lunes, 30 de mayo de 2011
A PROPÓSITO DEL ASOMBRO...
sábado, 6 de junio de 2009
RIMSKI Y EL ASOMBRO (II)
Catedral de Cristo Salvador, MoscúPara redondear el posteo acerca de la Gran Pascua Rusa compartiré un puñado de versiones de la misma obra, ofreciéndoles algo así como un “caleidoscopio” de posibilidades de escucha.
La alusión al caleidoscopio, por cierto, también la hizo Rimskiy cuando explicaba la otra obra que nació aquel verano de 1888: Schéhérezade. Pero de ella hablaremos después.
No puedo ocultar que esta composición, la “Gran Pascua Rusa”, me apasiona. Una vez Cuervo, que la subió a su inmenso blog, deslizó una crítica posible: se trataría de una obra reiterativa. Frente a eso valga una observación: Rimskiy es una mente oriental, con muchas influencias occidentales, cierto, pero en esencia es un ruso. Su manifestación creativa difiere del modus operandi centroeuropeo, volcado a la estructura lógica de un discurso musical afanosamente pulido. Rimskiy, en cambio, propone continuamente el valor tímbrico como elemento de contemplación auditiva; las repeticiones temáticas son a la vez variaciones instrumentales, dando aquel efecto “caleidoscópico” ya mencionado. Este acento en las posibilidades cromáticas del sonido sería recogido poco después en la Klangfarbenmelodie, la melodía de colores acuñada por los músicos germanos a principios del siglo XX.
- Sólo deben pinchar sobre los directores
para ir a la descarga
Abrimos con Neeme Järvi dirigiendo
a la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo.
Gran versión la de este director estonio,
sin duda uno de los mejores intérpretes del
repertorio nórdico y eslavo en la actualidad.
Seguimos con Leonard Slatkin,
quien interpreta la obertura al mando de la Orquesta Sinfónica St. Louis.
Una plasmación de hermoso sonido y energía desbordante.
Artur Rodzinski, batuta histórica,
cincela una suculenta visión al frente de la
Royal Philharmonic Orchestra.
En sus manos la obertura parece ir naciendo minuto a minuto. Escúchenlo.
Otra batuta que a mi juicio merece muchos más laureles
de los que ha recibido hasta ahora: Igor Markevitch.
Aquí nos ofrece su concepto de la Gran Pascua Rusa,
dándole forma con el sonido siempre rotundo
de la Orquesta del Concertgebouw de Amsterdam.
domingo, 17 de mayo de 2009
RIMSKY Y EL ASOMBRO
A veces me pesa haber dejado atrás la infancia. No me agobia el paso del tiempo, pero sí añoro el deslumbramiento que entonces llegaba fácil, pleno, revelador. En esa edad, cuando el mundo es nuevo, uno puede experimentar todas las posibilidades del asombro.
Luego las desilusiones proyectarán sobre ese mismo mundo la sombra del escepticismo, opacando la claridad de nuestra primitiva inocencia. Los hábitos mentales de Occidente nos enseñarán a cuestionarlo todo, hasta que cada sonrisa se dibuje con un ribete de ironía. Esta postura nos dirá que contemplamos, ahora sí, la realidad tal cual es, insípida, ingrata, vulgar, negando a la imaginación y el color cualquier utilidad; pero justamente así es como nos arrancamos las alas. Nos hemos vuelto deliberadamente incapaces de genuino asombro, y por ello nos apagamos en una gris monotonía.
Que para ver la verdad haya que usar el lente de la Amargura, no lo creo. Estoy convencido de lo contrario: para adquirir un mínimo ajuste al universo que nos rodea (definido por su inmensidad) es preciso dejarnos arrebatar por el entusiasmo.
Todo esto es una imprevista y bastante confesional manera de presentar a Nikolai Rimsky-Korsakov, estupendo músico ruso y uno de los mayores maestros que ha conocido el arte de la instrumentación. Basado en su buen gusto, su intuición y su sinestesia —esa curiosa aptitud para percibir sensaciones “intercambiadas”, pudiéndose oír colores o saborear sonidos— Rimsky formuló una orquesta originalísima, llena de vuelcos sonoros tan bien logrados que sólo cabe... por supuesto que sí: el asombro.
En el verano de 1888 Rimsky empleó antiguos cantos de la Iglesia Ortodoxa y sus evocaciones personales para crear la obertura de concierto “La Gran Pascua Rusa” Op. 36, dedicada a la memoria de dos amigos fallecidos, Borodín y Músorgsky.
Se trata de una manifestación orquestal de percepciones sutiles, intuitivas, como si Rimsky, al recrear el ambiente de la Liturgia de Resurrección, quisiera hacer visible lo invisible, es decir, la dimensión extranatural que sobrevuela la ceremonia.
En la introducción utiliza los cantos litúrgicos “Dios resucitará” y “El Ángel habló”, referidos a la profecía de Isaías sobre la Resurrección de Cristo. Ambas melodías imprimen un sello arcaico, “milenario”, a la obertura y reaparecen una y otra vez imitando la entonación del sacerdote. La pieza se nutre además con otras reminiscencias: el misterio de la vida renacida, la transición desde la oscuridad a la luz, el incienso y el eco de las campanas, las voces gruesas de la multitud y los clérigos yuxtapuestas a la espontánea religiosidad popular, que Rimsky denomina “pagana”, etc.
Detrás y por encima de todo aquello, en la obertura palpita el Asombro ante el Misterio. Quizás sea la razón por la que esta poderosa obra me ha parecido siempre asombrosa y al mismo tiempo, asombrada.
Se las dejo al pie de página, en la vibrante interpretación de Leopold Stokowski, autoridad en este repertorio.


