El mes va terminando y sí, he publicado poco. ¡Cuánto quisiera encontrar el tiempo y la energía para compartir con ustedes algo cada semana! Planes no me faltan ni tampoco bosquejos de publicaciones, pero “no es soplar y hacer botellas”, como dice el refrán. En fin, ¿qué tal si por ahora obviamos todo esto y prestamos oídos a Schubert? No es mala idea, ¿cierto?
Esta vez comparto un famoso lied de Franz Peter, «El pastor en la roca» (D. 965 / op. póst. 129), en Si bemol mayor, una de esas obras que añade un instrumento obligado como acompañante de la voz (en este caso, el clarinete) aparte del piano. Escrita en 1828, esta magistral pieza se cuenta entre las últimas del genio antes de su prematuro y precipitado final. Como indica la Wikipedia:
Compuesta a pedido de la soprano austríaca Anna Milder-Hauptmann (la primera Leonora de “Fidelio”, única ópera de Beethoven) bajo expreso pedido de reflejar una amplia gama emocional y consumado virtuosismo vocal, es una larga canción cercana al “aria de concierto”. Se publicó un año después de la muerte del compositor y fue estrenada por la soprano en Riga [capital de Letonia] el 10 de febrero de 1830.
Europa atravesaba un cambio de paradigmas en el tránsito del siglo XVIII al XIX, y Beethoven fue el gran artista de ese momento.
Inspirador del Romanticismo, empero no fue un romántico. Hijo del Siglo de las Luces, tampoco fue un clásico de pura cepa. Integra parcialmente la tríada del clasicismo vienés junto a Mozart y Haydn; no obstante, tuvo la persistente audacia de desafiar los cánones “sagrados”.
Su “domicilio estético” aúna elementos de ambos estilos: es un particular acuerdo entre la libertad y el dominio formal, entre el arrebato de emociones impetuosas y un férreo control de la manera en que dichas emociones se han de expresar. Batallaba con tenacidad (como delatan sus borradores) puliendo la forma musical, concepto que será descuidado por la mayoría de los románticos. Además, a diferencia de éstos, el Sordo no quiso convertir la música en un mero confesionario emotivo, sino en vehículo de expresión para ideales que pudieran elevar a la humanidad.
Por esta alquimia tan única, el nombre de Beethoven despertó en su momento malentendidos, reticencia, incluso antipatía. Goethe, por ejemplo, otro monumento de la cultura alemana, era reacio al aplauso cuando se trataba del compositor; no dudaba de su genio, pero no sabía cómo interpretarlo. Otro ejemplo lo ofrece el zig-zag de la Novena Sinfonía: verdadera revolución de su género, fue recibida exitosamente en su estreno vienés... para luego ser evitada durante años como cosa rara. Hubo que esperar a la llegada de un Berlioz y un Wagner para descubrir al público la trascendencia de la composición.
A Beethoven le daba igual: su audacia no dejó de crecer jamás. Baste recordar la “Gran Fuga” que culminaba originalmente el Cuarteto nº 13 en Si bemol para asombrarse del poco caso que el compositor hacía de las convenciones de su tiempo.
Para qué están los amigos...
Aunque la propuesta beethoveniana causara estas reacciones, tampoco se puede discutir su popularidad. El genio tomó por asalto no sólo a la sociedad vienesa sino a su propia época. Buena parte de su fama la debía a su impresionante calidad como pianista e improvisador, cierto, pero un halo legendario, muy al gusto del momento, lo había acompañado desde su mismo arribo a la capital austríaca. Y a medida que nuevas generaciones fueron apareciendo en escena, Beethoven fue encontrando un eco mayúsculo. Su figura fue admirada por compositores contemporáneos (Méhul, Boïeldieu, Hummel, Cherubini...) y venerada por los sucesivos (Ries, Schubert, Paganini, Mendelssohn, Liszt...).
Sobre todo estos últimos sintieron la necesidad de desafiar la incomprensión que todavía experimentaba la obra de su ídolo y echar abajo las puertas cerradas.
Mendelssohn solía tocar el piano para Goethe. A veces introducía en su repertorio la música de Beethoven sin previo aviso, para forzar amistosamente la reticencia del anciano genio contra el compositor.
Cierto compositor muy poco conocido en el ámbito latino pero todavía vigente en la cultura alemana es Friedrich Silcher (1789-1860). Su principal legado lo dejó en el ámbito de la canción popular. Hasta hoy se cantan los arreglos que hizo de temas y poesías folklóricas como “Lorelei”, “Am Brunnen vor dem Tore” o “Yo tenía un camarada”. Amigos de Beethoven fueron maestros de Silcher, como Kreutzer y Hummel. Es seguro que compartía con ellos la admiración al gran compositor de Bonn. La mejor prueba es la colección de canciones que creó a partir de música beethoveniana, para atraer así la atención del público hacia esas creaciones.
En 1971 el barítono Hermann Prey y el pianista Leonard Hokanson grabaron para el sello Archiv un LP con estos arreglos de Silcher. La correspondencia entre la canción y su origen es como sigue:
Título
Origen de la Melodía
Das Auge der Geliebten
Sonata para piano Op.13 “Patética”
An die Nacht
Sonata para piano Op.57
Sehnsucht
Sonata para piano Op.2, mov. nº1
Wiedersehen
Sonata para piano Op.2, mov. nº3
Frage
Sinfonía nº2
Durch dich so selig
Sinfonía nº5
Umwölkter Himmel
Sonata para piano Op.90
Lächelt, ihr Sterne, ewig mir
Sonata para piano Op.2, mov. nº2
Sehnsucht
Sonata para piano Op.26
Gruss der Seelen
Sonata para piano Op.30, mov. nº2
An sie
Andante favori
Gesang der Peri’s
Sinfonía nº7
Estas piezas son servidas por dos músicos excepcionales en un registro que no sé si habrá sido reeditado. Es una rara joya que vale mucho la pena conocer, demostrando que estos homenajes de Silcher son todo, menos una chapuza. Revelan el dinamismo de una época de “cambio de mareas” en la música occidental, de qué modo las nuevas sensibilidades se abrían camino en cada estrato de la producción artística, en este caso la llamada canción culta, y cómo una concordancia de sensibilidad, jalonada por la admiración, pudo obrar una genuina “unificación alemana” en el arte (y por ende en los corazones) mucho antes de que pudiera conseguirlo la política.
Además, es seguro que estas páginas habrán obligado a más de alguno a preguntarse cómo pudieron vivir hasta ese momento sin saber de Ludwig van Beethoven...
Hace dos décadas yo era, todavía más, un ignorante: desconocía a Schubert.
Me decía a mí mismo lo contrario: conocía sus piezas para piano, había estudiado con deleite sus Impromptus y sus Momentos Musicales, me fascinaba sinceramente la Sinfonía Inconclusa, había oído repetidas veces a mi madre y a mi abuela hablar con entusiasmo del Ave María o de la Serenata... Pero la verdad es que mantenía con el compositor austríaco una cierta distancia. Y lo peor de todo —escándalo—, no me había interesado en el universo de sus lieder. De aquí arranca mi afirmación inicial porque, si no conocía sus lieder, yo no conocía realmente a Franz Schubert...
Pero a cada compositor le llega su Eureka. Un día cualquiera una feliz circunstancia produce “algo” en nosotros, y el universo se expande en nuestros oídos. Así fue como a mediados de los 90s acabé con un disco en mis manos: el ciclo “Canto del Cisne” en la interpretación legendaria del tándem Fischer-Dieskau / Moore.
Elegir los calificativos para explicar el impacto de una obra musical superior es un reto. Y un riesgo. Es imposible eludir la palabra “emoción”... pero el uso corriente ha desgastado su significado. La genuina emoción que causan las grandes obras trasciende la mera conmoción sensible y sacude toda nuestra personalidad. Enriquece nuestros conceptos al respecto del amor, la tristeza, la nobleza, el mundo, el misterio. Cala en el alma, y para bien. Como suele repetir una querida amiga, las grandes obras son “salvíficas”. Salvan nuestra propia humanidad.
Muchas cosas se agolparon en mi mente al transitar una y otra vez por esas canciones: el prodigioso instinto para la modulación armónica sin romper la línea del canto, el vaivén entre los modos mayor y menor, la abundancia de ideas, etc. Cuando las emociones decantaron, descubrí que un lied me había atrapado de manera particular. Se diría que decidió entablar conmigo una larga amistad. Por veinte años a contar de entonces, las mismas sensaciones de nostalgia, de entusiasmo, de alegría se siguen apoderando de mí cuando lo escucho. Según los entendidos no es la más fina de las canciones schubertianas —y tendrán razones para decirlo—; para mí, es una de las obras que quiero llevarme de esta vida a cualquier otra.
Me refiero a “La Paloma Mensajera” (Die Taubenpost), D 965, canción romántica por donde se la mire, vale decir, por contexto histórico, por estilo musical y por temática. Fue escrita por un Schubert moribundo, quejumbroso, víctima de tifus aunque con su salud hace tiempo ya debilitada por la sífilis. La tragedia, sin embargo, no condicionó la inspiración: Die Taubenpost es una de las canciones más luminosas y animadas del compositor, en que la belleza melódica es sostenida por un vital acompañamiento pianístico de ritmo sincopado.
Aunque es el cierre del último ciclo de canciones creado por el genio austríaco, los investigadores discuten que forme parte de él. Su presencia más bien parece idea del editor. El texto proviene del poeta Johann Gabriel Seidl. El hablante lírico describe a una paloma mensajera, muy querida para él pues le sirve de correo para enviar mensajes a su amada. En un giro final, el poeta nos descubre que la paloma es en realidad un símbolo de su propia añoranza, verdadero vehículo de sus pensamientos.
Aquí dejo para ustedes la antológica versión de Fischer-Dieskau y Gerald Moore para esta maravilla:
Y también la transcripción para piano solista que debemos a Franz LISZT, decidido campeón de la música de Schubert en un momento histórico que todavía no había reconocido su genio:
Probablemente la vida amorosa de Johannes Brahms perdurará siempre como un enigma. Por indiscutible que sea el amor que profesó hacia Clara Schumann, y por más que este sentimiento lo acompañara su vida entera —desde la pasión que agitó al intempestivo jovencito de Hamburgo hasta el distanciamiento cordial que marcó sus últimos años— Brahms nunca pudo dar a esta relación ni a ninguna otra una culminación. Algo íntimo y rotundo desarmó siempre la posibilidad de fundar un hogar junto a una mujer.
Existe una famosa anécdota de sus años maduros que ilumina algo del problema. El compositor asistió a un evento social en Viena y se excedió con el alcohol. Como suele ocurrir, perdió el freno y empezó a disparar frases cada vez más burdas y ofensivas contra las mujeres presentes. Cuando la cosa caminaba para escándalo, un amigo lo “rescató” llevándoselo de vuelta a casa. Una vez allá Brahms, que en el camino había recuperado la cabeza, guardó largo y avergonzado silencio. Finalmente indagó con su amigo si se había comportado muy mal. Ante la respuesta afirmativa, ofreció una confesión: su más temprana juventud la pasó como pianista —recordemos que fue niño prodigio— de la banda de su padre, animando el ambiente en burdeles de puerto. Lo que el niño vio allí se le grabó en el cerebro y contaminó para siempre su concepto de lo femenino. “Siendo ésa mi primera impresión de las mujeres, ¿se puede esperar que las respete?”, concluyó a modo de disculpa.
No era cosa fácil soportar a Brahms
Para sus biógrafos, “lo que el músico mostraba ante el sexo opuesto era, en primer lugar, una inicial timidez sólo vencida si la otra persona tenía la capacidad suficiente para aceptarlo y comprenderlo más allá de sus excesos verbales y de sus sarcasmos, manifestaciones ambas de una actitud previa de defensa. Y, en segundo lugar, una insuperable contradicción —jamás resuelta— entre el deseo y el temor de amar y ser amado. Eso explica sus reiterados fracasos sentimentales, siempre acaecidos cuando se planteaba en serio el matrimonio.”
Esta explicación de Geiringer debe ser equilibrada con la observación, evidente ante su profusa correspondencia (¡sus cartas llenan 16 volúmenes!), de que Brahms era un ser comunicativo y sociable aun a pesar de sí mismo. Amaba la compañía de la gente, sabía mantener amistades (pocas) y sólo temía la demasiada cercanía.
Los artistas a menudo son criaturas complejas que trasuntan sus limitaciones por medio del arte. Y Brahms frecuentó el amor gracias a su música. Lo hizo especialmente en un nicho que a veces se pasa por alto: el lied. Fue uno de los grandes músicos que más canciones escribió durante el siglo XIX, y en esa producción visita poemas de amor con múltiples matices.
Elegía autores sin más considerandos que la inspiración que fueran capaces de proveerle. A la hora de seleccionarlos seguía una particular teoría: pensaba que los poetas más grandes no ganaban mucho con adaptaciones musicales de sus obras, perfectas en sí mismas, por lo cual prefería aquellos otros en quienes vislumbrara la posibilidad de un enriquecimiento.
Desnudo femenino por Alfons Mucha
Una de sus canciones más hermosas se titula “Del Amor Eterno”(Von Ewiger Liebe). Escrita en 1864, pertenece al grupo de Cuatro Canciones op. 43, y su texto viene de Hoffmann von Fallersleben. Si se puede definir el arte del lied como la creación de una drama en miniatura, pocas obras ofrecen mejor ejemplo. Incluso un adversario tan enconado como Hugo Wolff admiró el dramatismo emocionante y la fuerza de expresión que exhibe Brahms en este relato de amor, en que una pareja de jóvenes aldeanos debaten sobre la firmeza de sus sentimientos (pueden revisar el texto aquí).
A continuación les comparto tres versiones: la magistral interpretación de Dietrich Fischer-Dieskau con el director Wolfgang Sawallisch, exhibiendo su celebrada capacidad como pianista acompañante, y tras ella, una adaptación de la obra para coro de voces mixtas (registro del Festival de Norfolk y publicado en oct. de 2015 en YouTube). Además, una adaptación instrumental para cello y piano de este maravilloso lied a cargo de Asier Polo y Eldar Nebolsin. ¡Disfrútenlas! (Existe una hermosa adaptación instrumental para conjunto de cámara —trío o cuarteto con piano— que pude disfrutar como parte de la “banda sonora” de la obra “Los Náufragos de la Loca Esperanza”, del Theatre du Soleil; lamentablemente no he sabido encontrar alguna grabación de la misma.)
Franz Schubert componiendo «Erlkönig» / cuadro de Harvey Dunn (1918)
Otro genio celebra su aniversario. Así pues, antes de seguir con los próximos artículos, detengámonos para recordar a uno de los grandes prodigios musicales aparecidos en tierras austríacas: Franz Peter Schubert, nacido en Viena el 31 de enero de 1797.
No hay mejor manera de capturar el recuerdo de los genios que a través de sus obras maestras. Una de las más conocidas de Schubert es su adaptación musical para el poema de Goethe «El Rey de los Elfos» (de los Alisos, debido a un detalle con la traducción original). Creada de un tirón en 1814 por un joven Schubert de 18 años luego de emocionarse leyendo el poema, esta obra es considerada la versión definitiva para una balada que conoció varias otras adaptaciones. El compositor, habitualmente tímido, se sintió tan seguro de la calidad de esta pieza que luego de revisarla unas veces, decidió publicarla como su Opus 1. Con «El Rey de los Elfos» Schubert demostraba ser un maestro del lied.
El video que incluyo más abajo representa la historia de esta balada con una preciosa animación imitando las marionetas de sombras chinas. Ese detalle anacrónico aporta pinceladas de «romanticismo macabro» a la fantasmal tragedia que relata Goethe. Hay algunas pequeñas licencias (pues el niño debiera ir en el regazo del padre... pero entonces sería difícil separar la sombra de ambos en la visualización) que no adulteran nada de esta maravilla.
¡Felices 220 años, Franz Peter, y gracias por tanto!
En sus canciones, Schubert alude a menudo al agua que fluye. Hace un tiempo comentamos esta característica. Siempre habrá un arroyo, un lago o una orilla de océano en su producción. Las aguas que pasan recogen el lamento, animan la contemplación, despiertan el ensueño, inducen el reposo.
Esta vez nos sentaremos con Franz Peter cerca de un curso de agua. Les comparto cuatro videos con sendas canciones que sitúan al protagonista junto a un riachuelo; la primera de ellas pertenece al ciclo «Viaje de Invierno» y se titula Auf dem Fluße («En el Arroyo»). Así la resume Wikipedia:
El caminante se encuentra a orillas de un río, hoy helado y silencioso, en el pasado, alegre y sonoro. Escribe sobre el hielo el nombre de su amada. Su corazón se le parece, pues bajo la corteza helada late un rugiente torrente. El comienzo recuerda a “Buenas noches”, y es de nuevo un lied en ritmo de caminante. El recuerdo del pasado está de nuevo en tono mayor. La última estrofa está muy acentuada, para indicar que bajo su apariencia helada, el caminante está intensamente emocionado.
Sigamos con una canción famosa: Die Forelle («La Trucha»). Su alegre melodía (de neto sabor popular) es una de las más recordadas del fecundo compositor. Tomo descripciones del Blog de Atticus y el de Santiago Rusiñol:
El Lied La Trucha (op. 32 / D 550) fue escrito en la primavera de 1817 sobre un texto del músico y poeta Christian Friedrich Schubart. Las dos primeras estrofas narran la observación de una trucha feliz en un riachuelo. En la tercera estrofa, un pescador la atrapa jugando sucio. La pieza, a pesar de su estructura sencilla, fue una de las más trabajadas por el compositor, y rápidamente se volvió una de las más queridas del público. El piano sugiere en su acompañamiento el discurrir y balanceo de las aguas, mientras que la línea melódica representa a la inocente y despreocupada trucha que nada en el arroyo.
El último ciclo de canciones de Schubert fue publicado póstumamente bajo el título Schwanengesang (“Canto del Cisne”), sugiriendo una especie de testamento musical. En realidad fue una idea del editor, quien decidió organizar los últimos lieder schubertianos en el marco de una colección atractiva. Pese a lo arbitrario de su origen, el resultado logra unidad temática. “Canto del Cisne” incluye varias joyas de la música universal, como Abschied (“La Despedida”), Am Meer (“Junto al Mar”), Die Stadt (“La Ciudad”) y por supuesto, la celebérrima Ständchen (“Serenata”).
Pero si traigo a colación este ciclo es porque el maravilloso lied de apertura se refiere precisamente al agua que corre. Titulado Liebesbotschaft (“Mensaje de amor”), con poesía de Ludwig Rellstab, es un instante de gozo que la Wikipedia describe en estos términos:
El cantante invita a la corriente de agua a que lleve un mensaje a su amada; la música fluye como el agua en el arroyo.
Complemento la versión anterior con esta otra, inmensa, que nos traen Peter Schreier en la voz y András Schiff en el piano:
Para concluir, una aportación espléndida y reveladora de nuestro amigo por tanto tiempo, Elgatosierra. Le consulté a este querido y bailarín melómano, firme devoto de los lieder de Schubert (“Schubi”) por una sugerencia para esta entrada y me recomendó Auf dem Strom («En el río») D. 943, canción que enriquece el habitual binomio voz/piano con la presencia del Corno francés. Es una de las últimas maravillas escritas por Schubert antes de dejar este mundo, y el solo del corno aporta brillo esplendoroso. Tomo las palabras de mi amigo para completar la presentación:
Hay una bonita y pequeña historia sobre este lieder. Según parece SCHUBI compuso este lied para un concierto dedicado por entero a música suya, posiblemente el último en vida del maestro, y que gestionó su círculo de amistades. Se celebraría el 28 de marzo de 1828 (él murió poco después, el 19 de noviembre) en una sala de la Sociedad Filarmónica de Viena. Algunos expertos afirman que el poema de Rellstab provenía de la biblioteca de Beethoven, hecho que da peso a la teoría de que este lied, con su referencia a la Marcha Fúnebre de la “Heroica”, intentaba ser un homenaje al gran maestro, que había muerto el año anterior, más o menos en el mismo día.
El lied trata de la separación, la unión y el discurrir de la vida hasta la muerte. Schubert, como cualquier romántico, podría hacerse identificado con esos pensamientos en cualquier momento de su vida, así que no sería equivocado asumir que esta vez vio en ellos la premonición de su propia desaparición, para reunirse en el más allá con su admirado Beethoven. Hay quien llega a identificar el sonido de la trompa con la llamada de la muerte.
Hay una versión en YouTube con tres monstruos monstruosos que le hacen plena justicia: Peter Pears en los gorgoritos; Dennis Brain soplando la trompa; y Noel Mewton-Wood acariciando las teclas del piano. ¡No tengo palabras para ponderar tanto arte!
Texto original en alemán
Traducción al español
Nimm die letzten Abschiedsküsse, Und die wehenden, die Grüße, Die ich noch ans Ufer sende, Eh' dein Fuß sich scheidend wende! Schon wird von des Stromes Wogen Doch den tränendunklen Blick Zieht die Sehnsucht stets zurück! Eh' dein Fuß sich scheidend wende!
Und so trägt mich denn die Welle Fort mit unerflehter Schnelle. Ach, schon ist die Flur verschwunden, Wo ich selig Sie gefunden! Ewig hin, ihr Wonnetage! Hoffnungsleer verhallt die Klage Um das schöne Heimatland, Wo ich ihre Liebe fand.
Sieh, wie flieht der Strand vorüber, Und wie drängt es mich hinüber, Zieht mit unnennbaren Banden, An der Hütte dort zu landen, In der Laube dort zu weilen; Doch des Stromes Wellen eilen Weiter ohne Rast und Ruh, Führen mich dem Weltmeer zu!
Nimm die letzten Abschiedsküsse, Und die wehenden, die Grüße, Die ich noch ans Ufer sende, Eh' dein Fuß sich scheidend wende! Schon wird von des Stromes Wogen Doch den tränendunklen Blick Zieht die Sehnsucht stets zurück! Eh' dein Fuß sich scheidend wende!
Kann des Auges sehnend Schweifen Keine Ufer mehr ergreifen, Nun so schau' ich zu den Sternen Auf in jenen heil'gen Fernen! Ach, bei ihrem milden Scheine Nannt' ich sie zuerst die Meine; Dort vielleicht, o tröstend Glück! Dort begegn' ich ihrem Blick.
¡Recibe los últimos besos del adiós y los saludos vibrantes que envío de nuevo por la ribera, antes de que tu pie la abandone! Las ondas rápidas del río arrastran la barca pero la nostalgia no cesa de recoger las lágrimas que colman los ojos.
Así me llevan las olas a una indeseable rapidez. ¡Ah, han desaparecido los campos donde tuve la dicha de encontrarla! Perdidos para siempre aquellos días de felicidad, sin ninguna esperanza se pierden los lamentos por el hermoso país donde encontré el amor.
Mira cómo se desliza veloz la playa y cómo aspiro regresar allá, con inefables lazos que me atraen hacia la cabaña, bajo la bóveda, donde me gustaría tanto detenerme. Pero las aguas del río, sin tregua ni reposo, me llevan hacia el océano.
Un escalofrío de horror me estremece a la vista de este oscuro desierto, alejado de toda grata ribera donde ninguna isla aparece. Ningún canto venido de la orilla podría traerme dulces lágrimas de melancolía. Sólo sopla el viento frío de la tempestad sobre el lomo de las olas pardas.
Mis ojos errantes plenos de nostalgia no perciben ya ninguna orilla elevo ahora la mirada hacia las estrellas en esas lejanías sagradas. ¡Ah, fue ante su dulce semblante que la declaré mía! Allá, quizás, ¡oh felicidad confortante! encontraré su mirada.
Esto de la lluvia que anegó Santiago durante el fin de semana anterior y volvió anoche a la capital sirva al menos como propuesta musical; y, aunque se haya desbordado el río que atraviesa la ciudad, omitiré una audición de “El Moldava” para apuntar al gran Franz SCHUBERT con una de sus canciones célebres, Auf dem Wasser zu singen, es decir “Para cantar en el agua”.
Huelga decir que SCHUBERT fue uno de los mayores y mejores creadores en este género “menor” como es la canción culta alemana, el lied; sobra igualmente mencionar que fue uno de los más inspirados melodistas que alguna vez pisaron este mundo. En cambio, sí es interesante revisar un elemento arquetípico del compositor que se halla presente en esta obra, como es el agua. Lo resume la siguiente afirmación: «Decimos, pues, con fundadas razones, que el agua para Schubert es un genuino espacio de la mente, sumamente apreciado. […] Relacionado al tema del arroyo, del agua corriente, está el del flujo del tiempo, entendido como vertiginosa parábola del arco de la vida, a cuyos extremos se hallan el nacimiento y la muerte, y la alternativa perpetua entre alegrías y dolores, sonrisas y lágrimas, con lo cual se vuelve fuente inagotable de fecundidad espiritual, cuyo aguijón escondido lo representa el binomio de la enfermedad y la muerte» (A. Solbiati y S. Cerruti, I Luoghi della Mente: L’acqua in Schubert – traducción propia).
En este lied, el piano desarrolla un adorno descendente que pinta la imagen del agua asociada a modulaciones armónicas conmovedoras. La melodía del canto se integra con mano maestra en la “corriente” musical, impulsando el discurso iniciado por el piano en uno de los mejores acompañamientos creados por el compositor para este género — y eso, amigos, ya es decir bastante.
Primero dejo con ustedes una transcripción para cello y piano; creo que atender a la belleza melódica es siempre una práctica reveladora cuando se trata de este compositor. Con ustedes, dos jóvenes y muy talentosas intérpretes francesas, Camille Thomas y Beatrice Berrut:
En segundo término, el lied tal cual, en voz diáfana de la soprano Barbara Bonney acompañada al piano por Geoffrey Parsons:
Y por último la transcripción para piano solista de Franz LISZT (deslumbrante y energética, como se espera del maestro húngaro) en las virtuosísticas manos del ruso Evgeny Kissin. Liszt, recordemos, no fue sólo un pianista de capacidad sobrehumana sino un artista de particular agudeza para reconocer y estimar las virtudes de otros colegas; en este caso, una vez que descubrió la música de Schubert se convirtió en adalid de esta causa, creando brillantes adaptaciones a fin de divulgar la obra del vienés:
Todos queremos ser únicos. Y la verdad es que lo somos, pero
anhelamos reconocimiento.Cada persona en este mundo “tiene su gracia”, su encanto particular, pero no todos la ven. A veces casi nadie. ¡Qué
desperdicio! Tanto como el amor revela a los enamorados la riqueza íntima del
otro, así también debiéramos atrevernos a mirar al mundo con ojos benévolos
(que no ingenuos); probablemente
descubriríamos el colorido que revisten personas y situaciones
a los cuales la vida común, en su tropel de falsas urgencias, ignora.
¿A qué viene todo esto? Schubert. El gran
músico ignorado en la capital europea de la música, Viena. Lleno de
originalidad, lleno de talento, lleno de amigos (en su mayoría tan ignotos
como él) pero invisible más allá de ese territorio privado. Sólo otro
habitante de Viena igual de grande —Beethoven— supo calar en la modesta personalidad de ese hombre bajito que lo admiraba:
“Verdaderamente hay en este joven una chispa divina”, dicen que exclamó en su lecho de enfermo al hojear unas partituras suyas.
Lástima que los cazanoticias no accedieron a los salones indicados pregonando
esas palabras, porque a diferencia del mismo
Beethoven o de
Bruckner más tarde,
Schubert ya no estaba vivo cuando su obra
arrancó por fin los aplausos que siguen sonando hoy, más de dos siglos
después.
Franz junto a dos amigos
Sin embargo, por esas paradojas, Schubert tenía
el don de reconocer a los demás y de convertir ese reconocimiento en canción.
En un país germánico como Austria, donde cantar es parte de la vida diaria,
él supo escribir las mejores melodías de su tiempo
y además sin maltratar un solo verso de aquellos poetas que encendían su
chispa divina, antes al contrario,
favoreciendo la expresión de sus palabras con un nuevo alcance.
Por eso los lieder de Schubertson únicos. Inconfundibles. Tanto como el
talento de los dos artistas que hoy les invito a escuchar:
Sviatoslav Richter en el piano y Dietrich Fischer-Dieskau en la voz, los cuales ofrecen un recital de lieder (canciones) de Schubert en
el Festival de Salzburgo, el
29 de Agosto de 1977, con un repertorio de
obras conocidas y otras que debieran conocerse más. Ahora sí,
artistas únicos para música única.
¡Disfruten, amigos y amigas!
GOETHE ocupa la cima de la cultura alemana por la multiplicidad de sus talentos. Ha sido el mayor literato que haya escrito nunca en alemán; también científico, hombre de Estado, profundo pensador e incluso alquimista; como alguien dijo, “el último hombre universal que caminó sobre la Tierra” —y mediante el “Fausto”, autor del último relato de alcance mítico gestado por Europa—. En suma, una lumbrera analizada en términos actuales por la psicóloga Catherine M. Cox en su libro Early Mental Traits of Three Hundred Geniuses, en el cual encabezó la lista de genios con un coeficiente intelectual de 210 (lo normal se sitúa entre los números 90 y 110).Pues bien, por lo visto este superdotado era un nulo irremediable a la hora de evaluar el talento ajeno. Si no, cómo puede uno explicar la cerrazón que manifestó siempre ante los lieder compuestos por Franz Schubert a partir de sus poemas, canciones que el compositor se tomó el trabajo de hacer llegar al propio Goethe y para las cuales este hombre descollante no tuvo ni la más elemental de las cortesías: contestar.Allá él y sus oscuros motivos. El veredicto de la Historia sigue laureando la sensacional inspiración de Schubert en el arte de llevar versos al pentagrama. Y ya que hablamos de habilidades extraordinarias, también este músico puede asombrarnos: con sólo 17 años de edad compuso el lied“Margarita en la Rueca” sobre la gran figura femenina presente en el mencionado “Fausto”, imagen virginal que encarna el amor puro, arrastrada a la desgracia por Fausto y Mefistófeles, y finalmente salvadora del protagonista en ultimísima instancia. Wikipedia nos ofrece un análisis accesible de esta canción.
Schubert es capaz de reconstruir al personaje, el desasosiego que la trastorna, el girar de la rueca, el anhelo apasionado...Se los comparto más abajo, en la voz privilegiada de Kiri Te Kanawa (personalmente, me encanta el efecto flautato usado por la soprano neozelandesa en la expresión Mein Herz).
Texto original en alemán
Traducción al español
Meine Ruh’ ist hin, Mein Herz ist schwer, Ich finde sie nimmer Und nimmermehr.
Wo ich ihn nicht hab Ist mir das Grab, Die ganze Welt Ist mir vergällt.
Mein armer Kopf Ist mir verrückt, Mein armer Sinn Ist mir zerstückt.
Nach ihm nur schau ich Zum Fenster hinaus, Nach ihm nur geh ich Aus dem Haus.
Sein hoher Gang, Sein’ edle Gestalt, Seine Mundes Lächeln, Seiner Augen Gewalt,
Und seiner Rede Zauberfluß, Sein Händedruck, Und ach, sein Kuß!
Mein Busen drängt sich Nach ihm hin. Ach dürft ich fassen Und halten ihn,
Und küssen ihn, So wie ich wollt, An seinen Küssen Vergehen sollt!
Desapareció mi sosiego y me pesa el corazón, nunca conseguiré hallar la paz.
Soy como una muerta si él no está junto a mí. El mundo entero carece de atractivo.
Enajenada tengo mi pobre cabeza, y todos mis sentidos deliran incoherentes.
Si miro por la ventana, sólo a él mis ojos buscan. Únicamente por encontrarlo salgo fuera de casa.
Su caminar altivo, su noble figura, la sonrisa de su boca y el fuego de su mirada.
El fluir encantador de sus palabras, la caricia de sus manos, ¡Oh! ¡Y sus besos ardientes!
Mi pecho hacia él se enarca en poderoso impulso. ¡Si pudiera tomarlo, retenerlo junto a mí,
y besarlo, hasta saciar mis ansias, hasta quedarme muerta bajo sus labios!
Margarita y la rueca / Grabado de August von Kreling
Sigamos con SCHUBERT pero esta vez en una variedad aun más fresca (si cabe) de su catálogo: las canciones para coros de voces masculinas.
El canto coral es una toda una institución —robusta y pletórica— en los países de habla germánica, más o menos como parece ocurrir con los solistas en el mundo latino. No sólo el consabido coro mixto (mezcla de voces masculinas y femeninas) sino agrupaciones vocales “de un solo color”, entregadas en exclusividad a alguno de ambos géneros. Recordemos, por ejemplo, cómo Brahms fue director de coros femeninos (fundó uno en Hamburgo y aceptó dirigir otros en Viena), además de adaptar al canto coral muchas canciones sencillas y populares.
Tanta propensión al canto conjunto se explica no sólo por una facilidad innegable, sino por el fomento recibido tras pacientes siglos de crecimiento cultural, en donde los monasterios cultivaban el canto, las universidades y batallones tenían sus himnos, los gremios y corporaciones también, las familias numerosas hacían lo propio en las múltiples fiestas que iluminaban el transcurso del año, etc.
Con idéntico ánimo festivo procedió el gran Franz SCHUBERT. Conocía íntimamente el canto coral gracias a sus años como niño cantor (integró el Coro de la Capilla imperial, institución que hoy conocemos como Niños Cantores de Viena). Y su enorme facilidad para la expansión melódica se manifiesta también en este apartado, imbuida con ese sabor folclórico que nunca faltó en su inspiración.
Canciones sin otro empeño que celebrar las tantas felicidades de la vida corriente, compartir sus nostalgias o sus entusiasmos... pero canciones nacidas de la chispa genial de un gran compositor, ejemplo de cómo antaño se supo conciliar maravillosamente lo grande y lo pequeño.
SCHUBERT: CANCIONES para CORO MASCULINO por los »ROBERT SHAW CHAMBER SINGERS« — En este registro podrán disfrutar varias de las canciones compuestas por Schubert para coro masculino con añadiduras ocasionales de piano o guitarra, con secciones destinadas a tenor solista, etc. La calidad coral de los intérpretes queda fuera de discusión; el maestro Robert Shaw ha logrado crear en su carrera coros impecables, y esta agrupación despierta entusiasmo con su musicalidad.
Creo que la mejor perspectiva para apreciar este repertorio la define un usuario de Amazon, Jeff Abell (traducido con algunas licencias):
Podemos enfatizar la cualidad sublime de la Novena Sinfonía de Schubert, pero su propósito es justamente la grandeza. En cambio, cada una de estas pequeñas obras para coro masculino poseen la sencilla satisfacción de ser lo que son y nada más. No fueron escritas como profundos discursos sobre el sentido de las cosas, sino para reuniones de amigos o el cumpleaños de una muchacha. […]. Schubert se hallaba muy unido a su círculo de amigos en Viena; me agrada pensar que cantaban juntos estas mismas canciones.
Aprecien este delicioso repertorio Biedermeier en el link inferior: