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jueves, 8 de agosto de 2013

Las SINFONÍAS 8 y 9 de SCHUBERT — o cuando un Condenado celebra la Vida

Busto de Schubert Retrato en bronce de Schubert / crédito: Siemen Bolhuis

Pocas cosas debe haber más difíciles que asumir el término brusco de la propia vida. Y más cuando se ha vivido poco. Las puertas del alma se astillarán a golpes de frustración, rebeldía, agobio, incertidumbre.

Aun así, pienso que esta fatalidad resulta psicológicamente más dura para nosotros, hijos de un Occidente horrorizado con la muerte y enemigo del dolor, que para nuestros bisabuelos. Antaño la muerte, aun siendo la misma tragedia, no provocaba el mismo escándalo. La reacción estaba moderada por la costumbre, y es que la medicina no tenía entonces tanto poder sobre las enfermedades; al contrario, existir era toda una proeza al amparo de la Providencia.

Quizá ese palpar la propia fragilidad hacía de la vida un milagro evidente, celebrado, como diría Borges, “con minucioso fervor”. Hasta los lánguidos decenios del Romanticismo sabían abandonar sus nostalgias para embriagarse con esta pletórica alegría de vivir, carpe diem que, no nos engañemos, tenía mucho de trascendental.

Gafas de SchubertLas inseparables gafas de Franz Peter Schubert
Esa amalgama contradictoria entre dicha y fatalidad ocupa un espacio central en el arte de Franz Peter SCHUBERT, uno de los grandes músicos de todos los tiempos y ciertamente el más grande nacido en Viena. La capital austríaca se constituyó durante mucho tiempo en “meca” europea de la Música, atrayendo a quien quisiera labrarse una gran carrera. Allí llegaban y se quedaban los creadores de fama mundial, agasajados por teatros, salones y palacios. No obstante, para Schubert casi no hubo alfombras rojas. Nacido duodécimo hijo de una humilde familia, manifestó talento soberano desde tierna edad. Sus profesores fueron declarando sucesivamente que nada más podían enseñarle al tímido chiquillo de rizos abundantes. Poseyó una preciosa voz infantil que le abrió las puertas del Coro de niños de la Capilla de la Corte, institución predecesora de los “Niños Cantores de Viena”. Eso le dio derecho a entrar en el “Stadtkonvikt”, colegio destinado únicamente a los pequeños miembros del coro imperial. Allí recibió una esmerada formación general, participó con ventaja en la pequeña orquesta del recinto y fue alumno del mismísimo Antonio Salieri. Aunque nunca se avino con el régimen del establecimiento, fueron cinco años fructíferos para Schubert: de esta época datan sus primeras obras vocales e instrumentales y el contacto con la obra sinfónica de Mozart, Haydn y Beethoven.

SchubertiadeStadtkonvikt de Viena / acuarela de Franz Gerasch

Dueño de esas raras facultades que son el oído absoluto y el oído interno (vale decir, identificar de inmediato cualquier sonido atribuyéndole la nota correspondiente, y generar dentro de la propia cabeza los sonidos leídos en una partitura), Schubert tuvo también una inspiración musical tan arrebatadora como su genio para la melodía. Sabía ser espontáneo y profundo a la vez, y nunca padeció falta de ideas frente a una página de papel pautado. Podríamos decir que su condición innata, su mismo propósito existencial, era crear música.

Y así fue. Pese a las presiones de su padre, quien quería verlo como maestro de escuela, se dedicó a la vida del artista, la cual era su auténtica vocación. No disminuyó nunca su timidez pero tampoco su fenomenal talento, y si no tuvo el carácter jupiterino de su idolatrado Beethoven, bien podía enseñarle a hacer amigos. Fueron éstos los primeros testigos (o causantes o dedicatarios) de composiciones inmortales como el “Ave María” o la “Serenata”.

SchubertiadeSchubertíada (1868) / Moritz von Schwind Schubert tenía un don para escribir canciones. Era capaz de inventar una melodía que capturara la frase poética, sostenerla en armonías que acompañaran el sentido expresivo y en el proceso no perder una sola gota de naturalidad, de manera que muy a menudo, oyendo sus canciones, sentimos imposible otra posibilidad de plasmarlas en música salvo aquélla. (Tiempo atrás, mi querido amigo Fernando de León nos ofreció un repaso de varias versiones musicales del lied Erlkönig, y habíamos de admitir que ni las más meritorias podían hacer sombra a la genial propuesta de Schubert para tal poema de Goethe).

Hizo denodados intentos de triunfar en el escena lírica —lo cual aseguraba entonces la carrera de un músico— y no conseguirlo fue su mayor frustración. Hoy sabemos que la culpa recae en los pésimos libretos y no en la enorme calidad de su música. Los verdaderos dramas musicales schubertianos están contenidos en sus prodigiosos lieder.

También compuso para la orquesta, y esa faceta la ilustraremos hoy. Dicen algunos que sus dotes como orquestador no siempre brillan a la altura de su genio; incluso Brahms, actuando como supervisor de la edición oficial a fines del siglo XIX, se permitió “corregir” los “cientos de errores” que a su juicio contenían esas partituras, principalmente en materia de acentos y dinámica instrumental. Injusto. Schubert fue un maestro consumado del difícil género sinfónico, y curiosamente en este apartado se muestra más conservador, tomando como modelos a Haydn y Mozart tanto o más que a Beethoven. Así forjó un eslabón nítido entre el Clasicismo y el Romanticismo. (Un iluminador análisis al respecto fue publicado por mi buen amigo Carlos Sala Ballester en su blog Entre Notas, enfocando los lazos entre Schubert y Mozart).

Mencioné con el título a un condenado que celebra la vida. Ocurre que a fines de 1822 el compositor contrajo sífilis, enfermedad vergonzante y rápidamente escondida para evitar el desprecio social.

Muchas biografías de Schubert acallaron esta dolencia y atribuyeron su temprana muerte a la fiebre tifoidea, lo cual no es del todo falso: fue la causa determinante de su fallecimiento, pero hizo presa de un hombre de 31 años debilitado por la sífilis y las curas altamente tóxicas basadas en mercurio. En 1823 pasó temporadas en el Hospital General de Viena —afortunadamente pionero de Europa en aquel momento— para tratar las etapas tempranas de su mal. Debió usar peluca cuando sufrió la caída temporal del cabello. Su sensibilidad y bonhomía fueron paulatinamente trastornadas llevándolo a períodos de fatiga y depresión (“melancolía severa” en el decir de sus cercanos) con otros de expansividad social y ebullición creativa. En los últimos años de su vida el alcolohismo (válvula de escape ante una enfermedad sin cura) había hecho mella en su carácter, disparando episodios de agresividad y haciéndolo descuidar su aspecto e higiene. Por su parte, la enfermedad venérea incubada en su organismo le causaba fuertes cefaleas y dolores articulares que a veces le impedían tocar el piano.

Pero nuestro creador nunca claudicó. Cuando pasaban las horas amargas reanudaba sus labores y partía al encuentro de la vida. A poco de concluir el último año de su existencia, 1828, decidió tomar clases de contrapunto con el propósito de ampliar sus recursos musicales, lo cual sugiere planes para el futuro. Por entonces su ánimo había recuperado el optimismo que supo plasmar en su última sinfonía, había presenciado un concierto público dedicado exclusivamente a sus obras y llevaba un vigoroso ritmo de trabajo. Pero su salud se deterioró tras probar pescado en un restorán el último día de octubre. Asistió a la primera clase de contrapunto el 4 de noviembre, pero ya no acudió a ninguna más. Su fatiga aumentó, cayó en cama y perdió el apetito. El 14 de noviembre todavía tiene energía para solicitar libros con que distraerse y retoca el ciclo Viaje de invierno. El día 17 se agrava, el 18 recibe la extremaunción y el 19, sucumbe. El repentino desenlace sorprende a todos. Pero Schubert atravesaba entonces la fase terciaria de la sífilis, y es probable que la muerte prematura le haya ahorrado el deterioro cerebral que padecieron otros, como Nietzsche, Lenin o Baudelaire.


  • Schubert Blomstedt
    SINFONÍA nº 8 en Si menor, »INCONCLUSA« & SINFONÍA nº 9 en Do mayor, »LA GRANDE«, por HERBERT BLOMSTEDT y la STAATSKAPELLE DRESDEN — La célebre Sinfonía Inconclusa procede del año 1823. A sólo un mes de empezada, el compositor se entera de que padece el mal incurable. Ello podría explicar el abandono de la obra con dos movimientos completos y apenas esbozos de un tercero. No obstante, el verdadero motivo de este abandono queda abierto a la especulación; lo cierto es que esos dos únicos movimientos son tan geniales y complementarios que bastan y sobran para erigir esta sinfonía en obra maestra. Cuesta creer que casi nadie supo de su existencia por décadas hasta su estreno en 1865. No me cabe la menor duda que si hubiera recibido difusión en su momento, habría acelerado el desarrollo sinfónico de la segunda generación romántica.

    Cito a Arturo Reverter:
    Los dos únicos movimientos que componen la «Incompleta» poseen una unidad y una condensación musical extraordinarias […]. Se pone de manifiesto en esta obra la extraña atracción que sobre el músico ejercía el modo menor en estos años […]. La orquestación es muy rica, uniéndose al conjunto habitual un trío de trombones […]. El carácter de la melodía y el colorido orquestal otorgan a la Octava Sinfonía una apariencia específicamente schubertiana que se aprecia asimismo en el segundo tema expuesto por los violoncelos en una amplia y bellísima frase de neto sabor liederístico […]. Dulzura, serenidad, rasgos de íntima felicidad, lirismo son carácteres propios de la obra […], pero están salpicadas de detalles de intenso valor dramático que rompen y proporcionan extraña e irisada luz al conjunto. […] Alfred Einstein, refiriéndose al Allegro moderato [primer movimiento], dice que posee una gran concentración, sólo comparable a la del primer movimiento de la Quinta Sinfonía de Beethoven.
    El pesar del movimiento inicial y la esperanzada dulzura del segundo crean un binomio irrepetible. Escuchen esta gran obra junto a la monumental Sinfonía número 9 en la reposada, vigorosa y bien planificada interpretación de Herbert Blomstedt dirigiendo a la Orquesta Estatal de Dresde. Los músicos abordan estas partituras imbuidos de “espíritu germánico” en la elección de tempos y volumen orquestal. Hermosísimo sonido el conseguido por los profesores de Dresden y magnífica dirección la de Blomstedt, que podrán encontrar en el link más abajo:
» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 220 kbps 48 kHz | 6 tracks | RAR 141 MB


  • Schubert MackerrasSINFONÍA nº 8 en Si menor, »INCONCLUSA« & SINFONÍA nº 9 en Do mayor, »LA GRANDE«, por CHARLES MACKERRAS y la ORQUESTA DE CÁMARA ESCOCESA — Las mismas obras, pero bajo un enfoque bastante diferente. Allí donde el director precedente aplicaba la, digamos, gran tradición centroeuropea en su enfoque romántico, empastado y poderoso, el maestro Mackerras prefiere innovar cuestionando la misma tradición, a fin de recuperar un sonido históricamente informado. Es una elección válida y prometedora. El sonido suena tal vez más rudo pero también más vivo y claro, sin que las cuerdas absorban los timbres variados de las maderas, por ejemplo. El director inglés nos ofrece versiones “desintoxicadas” de convenciones estilísticas nacidas bastante después de Schubert. Pero no olvidemos que Mackerras fue un músico con mayúsculas. Aquí está el compositor vienés con su vitalidad, sus aristas, sus melodías y su genio. De las varias aproximaciones historicistas a las sinfonías schubertianas, ésta es una de las mejores, quizá porque su norte es la música y no la inflexibilidad estilística.

    Sobre la Sinfonía en Do Mayor, cito de nuevo a Arturo Reverter:
    La Novena Sinfonía en do mayor, denominada «La Grande», según parece, para distinguirla de la Sexta Sinfonía escrita en la misma tonalidad, es sin duda la obra maestra de Schubert en este campo. Con ella quiso realizar una afirmación de personalidad, de saber y de capacidad […]. La elección de la tonalidad mayor, algo extraña conociendo sus métodos, resulta lógica si pensamos que por entonces la identificaba con una percepción optimista del mundo. La Octava Sinfonía intentaba traducir sobre un plano sinfónico el trasfondo de un pensamiento introvertido. La Novena Sinfonía resuelve, según la certera opinión de Brigitte Massin, la contradicción que Schubert había tenido como irreconciliable en aquella obra: traducir, una vez acostumbrado al ascetismo y refinamiento psicológico del lied, el misterio de la interioridad en un lenguaje sinfónico. […].
    Aprecien ambas obras en el link inferior:
» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 220 kbps 48 kHz | 6 tracks | RAR 125 MB

Busto de SchubertWaldmüller: Joven campesina con tres niños en la ventana

viernes, 15 de febrero de 2013

MUSORGSKY y BORODIN

FEBRERO traerá menos actividad al sitio ya que es el “mes vacacional” en Chile. Aun así dejaré algo para amenizar el verano. Preparé un disco de repertorio ruso con algunas páginas ampliamente conocidas de Músorgsky y Borodin: “Cuadros de una Exposición”, la “Noche en el Monte Calvo” (o “en la Árida Montaña”, según la traducción), junto a la Obertura y Danzas Polovetsianas de “El Príncipe Igor”. Todo en la interpretación de Sir Charles Mackerras y la Orquesta y Coro de la Real Filarmónica de Liverpool.

Rusia ha estado en el ojo de la atención mundial con motivo del gran meteorito que cayó estruendosamente en la región de los Urales el día de hoy. Así que la coyuntura aporta, digamos, “actualidad” a este regalo. ¡Que lo disfruten!

...aquí

mp3 | VBR ~ 220kbps | 22 tracks | .rar 100,6 MB | pw: quinoff


  • MUSORGSKY
    + Tableaux d’une Exposition (orch. Ravel)
    + Une Nuit sur le Mont Chauve
  • BORODIN
    Le Prince Igor:
    + Ouverture
    + Danses Polovtsiennes

Charles Mackerras / Royal Liverpool Choir & Orchestra

martes, 26 de julio de 2011

Desde el Nuevo Mundo ( 3/3 ) VIDA de DELIUS

Delius
Frederick Delius fotografiado en 1907, con 45 años de edad.

En esta entrega, Ernesto Nosthas nos remite a la vida y trayectoria de Frederick Delius, el compositor inglés de ancestro alemán que vivió entre el Viejo y el Nuevo Mundo. A continuación, su historia.

por Ernesto Nosthas Nosthas


Nuestro autor nació en la pequeña ciudad de Bradford, en la campiña norte inglesa en enero de 1862, bautizado como Fritz Albert Theodor Delius. Sus padres Julius y Elise Pauline Delius se habían trasladado desde Bielefeld, Alemania, a Inglaterra para trabajar en el negocio de la lana. Frederick (Fritz para su familia) Delius fue el cuarto de catorce hijos. La familia en la que se creció era musicalmente culta, y el niño Fritz aprendió a tocar el violín y el piano. Luego de estudiar en la escuela local pasó dos años estudiando en el Colegio Internacional, cerca de Londres, y luego trabajo algunos años de aprendiz en el negocio de su padre. Trabajar en el negocio familiar de la lana poco a poco frustró al joven Frederick, quien pronto confrontó a su padre para que le permitiese asumir la administración de una finca de cultivo de naranjas en Florida, Estados Unidos.

Típica ciénaga de Florida La plantación en donde se estableció Delius se ubicaba en Solano Grove, en las inmediaciones de Jacksonville, a las orillas del río de San Juan. Una vez allí, como parte de su bagaje de hogar, Delius se hizo de un piano y ubicó a un maestro local de música: el organista Thomas Ward, una temprana influencia importante en el desarrollo de sus instintos musicales. Tumba de Thomas Ward No es un hecho totalmente confirmado, pero existen vagas evidencias que Delius tuvo una relación sentimental con una chica afroamericana que trabajaba en la plantación de naranjos de Grove. Después de retornar a Inglaterra, en 1886, el compositor se enteró de que su amante había tenido un hijo. Pocos años después, atormentado por un profundo sentimiento de pérdida, volvió a Florida buscando a su antiguo amor y a su hijo. Pero la chica, temiendo que el padre viniera a quitarle al niño y llevárselo a Inglaterra, había huido sin dejar rastro y Delius no supo más de ella. «Vestido de Carnaval» / óleo de Winslow Homer, 1877.

Durante su estancia en Florida, Delius compuso mucha música, como por ejemplo la Florida Suite. La casa en la que vivió desde 1884 a 1885 en “Solano Grove’’ fue donada a la Universidad de Jacksonville y trasladada íntegramente a su campus en 1961. Esta Universidad floridana organiza el Delius Festival anualmente, en honor al compositor. Su continuo contacto con sus trabajadores y sus familias le permitió absorber la tradición musical local, principalmente las armonías de los cantos de los trabajadores negros, materia prima que vaciaría en la composición de la ya citada “Suite Florida”. Delius permaneció allí durante un año y medio, antes de pasar a Danville, Virginia, en donde obtuvo trabajo ya como profesor de armonía y piano. Con todos estos antecedentes, finalmente el padre de Delius aceptó la vocación musical de su hijo y le permitió seguir una carrera musical formal y completa, para lo cual ingresó en el Conservatorio de Leipzig, en donde estudió por dos años a partir de 1886. Fue en esta ciudad, y aplicando sus estudios musicales a sus vivencias musicales en la Florida, que compuso la “Suite Florida” y la presentó como trabajo de composición a sus profesores, sin mayor suceso.
Gárgola mirando París Al salir de Leipzig, se trasladó a París, donde iba a permanecer trabajando y estudiando durante casi una década. La vida cultural parisina pronto le permitió desarrollarse más como compositor, con canciones y piezas a pequeña escala para conjuntos instrumentales de cámara y orquestales, además de incursionar en la ópera con Irmelin (1890-2), La Fuente Mágica (1894-5) y Koanga (1895-7). Luego evolucionó a grandes obras orquestales, algunas de ellas con voces solistas, como es el caso de las Cantatas Paa Viderne (1888), Sakuntala (1889) y Maud (1891), mientras que 1889 compuso los poemas sinfónicos “La Danza de la Vida” y “Paris”. El eclecticismo de estas obras es evidente, su inspiración se deriva de la literatura de Inglaterra, Noruega, Dinamarca, Alemania y Francia, el romance medieval, los indios norteamericanos y los Negros, el paisaje de la Florida y las montañas de Escandinavia.

«Delius tocando el piano» / acuarela de Daniel de Monfried, París, 1893. Durante su período parisino, Delius tuvo muy pocas oportunidades de obtener que sus obras fuesen interpretadas, no fue hasta 1897 que llegó la oportunidad de escuchar cómo sonaba su música cuando asistió a interpretaciones en Oslo de la obra teatral “Folkeraadet”, para la cual compuso la música incidental. Inmediatamente después, viajó a Alemania para el estreno de su obra “Over the hills and far away” (Sobre las colinas y más allá), con la Staatskapelle de Dresde bajo la conducción de Hans Haym, quien con el pianista y director Julius Buths, fueron dos artífices clave en la promoción de la música de Delius en Alemania en la primera década del nuevo siglo. Haciendo eco del dicho “nadie es profeta en su propia tierra”, un primer concierto de obras de Delius en Londres en 1899 fue casi un completo fracaso. En esos días conoció a la pintora germano-francesa Helene Jelka Rosen, con quien rápidamente se enamoró y se acompañaron sentimentalmente por seis años hasta que finalmente se casaron en 1903. La pareja vivió desde que inició su relación en una pequeña casa en Grez-sur-Loing, cerca de Fontainebleau, y salvo por un breve momento de desalojo durante la Primera Guerra Mundial, vivieron juntos en esa casa hasta la muerte de Frederick en 1936. En 1907 Delius conoce a Thomas Beecham, que se convertiría en el gran promotor y defensor de la obra su obra en el mundo anglosajón. Hasta entonces el público de Delius era principalmente alemán, gracias a la tarea de los directores Fritz Cassirer y Hans Haym. Delius fue un compositor prolífico, con un estilo rico de recursos cromáticos, aunque siempre dentro de la tonalidad. Su expresión combina deliciosas armonías, con el uso frecuente de Leitmotiv y con melodías en constante desarrollo. Algunas de sus obras más conocidas están relacionadas con paisajes o impresiones vívidas del mundo que le rodea, en adición a la Suite Florida, podemos destacar: On Hearing the First Cuckoo in Spring, Brigg Fair, A Village Romeo and Juliet (Un Romeo y Julieta de aldea), Mass of Life, Réquiem y la ópera Koanga. También son dignos de mención el Concierto para piano y orquesta (con sus formas y acentos que anticipan la Rhapsody in Blue de Gershwin), el Concierto para violín y orquesta, un Doble concierto para violín y violoncelo y el bellísimo poema sinfónico “Paris: Song of a Great City”. Algunos extractos orquestales de sus óperas, como por ejemplo “La Calinda” de la ópera Koanga, pero sobre todo “The Walk to the Paradise Garden” de “A Village Romeo and Juliet”, también se interpretan y se han grabado con cierta frecuencia. También nos dejó un cierto número de obras de cámara (tres Sonatas para violín, compuestas en la madurez, una Sonata para violoncelo, y un Cuarteto de cuerda). Hacia el final de su vida, en sus últimos años, su salud empezó a quebrantarse, lo cual derivó en casi una total reclusión en su casa de siempre en Grez-sur-Loing. Durante estos años fue envejeciendo con crecientes problemas de salud. La vida un tanto agitada que tuvo de joven en París, le trajo como secuela la sífilis. Ahora, los efectos a largo término de la enfermedad se le manifestaron con una ceguera total y parálisis en sus piernas, hasta al punto de necesitar una silla de ruedas. Sin embargo, conservó una notable lucidez mental, por lo que para canalizar su actividad creativa Delius contrató a Eric Fenby, que había escrito tiempo atrás una carta de admiración al compositor, como su secretario personal y transcriptor musical. Las últimas grandes obras de Delius fueron dictadas a Fenby, quien después escribiría un libro sobre la experiencia. La película “Song of Summer”, dirigida por Ken Russell, está basada en el libro de Fenby y protagonizada por Max Adrian como el ciego compositor. Entre las obras editadas con los oficios de Fenby destacan “A Song of Summer”, “Fantastic Dance”, los ciclos de canciones “Cynara” y “A Late Lark”, el “Irmelin Prelude”, “Caprice and Elegy” para cello y orquesta de cámara, “Deux Aquarelles” para orquesta de cuerdas, y la Tercera Sonara para Violín y Piano. Con la tranquilidad de haber completado todas estas obras, Delius murió plácidamente en su hogar de Grez-sur-Loing el 10 de junio de 1934. Su amada esposa le sobrevivió únicamente once meses. Ambos fueron enterrados en Limpsfield, Surrey, Inglaterra.
  • Visita esta página con imágenes del compositor

Complementando esta nota biográfica sobre Frederick Delius, Ernesto nos deja como obsequio tres discos que abarcan buena parte del legado del compositor inglés. ¡Disfrútenlos! Todos están en mp3 y a 192 kbps:

viernes, 16 de julio de 2010

† MACKERRAS


Mackerras

Sir Charles Mackerras
(1925-2010)


Ayer falleció en Londres, con 85 años y víctima del cáncer, el gran director australiano Sir Charles Mackerras, cuya batuta nos deja un legado extraordinario. Todo un campeón de la música checa en general y de Janácek en particular, sus incursiones se extendieron a un amplio territorio en el cual Mozart brilló con peculiar esplendor. A este querido músico vaya el homenaje de este blog.

Una de las grabaciones referenciales de Mackerras fue El Mesías, de Händel, en el arreglo hecho por Mozart tres años antes de morir, para los círculos vieneses que por esos días redescubrían los oratorios del genio barroco. Mozart, admirador de Händel, fue muy respetuoso con las intenciones del compositor; no obstante, sus retoques a la instrumentación evidencian la maestría que había alcanzado el salzburgués, haciendo recordar el mundo tímbrico de Die Zauberflöte, sobre todo en el manejo de los vientos de bronce y madera.

HÄNDEL/MOZART: DER MESSIAS
Charles Mackerras, 1974


jueves, 24 de septiembre de 2009

BRAHMS: Segunda Serenata [Mackerras & SCO]

carátula

Ahora llega la Segunda Serenata que el joven Brahms compuso en Detmold, entre 1858-59. En la orquestación suprimió los violines, medida que tomó, al parecer, cuando revisó esta pieza una década más tarde. Eso le da una presencia sonora oscura pero jovial, con algún parecido al estilo que distinguirá después a Dvorak.

Esta es una serenata dedicada. Por supuesto: a Clarita. Eran los tiempos de amor fervoroso y juvenil por la fascinante pianista 14 años mayor. También la madre de Brahms era mayor que su esposo... la cosa venía de familia tanto como el talento, que podrán disfrutar ustedes nuevamente gracias al bueno de Mackerras con los escoceses...

A Q U Í !

MP3 320 CBR 70,6 MB


martes, 8 de septiembre de 2009

BRAHMS: Primera Serenata · Mackerras & Orquesta de Cámara Escocesa

Elgatosierra provocó esta entrega. Inadvertidamente, claro: le comentaron a él que Charles Mackerras había dado una buena interpretación de las Serenatas brahmsianas, y aquí está la primera de ambas piezas.

Nuevamente prefiero una orquesta de cámara. Está claro que aquí el australiano empleó trompas naturales (sin válvulas), lo cual nos acerca al timbre instrumental que conocía Brahms. Diría, de hecho, que la versión respira un aire historicista. Los tempi me parecen elegidos de manera bastante personal y por lo que he leído, hay quien discrepe. No es una versión “habitual”, eso está claro, y personalmente prefiero el mayor entusiasmo de Brüggen.

Sin embargo, Mackerras es uno de los directores que siempre vale la pena oír, y aquí tiene la sutil virtud de recordarnos que, sin importar el contingente instrumental, la composición es una serenata, no una sinfonía, y le corresponde un peso más ligero, por más que Brahms nunca tomara su oficio con ligereza.

MACKERRAS + BRAHMS AQUÍ.
 
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