Considero a la Música la afirmación de un cosmos, una declaración de principios, un acto positivo, encaminado no a destruir sino a construir. En eso radica la creación, ese “sacar de la nada” algo consistente.
Es el itinerario de los compositores: primero perciben dentro de sí mismos una determinada visión de las cosas (la misteriosa “inspiración”) y luego la transforman en música, “pronuncian” en sonido esas ideas coherentes. El concepto mismo de “armonía” supone una construcción —si se quiere, un organismo— que no sucumbe a contradicciones internas, sino que perdura a la manera de una Verdad comprobada.
Esto lo obran todos los artistas genuinos, y suele ocurrir que los más simples en su propósito sean los más lúcidos. Siempre tratan de manifestar un tipo de belleza particular que perciben con la claridad de la evidencia y cuya manifestación despierta en muchos otros una afinidad íntima, como una vibración común; belleza que a su vez entraña determinados principios aceptados como ciertos. Cada auditorio, cuando aplaude a su artista, clama “así es, así debe ser”.
Luego vendrá la posteridad, ese tribunal insobornable, para hacer rendir cuentas a la obra y darle el premio de la inmortalidad. O no. Hasta las mejores necesitan pasar este examen y probar si hay en ellas Belleza y Verdad efectivas, universales. Pues a veces creemos ver mares donde sólo hay espejismos e ignoramos el manantial que brota a unos pasos.
De lo anterior se desprende mi apego al mundo tonal y mi renuencia con sus opuestos. Diría que es inevitable, pues se basa en un ejercicio de auto-descubrimiento: discernir el acto de afirmación que cada obra trae consigo, las afinidades que en lo profundo de mí mismo cantan junto a ella. Buscar las obras “en donde estoy”.
No obstante, nuestra personalidad se enriquece y nuestra cultura se amplía con los años —eso quiero creer—, así que en estas cosas no se puede ser tan tajante… pero tampoco se puede jugar a la confusión. Caos y Cosmos no se llevan.
Como comenté en la entrada anterior, en diciembre de 2023 perdí a mi gato Wally, un pequeño, dinámico y profundamente cariñoso animalito de sólo tres años, de manto gris y blanco. Se contagió de peritonitis infecciosa felina, enfermedad incurable, y dado que su deterioro se precipitaba tuve que “ponerlo a dormir” —saben lo que significa— pocos días antes de la Navidad. La amarga decisión explica mi silencio en estas fechas habitualmente cálidas y comunicativas. Fue como si, en lugar de San Nicolás, me visitara el indeseable Krampus…
La música y la buena compañía siempre ayudan, así que como despedida dejo la pieza de Giya Kancheli titulada Don’t Grieve, “no te aflijas”.
Los sueños
refieren a un enigmático mundo interior que cada persona lleva consigo. Los
míos me divierten y me extrañan al mismo tiempo. A menudo logro recordarlos
tras despertar y, si puedo, los anoto.
Aventuras de todo tiempo y circunstancia, situaciones extravagantes o de
ambigua familiaridad, presencia permanente de todo mi bagaje de
conocimientos y experiencias —desde personajes de cómic hasta
“enemigos intelectuales” de otros siglos que asoman sin
invitación—, escenarios urbanos que se repiten, recuerdos de otros sueños
dentro del sueño, ‘poderes’ que voy ‘dominando’ con el paso del tiempo... Es
una vorágine a veces agotadora.
Según parece, el caso ha ido recrudeciendo en intensidad, porque mi otrora
pacífica manera de dormir dio cabida a gestos corporales —ya me han visto
levantando brazos y mascullando palabras—. Anoche mismo pasé una áspera velada
sentado a la mesa con Carlos Marx y familia (suya y mía) en una casa que
frecuenté durante mi adolescencia... No sé si contarlo a un psicólogo o a un
guionista...
“—Qué pacífica sería la vida sin amor, Adso.
Qué segura. Qué tranquila... y qué aburrida.” (Fray William de Baskerville en “El Nombre de la Rosa”)
Ha pasado un tiempo desde mi última entrada en esta página. El tiempo se me ha vuelto un bien escaso; pero no equivale a olvido. Esta visita breve la dedicaré a una canción isabelina (Renacimiento inglés) que me conquistó cuando la conocí, gracias a la mediación inesperada de Sting en cierto famoso disco que dedicó a John Dowland.
Pero la canción no es de Dowland sino de Robert Johnson(* c.1583 — † c.1633). Sting decidió incluirla por su calidad, y aquello fue un acierto.
Have you seen the bright lily grow? es una canción de amor impregnada de nostalgia. La bella melodía se dedica a resaltar el texto… y aquí es donde se apoya mi fascinación por esta pieza.
Supongo que todos habremos sentido esa emoción trascendental, el amor, no de manera abstracta sino encarnada en alguien que nos haya robado el corazón. Bendición temible... Quedamos expuestos, inermes, a pesar de cuanto hagamos; y el destino tiene sus jugarretas. Cualquiera sea el curso que sigan los acontecimientos, todo aquello puede originar canciones inmortales porque, sin importar lugar o época, el amor es una de nuestras grandes constantes.
En este caso de hoy, la canción emplea uno de los recursos expresivos más perdurables: la comparación. El poeta intenta comunicarnos el deslumbramiento que siente ante la mujer que lo cautiva, y para eso enumera imágenes que, cada una a su modo, suponen una sorpresa o un instante de gracia:
“¿Has visto crecer un lirio radiante, antes que manos toscas lo hayan arrancado?
¿Has notado la nieve al caer, antes que la tierra la haya manchado?
¿Has palpado la lana del castor o las plumas del cisne?
¿Has respirado la fragancia del nardo en el fuego, o probado el sabor de la miel?
¡Oh!, tan blanca, tan suave, tan dulce: ¡así es ella!”
Esa última frase, que nos revela el sentido de todo lo mencionado previamente, está cantada en un ascenso que culmina en una nota que parece interminable, para, tras una pausa fugaz, resolver en la palabra she (ella)... Incomparable. Una de mis canciones favoritas, porque su edad de 400 años no es importante. Importa, sí, que refleja hoy como entonces, con total actualidad, lo más hermoso que otorga el amor: el deslumbramiento, el hallazgo de alguien único. Como un destello de luz en un mundo generalmente opaco.
Mágica interpretación de Valeria Mignaco y Alfonso Marín (Lutevoice)
Este año quiero compartir una obra que, si bien conocidísima, me inspira un profundo afecto. Lo último se debe a memorias dolorosas y sin embargo, abiertas a la esperanza que marcaron en mi mente a esta composición: me refiero a la Novena Sinfonía de Beethoven… y me refiero asimismo a la enfermedad que se llevó a mi querida madre de este mundo.
La Novena, como se sabe, es un testamento luminoso: el corolario de la obra se basa en la Oda a la Alegría de Schiller, poesía llena de profundo humanismo, algo a lo que Beethoven adhería con cada fibra de su huraño corazón. Cuando escribió esta obra, tenía muchos más motivos para la amargura antes que para la alegría, y no obstante fue esta última el punto gravitante de su expresión.
Queda todo dicho en el siguiente párrafo que rescato de una biografía sobre el gran sordo de Bonn:
A un joven director de orquesta, muy aplaudido por su interpretación de las sinfonías de Beethoven, se le preguntó por qué no tenía la Novena en su repertorio.
Respondió: “Porque todavía me falta vivir mucho para tener claro, dentro de mí, por qué un hombre enfermo, sordo, solitario y pobre llegó a poner música a la Oda a la Alegría de Schiller”.
Pues bien, cuando chiquillo, mi compositor absoluto era Beethoven. Su música despertaba en mí un entusiasmo inapelable. Bosquejaba su rostro taciturno en mis cuadernos, leía sobre él, contaba lo que podía a mis compañeros de colegio, me mantenía al acecho de sus composiciones en la radio... Era una conmoción. Pero en aquellos días vino también el cáncer a atormentar por primera vez la vida de mi madre. Esa primera batalla se saldó con una victoria gracias a tratamientos y quirófano. Me tocó acompañarla a sus sesiones de quimioterapia, y por supuesto alentarla. Pero quien me alentaba a mí era Beethoven. En mi walkman llevaba la Novena (versión de Karajan & Filarmónica de Berlín, 1963) y canturreaba el himno final constantemente. Fue eso, junto al refugio de la oración y la fe, también representados por Beethoven en el Adagio del tercer movimiento, mi mejor conexión con la tesis fundamental de la obra: hay esperanza, hay motivos para la alegría, y la adversidad no hace sino purificar esa alegría.
Uno de mis tantos dibujos en los cuadernos del colegio...
En 1999, cuando el cáncer regresó, sucedió que una emisora de música clásica que en casa era compañía habitual desde los tiempos de mi abuelo, Radio Andrés Bello, puso punto final a su trayectoria. En la última emisión, 6 de marzo de 1999, escuchamos con mamá la Novena Sinfonía (versión de Riccardo Muti y la Orquesta de Filadelfia). Otra vez la misma obra, esta vez con los acentos puestos en aquello que perdura más allá del cerco del tiempo.
En YouTube he podido encontrar esa despedida final de la querida Radio Andrés Bello, que menciono en el relato más arriba
Estas evocaciones surgen en mi interior cada vez que regreso a la Novena. Comprenderán pues, mi vínculo con la obra, más allá de su objetivo valor musical y mi admiración hacia cada uno de los cuatro movimientos.
En esta ocasión les comparto la Sinfonía más trascendente de Beethoven en versión del maestro Carlo Maria Giulini dirigiendo el Coro y la Orquesta Sinfónica de Londres. Su equipo de voces solistas lo componen: Sheila Armstrong, soprano; Anna Reynolds, contralto; Robert Tear, tenor; John Shirley-Quirck, bajo. El registro procede de 1973. Giulini hace valer sus méritos legendarios como director equilibrando la potencia, rasgo que lo caracterizaba en el período de la grabación, con tempi espaciosos que emplea para cuidar los detalles, destacar las emociones abruptas del último período beethoveniano, atender los detalles estructurales e instrumentales de la composición.
Sus cuatro movimientos justifican el entusiasmo; Furtwängler observaba que la inspiración de Beethoven se mantiene al mismo nivel en todos ellos, aun con sus notables diferencias y sus muchas originalidades. Y además, agrego yo, contra la dificultad añadida de una gestación larga y afanosa como pocas.
Claudio Arrau ovacionado en el Teatro Municipal de Santiago (1984)
Hoy toca recordar a don Claudio Arrau León, el pianista más prodigioso que saliera de tierra chilena (con la excepción de Rosita Renard) y uno de los maestros definitivos de su instrumento en el siglo XX.
Inolvidable, formidable, Arrau nació el 6 de febrero de 1903 en Chillán (Chile). Emprendió a muy corta edad, bajo la guía de su madre viuda, el aprendizaje del piano, en donde deslumbró como prodigio desde los cinco años en su primer recital público. El gobierno chileno le concedió una beca que le permitió estudiar en el Conservatorio Stern, de Berlín, con un discípulo del propio Liszt, Martin Krause. Ahí tuvo su inicio la brillante carrera internacional del maestro.
Arrau había vivido ya una existencia entera lejos de su país —contaba 81 años— cuando por fin regresó al polarizado Chile de 1984. Yo tenía sólo 10 años entonces pero la gira del maestro, bien cubierta por la prensa, me impactó. Eso, y su interpretación del Concierto para piano nº 1 de Brahms en el Teatro Municipal de Santiago, acompañado por la Filarmónica de Chile bajo la dirección de Juan Pablo Izquierdo. Quizá ahí empezó mi devoción personal por este concierto y por Brahms; a Arrau ya lo admiraba de antes, gracias a mi profesora de piano. Entre tantos detalles recuerdo que esa noche del concierto, con la vista clavada en el televisor, me parecía reveladora la forma que tenía Arrau de deslizar las manos sobre el teclado, como quien lo acaricia. Resulta un poco extraño constatar que el gran artista cuyo concierto marcó mi infancia fuera un anciano intérprete clásico, pero bueno, el arte no sabe de edades ni de convenciones.
El video que incluyo más abajo registra la parte final de dicho concierto, seguido por la aclamación del público. Las palmas fervorosas emocionaron muchísimo a Arrau, que sintió ese reconocimiento como una consagración definitiva. ¡Vaya humildad de un gigante!
Es fácil pasar por alto que la música, sobre todo la clásica (en sus múltiples variedades) requiere tres ingredientes: el compositor, el intérprete... y el oyente. Escuchar obras maduradas por grandes creadores no puede ser un acto displicente, ni el auditor está para calentar sillas; tal como quien sigue la trama de una película se sumerge en la ficción para absorber los detalles, igualmente las grandes obras están ahí para iniciar un diálogo con nosotros, para ofrecernos belleza, claro que sí, pero no de las formas habituales. Cultivar un oído atento es también un arte.
Algo de eso aborda el maestro Daniel Barenboim en el siguiente video, ofreciendo algunos consejos y sobre todo reflexionando sobre cómo escuchar la música:
Es curioso. Todos tenemos nuestros pequeños puntos de inflexión durante el día. Serán unos segundos, a veces un poco más, cuando suspendemos el ritmo del quehacer y experimentamos la necesidad de un respiro, una pausa para recobrar el aliento. Las muchas cosas que nos agitan, o las pocas, imprimen con más fuerza su peso sobre nuestros hombros y nos recuerdan esa fragilidad esencial que tan empeñosamente queremos evadir.
Es entonces cuando retrocedo a mi interior, me alejo del instante y su tumulto, busco los parajes de la memoria o más aún, entablo un diálogo silencioso con Quien sé que puedo encontrar en confiada quietud interior, libre de máscaras y de urgencias.
Ahí descanso, en esa morada íntima. Ahí, donde uno es quien es y las pretensiones están de más. Siento algo muy parecido a un espaldarazo reconfortante que me lleva de vuelta al quehacer. Todo esto ocurre sin dar mayor noticia al entorno. En la quietud reviven las fuerzas necesarias para la acción; sin eso, sin interioridad —permítanme más: sin espiritualidad— no creo que pueda uno remontar con éxito las tempestades exteriores ni cultivar auténtica personalidad.
Admito que mi relación con la música clásica contemporánea es difícil. A veces nula. Frente a mucha vanguardia me siento perdido, ajeno, carente de más reacciones que el tedio o el franco desconcierto. Cosa rara, la politonalidad o la atonalidad (como las que sacuden al auditor de la “Consagración de la Primavera” o “Sensemayá”) no me provocan el mismo conflicto, como tampoco ciertos creadores contemporáneos (Pärt el primero de ellos). Me aventuro también —no diré con gusto pero sí con interés— hasta los primeros números de opus de Webern. Pero un paso después llego a la frontera, el abismo frente al cual me detengo.
Y lo digo habiendo hecho intentos serios por firmar la paz con el siglo XX. De hecho, sigo haciéndolos, y eso importa dejarlo claro. Pero aprendí a respetar aquello que en mí se contuerce frente a la música serial, dodecafónica, concreta, etc. Es decir, prefiero acatar mi apetito natural, mis adhesiones viscerales antes que mentir(me) para encajar mejor. Cuando digo “visceral”, no recurro a ninguna hipérbole; en mis audiciones de música contemporánea he tenido que lidiar con sensaciones físicas de desagrado, antónimo biológico de la profunda alegría experimentada a menudo en el seno de la armonía clásica. Estoy firmemente domiciliado en la Tonalidad.
No obstante, años atrás le prometí a un querido amigo de Canarias que no me encerraría en mis cuarteles clásicos como un talibán, sino que mantendría viva la curiosidad y el apetito de descubrimiento hacia estas corrientes. Gracias a esta promesa, que coincide con mis propias intenciones, y porque verdaderamente hay tipos de talento inobjetable como Schönberg o Ligeti defendiendo esta alternativa, es que también en el Blog encontrarán ustedes artículos referidos a Alban Berg, Sergei Prokofiev, Lepo Sumera, Béla Bartók o la Sociedad para la Interpretación Musical Privada.
Fue a raíz de estas prevenciones mías que surgió con mis amigos músicos y musicales la expresión “usar la escafandra” o “meterse en el batiscafo” cuando se trata de explorar creaciones modernas. Es decir, al cruzar aquella frontera y sondear el abismo, mundo ácido e incierto que aún no sé disfrutar, pero ya aprendo a conocer.
El BATISCAFO se zambulle en este BLOG mediante la siguiente ETIQUETA:
Ese perro echado a un costado en «Las Meninas», el célebre cuadro de Velázquez, es la viva imagen de mi querido «Vitto». Incluso adopta la misma posición de descanso. Siempre que miraba a mi perro, recordaba el cuadro; ahora será al revés...
Un breve e inesperado “In Memoriam”, queridos lectores, pero a título personal. La noche entre el sábado y el domingo pasados trajo consigo el descanso final para mi viejo y querido Vitto, un can callejero que se había quedado conmigo luego de que su primer dueño lo abandonara. Perro fiel como no he tenido otro, se había hecho querer por todo mi vecindario.
Vitto era un quiltro nacido en alguna calle de la comuna santiaguina de San Miguel. Fue atropellado y abandonado en una clínica veterinaria poco antes del cambio de siglo. Cuando en la clínica se hizo evidente la falsedad de los datos proporcionados por su “rescatista”, lo adoptó un médico, el cual arrendó mi casa un par de años y luego se fue pero sin volver nunca a recoger su mascota. Así se quedó conmigo ese perro amigable y despierto, un poco cojo por su accidente pero lleno de energía, con recio ladrido, la cola mocha y el pelaje colorín. Se escapaba tanto de casa que finalmente lo dejé vivir afuera, en mi calle, porque adoraba los espacios abiertos. Y destruía las puertas que le impidieran escapar. Pasó años alegrando la vida de muchos (aunque no de todos), persiguiendo ciclistas, perdiendo peleas con otros congéneres y ganándose un lugar en el paisaje cotidiano. Más de una vez se aventuró conmigo a caminar largas distancias —una de mis aficiones— por el simple gusto de compartir su tiempo conmigo. Al hacerse más viejo lo traje de vuelta al jardín trasero. Los vecinos lo extrañaban tanto que le preparaban comida y se la hacían llegar. Hasta el sábado iba diariamente un vecino a llevarle comida. Así el muy inteligente perro callejero cultivó su propia “red social” y vivió una vejez tranquila. Hasta la madrugada del domingo.
Admito que al principio no me simpatizaba la manera en que me lo habían dejado “a cargo”, y menos aún el entusiasmo con que el animalito descubría siempre el punto débil por el cual escapar; si en la mañana, al salir, me despedía de él en el patio, al caer la tarde me daba la bienvenida en la calle... lo cual significaba una maravillosa “sorpresa” aguardándome en casa. Cuando lo castigaba, el pobre no chistaba. Y eso me ablandaba el corazón. No sabía yo que además se lo había robado en estos años.
Ahora duerme muy cerca del árbol de damascos, en el patio donde deambulaba buscando rincones cómodos, ladrando a los ruidos desconocidos y esperando su ración de comida. Como me ha dicho un lúcido amigo argentino, esa larga amistad acaba de comenzar a ser inmortal. Por eso precisamente le dedico a mi fiel perro estas líneas de cariñosa despedida, aunque sé que ahora ya nunca más se me escapará.
Una gripe nunca es bienvenida, menos si te arrebata un fin de semana largo. Pero eso me ocurrió y frente a la realidad no caben evasivas: debí soportar un repertorio de síntomas molestos que impidieron cualquier iniciativa provechosa en tres días que, para colmo, lucieron despejados y luminosos. Habrían sido ideales para una de mis actividades más queridas, la jardinería, aprovechando esta temporada de poda.
En fin, las limitaciones humanas tienen sus ventajas, si decides no amargarte examinando la vida social de tus amigos sanos en Facebook o especulando las muchas cosas que no podrás hacer. La verdad es que esta forzosa temporada horizontal me trajo ocasión para otras aficiones que me cautivan de siempre, aparte de la música. El comic, llamado con razón Noveno Arte, es una de ellas, dado que practico el dibujo desde la infancia. Así, me entretuve con algunos maestros preferidos: Frank Cho y Hergé, a quienes admiro por la nitidez de sus líneas; Harold Foster, que en lugar de viñetas podía dibujar cuadros; el dibujo perfecto de Briand Bolland, los claroscuros reveladores y la imaginación de Will Eisner, etc.
Pero también se tiene ocasión de encontrar. Y dos agradables obsequios que recibí por correo los vuelvo a colocar a disposición aquí, esta vez para ustedes, queridos amigos y amigas. En primer lugar una serie de fotografías absolutamente fascinantes. Se trata de panoramas aéreos capaces de girar en 360º según uno mueva el mouse. Pueden ver la lista completa AQUÍ o antes probar un ejemplo, pinchando la imagen del castillo Neuschwanstein cubierto de niebla:
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En segundo lugar, y mucho más fascinante, un video en la Web centrado en Alice Herz-Sommer, pianista judía llevada al campo de concentración de Theresienstadt, y que hoy, con sus 108 años es la más antigua superviviente del Holocausto. No obstante, lo verdaderamente milagroso es constatar que ni el tiempo ni la tragedia marchitaron en ella un espíritu luminoso, cálido y de humanidad avasalladora. Personalmente, me ayudó a consolidar aun más las motivaciones que me llevaron a abrir esta página y compartir cuanto hay en ella. En fin, disfruten de corazón la lección de vida que nos brinda esta anciana... más joven que todos nosotros.
«Les Musiciens», óleo de Albert Bartholomé (1848-1928)
Hay quienes creen que la música clásica es un arte extraño, a la vez distinto y distante, que poco o nada sabe decir al corazón humano en nuestro tiempo. Amigos o amigas muy queridos no han titubeado en acusarme, con sonrisa socarrona, de preferir la «música fome», chilenismo que significa música aburrida, insípida. Pobres amigos...
Al mismo tiempo en barrios modestos, a veces marginales de la ciudad que habito, progresan iniciativas valientes para formar a muchachos muy jóvenes en la práctica de algún instrumento musical, reuniéndolos en orquestas principiantes. Este empeño ha logrado cuasi-milagros sociales por obra y gracia de la tal «música fome». Probablemente alguno de esos niños estará ahora mismo ensayando con su violín o su clarinete, abismándose ante un universo nuevo. Sé que esto ocurre. Mi embeleso personal con más de ocho siglos de tradición musical, el mismo embeleso que intento compartir con ustedes a través de esta página, data de los días del colegio, cuando correr tras una pelota en los recreos o enmudecer frente a alguna chica en particular era tan frecuente y natural como descubrir las notas bellas escritas por un alemán sordo en Viena, mucho mucho tiempo atrás. La conexión con la gran música se produce a despecho de cualquier prejuicio porque, como aquel mismo sordo escribió, es música «salida del corazón y destinada al corazón». Lejos de ser aburrida, resulta trascendental: une, reaviva, eleva.
Escribo esto al compartir con ustedes un registro de lieder interpretados por el grandísimo Dietrich Fischer-Dieskau, barítono-bajo cuya reciente desaparición aún conmociona, y ello precisamente porque caló hondo en el corazón de generaciones durante su larga trayectoria. Su voz, perfecta en timbre y técnica, sabía estremecer. Fue gracias a Fischer-Dieskau que conocí las canciones de Schubert y, a continuación, de una larga estela: Schumann, Loewe, Wolff, Brahms, Mahler... etc.
Ahora que el insigne cantante bávaro ha dejado este mundo, la añoranza es inmensa, como si formara parte de mi familia más cercana. Ojalá estos artistas supieran lo centrales que llegan a ser en la existencia de incontables personas, a las cuales tal vez nunca conozcan pero que siempre les dedicarán aprecio y gratitud.
Es que por medio de ellos el milagro de la vida y de la creación —cada vez más indispensable en un mundo poluído de contradicciones— acude a rescatarnos del tedio, la estrechez, la mediocridad, devolviéndonos lo mejor de nosotros mismos.
Con gratitud, pues, despido a este amigo compartiendo interpretaciones suyas de Lieder sobre poesías de Goethe grabados junto al pianista Karl Engel en 1970 — registro reeditado en 1995 por el sello ORFEO.
La sapienza è figliola dell’esperienza — “La sabiduría es hija de la experiencia”, recitaba Leonardo da Vinci. Y justamente la experiencia es la madre de los instrumentos musicales tal como hoy los conocemos. Un centenario proceso de decantación ha ido fijando medidas y proporciones (cánones) que, si nunca son del todo perpetuas, sí pueden ufanarse de haber rozado, en muchos casos, la perfección.
Por ejemplo, la familia de los violines (o para ser exacto, de los instrumentos de cuerda frotada) convirtió al mejor de sus artífices en ícono de excelencia: Stradivarius. Los instrumentos del luthier cremonés, en la actualidad reducidos a unos 650 de los 1.100 que construyó, apetecidos por los intérpretes y los coleccionistas, llevan consigo el persistente enigma de su fabricación perfecta, nunca más igualada. Algunos buscan la clave en el barniz, otros en la madera, otros en las proporciones pitagóricas... pero el “misterio de Stradivarius” sigue abierto.
“El arquitecto romano Vitrubio (siglo I a. de C.) escribió un tratado titulado Los diez libros de la Arquitectura, en el cual establecía tres características que debían reunirse en una obra arquitectónica: firmitas (solidez o estructura), utilitas (utilidad o funcionalidad) y venustas (belleza o estética). Podemos extrapolar perfectamente estos tres elementos aplicándolos en el campo de la luthería.”
Estas tres cualidades distinguen ejemplarmente a los violines fabricados por los luthiers de Cremona. Pues no sólo hubo un Stradivarius; aunque parezca increíble, todos los grandes violines fueron fabricados por tres familias, los Amati, los Stradivari y los Guarnieri, en un rincón de Cremona, población del norte de Italia (fuente). Sus productos son tan irrepetibles y definitivos como una catedral gótica, una espada tradicional nipona o un huevo de Fabergé. En efecto, el sonido de cada violín difiere entre sí, como si sus artífices, a la manera del mito de Pigmalión, hubieran querido dotar con un “alma” propia sus creaciones.
Estos logros clásicos (literalmente, es decir, que constituyeron la clase, la norma de su género) siguen vigentes hoy y no me cabe duda que lo seguirán siendo en el futuro. Siglos después, cuando los compositores del Romanticismo iniciaron la experimentación sonora merced a sus intuiciones, los luthier alumbraron creaciones desconcertantes. Una de éstas será motivo de la siguiente entrada. Hasta entonces, les dejo en compañía de la perfección violinística: el Concierto en Si menor para cuatro violines de Vivaldi, en interpretación de Leonid Kogan y David Oistraj junto a sus hijos Igor (Oistraj) y Pavel (Kogan).
Bicentenario. Chile está de fiesta, y los aromas patrióticos flotan en el aire, mientras los valientes hemos declarado la guerra contra la carne que hace ocupación de nuestras parrillas, en heroica alianza con garrafas de vino y “cachos” de chicha. Todos tenemos presentes a los 33 mineros que celebran el Bicentenario bajo tierra y a los innumerables que siguen reconstruyendo día a día, anónimos, lo que el terremoto arruinó. Ellos dan muestra de la que quizá sea nuestra mejor virtud: la perseverancia contra el infortunio. Esa terca persistencia que para Gabriela Mistral era la propia definición del país. “Chile, una voluntad de ser”, me dicen que ella dijo. Ella, poetisa en tierra de poetas, pero también tierra de grandes músicos como Arrau, el incomparable don Claudio de Chillán. Así que les dejaré una interpretación de este coloso tan lleno de sencillez. Siempre repiten que fue uno de los grandes intérpretes de Beethoven. Yo discuerdo y creo, con ánimo herético, que en Beethoven hay varios otros que merecen esos mismos laureles. En cambio, nadie tocó como Arrau la música de Liszt y Chopin. Así pues, para incluirlos en la fiesta a Uds., queridos amigos que vienen a este fogón, les dejo una de mis obras favoritas de Chopin, la Barcarola en Fa♯, reviviendo en manos del Maestro:
El famoso dueto para piano imaginario interpretado, como siempre, por la abuela y el nieto.
En horas de la mañana del pasado martes 30 de marzo falleció mi querida abuela. Se llamaba Otilia Giusto y tenía 103 años. Partió discretamente, por fin ajena a los dolores que agobiaron sus últimos meses. Fue una mujer llena de firmeza, pero también capaz de ternura, gracia y afecto ilimitado. Murió en su cama, con su familia, junto a los suyos; raro privilegio en estos días.
Había algo de niña en mi abuela, como suele haberlo en todos nuestros viejos. En su mirada traviesa asomaba una expresión limpia, no con la ingenuidad del niño que ignora el mal, sino con la indulgencia de quien lo ha perdonado muchas veces.
Vivía ya esos años en que los detalles, las pequeñas cosas, han recuperado su importancia. Ya no hace falta perseguir al tiempo, porque se ha sentado a nuestro lado; y desde ese discreto lugar la vida comienza a tomar dimensiones de eternidad. Su mente no se conformaba con la exactitud del presente, y recuperaba el pasado para entretener el paso de las largas horas.
Mi abuela nació cuando existían aún los imperios de Europa; supo de dos guerras mundiales; presenció el alzamiento y caída de regímenes de todos los signos; amó los cerros de su Valparaíso natal. Se casó dos veces, y enviudó dos veces. Tuvo dos hijos, y estuvo presente en el funeral de ambos. Tuvo hermanos, y los sobrevivió a todos.
Fue una mujer de fe robusta y sencilla, que pasó la vida entera con el nombre de Dios en los labios. Y en su corazón viejo habitó hasta el final el amor que no envejece. Lo derramó en sus nietos, bisnietos y tataranietos, y permanece como su más consistente legado.
Con ese amor en mente, retratado en la sonrisa bondadosa que recuerdo tan bien, escribo estas pequeñas líneas de homenaje.
Hasta la eternidad, abuelita, saludos a mamá.
Mi abuela junto a tío Alberto. Ahora ya se reunió con su querido hermano.
Abajo, el vals que a ella le encantaba: Olas del Danubio, de Ivanovici.
Yo tuve un tío inolvidable. Fue uno de los hermanos de mi abuela; se llamaba Antonio Fuenzalida, aunque debió llamarse Antonio Giusto. Que llevara un apellido diferente al de sus hermanos era el resultado de una triste historia que ya no importa; para mí simplemente era “mi tío Alberto”.
A este hombre lo distinguía de inmediato un atributo: su inteligencia aguda, ágil y sin titubeos. Me incitaba a la admiración oírlo exponer sus opiniones, o resolver sin mucho ajetreo asuntos que para los demás habían sido penosos durante horas. Tío Alberto se tomaba con buen humor esos pequeños triunfos, y además se complacía en ayudar… aunque tenía poquísima paciencia si alguien le pidiera repetir lo recién explicado.Ese intelecto era responsable de una falta de calor emocional muy característica. La objeción provenía de las mujeres de la familia, quienes criticaban su estilo tachándolo de demasiado cerebral. A mí, en cambio, me agotaban ellas con sus comentarios. En mi propia experiencia, tío Alberto era siempre cariñoso, aunque ciertamente no excedía la medida. Con las emociones no tenía la misma pericia que con las ideas, pero se trataba de una forma de ser como hay tantas otras, y punto.El afecto creció entre nosotros —fue mi tío favorito— gracias a 88 razones blancas y negras: el teclado del piano. Ahí, en la música, estaba nuestro verdadero lugar de encuentro, de comunicación y de entendimiento. Yo como alumno y él como maestro a la antigua usanza, involucrado personalmente para brindar a su pupilo una formación tan amplia como fuera posible. Pues mi tío Alberto era pianista. El piano fue su instrumento y su sustento, pero no en la tradición clásica sino “popular”… a la manera de aquellos tiempos. Era pianista de salón. Quienes hayan visto la película “El Pianista” recordarán que el protagonista, Szpilman, se vio obligado a tocar en salones de té; de aquellos elegantes espacios les hablo, donde la fingida ligereza de la música exigía un serio dominio técnico. Hubo una verdadera tropa de pianistas sobresalientes que ejercieron su arte sin que casi ninguno legara registros a la posteridad. El repertorio “albertino” lo formaban abundantes piezas pensadas para estos artistas (ritmos de baile, rapsodias, notables arreglos de música operática, sinfónica, etc.). Yo estudié esas partituras, y su calidad no desmerecía en nada frente a una buena música de piano “clásico”. Tío Alberto llegó a tener banda propia, bautizada, claro, “Orquesta Don Alberto”. En su casa había un cuadro que enmarcaba un afiche de juventud, donde él aparecía en un óvalo central rodeado por los rostros de sus colegas, entre los cuales el más recordado era el clarinetista (hasta hoy recuerdo su apellido: Astorquiza). También conocí las partituras, impresas en la Alemania de Entre Guerras, con reducciones para “orquesta de salón”. Borodin, Weber, Glinka, Mendelssohn, Mozart, los infaltables valses de Strauss… todos ellos efectivos “resúmenes” para deleitar en esos brillantes salones.Pero no sólo hubo salones. Tío Alberto fue un músico aventurero que había conocido la emoción y el calor que otros le supusieron ausente. Recorrió las noches de Valparaíso, enseñó música en la Armada, formó parte de una comisión que revisó el Himno Nacional chileno para ajustar mejor la letra a la música, fue pianista acompañante en clases de ballet de un colegio, o en bandas mayores… y aquí lucía otra capacidad extraordinaria: su lectura musical a primera vista. Podía leer instantáneamente todas las piezas que yo colocaba frente a sus ojos. Con ese atributo sorprendía a aficionados y entendidos. Intentó traspasármelo con poco éxito (en música soy un memorizador, no un lector).Estas aventuras existenciales ya habían quedado atrás cuando aparecí en su vida para tomar mis primeras lecciones. Para entonces tío Alberto tenía unos 70 años, aunque seguía muy vital, siempre lleno de ideas, de opiniones. Vivía solo, separado. Su mujer, sus hijas y sus nietos vivían en el sur, en Concepción, y mantenían una fluida y cordial relación, seguramente gracias a la distancia.
Junto a mi tío, interpretando un dueto.
Si no engaño, era algo de Bellini.
Durante años yo fui su visitante casi diario. Compartimos muchas tardes junto al piano. Él me obsequió no sólo su conocimiento, sino su experiencia y, lo que es más, su historia, que explicaba en pequeñas “rapsodias verbales” que me deleitaba oír mientras tomábamos té o analizábamos algún partido de fútbol en la pantalla blanco y negro de su televisor... aunque él se ofuscaba más y más a medida que el partido avanzaba en torpeza y en varias ocasiones apagó el televisor por la “estupidez táctica” de los jugadores locales. Cuando salí del colegio disminuí mi frecuencia en las visitas. Él seguía apareciendo en casa de mi abuela, pues vivíamos cerca. Aun así, yo me fui concentrando en los estudios y las nuevas vivencias de la juventud… y no me di cuenta que lo estaba dejando solo. Él nunca me dijo nada, sino que se enorgullecía de mis logros. Cuando enfermó alcancé a visitarlo al hospital. Todavía recuerdo la alegría que demostró al verme aparecer junto a su cama y mi propia dicha de verlo nuevamente. Los enfermeros habían atado sus muñecas, porque la noche anterior, en un arranque de independencia muy típica de él, había concluido que no tenía nada más que hacer en el hospital y se levantó para irse a casa. Lo detuvieron en otro piso del edificio y lo devolvieron a su cama entre protestas. Ahí estaba esa tarde, “castigado”. Pero los enfermeros no sabían que él tenía la razón otra vez. Murió sólo días después. Quería tener, como todos, el último consuelo de morir rodeado por los rostros y espacios que eran suyos, no en un aséptica habitación comunitaria que nada dice de nosotros. Lo doloroso para mí no fue sólo su muerte, sino enterarme dos días más tarde que tío Alberto se había lamentado cierta vez de mi “abandono”, luego de aprender tanto de él. Es mi culpa que haya tenido esa impresión equivocada. Y hasta hoy me atraganto conmigo mismo en este asunto. Pasan los años y siempre ronda en mi conciencia esa falta de delicadeza mía hacia alguien que era tan, tan importante en mi vida. Pues detrás de esa “distancia cerebral”, él tenía un corazón magnífico.Lamento no haber tenido tiempo suficiente para enmendar mi alejamiento, salvo esa visita de hospital que nos reconfortó a ambos. Quiero creer que, en esas circunstancias finales, él pudo entender que nunca lo había olvidado. Bien sabe que hasta hoy lo recuerdo con cariño. Por eso, y por tantas cosas más, le dedico estas líneas de homenaje. Gracias por todo, querido tío Alberto.
A mis queridos amigos y a todos quienes se han preocupado por mí en estos duros momentos para mi Patria: ¡MUCHAS GRACIAS! La zona donde vivo resistió bastante bien la violencia del terremoto, el segundo más grande que recordemos en nuestra historia nacional, aunque seguramente será el primero en cuanto a efectos, dada la amplitud territorial que lo padeció (el centro-sur, donde habita el 80% de la población). Por desgracia, el terremoto provocó maremotos que han causado estragos en el borde costero (hay embarcaciones trasladadas a plazas, manzanas enteras arrastradas al mar, testigos sobrevivientes de olas gigantescas, en fin, devastación).El número de víctimas oficiales se acerca dolorosamente al millar (vamos hasta ahora en 704, pero el número de desaparecidos no se conoce), mientras en YouTube y otros medios deberían estar publicándose ya imágenes y videos aficionados que retraten, aunque pálidamente, la magnitud de la catástrofe. Este año del Bicentenario de la República será en muchos casos el año de una refundación.Un fuerte abrazo a todos y todas.
Hoy es San Valentín y no lo pasaré por alto. Si de amor se trata, Gustav Mahler plasmó en música el que sentía por su joven mujer, Alma. Ella fue la inspiración del célebre movimiento lento de su Quinta Sinfonía, ese Adagietto etéreo, tierno, luminoso que ha hecho carrera propia.
Todavía recuerdo cómo interioricé esa famosa página mahleriana. Años atrás visitaba la biblioteca del Goethe-Institut de Santiago. Perdido en la lectura de unos álbumes sobre volkslieder, no entendí al principio por qué me estaba sintiendo inquieto. Mi lectura se hacía difícil, y es que mi concentración había comenzado a desprenderse del libro. Al lado del salón de lectura había una sala audiovisual y alguien estaba probando una película, que en ese momento se reducía a una secuencia sonora. Música, nada más que música, convertida en fuerza desequilibrante. Me acomodé innumerables veces en la silla, hundí la cabeza en el libro, me tapé los oídos... hasta que admití que aquello era superior a mí. La magnífica composición desconocida se filtraba suavemente en el silencio de la sala, modulando las armonías con una mezcla de ternura y tensión. Me puse de pie y fui a la sala contigua. Estaba vacía y al mismo tiempo, llena. La composición alcanzaba el punto culminante, y en la pantalla del fondo se proyectaba un hombre muriendo mientras contemplaba Venecia. Claro que sí, era la película de Visconti, y entonces adiviné que aquella maravilla era el Adagietto de la Quinta. Tuve la piel erizada mucho tiempo más.
Con Uds. comparto hoy esta pieza pero bajo un enfoque renovador: transcripción a capella. La agrupación rusa “Yaroslaviya” (Philharmonic Choral Сappella Yaroslaviya) es una orquesta de voces, y con esa capacidad ofrecen una transcripción coral de esta obra mahleriana. Perdámonos en la ternura apasionada que contienen los compases de esta obra…
Yo sé que cuando me vaya de este mundo,
haré de mi mente un gran salón para reunir en él todas mis añoranzas. La
melodía ya gastada de un vals vienés recuperará su hechizo como si sonara por
primera vez, y yo saludaré de nuevo las imágenes de quienes quise y por
quienes fui querido. Volverán mis mascotas a pasearse junto a mí, vendrán mis
amigos a reanudar las conversaciones truncadas, diré las palabras que nunca
dije y oiré las que pretendí no haber oído.
Entonces algún balcón abierto dejará entrar el viento fresco de la eternidad,
y lo posible se hará real mientras los relojes se detienen. Quizás descubra
que la propia vida eterna construyó su nido en ese reino que todo hombre lleva
dentro de sí, profundo como un bosque virgen, donde nosotros somos más
auténticamente nosotros mismos. Y cuando mi gran salón de oro viejo se vista
con una luz inesperada, primigenia, recordaré a Mahler y sonriendo, diré:
“Urlicht!”
Erich Kleiber, el gran Erich Kleiber, dirige
El Danubio Azul. Por favor, aprecien las
maravillas que esta batuta olvidada era capaz de desgranar: el
sfumato repentino del sonido y la velocidad en las trompas que
ascienden (0:24) realzando la tensión del acorde de séptima, la entrega
de unos cellos que parecen cantar (00:44 y ss.), la energía que se
levanta (1:12) y se relaja en tres notas que bajan, bien calculadas,
detenidas en un silencio fugaz (1:37), dando paso al enunciado perfecto
del tema y su desarrollo (1:40) que cobra fuerza y gracia a medida que
avanza a su resolución (2:11); el sentido del rubato que aparece
siempre con elegancia (3:46 o 4:49) o el delicioso matiz del volumen de
la trompeta en las tres notas que subrayan la melodía: primero a volumen
normal (4:18), luego más fuerte (4:22) y luego repitiendo la
primera nota... pero levemente más despacio (4:25). En fin, es una
interpretación cuajada de detalles inspirados y una dirección precisa y
magnética como pocas. ¡Qué grande fue este primer Kleiber!
La historia de David Garrick, el gran comediante inglés derrumbado sobre sí mismo, relatada por el poeta mexicano Juan de Dios Peza, siempre me pareció uno de esos retratos inspirados de la tristeza humana. Lo del payaso que llora viene de antiguo, cierto, ¿pero se han puesto a examinar unas cuantas biografías de cómicos y humoristas célebres? Siempre es un camino que, en alguna curva, se estrella contra una desgracia particularmente dolorosa. No importa cuál; pareciera que la vida exige del payaso que logra despertar la risa de muchos, que deba llorar a cambio.
Por eso la historia del que ríe tan alto como despacio llora siempre estará escrita en algún rincón... de nosotros mismos. Los versos de Peza son estupendos. Espero que los disfruten tanto como yo (y decirlo así tiene un dejo de crueldad involuntaria).
NOTA:David Garrick fue uno de los nombres más grandes del teatro inglés en el siglo XVIII. Y Spleen era una tenebrosa forma de abatimiento que minaba a las gentes de esa época. Predecesor quizá de nuestro ‘Stress’ y nuestra ‘Depresión’.
Reír llorando
Viendo a Garrick, actor de la Inglaterra, el pueblo al aplaudirlo le decía: –Eres el más gracioso de la tierra y el más feliz. Y el cómico reía. Víctimas del spleen los altos Lores, en sus noches más negras y pesadas, iban a ver al rey de los actores y cambiaban su spleen en carcajadas. Una vez ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: –Sufro –le dijo– un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío. Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte; en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única pasión la de la muerte. –Viajad y os distraeréis. –Tanto he viajado. –Las lecturas buscad. –Tanto he leído. –Que os ame una mujer. –¡Si soy amado! –Un título adquirid. –Noble he nacido. –¿Pobre seréis quizá? –Tengo riquezas. –¿De lisonjas gustáis? –¡Tantas escucho! –¿Que tenéis de familia?... –Mis tristezas. –¿Vais a los cementerios?... –Mucho, mucho. –¿De vuestra vida actual tenéis testigos? –Sí, mas no dejo que me impongan yugos; yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos mis verdugos. –Me deja –agrega el médico– perplejo vuestro mal, y no debo acobardaros; Tomad hoy por receta este consejo: sólo viendo a Garrick podéis curaros. –¿A Garrick? –Sí, a Garrick... La más remisa y austera sociedad lo busca ansiosa; todo aquel que lo ve muere de risa; ¡tiene una gracia artística asombrosa! –Y a mí me hará reír? –Ah, sí, os lo juro! Él, sí, nada más él... Mas, ¿qué os inquieta?... –Así –dijo el enfermo– no me curo: ¡Yo soy Garrick! Cambiadme la receta.
* * * ¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el autor suicida sin encontrar para su mal remedio! ¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora el alma llora cuando el rostro ríe! Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestras plantas pisan lanza a la faz la tempestad del alma un relámpago triste: la sonrisa. El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto y también a llorar con carcajadas.