baudelaire descubrió la obra del escritor norteamericano de manera fortuita, durante una visita a un club literario. Pero desde que su aguda inteligencia se deparó con Poe, una especie de temblor lo sacudió. Sintió una afinidad tan profunda como nunca más la tuvo con nadie; afinidad de ideas y de ideales, de visión y propósito. Años más tarde consagraría tiempo y genio a traducir las “Narraciones Extraordinarias”, llegando a un resultado único en la lengua francesa por atrapar no sólo la idea exacta, sino incluso el juego de sonoridades que cada lengua trae consigo. Precisamente aquello que se considera intraducible.

La admirable biografía que François Porché dedicó a Baudelaire destina dos capítulos al encuentro ideal de estos dos grandes creadores, de una forma tan elocuente y emocionante que me siento obligado a compartir aquí, poco a poco, fragmentos de dicha narración.

Estoy seguro que será una historia gratificante.

viernes, 30 de enero de 2009

“Este país...”

En el repertorio de frases lamentables que suelen frecuentar las conversaciones, existe una particularmente odiosa para mí. Son sólo dos palabras: “este país”, muletilla demostrativa que abre o cierra tantos comentarios. Dos palabras que provocan distancia entre quien las emplea y el objeto de su comentario... cuando en la amplia mayoría de los casos el comentarista es tan chileno como la falta que acusa. “Este país” no es sino nuestro país, el lugar donde vivimos nuestros días, el lugar adonde pertenecemos y en suma, el único lugar del cual somos verdaderamente responsables.

Supongo que se trata, otra vez, de esa urgencia tan nacional por vivir al margen del compromiso. Cuando alguien arremete con esa frase, recuerdo a Poncio Pilato. El usuario de la brillante fórmula parece lavar sus manos en ella, disculpando su responsabilidad con el mero hecho de lanzar una crítica... Las críticas, amigos míos, por sí mismas son sólo palabras; buenas palabras quizás, pero que no bastan, mucho menos si el visionario que hace la denuncia habita precisamente el lugar donde ocurren los hechos. ¿Para qué eludir el compromiso, tratando a nuestro país como si fuera tierra ajena?

domingo, 9 de noviembre de 2008

...ser cantado

Persistir en el tiempo. Derrotar al Olvido. Aspiraciones tan esenciales, que vertebran y justifican gran parte de nuestros esfuerzos una vez que abandonamos la niñez. A cambio de un puñado de años, la eternidad; envidiable trueque, ¿pero cómo conseguirlo? No pretendo despejar aquí un asunto tan intrincado, sino apuntar una de las maneras en que hemos ayudado a otros a lograrlo: el canto.

Por algún motivo todo aquello que nos llena el corazón, cautiva nuestro asombro o excede nuestra comprensión acaba transformándose en música. Y en poesía, claro, pero no habita en libros sino en voces. La posteridad en esta tierra es profundamente musical. También arquitectónica, pictórica o escultural; pero, por así decir, “la Esfinge no canta”. La vida que no impregna la piedra, palpita en las canciones. La música cantada —ya lo dije antes— implica necesariamente una recreación, revive con nuestro aliento; y como retribución, le permite a ciertas vidas quedar impresas en canciones, las cuales preservarán como un altar o un patíbulo sus mejores y peores momentos, mucho después que esas trayectorias hayan sido cortadas por el dedo seco de la muerte. Serán un testamento.

Todos aquellos que han motivado una canción popular pueden sentirse dueños de una cuota de inmortalidad. El Olvido suele cobrarse una pequeña venganza adulterando los rasgos originales en beneficio de la leyenda, pero eso no quita méritos. ¿Quién conoce hoy el humor con que despertaba Ulises, el peinado favorito de Scheherezada, los ademanes de Lorelei...? Ni siquiera sabemos si la leyenda los fabricó por completo, o si la sencillez de una humanidad como la nuestra era suya también, antes que las historias y las canciones cincelaran otro rostro. El Mozart histórico ha cedido su realidad a
un personaje de ópera (“Mozart y Salieri”, de Rimsky-Korsakoff) o del cine (“Amadeus” y su carcajada equina); otro tanto sucede con Leonardo, comienza a suceder con Einstein o sucederá con Juan Pablo II. La curiosa memoria humana recuerda mejor un Arquetipo, que un rostro común.

Pero eso importa poco. La música es un buen amuleto contra la muerte. Ya sea un himno gregoriano, una balada nórdica, un cante flamenco... ahí se va tejiendo la memoria que persistirá mucho más allá de nuestros propios días.



lunes, 3 de noviembre de 2008

Cantar ...


“Cantar en grupo es algo más que cantar”. Esta frase, que parece ociosa, adquiere pleno sentido cuando uno ha tomado parte en la experiencia. Podría decirse, además, que el canto coral da una buena noción de trascendencia. Deja de sonar nuestra sola voz y emerge otra, más elocuente, más flexible, más majestuosa: una voz comunitaria que funde los timbres personales.

Entonar esa voz al unísono o, mejor, en polifonía, lo lleva a uno por la senda razonada y sugerente de la música. Razonada, reitero, porque las líneas maestras de una pieza coral son premeditadas. Pueden conducirnos por el claroscuro de las emociones humanas, pero vividas y estilizadas por un compositor, que las asoció (misterio del genio) con determinadas armonías para dotarlas con la fuerza de lo evidente. En muchos casos, estas “evidencias” son tan elusivas a las definiciones verbales como el límite entre los colores de un atardecer, pero inspiran el gozo rotundo de la belleza. Es una alegría envolvente, sin duda, que se distingue de otras: ordenadora, “reconstructiva”, capaz de infundirnos la armonía que cantamos. Pues no se trata de una contemplación pasiva ni exterior; recreamos la belleza nosotros mismos, le pasamos algo de nuestra vida y ella corresponde. ¿Atisbo fugaz del gozo del Creador en el séptimo día? Muy probablemente.

Esta alegría de cantar recorre la historia de nuestra humanidad, y se mezcla con la gloria de ser cantado. Pero de eso hablaremos después.

Ahora escuchen una brevísima selección de obras corales, que equivalen a alegrías musicales.

viernes, 24 de octubre de 2008

Obsesiones

Todos tenemos nuestras rarezas (o “peculiaridades”) y en un blog caben por derecho propio. Entre las mías hay una que se conecta a la música —mi vicio— y que podría denominar “períodos de obsesión”.

Son mis gustos musicales: algo hace que de tiempo en tiempo sean “magnetizados” por una fascinación. Ya se trate de un compositor, un(a) vocalista, un grupo, da igual; puedo haberlo oído mil veces, como se oye sin oír la música del supermercado, pero un día algo sucede en mi cabeza. Se produce como una “revelación”.

¿Por qué algo así ocurre en un momento dado, y no en otro? La razón, creo, es simple: debemos madurar un poco para sintonizar con ciertas músicas, recopilar un “vocabulario de experiencias” para comprender a qué se refiere la música que tanto habíamos oído antes sin entender.

Ése es el punto. Siento que “entiendo” lo que esa música “dice”. Su “voz” se impone, induciendo un diálogo que persuade, convence, arrastra. Así se inicia un período de obsesión. El nuevo gusto será como un centro de gravedad que concentrará mi interés y todos mis pensamientos. No se puede predecir cuánto tiempo seguiré en esa órbita , pero mientras dure oiré sin tregua los mismos temas, o la misma voz, o la misma inflexión en el mismo pasaje, o la misma obra en varias versiones, varias orquestas, examinando la variedad de los matices casi con el embeleso de un niño que no se aburre de su juego.

(Hay un buen amigo al que casi agoté la paciencia cuando me vino obsesión con Evanescence y la voz de Amy Lee; yo también, remontándome más atrás, podría enumerar otros episodios centrados en la Novena Sinfonía de Beethoven, Weber y su “Freischütz”, Sibelius, la música rusa...)

Esta hipnosis, sin embargo, terminará un día tan bruscamente como apareció. Recuperaré la “normalidad”... o casi, porque he aprendido un nuevo idioma y será parte de mí.

Raro, ¿no? ¡Toda una forma de apasionamiento! Viene de ese día cuando niño, cuando mi madre me llevó con reverencia a cierta escuela. Entramos a una salita pequeña, pacífica, donde había un instrumento de madera negra; un piano. Sobre él reinaba el busto de un desconocido llamado Beethoven. Luego una amable mujer se acercó al instrumento conmigo, llevó sus manos al teclado y lo que sonó entonces cambió para siempre mi enfoque de la belleza. Era música clásica.

Por ende, no me quejo de mis obsesiones: sólo son consecuencia lógica del camino que elegí ese día. Digo más: me alegra ser capaz de conectarme tan íntimamente con la música. Pero no deja de ser una rareza. Una más de esas que todos tenemos.

sábado, 18 de octubre de 2008

Conjuro

Me ocurrió algo curiosísimo. Repasando, como de costumbre, algunas partituras desenterradas de la montaña que ha ido creciendo al lado del piano, llegué a una sonata de Beethoven —Los Adioses—. Me llamó la atención. Cuando empecé a revisar el movimiento final con dedos oxidados, sentí como si algo se desperezara en la memoria ... Van y vienen los compases de introducción, y llego al tema en la página siguiente... ¡zas!

Satie

Como un antiguo rostro amigo que comenzara a emerger de a poco desde la bruma ( «¿tú ... aquí??» ), así empezaron esas notas a volverse familiares. ¡Y tanto! Pero no logro recordar dónde, dónde las escuché tan claramente, que sin aviso se acomodaron entre mis recuerdos. Cada compás era un golpe de sorpresa. Casi podía predecir la siguiente combinación (“increíble, exacto, justo así ...”). ¿Qué era eso?

La melodía siguió tomando cuerpo, como algo que se conoce previamente, algo que se recuerda. Tiene la consistencia de un recuerdo de infancia, fragante de familiaridad. Para colmo de travesura, esa parte de la sonata se llama: El Regreso.

¿Tendrá algo que ver en el asunto su creador, Beethoven? ¿Le habrá comunicado a su obra esa aptitud? ¿O será una alquimia en que yo tengo que ver?

Sumergido en una vibración íntima, que nace en la memoria y se comunica a toda una serie de minucias, estuve largo rato tocando acordes, prisionero de ese raro ensueño, inundado en sensaciones de cosas lejanas que se hacían presentes, en aromas perdidos, en ese brillo dorado que rodea a las memorias de infancia.

Pero sigo intrigado (siempre ando tras la razón de las cosas). Ha sido el remezón del día. Ahora, acecharé los posibles recuerdos que haya por ahí, acurrucados en un objeto simple, o dormidos en una hoja desechada, como muñecos de arcilla esperando el aliento que los inunde de vida...

miércoles, 4 de junio de 2008

Diario de un Lobo Estepario



FELICES los que son como el Lobo Estepario. Ya habrán oído hablar de ese lobo que vaga solitario, asociándose a las planicies para habitar un poco su extensa soledad. Aunque estas criaturas se reúnen en jaurías, dice el mito que el lobo estepario sólo se acerca a sus congéneres obligado por causas tan inevitables como comer y procrear. Luego se aleja en busca de la inmensidad.

El estepario es un solitario convencido. Siente el imperativo de ir adonde nadie va para buscar lo que nadie aprecia. Añora el horizonte interminable. Allá, en esa lejanía, se reúne con lo verdaderamente suyo: una percepción sutil, intangible y fértil de la grandeza, que justifica su vida.

El estepario, en fin, es un arquetipo familiar: me apetece mucho más estar con nadie cerca, que con gente alrededor.

Gustos o ideas o reflexiones o tendencias, todas vibran con una afinación propia y ansiosa de expansión, pero que a poco andar se va quedando sin eco. No es la naturaleza de mis gustos; sólo se desajustaron de época. Aquellos seres humanos que se desprenden del canon social se encuentran súbitamente al centro de una “estepa” que los confina.

Existen también circunstancias personales que moldean esta identidad. Crecer sin hermanos y pocos (pero buenos) amigos; encontrar interés en las historias de ancianos que tuvieron vidas notables, por mucho que el resto del mundo no se enterara de ello; estar solo y descubrir que no es aburrido; llenar los silencios con música que se queda en la memoria; recuperar palabras inusuales, repasar páginas amarillentas... al final, todo esto va cincelando una silueta definida y definitiva.

Buscando conmigo mismo las huellas de mi música más personal, no hay nada de The Doors, The Cramberries. Asoman otros músicos... Dvorak, Beethoven, Tchaikovsky... No es pose; esa música me fascinó desde que la conocí! Es el lenguaje que mejor entiendo, donde la belleza encuentra un nombre, pronunciado en melodías.

Pero ahí está la estepa. La estepa de las bellezas aplastadas por el olvido o la moda. Este es el territorio marginal al que acuden tantos lobos. La gente cree que uno se vuelve triste... pero es al revés, la tristeza muerde cuando uno abandona lo que realmente prefiere, lo que sabemos que nos mueve, cuando se vende el corazón a cambio de una aprobación de corto plazo!

La estepa tiene un secreto; no es solitaria, sólo ha sido descrita como tal. Ya encontré amigos míos que compartían estos gustos. Poco a poco los congéneres se agrupan, sin invadirse, para afirmar pertenencia. A todos esos lobos de estepas propias, gracias por haber llegado a buscar entre todos el mismo horizonte.

domingo, 1 de junio de 2008

Rusia


¡Rusia! Ese nombre repica como un campanario
para quien les escribe.

No tengo una sola gota de sangre eslava —salvo que todos estos años haya ignorado algo importante—. Cargo en mis venas, claro que sí, la persistencia de otras culturas, como es norma en este Nuevo Mundo: ancestros genoveses y a través de ellos probable sangre hebrea; otro tanto de españoles, otro tanto nativo... y nada más. Con todo, desde pequeño Rusia fue el nombre para un imaginario de misteriosa belleza, cantero de esplendores distintos, absolutamente originales, sin deuda alguna con nuestras tradiciones.

Me atrajo ese mundo lejano, cubierto por nieves infinitas, regado por cúpulas doradas que interrumpían la monotonía con un estilo desconocido (mucho después adquirí la palabra correcta, “bizantino”); un país de gentes que usaban palabras sin relación con ninguna lengua conocida por aquí; que labraban maravillas literarias con un alfabeto secreto; que rezaban a íconos serios en santuarios grandiosos; patria de mujeres deslumbrantes, de ancianos con dulce mirada, de palacios con fantástico lujo que albergaba otra vez esa aureola legendaria, la misma que se concentraba en su monarca: el “Zar” — al lado de cuyo imperio, hasta la Antigua Roma parecía “el pariente pobre”...

Era además la patria de compositores que para mí, en mi niñez, eran los más grandes genios musicales. Tchaikovsky, Mussorgsky, Rimsky... siempre ese “sky”, símbolo de algo inesperado, del todo diferente pero perfecto. Allá tomaban una bebida clara como el agua, me decían, llamada vodka, pero no eran gente risueña, aunque sí bailaban con energía contagiosa. Allá vivían los cosacos, unos guerreros violentos llegados de una estepa que sólo ellos dominaban, la cual abandonaban cada cierto tiempo para recordarnos que eran temibles; cantaban canciones de áspera alegría, con gargantas capaces de emitir sonidos más bajos que cualquiera de nuestras voces.

En algún momento, ese gran país se había cerrado. No vivían como nosotros, me decían, sino bajo una vigilancia continua, una especie de reserva humana de la que se sabía poco... así lo pensaba uno, tan pequeño para entender las cosas a no ser que tuvieran “pinceladas absolutas”, igual que los cuentos de hadas.

Recuerdo haberme prometido que tendría amigos de Rusia, y que estaríamos contentos de habernos conocido, y haríamos muchas cosas juntos, mezclando nuestros mundos. Claro, cuando se es hijo único uno tiene el privilegio de elegir dónde tomará a sus futuros hermanos.

En fin. Hace poco me topé en Internet con algún blog sobre Rusia escrito por rusos que viven acá (algo que había buscado mucho tiempo) y esas lecturas me han transportado de vuelta a los (seguramente inexactos) recuerdos que mencioné. He podido sacudirme algunas ingenuidades infantiles, a la vez que confirmé varias admiraciones. Parece que era cierto aquello de su dureza —en comparación a nuestras formas latinoamericanas— pero tienen un corazón de oro. Claro que sí; en el fondo, eso representaban las maravillosas cúpulas bizantinas. En medio de un páramo frío, cubierto de nieve, emerge una joya de oro levantada para saludar a todas las miradas y alegrar todos los corazones.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Repiqueteo

(Escrito en Agosto de otro año)

LLUVIA ... FRÍO ...

...la ciudad se encoge en la húmeda sombra invernal. Mi techo repiquetea. “No es tan malo”, pensaba en la madrugada, entre sueños; “la lluvia es buen arrullo...” Pero un tejado tamborilero sólo causa gracia cuando le pertenece a otro. Las filtraciones serpentean hasta reunirse en algún punto de la oscuridad, y luego encuentran la manera de seguir su camino.

Caen, pero sobre mi conciencia. “Es un asunto que debí resolver en otoño”, repiqueteo conmigo mismo. En vez de abandonar la cama, culpo a los gatos. “¡Todos los gatos del barrio vienen a mi tejado para sus correrías, justo aquí arriba!” Es verdad. Se persiguen y tropiezan. Luego se marchan, imágenes de la libertad en cuatro patas, y luego vuelven, siempre uno a la vez. Pero... me gusta verlos, inmóviles y superiores como estatuas de reyes, observando atentos (sin demostrarlo) cada movimiento de los humanos.

Y así fue como mi tejado se volvió primero un balcón y después un cómplice de la lluvia. Hoy por la mañana todo estaba bien, pero, ¡qué paradoja!, las goteras que suprimí en la realidad las traje aquí, a filtrarse de entre mis palabras...

* * *

Sigue la lluvia. A ratos es agradable, cuando menos para mí. Me complace replegarme sobre mí mismo, atesorar intuiciones, repasarlas y madurar ideas, ensayar teorías, transitando de un gusto al otro, descubriendo muchas veces auténticos mundos en la soledad, con deliciosa independencia de los ajetreos externos. Disfruto con eso. Luego vendrá el momento de regresar a la comunidad de los afectos; y llevaré algo nuevo que decir. El día frío y lluvioso se aviene con este carácter. El frío, que retira a las personas al interior de sus hogares cálidos. La lluvia, una cortina que cubre lo inmediato. Y luego, pronto, la primavera, que hará estallar la vida contenida.

 
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