domingo, 9 de noviembre de 2008

...ser cantado

Persistir en el tiempo. Derrotar al Olvido. Aspiraciones tan esenciales, que vertebran y justifican gran parte de nuestros esfuerzos una vez que abandonamos la niñez. A cambio de un puñado de años, la eternidad; envidiable trueque, ¿pero cómo conseguirlo? No pretendo despejar aquí un asunto tan intrincado, sino apuntar una de las maneras en que hemos ayudado a otros a lograrlo: el canto.

Por algún motivo todo aquello que nos llena el corazón, cautiva nuestro asombro o excede nuestra comprensión acaba transformándose en música. Y en poesía, claro, pero no habita en libros sino en voces. La posteridad en esta tierra es profundamente musical. También arquitectónica, pictórica o escultural; pero, por así decir, “la Esfinge no canta”. La vida que no impregna la piedra, palpita en las canciones. La música cantada —ya lo dije antes— implica necesariamente una recreación, revive con nuestro aliento; y como retribución, le permite a ciertas vidas quedar impresas en canciones, las cuales preservarán como un altar o un patíbulo sus mejores y peores momentos, mucho después que esas trayectorias hayan sido cortadas por el dedo seco de la muerte. Serán un testamento.

Todos aquellos que han motivado una canción popular pueden sentirse dueños de una cuota de inmortalidad. El Olvido suele cobrarse una pequeña venganza adulterando los rasgos originales en beneficio de la leyenda, pero eso no quita méritos. ¿Quién conoce hoy el humor con que despertaba Ulises, el peinado favorito de Scheherezada, los ademanes de Lorelei...? Ni siquiera sabemos si la leyenda los fabricó por completo, o si la sencillez de una humanidad como la nuestra era suya también, antes que las historias y las canciones cincelaran otro rostro. El Mozart histórico ha cedido su realidad a
un personaje de ópera (“Mozart y Salieri”, de Rimsky-Korsakoff) o del cine (“Amadeus” y su carcajada equina); otro tanto sucede con Leonardo, comienza a suceder con Einstein o sucederá con Juan Pablo II. La curiosa memoria humana recuerda mejor un Arquetipo, que un rostro común.

Pero eso importa poco. La música es un buen amuleto contra la muerte. Ya sea un himno gregoriano, una balada nórdica, un cante flamenco... ahí se va tejiendo la memoria que persistirá mucho más allá de nuestros propios días.



lunes, 3 de noviembre de 2008

Cantar ...


“Cantar en grupo es algo más que cantar”. Esta frase, que parece ociosa, adquiere pleno sentido cuando uno ha tomado parte en la experiencia. Podría decirse, además, que el canto coral da una buena noción de trascendencia. Deja de sonar nuestra sola voz y emerge otra, más elocuente, más flexible, más majestuosa: una voz comunitaria que funde los timbres personales.

Entonar esa voz al unísono o, mejor, en polifonía, lo lleva a uno por la senda razonada y sugerente de la música. Razonada, reitero, porque las líneas maestras de una pieza coral son premeditadas. Pueden conducirnos por el claroscuro de las emociones humanas, pero vividas y estilizadas por un compositor, que las asoció (misterio del genio) con determinadas armonías para dotarlas con la fuerza de lo evidente. En muchos casos, estas “evidencias” son tan elusivas a las definiciones verbales como el límite entre los colores de un atardecer, pero inspiran el gozo rotundo de la belleza. Es una alegría envolvente, sin duda, que se distingue de otras: ordenadora, “reconstructiva”, capaz de infundirnos la armonía que cantamos. Pues no se trata de una contemplación pasiva ni exterior; recreamos la belleza nosotros mismos, le pasamos algo de nuestra vida y ella corresponde. ¿Atisbo fugaz del gozo del Creador en el séptimo día? Muy probablemente.

Esta alegría de cantar recorre la historia de nuestra humanidad, y se mezcla con la gloria de ser cantado. Pero de eso hablaremos después.

Ahora escuchen una brevísima selección de obras corales, que equivalen a alegrías musicales.

viernes, 24 de octubre de 2008

Obsesiones

Todos tenemos nuestras rarezas (o “peculiaridades”) y en un blog caben por derecho propio. Entre las mías hay una que se conecta a la música —mi vicio— y que podría denominar “períodos de obsesión”.

Son mis gustos musicales: algo hace que de tiempo en tiempo sean “magnetizados” por una fascinación. Ya se trate de un compositor, un(a) vocalista, un grupo, da igual; puedo haberlo oído mil veces, como se oye sin oír la música del supermercado, pero un día algo sucede en mi cabeza. Se produce como una “revelación”.

¿Por qué algo así ocurre en un momento dado, y no en otro? La razón, creo, es simple: debemos madurar un poco para sintonizar con ciertas músicas, recopilar un “vocabulario de experiencias” para comprender a qué se refiere la música que tanto habíamos oído antes sin entender.

Ése es el punto. Siento que “entiendo” lo que esa música “dice”. Su “voz” se impone, induciendo un diálogo que persuade, convence, arrastra. Así se inicia un período de obsesión. El nuevo gusto será como un centro de gravedad que concentrará mi interés y todos mis pensamientos. No se puede predecir cuánto tiempo seguiré en esa órbita , pero mientras dure oiré sin tregua los mismos temas, o la misma voz, o la misma inflexión en el mismo pasaje, o la misma obra en varias versiones, varias orquestas, examinando la variedad de los matices casi con el embeleso de un niño que no se aburre de su juego.

(Hay un buen amigo al que casi agoté la paciencia cuando me vino obsesión con Evanescence y la voz de Amy Lee; yo también, remontándome más atrás, podría enumerar otros episodios centrados en la Novena Sinfonía de Beethoven, Weber y su “Freischütz”, Sibelius, la música rusa...)

Esta hipnosis, sin embargo, terminará un día tan bruscamente como apareció. Recuperaré la “normalidad”... o casi, porque he aprendido un nuevo idioma y será parte de mí.

Raro, ¿no? ¡Toda una forma de apasionamiento! Viene de ese día cuando niño, cuando mi madre me llevó con reverencia a cierta escuela. Entramos a una salita pequeña, pacífica, donde había un instrumento de madera negra; un piano. Sobre él reinaba el busto de un desconocido llamado Beethoven. Luego una amable mujer se acercó al instrumento conmigo, llevó sus manos al teclado y lo que sonó entonces cambió para siempre mi enfoque de la belleza. Era música clásica.

Por ende, no me quejo de mis obsesiones: sólo son consecuencia lógica del camino que elegí ese día. Digo más: me alegra ser capaz de conectarme tan íntimamente con la música. Pero no deja de ser una rareza. Una más de esas que todos tenemos.

sábado, 18 de octubre de 2008

Conjuro

Me ocurrió algo curiosísimo. Repasando, como de costumbre, algunas partituras desenterradas de la montaña que ha ido creciendo al lado del piano, llegué a una sonata de Beethoven —Los Adioses—. Me llamó la atención. Cuando empecé a revisar el movimiento final con dedos oxidados, sentí como si algo se desperezara en la memoria ... Van y vienen los compases de introducción, y llego al tema en la página siguiente... ¡zas!

http://internationalnewsagency.org/parismusicsatie.jpg

Como un antiguo rostro amigo que comenzara a emerger de a poco desde la bruma ( «¿tú ... aquí??» ), así empezaron esas notas a volverse familiares. ¡Y tanto! Pero no logro recordar dónde, dónde las escuché tan claramente, que sin aviso se acomodaron entre mis recuerdos. Cada compás era un golpe de sorpresa. Casi podía predecir la siguiente combinación (“increíble, exacto, justo así ...”). ¿Qué era eso?

La melodía siguió tomando cuerpo, como algo que se conoce previamente, algo que se recuerda. Tiene la consistencia de un recuerdo de infancia, fragante de familiaridad. Para colmo de travesura, esa parte de la sonata se llama: El Regreso.

¿Tendrá algo que ver en el asunto su creador, Beethoven? ¿Le habrá comunicado a su obra esa aptitud? ¿O será una alquimia en que yo tengo que ver?

Sumergido en una vibración íntima, que nace en la memoria y se comunica a toda una serie de minucias, estuve largo rato tocando acordes, prisionero de ese raro ensueño, inundado en sensaciones de cosas lejanas que se hacían presentes, en aromas perdidos, en ese brillo dorado que rodea a las memorias de infancia.

Pero sigo intrigado (siempre ando tras la razón de las cosas). Ha sido el remezón del día. Ahora, acecharé los posibles recuerdos que haya por ahí, acurrucados en un objeto simple, o dormidos en una hoja desechada, como muñecos de arcilla esperando el aliento que los inunde de vida...

miércoles, 8 de octubre de 2008

Norte y Sur (III)



Glenn Gould concebía el Norte como un ethos cultural (“The Idea of North”) y afirmaba que sólo esta región tenía cualidades para crear un arte apreciable. Según Gould, pues, el arte genuino sería una joya nórdica. Discrepo. El Norte o el Sur no están completos en sí mismos ni lo dicen todo por separado. Aunque tengan hijos geniales que retratan su esencia tal como es, la obra universal, ese acierto que atrapa a la naturaleza humana en su totalidad, es un cruce de ambos caminos. El Arte es como una sola catedral que reúne en sí piedras de muchas canteras; pues la belleza, como la verdad, es la armonía entre diferencias que se complementan. Es una paradoja realizable.

Entendámonos: existen genios típicamente nórdicos o típicamente mediterráneos; pero los creadores culminantes, los que llegan o se acercan a la perfección, tienen lo mejor de ambos mundos. En esos hombres el Norte y el Sur se completan. La seriedad y concentración del Norte aportan profundidad y solidez, evitando la dispersión, la superficialidad; a su vez la intuición, fantasía y comunicatividad del Sur evitan la “cuadradura”, dando calidez, vivacidad y un sano realismo.

Mozart está ahí para demostrarlo. Tomen los movimientos lentos de sus conciertos finales (el de Clarinete, por ejemplo). Es música alemana, claro que sí; respira un aire italiano, es innegable; y supera ambas fuentes para ser música intemporal, dando voz a las penas y alegrías que reclaman, han reclamado y reclamarán siempre el corazón humano.

Algo parecido sucede en las grandes músicas de Händel (“Messiah”), de Heinrich Schütz (“Weihnachtshistorie”), de Schubert (los Lieder), en las aventuras sonoras de Berlioz, en el “Himno a la Alegría” de Beethoven, en los mejores motetes de la era polifónica, en los dramas de Shakespeare o Goethe, en la amplitud humanista de Alberto Magno o Tomás de Aquino, en las intuiciones poéticas de Novalis, en la “Lukasbund” de Friedrich Overbeck, en el sinfonismo herido de Gustav Mahler...



Como sabemos (y aquí estoy demostrándolo) todo enunciado es una simplificación, y toda simplificación es imprecisa; para ello existen las “excepciones a la regla”, que devuelven los enunciados al contacto con la realidad.

Por un curioso juego de las circunstancias, a veces nacen “mentalidades nórdicas” a mitad del Sur; por su parte, desde el Norte llegan al Sur miles de “hijos adoptivos”, para apreciarlo más fervorosamente que los propios lugareños. Ambos polos conviven también en cada país, cada región y cada persona, con gradaciones de interminable variedad. Es que Norte y Sur son opuestos, pero no contradictorios; el patrimonio de uno no anula ni elimina al del otro, antes bien, ambos confluyen en ese logro llamado plenitud.

Así, las desigualdades que se complementan devienen en riqueza. Y entre estas paradojas, la música europea ha atravesado los siglos con movimientos de péndulo. . .

martes, 7 de octubre de 2008

Norte y Sur (II)



Creo que las temperaturas físicas tienen una curiosa relación con los “modos” expresivos del Norte y el Sur. Aunque el termómetro suba y baje en todos lados, el frío domina más el norte y el calor campea más en el sur. Esa preponderancia climática deja huellas en la psicología de sus habitantes, quienes a su vez traspasan esos rasgos a sus culturas y a su descendencia. Generaciones después tales descendientes podrán mudarse de territorio, pero en los pliegues de su personalidad llevarán, cual más cual menos, los fríos o calores de sus ancestros.

El frío cohíbe y el calor expande. El Norte tiene los rasgos de la austeridad, de la economía exterior tras la cual se alberga una gran riqueza interior; emplea palabras precisas más que abundantes, tiende a la actitud seria antes que al relajo superficial; tiene poca inclinación al alarde, a la efusión, al exceso; su tono general es más comedido, más circunspecto y más honesto. Estas cualidades, por lo demás, imponiendo control a los arrebatos “crudos” (falsa espontaneidad), facilitan el señorío de sí mismo; o como un buen amigo decía, “el frío civiliza”.



El Sur es el viceversa. Su psicología es comunicativa, abierta, con el corazón asomado al balcón; le interesa crear y compartir múltiples lazos (cultivarlos con perseverancia ya es más propio del Norte); la efusividad y el alarde sí son típicos del Sur, en palabras u obras, como también el alegre desembarazo con que reacciona frente a la contención excesiva. Quizás por esa disposición a la apertura (vida de puertas abiertas, versus la vida interior y hogareña del Norte) sus gentes tienen cierta facilidad para las visiones de conjunto, de amplia envergadura.

Las líneas gruesas del Norte son completadas con los colores brillantes del Sur. Si de canciones se trata, en el Norte importa lo que suena en la canción, y en el Sur, que la canción suene...

Lo que el Norte tiene de Abstracción Racional, el Sur lo tiene de Intuición Realista. Para unos, la vida requiere una cuota de control, que la oriente bajo el lúcido mando de la razón en la conquista de sus potencialidades; para otros, la misma vida supera nuestros pronósticos, trayéndonos asombro e inspiración a cambio de soltar un poco la rienda a su dinamismo impredecible.

Norte y Sur (I)


LA MÚSICA EUROPEA ha atravesado los siglos con movimientos de péndulo entre el Norte y el Sur. Ese vaivén, una búsqueda intuitiva de plenitud, va tomando de un lugar los elementos que faltan en el otro para formar un panorama completo, una cosmovisión donde se recogen las vidas y los avatares de nuestra especie, dándoles alcance universal.

Al decir “Norte y Sur”, más que puntos cardinales, quisiera significar la cuna de dos formas de ser muy típicas (y tópicas). Trazando una “geografía de los temperamentos” —con fronteras físicas necesariamente imprecisas— podríamos distinguir dos cauces de expresividad que funcionan como opuestos complementarios. El equilibrio de ambos, o la primacía de uno sobre el otro, genera el “tono emocional” que anima las obras artísticas (musicales, en este caso). Así, entre el Norte y el Sur se abre el amplio abanico del arte occidental.

viernes, 3 de octubre de 2008

El Único Anillo

Por así decir, esta semana entendí a Gólum. La criatura de Tolkien se ve envuelta en un mareo de sensaciones frente al Anillo Único, símbolo para él de una plenitud perdida y vuelta a encontrar.

Yo, a mi vez, recorriendo una galería del Metro, llevé la mirada hacia una disquera. Había un disco marginado en la estantería. “Wagner without Words”. Luego, dos nombres me atraparon los ojos: Richard Wagner y George Szell. Silencio. Por fin, después de dos décadas, ahí estaba MI ANILLO.


A los 14 años me regalaron un cassette. Una tal Cleveland Orchestra, comandada por un tal Georg Szell, interpretaba episodios orquestales de “El Anillo del Nibelungo”. Al tal Richard Wagner ya lo conocía, pero los otros nombres eran novedades para mí. Mejor así: la versión de Szell me conmocionó.

Desde aquella audición hasta este post, un largo etcétera ha dado a mi vida giros de montaña rusa. Pero... el Anillo Wagner-Szell sigue siendo para mí el Anillo Único. Sin desmerecer, por supuesto, a las alternativas, que con frecuencia suponen una competencia formidable: Georg Solti y Otto Klemperer son milagrosos; Klaus Tennstedt entrega versiones muy notables; y Karajan, por una vez, adecúa absolutamente su sonido al estilo y carácter de la música.

Cuesta ser objetivo cuando se toma cariño a una versión ... pero no he oído Cabalgata de las Valquirias tan emocionante como ésta. Cada elemento ocupa su lugar con la potencia necesaria. Y valga el mismo elogio para cada pieza en esta grabación.

Comparto aquí mi Anillo”, este disco esquivo y poderoso (ripeado maniáticamente a 320 kbps, volumen nivelado, etc).

Vale oro. Sólo escuchen la música.

domingo, 28 de septiembre de 2008

Brahms, el Popular


Brahms era un rústico genial. Dos conceptos que podrían huir uno del otro pero, justamente, quiero acuñar una paradoja. Brahms el hombre, un alemán del norte, dueño de un carácter temible, a veces agresivo y cruel, reacio a las convenciones sociales, llevaba consigo a Brahms el músico, un creador dubitativo y laborioso, artesano de obras ásperas y dulces a la vez, sin concesiones pero trascendentes. Obras de abundantes voces interiores, que uno aprende a escuchar bajo la superficie melódica, como si fueran reflejo de una fértil vida interior que pugnara por aflorar. Su sello como compositor evade la renovación estilística de Wagner, la clarividencia de Liszt, la inflamada elocuencia de Chaikovsky... pero ninguno de éstos, a su vez, alcanzó esa honestidad austera y conmovedora, esa fortaleza para mirar de frente o esa ternura escondida del músico de Hamburgo. Quizás sólo Mussorgskiy.

Lograr el equilibrio entre cualidades opuestas es, para mí, lo que retrata a un genio. Este mismo hombre escribió uno de los conciertos para piano más feroces que conoció el siglo XIX (el violento y vibrante
Concierto para piano número 1 en Re menor) y también una de las canciones de cuna más célebres por su dulzura, ese Wiegenlied (Op.49 nº 4) cuya melodía ha sido y será, para innumerables criaturas, la propia voz del amor materno.

Este afecto hacia el alma popular originó una de las facetas rezagadas del paradojal arte brahmsiano: sus arreglos de melodías folklóricas alemanas. Brahms, tenido por “clásico” y “severo” en las salas de concierto, compartió hasta la médula el aliento romántico que empujó a los Hermanos Grimm en su rescate de la tradición oral. Así también, el autor del “Wiegenlied” dejó una larga lista de canciones tradicionales con acompañamiento de piano. En ellas redujo su fuerte carácter a lo indispensable para dar (no quitar) alas a la esencia de cada melodía; además se permitió revelar caudales de delicadeza y ternura como si, a la manera del “Gigante Egoísta” de Wilde, el “ogro” Brahms horadara el muro tras el cual había encerrado desde pequeño su corazón.

Algunos de estos volkskinderlieder pasan de ser simples canciones infantiles a verdaderos Himnos a la Inocencia. Todo por obra y gracia de un solterón con pose de antisocial; digo “pose” pues, si al árbol se lo conoce por sus frutos, ¿cuál fue el Brahms genuino?

Háganse una idea escuchando los Volks-Kinderlieder WoO 31, que la soprano Edith Mathis y el pianista Karl Engel interpretarán para ustedes, AQUÍ.

(En la imagen, Brahms con poco más de veinte años)


viernes, 12 de septiembre de 2008

Música: los Caminos Intransitados



Toda elección implica una exclusión. Así funciona. Y por ello, a veces me intriga saber si verdaderamente se descartó lo menos interesante, o si hubo desperdicio. Hay que hacer este examen con cuidado, porque podríamos alentar una discusión bizantina; pero también es posible descubrir algunas pepitas de oro que, quién sabe, sólo esperaban su momento para revelarnos su valor. Dicho de otro modo, esperaban su momento para iniciar una secuencia de posibilidades con viento propio.


La ruta que tomó la música europea a fines de la Edad Media, ¿no abandonó otros caminos valiosos? Sin discutir la calidad inmensa que alcanzó la música occidental en estos 500 años, me parece que le faltó flexibilidad al repudiar durante siglos el tesoro gregoriano, la obra de los polifonistas, incluso la obra de los genios del barroco, o aún más la “pequeña música” que brotaba por todas partes —de gente anónima, amiga de la sencillez sin negar la grandeza— hasta establecer en el Siglo de las Luces (18) un canon estético de jerarquía absoluta: era la forma, nítida y olímpica, fuera de la cual nada tenía valor. Una forma para cada música; y cada música, apreciable desde que se ajustara al corsé de la forma. Por así decir, no valía la mano, sino el guante.

Pero la belleza de esa forma hizo olvidar que hay otras formas de belleza. La razón, que quería definir todos los límites, no supo reconocer el suyo propio. La forma debe servir a la música, y a su vez la música se sirve de la forma; un río sigue el cauce, pero el cauce se va modificando según las aguas de ese río... Es un mutuo y flexible entendimiento que no se debe olvidar.

Afortunadamente los artistas no lo olvidaron; continuaron atentos a ese misterio superior que el arte siempre quiere expresar, y durante el siglo XIX comenzó la paulatina recuperación de las bellezas antiguas, que llegaban a recordar caminos hace mucho no transitados.


Me gusta percibir eso, de manera más intuitiva que metódica, cuando oigo “música antigua”, como se suele denominar a esas obras de siglos lejanos, llenas de una tranquilidad que perdimos, de una capacidad de asombro que nos hace mucha falta, y de una dulzura, indulgencia y humanidad que reconforta.

Aparte de apreciarla, me gusta imaginar que en ella acechan todavía posibilidades fértiles, a la espera de su momento para ser descubiertas e iluminar el corazón humano, hacerlo sentir en casa cuando oye música, con una vaga nostalgia de un mejor mundo posible.

Les dejo unos pocos vínculos para degustar:

1. Canción de Cruzados (Palästinalied) del Siglo XIII

2. “Tú, refugio de los pobres”, Josquin des Prés, siglo XV

3. “Imperayritz de la ciutat joyosa”, Llibre Vermell de Montserrat (hacia el Siglo XIV)

miércoles, 4 de junio de 2008

Diario de un Lobo Estepario



FELICES los que son como el Lobo Estepario. Ya habrán oído hablar de ese lobo que vaga solitario, asociándose a las planicies para habitar un poco su extensa soledad. Aunque estas criaturas se reúnen en jaurías, dice el mito que el lobo estepario sólo se acerca a sus congéneres obligado por causas tan inevitables como comer y procrear. Luego se aleja en busca de la inmensidad.

El estepario es un solitario convencido. Siente el imperativo de ir adonde nadie va para buscar lo que nadie aprecia. Añora el horizonte interminable. Allá, en esa lejanía, se reúne con lo verdaderamente suyo: una percepción sutil, intangible y fértil de la grandeza, que justifica su vida.

El estepario, en fin, es un arquetipo familiar: me apetece mucho más estar con nadie cerca, que con gente alrededor.

Gustos o ideas o reflexiones o tendencias, todas vibran con una afinación propia y ansiosa de expansión, pero que a poco andar se va quedando sin eco. No es la naturaleza de mis gustos; sólo se desajustaron de época. Aquellos seres humanos que se desprenden del canon social se encuentran súbitamente al centro de una “estepa” que los confina.

Existen también circunstancias personales que moldean esta identidad. Crecer sin hermanos y pocos (pero buenos) amigos; encontrar interés en las historias de ancianos que tuvieron vidas notables, por mucho que el resto del mundo no se enterara de ello; estar solo y descubrir que no es aburrido; llenar los silencios con música que se queda en la memoria; recuperar palabras inusuales, repasar páginas amarillentas... al final, todo esto va cincelando una silueta definida y definitiva.

Buscando conmigo mismo las huellas de mi música más personal, no hay nada de The Doors, The Cramberries. Asoman otros músicos... Dvorak, Beethoven, Tchaikovsky... No es pose; esa música me fascinó desde que la conocí! Es el lenguaje que mejor entiendo, donde la belleza encuentra un nombre, pronunciado en melodías.

Pero ahí está la estepa. La estepa de las bellezas aplastadas por el olvido o la moda. Este es el territorio marginal al que acuden tantos lobos. La gente cree que uno se vuelve triste... pero es al revés, la tristeza muerde cuando uno abandona lo que realmente prefiere, lo que sabemos que nos mueve, cuando se vende el corazón a cambio de una aprobación de corto plazo!

La estepa tiene un secreto; no es solitaria, sólo ha sido descrita como tal. Ya encontré amigos míos que compartían estos gustos. Poco a poco los congéneres se agrupan, sin invadirse, para afirmar pertenencia. A todos esos lobos de estepas propias, gracias por haber llegado a buscar entre todos el mismo horizonte.

domingo, 1 de junio de 2008

Rusia


¡Rusia! Ese nombre repica como un campanario
para quien les escribe.

No tengo una sola gota de sangre eslava —salvo que todos estos años haya ignorado algo importante—. Cargo en mis venas, claro que sí, la persistencia de otras culturas, como es norma en este Nuevo Mundo: ancestros genoveses y a través de ellos probable sangre hebrea; otro tanto de españoles, otro tanto nativo... y nada más. Con todo, desde pequeño Rusia fue el nombre para un imaginario de misteriosa belleza, cantero de esplendores distintos, absolutamente originales, sin deuda alguna con nuestras tradiciones.

Me atrajo ese mundo lejano, cubierto por nieves infinitas, regado por cúpulas doradas que interrumpían la monotonía con un estilo desconocido (mucho después adquirí la palabra correcta, “bizantino”); un país de gentes que usaban palabras sin relación con ninguna lengua conocida por aquí; que labraban maravillas literarias con un alfabeto secreto; que rezaban a íconos serios en santuarios grandiosos; patria de mujeres deslumbrantes, de ancianos con dulce mirada, de palacios con fantástico lujo que albergaba otra vez esa aureola legendaria, la misma que se concentraba en su monarca: el “Zar” — al lado de cuyo imperio, hasta la Antigua Roma parecía “el pariente pobre”...

Era además la patria de compositores que para mí, en mi niñez, eran los más grandes genios musicales. Tchaikovsky, Mussorgsky, Rimsky... siempre ese “sky”, símbolo de algo inesperado, del todo diferente pero perfecto. Allá tomaban vodka, me decían, una bebida clara como el agua, pero no reían, aunque se sabía que bailaban con una energía contagiosa. Allá vivían los cosacos, unos guerreros violentos llegados de una estepa que sólo ellos dominaban, la cual abandonaban cada cierto tiempo para recordarnos que eran temibles; cantaban canciones de áspera alegría, con gargantas capaces de las notas más bajas que recuerde.

En algún momento, ese gran país se había cerrado. No vivían como nosotros, me decían, sino bajo una vigilancia continua, una especie de reserva humana de la que se sabía poco... así lo pensaba uno, tan chico para entender las cosas, a no ser que tuvieran pinceladas absolutas, igual que los cuentos de hadas.

Recuerdo haberme prometido que tendría amigos de Rusia, y que estaríamos contentos de habernos conocido, y haríamos muchas cosas juntos, mezclando nuestros mundos. Claro, cuando se es hijo único uno tiene el privilegio de elegir dónde tomará a sus futuros hermanos.

En fin. Hace poco descubrí una página que había buscado mucho tiempo (una página sobre Rusia, escrita por rusos que viven en Chile), www.ruso.cl -- y ha sido magnífico re-visitar ese mundo, ahuyentando algunas ingenuidades infantiles, pero confirmando varias admiraciones. Parece que era cierto aquello de su dureza —como si la risa fuera incómoda— pero tienen un corazón de oro. Claro que sí; en el fondo, eso representaban las maravillosas cúpulas bizantinas. En medio de un páramo frío, cubierto de nieve deslumbrante, emerge una joya de oro levantada para saludar a todos los ojos, y alegrar todos los corazones.

viernes, 30 de mayo de 2008

Barcarola


Aivazovksy - Gondolero en el mar nocturno' 1843
LA NOCHE AVANZA detrás de mi ventana, lenta como un viejo barquero, mientras un silencio sin orillas se extiende alrededor. El tiempo parece flotar a la deriva, hacia el encuentro aún lejano con el amanecer.

Si algunos ecos merodean aún, pronto se disipan. La ciudad se duerme. Y yo aquí, en un rincón de la madrugada, simplemente leo.

Es la hora en que el día y sus fatigas huyen a poblar recuerdos. Regateando al sueño un epílogo de lucidez, hojeo un libro sobre Baudelaire (biografía estupenda escrita por François Porché). Pero es más que leer.

Una lectura cautivadora y una hora imprecisa son como dos pedernales que chocan; de su encuentro brota la chispa que enciende la imaginación. Los umbrales se disuelven entre la realidad casi dormida y el mundo latente en el libro. Casi creo abandonar mi cama y caminar por el París antiguo, a la siga de Charles Baudelaire.

La hoja de esta noche me trae al momento en que el poeta es avisado de la muerte del gran pintor Delacroix, su amigo. Se dispone a partir al velatorio. Allá, se queda velándolo junto a la vieja ama de casa, rememorando juntos el alma ausente. El sueño de la muerte, la noche de la vida, fantasmas errantes en la penumbra de mi cuarto... Sé muy bien que todo no pasa de un artificio fabricado por mi imaginación. Pero es sólo el primer golpe de alas; instantes después, ocupado en evocaciones, uno persigue horizontes sin fin.

Esta misteriosa comunión con gentes y épocas pasadas constituye, quizá, uno de esos lazos inadvertidos del espíritu humano. ¿Sería posible la misma identidad cultural sin un fuerte lazo entre las generaciones, algo que evite la dispersión caótica y dé cabida a un cierto acuerdo de esfuerzos, de gustos, de ideas?

Tal vez. Es una intuición momentánea, una de tantas nacida en horas calladas de la alta noche.

Desde esta soledad tan resistida y poco valorada, desde los espacios vacíos y vaciados de otros seres, se abren senderos hacia otras experiencias, siempre nuevas, siempre fecundas.

Pero el sueño anuncia su llegada y no se me antoja demorarlo más. Termina el epílogo. Subo al regazo de la noche, sobre su barca, junto a las criaturas que habitan los sueños.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Repiqueteo


(Escrito en Agosto de otro año)

LLUVIA ... FRÍO ...


...la ciudad se encoge en la húmeda sombra invernal. Mi techo repiquetea. “No es tan malo”, pensaba en la madrugada, entre sueños; “la lluvia es buen arrullo...” Pero un tejado tamborilero sólo causa gracia cuando le pertenece a otro. Las filtraciones serpentean hasta reunirse en algún punto de la oscuridad, y luego encuentran la manera de seguir su camino.

Caen, pero sobre mi conciencia. “Es un asunto que debí resolver en otoño”, repiqueteo conmigo mismo. En vez de abandonar la cama, culpo a los gatos. “¡Todos los gatos del barrio vienen a mi tejado para sus correrías, justo aquí arriba!” Es verdad. Se persiguen y tropiezan. Luego se marchan, imágenes de la libertad en cuatro patas, y luego vuelven, siempre uno a la vez. Pero... me gusta verlos, inmóviles y superiores como estatuas de reyes, observando atentos (sin demostrarlo) cada movimiento de los humanos.

Y así fue como mi tejado se volvió primero un balcón y después un cómplice de la lluvia. Hoy por la mañana todo estaba bien, pero, ¡qué paradoja!, las goteras que suprimí en la realidad las traje aquí, a filtrarse de entre mis palabras...

* * *

Sigue la lluvia. A ratos es agradable, cuando menos para mí. Me complace replegarme sobre mí mismo, atesorar intuiciones, repasarlas y madurar ideas, ensayar teorías, transitando de un gusto al otro, descubriendo muchas veces auténticos mundos en la soledad, con deliciosa independencia de los ajetreos externos. Disfruto con eso. Luego vendrá el momento de regresar a la comunidad de los afectos; y llevaré algo nuevo que decir. El día frío y lluvioso se aviene con este carácter. El frío, que retira a las personas al interior de sus hogares cálidos. La lluvia, una cortina que cubre lo inmediato. Y luego, pronto, la primavera, que hará estallar la vida contenida.

martes, 27 de mayo de 2008

Primera Piedra

Baudelaire
Cedo con placer a la tentación de alojar en Internet algunos escritos salidos de mi mano en ratos de ocio. Creo que el ocio ha sido enlodado. En cambio, merece prestigio. Ocio, dolce far niente, lejos de ser el sinónimo inevitable del desperdicio, es muchas veces el otro nombre de la fecundidad. No fértil en vicios, como se suele salmodiar, sino en obras: que sean buenas o malas ya depende del autor. La obra traduce el alma del creador.

¿Y yo, qué traduciré? Ya veremos. ¿Para qué saberlo aún? En el ocio prefiero olvidarme. O mejor dicho, me permito ser sólo el punto de partida, nunca el de llegada. Andar con la mirada atornillada en sí mismo es síntoma de vulgaridad, y no quisiera caer tan bajo. El “ombliguismo” sí merece un himno de repudio...

Más bien pretendo abrir los ojos a todo lo demás, ser espectador del universo, reconociendo un símbolo en cada cosa, aprendiendo al observar, dando a cada cosa su importancia, encontrando un sendero en cada objeto. Hacerlo me parece fascinante, y un camino lleno de sorpresas prometidas.

Comenzaré por presentar cosas que ya escribí, y quizás vaya prolongando ese ocio con novedades. Dejemos eso para su momento, que cada día tiene su afán.

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