Elizabeth Thompson (Lady Butler): «Scotland Forever», 1881
Volvemos a la carga. Y casi literalmente porque se trata de un “disco bélico”: la repercusión en el arte alemán de las guerras napoleónicas a través de Beethoven.
Desde que la turbulenta Revolución Francesa sacudiera Europa y precipitara los enfrentamientos nacionales, la vida corriente transcurrió durante décadas bajo amenaza. No obstante la regla tácita —entonces más acatada que hoy— de que la guerra la hacen los ejércitos, no los civiles, resultaba imposible evitar el contagio con un variable enardecimiento de los ánimos que oscilaba entre entusiasmos, decepciones y cóleras. Ludwig van Beethoven había experimentado personalmente esta volubilidad de las pasiones políticas: simpatizó con las ideas de la Revolución y aún más con el joven Bonaparte, hasta que este último, al cabo de unos años de imparable campaña militar, decidió coronarse Emperador de Francia. Cuenta la leyenda que Beethoven sintió el hecho como una traición personal y desde ese momento despreció abiertamente al corso.
Otro genio de entonces poseía una opinión diferente: Goethe, el hombre universal, admiraba a Napoleón y hasta el fin de sus días fue benevolente para referirse a él. Antiguo ministro en el estado soberano de Weimar, Goethe conocía de primera mano los problemas y vericuetos del gobierno, cosa que le permitió un juicio nítido del fenómeno napoleónico. Esa cercanía personal con la política atizó reflexiones que hallaron cabida en su producción literaria como, por ejemplo, la tragedia Egmont.
Muchos críticos consideran esta obra, basada libremente en hechos ocurridos en Flandes durante el Siglo de Oro español, como la más perfecta obra teatral de Goethe. En ella trata al protagonista, Lamoraal Conde de Egmont y Príncipe de Gavre, como imagen de la amplitud de espíritu enfrentada a la inflexibilidad y pequeñez de los déspotas de turno (versión idealizada de los acontecimientos concretos). Dice G. von Waldheim en 1950: “El drama Egmont es una pieza eminentemente política, si entendemos por política el juego de las fuerzas en el seno de una nación o entre las diversas naciones, es decir, algo de carácter dinámico. El Egmont goethiano, lo mismo que su contrincante Alba y los restantes personajes que Goethe saca a escena, no tienen demasiado que ver con los titulares verdaderos de esos nombres, como la investigación moderna ha demostrado hace ya tiempo. Cierto que el principal protagonista, Egmont, es un héroe político, pero, como Momsen expone con acierto, la libertad por la que Egmont sacrifica su vida no es propiamente la libertad política, sino la libertad de obrar con arreglo a la justicia. Por eso vemos en Egmont el relato de la lucha entre el hombre y el destino y no una pieza política en sentido propio.”
Louis Gallait: «El Conde Egmont antes de su ejecución», c. 1848
Ludwig van Beethoven fue tentado seguramente por esa cualidad fatídica —relacionada con el Hado, el Destino— que tanto encajaba con su propia visión de la vida. Entre octubre de 1809 y junio de 1810 el compositor escribió los números de una música incidental admirable, destinada a acompañar la representación escénica. El mismo Goethe —reacio al aplauso— elogió públicamente tamaño logro artístico. Por su parte el multifacético escritor y músico E.T.A. Hoffmann aplaudió a su vez la efectiva asociación de ambos genios en su crítica sobre la obra. Son diez números, de los cuales la Obertura fue el último en ser compuesto. Aquí se percibe la influencia de obras cercanas en el tiempo, como la ópera Fidelio y la Sinfonía nº 3 “Heroica”. Además, en la obertura Beethoven exhibe su magistral capacidad para desarrollar las ideas germinales, su manejo del contraste y la tensión, o el paso de la modalidad menor a la mayor como expresión de triunfo. Aplauso aparte merecen los Entreactos, tan inspirados, tan evocadores de la fuerza y nobleza musical de la ópera “Fidelio” y tan inequívocamente beethovenianos.
Aunque Egmont transcurra en el siglo XVI, la atmósfera sonora creada por Beethoven emana del drama bélico de su propia época. Más aún sucede en otra obra compuesta entonces, como cita exacta de acontecimientos contemporáneos llevados al pentagrama: la “Victoria de Wellington” o “La Batalla de Vitoria”, representación musical del embate entre dos ejércitos que nutrió la popularidad del compositor en su momento. Cuadro musical que camina hacia lo que será después el poema sinfónico, “Wellingtons Sieg” abre camino a las aplaudidas “batallas orquestales” que nacerán en el curso del mismo siglo XIX para evocar ejércitos y duras refriegas entre clarines, cañones y bayonetas. Parte del mérito en este curioso invento hay que atribuirlo, justamente, a un inventor: Johann Mälzel (ver recuadro), quien confeccionaba los paliativos para la sordera del músico (esas trompas metálicas que se aguzan hasta caber en el pabellón auricular y que todo aficionado ha visto alguna vez en las revistas). Beethoven sentía genuino aprecio por Mälzel, pero cuando supo que éste planeaba usar la composición con uno de sus artefactos mecánico-musicales, el “Panarmónico”, sin otorgarle el debido crédito, montó en cólera y obstaculizó tanto cuanto pudo ese proyecto. Aunque él mismo consideraba esta obra como una página menor, era celoso...
Por fin, el disco se completa con una selección de marchas escritas por Beethoven para uso en pompas públicas o vida de cuartel. No nos sorprenda ni interpretemos las cosas con nuestra sensibilidad moderna; el militarismo ha sido siempre un ingrediente de la vida en los pueblos germanos —y no sólo de ellos— sin significar una enfermedad ni mucho menos un peligro per se. Aclarado esto, disfrutemos estas breves piezas con su ritmo marcial y su vitalidad propia, parámetros que el compositor obedece y luego expande con su imaginación.
Uno de los contemporáneos más originales de Beethoven fue el fructífero inventor Johann Nepomuk MÄLZEL (* Ratisbona, 15 Ago. 1772 — † La Guaira, Venezuela, 21 Jul. 1838), a quien alguno definió certeramente como «mitad Edison, mitad Barnum» (este último un famoso empresario circense de EE.UU.). Ha pasado a la historia de la Música por su Metrónomo, hoy de uso universal, pero que en realidad no le pertenece: fue creado por Dietrich Winkel en 1816. Pero éste no lo registró; Mälzel copió ideas, armó su propia versión y el mismo año se adjudicó la patente.
Amigo personal de Beethoven, Mälzel supo motivar al genio para indicar medidas de metrónomo en sus composiciones, atrayendo prestigio hacia el artefacto. Justo es decir que también lo ayudó a mitigar los principios de su sordera ideando varias cornetas acústicas, un sistema de escucha conectado al piano, etc.

Mälzel, como las gentes de antaño, no era un mero especialista en mecánica sino una personalidad de múltiples facetas, entre ellas sus dotes como empresario de espectáculos. Por ejemplo, en 1805 adquirió “El Turco”, un autómata que supuestamente jugaba al ajedrez —en realidad un truco de ilusionismo desarrollado por Wolfgang von Kempelen— y supo sacarle buen provecho organizando giras, haciéndolo jugar contra notorios oponentes y explotando el misterio de su funcionamiento.
Justamente la última de esas giras, dirigida a Hispanoamérica luego de triunfar en Estados Unidos, le costó la vida: su secretario personal Schlumberger, verdadero motor del autómata, murió en Cuba de fiebre amarilla; el resto del equipo se dispersó; Mälzel, decepcionado, zarpó de regreso pero la muerte lo sorprendió en alta mar. Tenía 66 años. Su cuerpo fue entregado a las aguas y el artefacto, al capitán. Pasando por varios nuevos dueños, “El Turco” acabó en los depósitos del Museo Chino de Filadelfia, donde un incendio lo calcinó en 1854.

«El Turco», escultura en resina de Thomas Kuntz / Una interesante reseña junto a un cómic inspirado en el autómata, pueden ustedes encontrarlo AQUÍ
Antes de todo eso, el año 1813, Mälzel había proyectado un espectáculo con el cual exhibir en ideales condiciones un nuevo invento, el «Panarmónico», una especie de orquesta mecánica que suplía a una banda militar convencional. Semejando una gigantesca caja de música, el aparato reproducía la música codificada en grandes cilindros de madera con muescas, a los que un operador hacía girar mediante una manivela.
Mälzel persuadió a Beethoven de escribir una pieza patriótica para el Panarmónico, aprovechando el fervor contra Bonaparte que cundía en el país y facilitar así un viaje proyectado por ambos a Londres, lo cual recomendaba elogiar las armas británicas. Era una apuesta segura. Beethoven trabajó con entusiasmo e incluso aceptó sugerencias de Mälzel: efectos extra musicales como disparos e inclusión del Himno de Inglaterra para convertirlo después en una fuga.
La imaginación del compositor, sin embargo, desbordó las posibilidades de la máquina. Entonces reescribió la obra original («Sinfonía de Victoria») para plantilla orquestal completa, agregándole una introducción (dos melodías caracterizan a cada ejército), rebautizándola como «La Batalla de Vitoria ó Victoria de Wellington» y presentándola el 8 de diciembre de 1813 en un concierto a beneficio de los soldados heridos en la Batalla de Hanau. Incluso hubo una teatralización de la partitura, con actores vestidos a la manera de cada ejército, lo cual facilitó aun más la adhesión del público. Esa misma velada contempló el estreno mundial de la extraordinaria Séptima Sinfonía de Beethoven, pero el instinto de Mälzel no se equivocó: la «Victoria...» se llevó las palmas, tanto que debió repetirse el 12 de diciembre de ese año, y al siguiente otra vez el 2 de enero, el 27 de febrero y el 25 de marzo. Así, una obra segundona en la producción del genio fue decisiva para elevarlo al cénit de su fama.

(fuente de la imagen)
El último Panarmónico existente, conservado en Stuttgart, fue destruido por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Afortunadamente llegó hasta nosotros una copia del manuscrito original para la máquina y, por obra y arte de Internet, existe un sitio en donde un par de amigos entusiastas se dieron a la tarea de recrear por vía computarizada las obras del genio de Bonn que el disco no haya favorecido (no pocas). Desde allí tomo el audio a fin de evocar la irrecuperable experiencia de esta máquina singular, para la cual fue concebida por primera vez la «Sinfonía de Victoria»:
MP3 ABR 256 kbps 48 kHz | 18 tracks | JPGs | RAR 124 MB




Goethe me dio una carta de Egon Ebert, que leí mientras comíamos, y que me agradó mucho. Hablamos con gran elogio de Egon Ebert y de Bohemia, y recordamos también afectuosamente al profesor Zauper.

El influyente Carl Zelter, admirador de Bach y maestro de Mendelssohn, llevó al pautado numerosas poesías de su amigo Goethe. Una de ellas fue la balada «El rey de Thule», tomada de la primera parte del Fausto, que aquí escucharán en versión del tenor Peter Floch. 

“Älvalek” (1866), pintura de August Malmström
Manuscrito schubertiano de “Erlkönig” (1815)
Schubert revisó hasta cuatro veces la composición antes de publicarla en 1821 como su Opus 1; de hecho, los tresillos trepidantes de la versión definitiva admitían al comienzo una variante más simple, cuatrillos de corcheas (como se aprecian en el autógrafo sobre este párrafo). Pero estamos ante un obra cuya dificultad interpretativa se halla perfectamente justificada por el sentido de cada exigencia, y vale la pena reparar en varios detalles:

Pero, como comentamos anteriormente, hay más composiciones con el mismo texto, que resuelven el problema de los múltiples personajes de diferentes maneras. Un ejemplo es el de Louis Spohr, compositor, pero con más fama en su época como violinista. Puso música al poema de Goethe incluyendo un violin obbligato que realza la atmósfera ladina de los pasajes correspondientes al Erlkönig. Canta Gerald Finley con Marianne Thorsen al violín y Graham Johnson al piano:
Johann Friedrich Reichardt fue, quizá, el más valorado compositor de lieder de su época, además de prolífico autor de esta variante con más de 1.500 composiciones de las cuales unas 150 contenían textos de Johann Wolfgang von Goethe. Publicada en 1794, Reichardt expone la trama de Erlkönig en un ambiente fantasmal envuelto por la bruma. Los pasajes del rey son casi monólogos que, sin permitir respirar al intérprete dan la impresión de no estar cantados. De nuevo Gerald Finley acompañado al piano por Graham Johnson nos interpreta la acelerada versión de Reichardt.
Quien introdujo a Felix Mendelssohn en la música de Juan Sebastian Bach promoviendo así la recuperación de la obra del inmortal genio del barroco, fue Carl Friedrich Zelter. Nacido en Berlín en 1758, llegó a ocupar el puesto de director de la academia de canto de su ciudad natal y fue profesor, entre otros, de los hermanos Mendelssohn y de Meyerbeer. Una copia del manuscrito de la partitura de la Pasión según San Mateo conservado por Zelter fue el regalo de fin de año que la abuela Bella Salomon hizo al joven Félix en 1823, y que cinco años más tarde Mendelssohn revivió en la famosa actuación en la Singakademie de Berlín en marzo de 1829. La otra faceta a destacar de Zelter es la gran amistad que le unía con Goethe; se cruzaron correspondencia regularmente durante al menos 30 años y se visitaron con asiduidad. Compuso su Erlkönig en 1797 aunque no fue publicada hasta 1896, es importante destacar las ráfagas de piano tras las estrofas que terminan citando a la neblina (es ist ein Nebelstreif) y al viento (säuselt der Wind) cuyo movimiento describen de forma admirable. De nuevo el tándem Finley – Johnson nos ofrece esta versión de Erlkönig.



Hay quien dice que esa tensión entre polos tan opuestos agotó la frágil psiquis del compositor. Lo dudo. Mejor sería admitir que esa clase de “originalidades” son el meollo más interesante del músico de Zwickau. De la misma manera que su cuasi-discípulo Brahms o su querido amigo Mendelssohn, Schumann valoró el pasado y tomó de él elementos para su propia obra; compartió la fascinación por las poderosas novedades de Beethoven y supo celebrar la genialidad de muchos contemporáneos suyos (Brahms otra vez, Weber, Chopin...). Nunca perdió “la aptitud para el eureka”, para el asombro que precede al descubrimiento. Por eso fue un renovador.


