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martes, 8 de abril de 2025

#poesía | AJMÁTOVA


La Música

Para Dmitri Shostakovich


En ella arde algo maravilloso,
y en sus ojos se tallan los lugares.
Solo la música me habla
cuando otros temen acercarse.

Cuando el último amigo se apartó
ella estuvo conmigo en mi tumba
y cantó como la primera tormenta
o como si todas las flores conversaran.


Anna Andréyevna Ajmátova (Górenko)


Shostakovich: segundo movimiento del Concierto para piano nº 2.

domingo, 27 de enero de 2019

LENINGRADO, 75 años

Cadáveres apilados, una imagen cotidiana durante los 900 días del cerco a Leningrado
 

Hoy se conmemoran 75 años desde el fin del asedio nazi a la ciudad de Leningrado (nombre soviético de la actual San Petersburgo). Casi 900 días de inenarrable penuria que alcanzó cotas de horror suficiente para helar la sangre de quien los conoce. El plan de Hitler de llevar la ciudad al completo colapso por inanición, frío y aislamiento estuvo muy cerca de ser un éxito, y sólo se estrelló contra una voluntad de supervivencia aun más tenaz que la crueldad de la Wehrmacht.

Lamentablemente los sufridos habitantes de la metrópoli no estaban en su mejor momento cuando el ejército alemán los encerró. Stalin se había ensañado con Leningrado durante el oscuro período de las purgas, en la década de los treintas del siglo pasado. Uno que conoció muy de cerca el miedo y la paranoia que caían junto con la noche (el horario de las detenciones por parte de la policía política) fue el genial Dmitri “Mitia” Shostakovich. Había visto desaparecer a varios de los más entrañables amigos que tuvo en su vida y comenzaba a padecer también él los efectos de la censura al arte, en nombre de argumentos tan absurdos como feroces, ventilados por mediocres en ascenso.

Shostakovich permaneció en la ciudad tanto como pudo, y la abandonó sólo tras una tajante orden de retirar de la ciudad a los ciudadanos notables. Había comenzado a escribir una sinfonía que retratara la calamidad del momento, y siguió escribiéndola en Kúibyshev (actual Samara), la ciudad adonde fue trasladado. La idea de Shostakovich era expresar la lucha del pueblo ruso, por lo que pensó en asignar subtítulos a cada movimiento de la obra —“Guerra”, “Memorias”, “Los grandes espacios de mi patria”, “Victoria”—, algo que finalmente descartó.

Un soldado saca su entrada para el estreno de la 7ª sinfonía de Shostakovich

Es la sinfonía más larga del compositor (80 minutos) y fue interpretada en la propia ciudad durante el momento más álgido del cerco, con una orquesta de músicos famélicos (en los ensayos previos al estreno, los músicos de bronces a veces no podían soplar con suficiente fuerza sus instrumentos) en donde se hallaban incluidos todos los miembros sobrevivientes de los orfeones, bandas militares y cualquier unidad musical que estuviera disponible (es decir, vivos). El concierto mismo y las circunstancias que lo rodearon son descritos de manera emocionante (y rigurosa) por Brian Moynahan en su libro “Leningrado: Asedio y sinfonía”, en cuya lectura me encuentro inmerso estos días.

Conmemorando la fecha, pues, comparto a continuación un fragmento del Allegretto inicial, con el episodio conocido informalmente como “Invasión”, representación musical del avance alemán (notable el crescendo sobre una melodía fija, aquí registrado ya a cierta altura de su desarrollo, y la orquestación capaz de traducir en sonido rechinante la maquinaria de guerra en movimiento [1:21 min]):



Shostakovich plays 7th symphony (1941) from DSCH Journal on Vimeo.



lunes, 2 de octubre de 2017

¡Buen lunes y buena semana!

Shostakovich
Shostakovich, feliz como chancho soviético

Que tengan todos una excelente semana. Para infundirle magia musical, les propongo el famoso vals escrito por Dmitri Shostakovich para su segunda Suite de Jazz.

Cierto que el compositor de armonías agresivas y melodías afiladas anda lejos de esta página. En cambio, se divierte simulando otra estética a modo de “penitencia”, una de tantas que el poder soviético imponía a la inspiración de sus artistas cuando sentía la arbitraria necesidad de “corregirlos”. Actitud impresentable. Sin embargo, un genio no puede evitar serlo, aunque use una máscara.

Disfrutemos el encanto indiscutible de esta breve joya, adaptada aquí a un conjunto de cellos:

sábado, 2 de septiembre de 2017

Shostakovich :: TAHITI TROT Op. 16

…y todo por 100 rublos

Leningrado, 1º de Octubre del año 1927. Dos amigos se han reunido. Uno es afamado director de orquesta, el otro, genial compositor: Nikolai Malko y Dmitri Shostakovich. Son figuras señeras de la élite artística y han logrado sobrevivir los duros años posteriores a la revolución.

Por entonces Rusia es soviética, pero no del todo estalinista. Lenin ha muerto hace poco, en 1924, y en su testamento manifiesta la voluntad —al cabo inútil— de trabar el ascenso de Stalin; este último se ha enterado del documento, lo esconde, vence a su antiguo aliado Trotsky, que huye del país, y afianza nuevos apoyos proyectando además inminentes purgas. Mientras la política sangra, los ciudadanos conocen todavía ciertas libertades sin costo.

Té para dos rusos

En esa relativa tranquilidad sucede el encuentro de nuestros dos artistas, Malko y Shostakovich. Conociendo el primero las privilegiadas dotes musicales del segundo (capaz de retener todo lo que oye, de identificar cualquier combinación de sonidos o de reconstruirlos mentalmente) y sintiendo necesidad de alguna propina para un concierto con música de Shostakovich el 25 de Noviembre de 1928 en el Conservatorio de Moscú, lanza un desafío amistoso.

nikolai malko
Nikolai Malko

Habían escuchado un viejo disco de 78 revoluciones con el fox-trot “Té para Dos” de Vincent Youman. Malko apuesta 100 rublos al compositor a que no podría crear una versión orquestada de esa canción, totalmente de memoria, en menos de una hora. Shostakovich acepta y se encierra en una habitación contigua, para regresar 45 minutos después con una instrumentación de su autoría, lista para interpretar, ganando la apuesta. El título de la nueva pieza de circunstancia será Tahiti Trot, como se conocía la versión rusa de la canción norteamericana. La dedicatoria reza “al querido Nikolai Andreyevich Malko como muestra de mi alta estima”.

El buen olfato de Malko no falló: esa transcripción será en adelante infaliblemente popular.

Disfrútenla ustedes, amigos míos, en la versión que cuelgo en el video de más abajo. ¡Buen fin de semana!


lunes, 1 de mayo de 2017

SHOSTAKOVICH :: Sinfonía #5 op.47 & Sinfonía para Cuerdas op.110a

Dmitri Shostakovich en una foto juvenil

Dmitri Shostakovich fue uno de los gigantes indiscutibles de la música del siglo XX. Por extensión, fue uno de los mayores compositores nacidos en Rusia; músico superdotado, capaz de crear lo que fuera en su mente sin ninguna ayuda exterior gracias a la inusual combinación de oído absoluto y oído interno, era además un consumado virtuoso del piano y habilísimo orquestador que daba muestra continua de su fecundidad y mano maestra en la forma sinfónica.

Pues bien, nada de lo anterior evitó que la política de su tiempo impusiera un pesado yugo a su maravillosa creatividad. Más o menos entre 1928 y 1933 Shostakovich se interesó por corrientes vanguardistas de su época (el grupo francés de Les Six, Alban Berg, Hindemith, incluso el jazz). Eso bastó para despertar las sospechas del PCUS y pronto fue fustigado por la censura soviética, desacreditado y amedrentado junto a insignes colegas bajo cargos ridículos (se los tachó de crear música ajena al sentir del pueblo, música burguesa... más o menos como los nazis acusaban de músicos degenerados a los judíos). Eran los años oscuros de Stalin.

Shostakovich salió del circuito oficial de la música soviética, sus obras fueron condenadas y retiradas sin importar la respuesta que habían logrado entre el público. Eso lo precipitó en un purgatorio de incertidumbres y temores constantes, que su naturaleza nerviosa fomentaba con negros fantasmas... no del todo imposibles, dadas las purgas a que Stalin era tan aficionado. Pero la presencia de un artista como aquél significaba mucho para el renombre cultural de la URSS, y al cabo de un tiempo —reconocimiento de “culpas” incluido— el compositor fue rehabilitado. En 1937 presentó una Sinfonía que se ajustaba a los gustos estéticos del régimen, obra que obtuvo rápida fama y fue objeto de aplauso general. Todos se sintieron felices.

...o casi. Shostakovich debía sobrevivir, y por eso se curvaba a los dictámenes oficiales, pero sobre todo quería ser fiel consigo mismo, y por eso escribía música que luego guardaba en sus cajones a la espera de tiempos mejores. Como desahogo se volcó a la sátira musical: puso sutiles “mensajes” encriptados en armonías, en secuencias de notas (sembraba acrónimos utilizando la nomenclatura anglosajona, es decir, dando una letra a cada nota), en juegos de atmósferas que chocaban de manera inesperada y hasta grotesca, al modo de Gustav Mahler, y recurrió a la frivolidad para disimular el desprecio. Este proceder escondía las claves de su íntima verdad. Sabía que la sutileza quedaba más allá del alcance de los censores que lo hostigaban, y que le pedían una obra política antes que musical. A ellos les ofrecía declaraciones públicas que mezclaban autocrítica y sumisión; al tiempo venidero, en cambio, legó su música. Tal suma de significados ocultos bajo capas de interpretación —que me recuerda la película Inception, de Christopher Nolan— revelan la brillante complejidad del gran músico ruso.

carátula Comparto con ustedes un disco de 1996 con la Orquesta Sinfónica Rusa, bajo la batuta de Mark Gorenstein, publicado con el título «Redemption». El librillo (no incluido aquí) menciona una frase de Shostakovich, recogida en su biografía «Testimonio»: «La mayoría de mis sinfonías son como lápidas. Demasiada de nuestra gente murió y fue enterrada en sitios que no conoce nadie, ni aun sus propios familiares. Por lo mismo, quise dedicar mi música a todas esas personas».

El registro arranca con la obra publicada en 1937 para dejar atrás la etapa experimental que sufrió peligrosas críticas. Se trata de la famosa Sinfonía nº 5 en Re menor, op.47, estrenada en Leningrado el 21 de noviembre de 1937 y uno de los títulos más populares del autor, quien le asignó el subtítulo «Respuesta creativa de un artista soviético a una crítica justa». Con él, parece acatar las reprimendas oficialistas; pero la pieza carga una fuerte emotividad y sentimiento trágico, disimulados con brochazos de ironía y de optimismo fácil en el bullicioso final.

En segundo lugar, el disco incluye la Sinfonía de Cámara para Orquesta de Cuerdas, que no es sino el Cuarteto para Cuerdas nº 8 transcrito a gran escala por Rudolf Barshai en 1960, arreglo que fue elogiado por el compositor mismo, a la sazón con 54 años de edad.

El cuarteto original fue escrito en tres días del año 1959, como reacción horrorizada ante las ruinas de Dresde, que Shostakovich visitó como parte de una delegación. La obra original incluye el texto «En memoria de las víctimas del fascismo y la guerra». Pero como era esperable, bajo ese significado oficial había otro: su propia muerte, y por ende, su propio réquiem. En la década de 1950 Shostakovich debió lamentar muertes cercanas que lo afectaron mucho y fue presionado a ingresar formalmente al PCUS, que tanto había evitado. Toda esta desazón la lleva al pentagrama: al término del cuarto movimiento, justo antes del finale, el compositor codifica su epitafio: «Torturado con dura esclavitud»...

Hoy, con la perspectiva de la historia, ese artista torturado es recordado con admiración incesante. Disfruten, pues, ambas sinfonías en el link inferior:


» D E S C A R G A

MP3 | 9 pistas | ABR 256 kbps 48 kHz | .7z 126,7 mb | Yandex

lunes, 30 de julio de 2012

Obras para Orquesta de Cuerdas

L as cuerdas son prácticamente “el miembro fundador” de las agrupaciones musicales permanentes. Subrayo esto último, permanente, pues durante mucho tiempo la práctica instrumental a gran escala consistió en reunir la mayor cantidad posible de ejecutantes diversos a fin de hacerlos “sonar fuerte” al aire libre o en recintos ceremoniales. No faltó, cierto, el sentido común para buscar un mínimo de homogeneidad: no todos los instrumentos son cultivados por igual número de personas, y hay maneras preferibles a otras cuando se trata de combinarlos, o mejor dicho, de concertarlos.

Fue entonces también cuando los instrumentos de arco alcanzaron su «mayoría de edad» constructiva, su estándar clásico, gracias a geniales artesanos italianos, y con ello se impusieron en el escenario. Los varios registros (agudo, alto, medio, bajo) se dividieron en instrumentos específicos y el violín se alzó como el gran solista durante casi dos siglos, hasta la aparición del piano. La orquesta de cuerdas sólo fue admitiendo otros acompañantes muy paulatinamente, hasta que el mundo germánico irrumpió con su brillante aptitud para la música instrumental y para enriquecer la orquesta mediante nuevas sonoridades. Aun así la voz principal quedó a cargo de las cuerdas debido a sus virtudes: agilidad, fuerza y claridad melódica, combinadas con un timbre sumamente expresivo y lleno de matices.

La creación del Cuarteto de Cuerdas por parte de Haydn aseguró a esta familia un nicho musical que sigue perfectamente vigente. Al ampliar esa formación surgieron nuevas combinaciones —quinteto, sexteto, octeto, noneto…— oportunamente aprovechadas por los genios de turno. No nos extrañe, así, que la orquesta de cuerdas siguiera en activo incluso durante el apogeo de la multiplicadísima orquesta tardorromántica.

Hoy, amigos y amigas, comparto un disco con repertorio exclusivo de esa formación, representada aquí por The Helsinki Strings bajo la dirección de Csaba y Géza Szilvay.

    SchoenbergArnold Schönberg (1874-1951): »VERKLÄRTE NACHT« Op. 4 — arreglo para orquesta de cuerdas. Esta pieza en un solo movimiento, inicialmente concebida para sexteto de cuerdas, marca la madurez artística del futuro inventor de la dodecafonía. Aquí no ha roto aún con la tradición; se halla bajo influencia de Wagner, notoria en las armonías desgarradas que llegan a lo politonal, mientras cultiva un elaborado contrapunto inspirado en Brahms. En un primer momento la ejecución de esta obra fue rechazada, acusándola de sonar »como si alguien hubiera emborronado la partitura de Tristán e Isolda cuando la tinta estaba húmeda«. Schönberg toma título e inspiración de una poesía escrita por Richard Dehmel —compartida en este blog— en la cual una mujer confiesa al hombre que ama su embarazo de un amante anterior. La intención del compositor es sugerir estados emocionales y no desarrollar un argumento, aunque obedece sumariamente la línea del relato.

    SibeliusJean Sibelius (1865-1957): »ANDANTE FESTIVO«. Esta composición circunstancial data de 1922 y cierra el catálogo orquestal del gran sinfonista nórdico. Sin embargo, como ocurría siempre con Sibelius, la obra que conocemos hoy tuvo comienzos bastante diferentes. Para empezar, se trata de la reelaboración de material esbozado muchos años antes. Fue escrita para cuarteto de cuerdas; luego, en 1929, se la escuchó con doble cuarteto de cuerdas en el matrimonio de una nieta del compositor. Diez años más tarde, Sibelius preparó una versión ampliada a orquesta de cuerdas y timbal, la que dirigió personalmente para difusión radial en el año nuevo de 1939. Hubo sólo un ensayo previo, durante el cual el compositor manifestó a los músicos: »toquen con más humanidad«. Y si algo tiene esta emocionante página es, justamente, una profunda humanidad.

    ShostakovichDmitri Shostakóvich (1906-1975): »SINFONÍA DE CÁMARA PARA ORQUESTA DE CUERDAS« Op. 110a — arreglo del Octavo Cuarteto de Cuerdas. Tan rebosante de talento como de conflictos interiores, este genio ruso, uno de los mayores compositores del siglo pasado, vivió entre el beneplácito y la persecución del régimen soviético, siempre atento al provecho político que pudiera brindarle el talento de sus artistas. Temeroso y rebelde a la vez, Shostakovich desahoga en el pautado sus numerosas angustias y transforma la escritura musical en criptograma de sentimientos contradictorios, a menudo disimulados para sortear las censuras oficiales. Entre sus trabajos más personales figura el Cuarteto de cuerdas nº 8, compuesto en 1960 y dedicado »a las víctimas de la guerra y el fascismo«, tras visitar la todavía arruinada ciudad de Dresden. Pero al mismo tiempo abrigaba otra intención: ese cuarteto estaba concebido para ejecución póstuma... en memoria de sí mismo. La adaptación a orquesta de cuerdas fue realizada por Rudolf Barshai y aprobada por el compositor en persona.

    PucciniGiacomo Puccini (1858-1924). »I CRISANTEMI«. Si la obra anterior tenía una intención fúnebre encubierta, acá es declarada. El autor de famosas óperas como Madame Butterfly y La Bohéme casi no produjo obras en otro género, salvo un puñado de páginas instrumentales al inicio de su carrera; entre ellas está la miniatura que cierra nuestro repertorio, dedicada en 1890 a la memoria de Amadeo, Duque de Saboya. El título alude la flor que alegraba las tumbas en el Día de Difuntos.
Amigos, amigas, les dejo este disco para que lo disfruten:

» D E S C A R G A

MP3 VBR ~ 224 kbps | scans | 8 tracks | RAR 109,4 mb


Y como “bonus” una famosa obra para orquesta de cuerdas… escrita en el siglo XX: Palladio del compositor inglés Karl Jenkins:

 
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