Richard Strauss
en los Alpes
En 1915 Richard Strauss estrenó su creación sinfónica más desmesurada, perfecta y netamente programática: la Sinfonía Alpina, que comenzara a esbozar en 1911. Se la ha llamado “la Pastoral de Strauss”. Tras ella, nunca más su creador volvería a escribir cosa semejante.
Tal abandono fue una decisión sorpresiva. El poema sinfónico era una de las bazas fundamentales del creador bávaro. Había firmado obras maestras como Don Juan, Till Eulenspiegel o Así Habló Zaratustra, por mencionar sólo algunos de los que siguen ejecutándose a más de un siglo de su creación. La misma Sinfonía... pese a su nombre no es otra cosa que un complejo poema sinfónico. ¿Por qué entonces el “portazo” a un nicho fecundo?
Seguramente porque Strauss había cambiado junto con su época. Quien era en ese momento el compositor más famoso del mundo occidental, adivinaba en la Primera Guerra Mundial la desintegración de “su Europa”, ese brillante conglomerado de reinos e imperios, liberalismos políticos y oronda fe en el progreso científico del cual procedía él mismo.
El Poema Sinfónico tenía mucho que ver con ese mundo brillante y presuntuoso. La inmensa orquesta del Posrromanticismo —anticipada por Berlioz, establecida por Wagner y expandida por Bruckner, Mahler y Strauss— reflejaba el lujo de una sociedad regulada con parámetros imperiales, pero herida por íntimas contradicciones.
Todo eso cedía ante el vendaval de la Historia.

Es sintomático que Strauss se decidiera a relatar una travesía a la montaña en pleno 1914, año marcado por la guerra. Hay quien vea en esta decisión un escapismo del compositor, comportándose como un “avestruz musical” que hundía la cabeza en sus partituras (actitud que le reprocharán nuevamente en el futuro, cuando se dejó manipular por el Tercer Reich).
El ascenso a un final
Esa montaña que Strauss se propone escalar con ayuda de toda una orquesta expresa, como dijimos antes, un adiós, pero también una culminación de su sabiduría como instrumentador. Faltan dedos en la mano para contar a otros músicos que, no diré ya disputen, sino solamente equiparen la genialidad straussiana al manejar los timbres orquestales; y aun así, al acabar la partitura de esta obra, el bávaro exclamaba: “¡por fin he aprendido a orquestar!”.
Las herramientas del montañista imaginario serán:
- el leitmotiv, empleado extensivamente para graficar los accidentes del terreno;
- una imaginación instrumental impresionante, que tanto sabe conjurar la masa orquestal en feroz plenitud como dispersarla en instantes mínimos, etéreos, imitando la música de cámara;
- el mayor realismo practicado por Strauss, que recurre al sonido de cencerros para identificar los rebaños o a la “máquina de viento” para generar el aullido de la tormenta, en vez de sugerirlo con medios puramente musicales.
Strauss dirigiendo la orquesta de la ópera de Dresde
Hablé de leitmotiv. Nietzsche elogiaba en Wagner la concisión de estos motivos fugaces, concisión que no impide en ellos un hermoso trazo melódico. Otro tanto puede pregonarse de Richard Strauss. Sus leitmotiven, más nerviosos y rápidos, “modernos”, tienen suficiente entidad para ser identificados y luego asociados a un momento particular.
Algunos ejemplos que me cautivan:
- Para representar el ascenso del montañista Strauss se vale de rápidos intervalos (de cuarta, tercera y segunda) dibujados de manera ascendente, generando así la sensación de impetuosa elevación;
- luego, para pintar la visión panorámica de las montañas en derredor, lleva esa figura musical a los metales, cuyo timbre aporta una poderosa sensación de volumen.
- Dado que le interesa evocar asimismo el concepto de altitud, acalla los registros más graves de la orquesta y detiene a las cuerdas en un trémolo justo a mitad de la escala, para desarrollar los intervalos de bronces hacia el registro agudo.
- Después, en uno de los mejores efectos de la obra, incorpora el eco de otros bronces lejanos, idealmente fuera de la sala de concierto, y así figura la amplitud del espacio alpino. Todo construido, como dije, con ese breve motivo jugando en fanfarrias.
En otras ocasiones se trata de melodías desarrolladas... ¡y qué belleza!
- La obra arranca con una larga escala descendente en modo menor, que representa la noche.
- Pero poco después el sol irrumpe con una de las mejores melodías del compositor... que no es sino el “reverso” de la anterior: casi la misma escala, pero luminosa, en modo mayor, como la luz del alba que cae desde las cumbres hacia los valles.
- Al adentrarse en el bosque, la orquesta cambia bruscamente. La atmósfera se vuelve ominosa, mientras los violines realizan rápidas figuras de arpegio que simulan la verticalidad de los altos árboles; entonces recordaremos que el bosque es, para todo alemán, el escenario de los temores y las leyendas ancestrales.
- Momentos mínimos o visiones fugaces no escapan al pincel sonoro de Strauss, que en rápidos trazos dibuja una cascada o evoca un rebaño pastando. La ascensión, el vértigo, la llegada a la cumbre, la contemplación… nada escapa a la fantástica partitura.
- Cerca del final somos testigos de un súmmum de sabiduría instrumental: Strauss representa vívidamente la furia de los elementos en una tempestad. Rayos, truenos, lluvia o viento se describen de modo cinematográfico.
- Al fin, el montañista imaginario logra volver a la seguridad de valle mientras la noche vueve a caer, dando una sensación de arco argumental simétrico que concluye tras 22 episodios.
También hay quien perciba en esta simetría una metáfora de la vida misma. Qué duda cabe: Strauss visitaba su “última cima” en el apartado del Poema Sinfónico. Pero, al mismo tiempo, dejaba en pie un monumento sonoro que sigue marcando un hito, a la espera de quienes se animen a desafiarlo.
Eso es, precisamente, lo que hoy les invito a realizar, llevados por la magnífica versión de Vladimir Ashkenazy dirigiendo a la Filarmónica Checa el año 1999. Ashkenazy publicó un registro previo de la misma obra junto a la Orquesta de Cleveland. No obstante, las opiniones que puede uno consultar en foros, páginas y otros medios internáuticos coinciden en que el intérprete ruso se superó a sí mismo en esta ocasión. Puedo añadir que concuerdo con ese entusiasmo: es una de las mejores versiones en mi poder.
El registro es una de esas sorpresas con que nos sorprende a menudo la globalización de la industria musical: un pianista ruso devenido en director, admirador confeso del austríaco Karajan, aborda (y borda) una partitura alemana con el auxilio de la mejor orquesta checa bajo los auspicios de un sello de Finlandia. No se acaba ahí: consultando los créditos nos enteramos que tanto el ingeniero de sonido (merecedor de aplausos por su impecable labor), el asistente de dirección y el productor son japoneses. Todos ellos confluyen en el mítico Rudolfinum de Praga, cuya excepcional acústica vale por todo un instrumento.
Ya que hablé de grabaciones, una curiosidad: la Sinfonía Alpina fue la primera obra grabada en un disco compacto, interpretada por la Filarmónica de Berlín con Herbert von Karajan. Un mito.
El disco cierra con una selección de los valses escritos por Richard Strauss para su ópera «El Caballero de la Rosa». ¡Disfruten!:
MP3 | 23 pistas | ABR 256 kbps 48 kHz | .7z 134,1 mb | Yandex
Strauss en su vejez, podando las rosas de su jardín

Vamos a la música. Esta vez escucharemos música de Aleksandr Borodín en versión del maestro armenio-iraní Loris Tjeknavorian dirigiendo la
El presente registro se compone de una memorable selección de música de Borodín, comenzando con la Sinfonía número 2 en Si menor, considerada la mejor de las tres que alcanzó a escribir. A continuación oirán el cuadro orquestal «En las estepas del Asia Central», significativamente dedicado al creador del poema sinfónico, 



El disco que hoy les comparto fue un imperdible en la década del 60 del siglo pasado: Obras Orquestales de Jean Sibelius a cargo de Sir John Barbirolli y su emblemática Orquesta Hallé de Manchester. El maestro inglés revive aquí algunas de las páginas más célebres del escandinavo, como su tópica «Finlandia», op.26, los tres movimientos de la Suite «Karelia», op.11, los poemas sinfónicos «La hija de Pohjola», op.49 y «El regreso de Lemminkäinen», op.26, o el nostálgico Valse Triste, op.44.



Disfruten el repertorio ruso de manos de un maestro: Neeme Järvi junto a la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo, en un registro de finales de los años 80 del siglo pasado.
Disfruten la Sinfonía nº 9 en Mi menor, «desde el Nuevo Mundo», y el poema sinfónico «El duende de las aguas» (Vodník) en una de las más brillantes grabaciones recientes: el inagotable y genial 
No sólo compositor sino también musicólogo, Respighi cultivó ese interés por el pasado que sembró la imaginación de numerosos creadores durante el siglo XIX, llevándolos a recuperar fórmulas caducas en interesantes nuevos contextos. Pero la seducción de glorias pasadas acaricia muy particularmente a los italianos, viudos eternos de uno de los mayores imperios de la Historia. El apelativo romano acompaña a tres de las más famosas obras del músico boloñés: Fuentes de Roma, Pinos de Roma y Fiestas Romanas —música imponente, llena de luz, de color, muy influida por el decadentismo literario de Gabriele d’Annunzio y sus evocaciones de la Roma antigua— además de otras igualmente brillantes como el Tríptico Botticelliano o los Vitrales de iglesia.


De Músorgsky diremos que fue el más genial de cuantos reunió Balakirev. Su temperamento comunicativo y original se avino a la música escénica, donde descolló como autor operístico. Tuvo un notable enfoque de la lengua rusa adaptada al canto y firmó ciclos breves, pero memorables, de canciones de concierto. También escribió algunas páginas netamente sinfónicas y otras tantas para piano solista, entre las cuales sobresale la suite Cuadros de una Exposición; pero su precaria formación musical, así como la inestabilidad nerviosa y el desorden constante en que pasó sus días, mermaron la eficacia de sus esfuerzos creativos. Tras su muerte, su obra saldría a la luz gracias a otros músicos que la hicieron «presentable» para las salas de concierto. Sólo con el correr del tiempo se cayó en cuenta que la buena voluntad de estos mediadores había escondido audacias todavía más valiosas, y durante el siglo pasado se fue realizando un redescubrimiento del «auténtico» Músorgsky. Pero cuidado; el famoso óleo de Repin que retrata al compositor en el triste desaliño de sus días finales ha llevado a pensar que esa imagen a lo Rimbaud corresponde a su vida entera, y nada más falso. Músorgsky, aunque inigualable cantor del pueblo ruso, nunca renegó de su cuna aristócrata, empleaba fluidamente el francés en muchas de sus cartas, como se estilaba en su medio, y fue cuidadoso de su aspecto y su vestir.

Se trata, no obstante, de un director de jerarquía, uno de los mejores de su generación y ciertamente uno de los grandes músicos ingleses todavía en activo. Pertenece a esa rara especie de los “intérpretes”, los que buscan hacer hablar a la música y no sólo reproducir una partitura. Hay quienes lo consideran engolado, marmóreo, o un artista que debe más a la formidable industria discográfica inglesa y su propaganda que a méritos reales; entre tanto, otros no pueden reprimir el aplauso cuando le escuchan. Más vale oírlo: hoy les traigo un disco con “el Sibelius de Davis”. Y no es un decir. El sello RCA ha dejado claro desde la misma portada que el protagonista es el director inglés: no hay paisaje nórdico ni compositor en sepia, sólo un sonriente Davis.

