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jueves, 3 de mayo de 2012

Entre Borodín y Músorgsky

Borodin

La música rusa del siglo XIX fue más que Tchaikovsky, y lo sabemos, pero la popularidad mundial que disfruta el más grande sinfonista ruso de su tiempo ha eclipsado en el extranjero a otros compatriotas, llenos de méritos pero sin igual suerte, retrasando para ellos la llegada de los laureles. No es un fenómeno extraño, y si hubo culpables, no fue el compositor. Así como Rusia no era ajena a reyertas entre sus artistas ni a la formación de bandos que operan como bandas, también el público cae a menudo en la tentación de simplificar las cosas, concentrando su interés en unos pocos nombres en vez de explorar todas las posibilidades de un estilo o de una escuela.

Pero el tiempo coloca las piezas en su lugar. Y estamos por fin todos de acuerdo en que la grandeza del arte ruso descansa sobre muchos hombros. Hoy me detengo en dos nombres que han avanzado desde la oscuridad a la gloria: el Dr. Aleksandr Borodín y el ex-oficial Modest Músorgsky. De hecho, la mayoría de los aficionados a la música los conoce. Ambos, como Tchaikovsky, tenían nobleza en su sangre, pero ambos, a diferencia de Tchaikovsky, militaban en pro de la «música nacional», vale decir, inspirada en las directas fuentes populares, negándose a occidentalizar su lenguaje para así preservar la autenticidad de su expresión. Ambos eran conocidos miembros del Grupo de los Cinco, belicoso puñado de compositores de talento desigual que había reclutado Mili Balákirev en directa oposición al más formal Conservatorio de San Petersburgo. No es que este último centro despreciara la cultura de su terruño; pero las posturas radicales desprecian los matices.

Como sea, el Dr. Borodín, médico-químico de prestigio europeo, se dedicaba muy de vez en cuando a cultivar las innegables dotes musicales que la Naturaleza le había concedido. No extrañará, pues, lo exiguo de su producción; y sin embargo se las arregló para firmar varias obras notabilísimas, entre ellas dos sinfonías completas y una tercera apenas esbozada que finalizará Glazunov, tras la muerte de su autor. Para describir su carácter me remito a palabras de Lucien Rebatet, las cuales suscribo salvo en la despectiva referencia a Mendelssohn:

Borodín poseía grandes facultades, y es una lástima que su filantropía y su vida bohemia no le permitieran explotarlas mejor. De los Cinco, fue al único al que le atrajo la música «pura» en sus dos cuartetos, sus tres sinfonías. La primera, de una elegancia aristocrática como todo cuanto tocó este descendiente de reyes caucasianos, se abandona aún un poco a las frivolidades de un Mendelssohn. La segunda, viril y amplia, mucho más «rusa», es la más bonita. Lo que conocemos de la tercera no augura inferiores méritos, pero quedó inconclusa. De su grupo, Borodin es asimismo el más natural y poéticamente melodista.

MusorgskyDe Músorgsky diremos que fue el más genial de cuantos reunió Balakirev. Su temperamento comunicativo y original se avino a la música escénica, donde descolló como autor operístico. Tuvo un notable enfoque de la lengua rusa adaptada al canto y firmó ciclos breves, pero memorables, de canciones de concierto. También escribió algunas páginas netamente sinfónicas y otras tantas para piano solista, entre las cuales sobresale la suite Cuadros de una Exposición; pero su precaria formación musical, así como la inestabilidad nerviosa y el desorden constante en que pasó sus días, mermaron la eficacia de sus esfuerzos creativos. Tras su muerte, su obra saldría a la luz gracias a otros músicos que la hicieron «presentable» para las salas de concierto. Sólo con el correr del tiempo se cayó en cuenta que la buena voluntad de estos mediadores había escondido audacias todavía más valiosas, y durante el siglo pasado se fue realizando un redescubrimiento del «auténtico» Músorgsky. Pero cuidado; el famoso óleo de Repin que retrata al compositor en el triste desaliño de sus días finales ha llevado a pensar que esa imagen a lo Rimbaud corresponde a su vida entera, y nada más falso. Músorgsky, aunque inigualable cantor del pueblo ruso, nunca renegó de su cuna aristócrata, empleaba fluidamente el francés en muchas de sus cartas, como se estilaba en su medio, y fue cuidadoso de su aspecto y su vestir.

Hoy les ofrezco la audición de obras de ambos compositores: la estupenda Segunda Sinfonía de Borodín, así como su cuadro sinfónico En las estepas del Asia central, y de su ópera El príncipe Igor: la Obertura y las Danzas Polovsianas. Completando el repertorio, dos piezas de Músorgsky: el poema sinfónico Una noche en el Monte Calvo y la Danza de las Esclavas Persas, de la ópera Jovánshina. Las batutas son ilustres: Rafael Kubelik, André Cluytens, Herbert von Karajan, William Steinberg y Constantin Silvestri, dirigiendo formaciones como la Filarmónica de Viena, la Sinfónica de Pittsburgh y la Orquesta Filarmonía de Londres.

aquí

mp3 VBR | 9 tracks | .7z 117,8 MB | Yandex

miércoles, 21 de octubre de 2009

CLUYTENS interpreta a MUSSORGSKY, RAVEL y STRAVINSKY

Un lujo. Eso les obsequiaré esta vez. André Cluytens, belga de nacimiento y francés en todo lo demás, fue uno de los grandes directores del siglo XX. El olvido a medias que hoy cae sobre su figura envilece el negocio discográfico y nos sigue privando de un talento revelador.

Cluytens

Este auténtico chevalier en quien la elegancia se mezclaba con la energía y la lucidez —“mirarle era ya una alegría”, rememora Anja Silja— dirigió como nadie el repertorio francés pero además la gran literatura germánica, adentrándose en Beethoven y Wagner hasta donde sólo llegan los mejores intérpretes.

Cluytens, que hablaba seis idiomas, se paró al frente de orquestas de toda Europa, pero la “verde colina” de Bayreuth le deparó en los años 50 un encuentro de esos que trastocan la vida: Anja Silja, entonces joven amante de Wieland Wagner y además una de las luces de Bayreuth por mérito propio, cautivó el corazón del director 35 años mayor. Él optó por alejarse de Bayreuth en silencio por respeto a Wieland, que no entendió los motivos de ese abandono. Se interrumpió así una trayectoria wagneriana insigne, pues todo lo que Cluytens dirigió allá se cuenta entre las cumbres del Festspielhaus.

La grabación que hoy les comparto encuentra a Cluytens dirigiendo en Italia, en 1962. Las orquestas de la RAI eran buenas, aunque sin competir con sus congéneres de Europa central. La grabación es una toma en vivo, con los pros y contras que eso ocasiona: ruidos, toses, pero también expectación, energía. Y con ese “tono sepia” que brinda encanto propio a los registros antiguos. Cluytens, raveliano estupendo, saca todo lo francés que existe en la transcripción de los “Cuadros...” de Mussorgsky (personalmente disfruté aquellas piezas que no me atraían antes, como “Tullerías” y “El Mercado de Limoges”). “La Valse”... una maravilla: ¡así se interpreta a Ravel! Por fin, “El Pájaro de Fuego” de Stravinsky recupera ese enfoque que a veces olvidamos: es música rusa realizada en ambiente parisino. Los planteamientos orquestales muy bien lucidos, y además una interpretación que se mueve entre el misterio, el encanto y el permanente entusiasmo.

Anja Silja¿Y Anja? La historia no es tan alegre. Cluytens no pudo ocultar eternamente sus sentimientos, que afloraron tras la muerte de Wieland en octubre de 1966. Pero la soprano germana y el maestro de Amberes tuvieron menos de un año para relacionarse, verse y escribirse. El cáncer se llevó al gran André Cluytens en junio de 1967, a los 62 años. Hoy, Anja Silja vive en París, en la misma casa que fuera del director pues, como ha dicho en una entrevista, allá donde esté Cluytens, la está esperando. ¿Romántico? Sin duda. ¿Wagneriano? ¡Qué duda cabe!

Es que Cluytens atrapa el corazón. Compruébenlo ustedes... AQUÍ.


NOTA: André Cluytens fue maestro de Georges Prêtre, el magnífico director francés cuya versión de los “Cuadros...” pueden encontrar en el blog Oído Fino, del siempre impecable Fernando Toledo. Seguramente descubrirán reminiscencias del maestro en el discípulo. Creo que dirigir con las solas manos es uno de estos legados.

 
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