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jueves, 5 de noviembre de 2015

Felix MENDELSSOHN (2)

Mendelssohn Sueño de una Noche de Verano
Todavía como homenaje a MENDELSSOHN —aunque breve— les comparto en el reproductor bajo estas líneas la inigualable Obertura para el «Sueño de una Noche de Verano» de Shakespeare, op. 21. en versión del grandísimo Otto Klemperer dirigiendo a la orquesta Philharmonia.

Tengo pensado traer a la página la Música Incidental completa escrita por Mendelssohn en dos etapas de su vida; pero no obstante, la obertura es tan extraordinaria que permite diferentes acercamientos sin sufrir desgaste. Fue compuesta en plena adolescencia (un apelativo que no me convence para describir a aquel muchacho de 17 años en la primavera de su genio), luego de acabar la lectura de la obra homónima de Shakespeare. Sólo puedo maravillarme ante todo lo que supo conseguir Mendelssohn en esta pieza: desde los evocadores acordes que sirven de pórtico a las melodías ágiles de la cuerda, que representan los diminutos pasos de las hadas, pasando por la habilidad armónica en las transiciones de los “episodios” que se suceden en perfecta fluidez, o el amplio vuelo de las melodías, rasgo que marcará toda la obra de este músico. En fin, el sutil mundo feérico plasmado sin esfuerzo aparente. Con esta obertura de concierto —especie de poema sinfónico antes que Liszt les diera ese nombre— Mendelssohn presenta sus credenciales como uno de los supremos pintores musicales.

Klemperer, a su vez, aporta su capacidad para la cohesión arquitectónica, sus trazos firmes y el sabor ácido y a la vez tan variado que extrae de la paleta instrumental. ¡Disfruten esta versión!

sábado, 29 de marzo de 2014

Una maravilla: BACH Suite Orquestal #3 y BRAHMS Sinfonía #4 por KLEMPERER

El magnífico director germano-israelí OTTO KLEMPERER fue y sigue siendo, sin discusión posible, una de las grandes batutas de todos los tiempos. Hombre sufrido —tenía una alarmante facilidad para los accidentes físicos, además de padecer trastornos depresivos—, su talento debió enfrentarse a la persecución a medida que el nazismo fue haciéndose con el poder en Alemania, y tras la Segunda Guerra su carrera no parecía ofrecer muchas esperanzas. Pero el productor inglés Walter Legge, en un gesto visionario, lo puso al frente de la Orquesta Philharmonia una vez que Karajan volvió a Berlín. Ese último fogonazo de gloria se tradujo en interpretaciones referenciales del repertorio centroeuropeo más tradicional. Klemperer digirió a menudo como invitado, también, y pese a la acritud ocasional de su carácter, su figura concitaba el máximo respeto entre sus colegas.

Hoy les comparto un registro en vivo de 1957, en el cual nuestro director dirige la Suite para Orquesta número 3, en Re mayor, de Johann Sebastian Bach, y la Sinfonía número 4 en Mi menor de Johannes Brahms.

Los tiempos lentos que lo distinguían no perjudican la intensa expresividad que lograba insuflar en las obras, como también su insólita capacidad para destacar los planos sonoros y el característico sonido vivo y variado que matizaba su estilo como intérprete. La Cuarta Sinfonía no es para nada lenta; sólo el Tercer movimiento exhibe fluctuaciones notorias (muy válidas), mientras los otros se desarrollan a tempi perfectos. Bach, por otro lado, recibe un trato glorioso aunque imbuido del antiguo concepto romántico, apoyado en la plenitud de los medios orquestales (ideal que Stokowski llevará mucho más lejos) y no, como se estila hoy, procurando el sonido “original” o aliviando texturas. Para nada. Pero no significa que el director lo interprete todo igual, y eso importa dejarlo claro: Klemperer concibe a Bach de manera distinta a Brahms, empleando un sonido que es, sí, fiel heredero de Mahler, Bruckner o Wagner, pero adaptándolo a diferentes objetivos estéticos. El resultado es una maravilla, como les anticipé en el título.

Disfruten dos grandes interpretaciones, amigos y amigas:


» D E S C A R G A

MP3 ABR 256 kbps 48 kHz | 9 tracks | JPGs | RAR 141,5 MB

miércoles, 5 de marzo de 2014

De vuelta y con Obertura

LavandaDawn Light on the Lavender / Graham McPherson en Flickr

Las vacaciones pasaron y volvemos al ritmo del año en el trabajo y todo lo demás, Blog incluido. Mientras doy los últimos toques a la próxima entrada, les dejo dos versiones de la soberbia Obertura “Fidelio” de nuestro querido y gigantesco Beethoven. Esta pieza abre la ópera homónima, único título del compositor en este género, y fue escrita varios años más tarde, luego de probar fortuna con tres oberturas distintas en previas representaciones, ninguna de las cuales satisfizo sus intenciones.

Les dejo la Obertura definitiva de Fidelio en dos versiones contrastantes pero ejemplares: Klemperer, con su sonido de color múltiple y algo ácido; y Abbado con su cálido toque mediterráneo.

Klemperer y la Orquesta Philharmonia


Claudio Abbado y la Filarmónica de Viena

miércoles, 12 de junio de 2013

WAGNER | Obras orquestales | KLEMPERER

Wagner

Bastantes años atrás conocí a un alemán con el cual trabé cierto grado de amistad. Oriundo del Sur de Chile, en donde existe una pujante colonia alemana instalada desde el siglo XIX, había encontrado su futuro regresando al país de sus antepasados, pero de vez en cuando volvía al terruño. Eran notables su vitalidad, su sentido de responsabilidad y su seriedad, esta última a menudo excesiva: la mayor parte del tiempo, Matías era una muralla lisa y sin adornos. Pasar por alto que esta América es también Latina lo exponía a frecuentes malentendidos sociales, de los cuales no tenía culpa. Era —conviene insistir en ello— la imagen misma de un hombre inalterable, ajeno a toda turbulencia emocional. Y ahí está la cuestión. La única vez que vi a este monolito lanzando chispas de entusiasmo... fue al relatar su visita a Bayreuth para presenciar “El Anillo del Nibelungo”.

Waltraute

Esa simple observación me convenció de la “magia” de Richard Wagner. Su música afecta a niveles profundos. Y aunque naturalmente el auditor germánico congenia más con esa Weltanschauung que invoca arquetipos recibidos con la leche materna, nadie está libre. Claro ejemplo lo ofrece Charles Baudelaire. El escritor genial que apenas conocía algo de música, se convirtió de golpe a la causa artística de Wagner luego de asistir a un concierto de obras suyas. La conmoción emocional experimentada entonces supo expresarla con elocuencia en una carta al compositor:

“El carácter que me impactó principalmente en su música fue su grandeza, […] la solemnidad de los sonidos grandiosos, de los aspectos grandiosos de la naturaleza, y la solemnidad de las pasiones grandiosas del hombre. Y uno se siente al instante arrebatado y subyugado.

“Entre los fragmentos más peculiares y que me aportaron una sensación musical nueva, está el dedicado a pintar el éxtasis religioso. Sentí toda la majestuosidad de una vida más amplia que la nuestra. […] Y la música, al mismo tiempo, respiraba orgullo por la vida.

“Por todas partes hay algo de arrebatado y de arrebatador
, algo que aspira a ascender más arriba, algo de excesivo y de superlativo.

“Por ejemplo, y sirviéndome de un símil tomado de la pintura, supongo que tengo ante mis ojos una vasta extensión de un rojo oscuro. Si este rojo representa la pasión, lo veo llegar gradualmente, mediante todas las transiciones de los colores rojo y rosado, a la incandescencia del horno. Parecerá difícil y hasta imposible llegar a algo más ardiente, y sin embargo, un último cohete traza un surco más blanco sobre el blanco que le sirve de fondo. Éste será, si así lo quiere, el grito supremo del alma llegada a su paroxismo”.

La vívida descripción de Baudelaire corresponde a las propias aspiraciones de Wagner. Éste ambicionó un arte capaz de expresar emociones e ideas trascendentales, no sólo por medio de la música sino combinando las demás disciplinas del arte, en un esfuerzo común que estremeciera al espectador de forma no muy lejana al ritual religioso.

Era él —como dijera el crítico español Ángel-Fernando Mayo— una rara especie de “dramaturgo-compositor”. Su música no debía adaptarse a otra imaginación diferente, la de un libretista, sino que brotaba con la misma inspiración que la palabra, animadas ambas por un enorme instinto dramático y una elevada capacidad de reflexión y comunicación. A ello se sumaba una fuerza de voluntad arrasadora, capaz de realizar en el transcurso de una sola vida humana una concepción ambiciosa como pocos han llegado a perseguir.

Bajo este punto de vista, fue Wagner el legítimo heredero de Beethoven, tomando el cariz revolucionario, iconoclasta y voluntarioso del gran Sordo. (Las otras virtudes de Beethoven, como su absoluta maestría en la música pura, su concisión temática o su artesanato instrumental, fueron reflejadas con mayor propiedad por Brahms).

Alberico Alberico se abalanza sobre el Anillo / ilustración de Konstantin Vasiliev

Klemperer OTTO KLEMPERER figura entre los supremos directores orquestales del siglo pasado. En su juventud fogoso adalid de las vanguardias, una sucesión de desgracias produjo al cabo de los años una gran variación tanto del repertorio elegido como de su estilo interpretativo. Cuando Karajan dejó vacante el podio de la Orquesta Philharmonia en 1954 para iniciar su leyenda al frente de la Filarmónica de Berlín, vino Klemperer a empuñar la batuta en su lugar por invitación del productor Walter Legge. Qué decisión más acertada. Aquel director ya veterano —y para algunos desahuciado artísticamente— llevó la extraordinaria orquesta londinense a una nueva edad de oro.

Legítimo sarmiento del período romántico, Klemperer concentró su actividad final en el gran repertorio centro-europeo. Y su Wagner es antológico. Majestuoso, acerado, inquietante, tan ominoso como esperanzador, Klemperer se regodea con la maravillosa orquesta que creó el gran compositor alemán para expresar lo más hondo de la naturaleza humana. Así, su grabación para el sello EMI de páginas orquestales wagnerianas con la Orquesta Philharmonia perdura hasta hoy en el catálogo de las referencias ineludibles. Ese magnífico registro les comparto hoy, confiando en que lo disfruten.

» D E S C A R G A
MP3 HD | 16 tracks | RAR 243,16 MB

Obertura »Tannhäuser« en interpretación de Klemperer y la orquesta Philharmonia. Noten por favor la claridad conseguida por este gran director, manteniendo el equilibrio sonoro de las varias secciones instrumentales, las cuales pueden ser escuchadas sin confusión. Tomen por ejemplo la línea de la tuba (bajo), siempre audible cuando el coro de los peregrinos brilla en los metales, mientras los violines realizan el célebre adorno descendente y el redoble de timbal acrecienta la energía del conjunto.
 
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