93 años habría cumplido hoy el inolvidable e influyente maestro italiano Claudio Abbado, nacido un 26 de junio de 1933 en Milán. Obtuvo temprano en su vida un reconocimiento e influencia que muchos otros sólo alcanzan tras décadas o post mortem. Y dicho reconocimiento no vino mediado por astucias comerciales ni contactos oportunos, sino por el propio, inmenso talento que demostró siempre el milanés. Fue extraordinario como director de ópera, subió a podios privilegiados (Londres, Berlín, Salzburgo, Viena) para hacer historia, inspiró a colegas, formó agrupaciones señeras, defendió la música contemporánea al paso que equilibraba como pocos su calor y apasionamiento mediterráneo con la profundidad del repertorio austro-germano, inscribiéndose en el linaje de los Toscanini y De Sábata, sin descuidar el repertorio francés o el eslavo.
Su estilo musical atravesó diversas fases, conservando siempre un sonido suntuoso a la vez que transparente, cayendo a veces en la tentación del control minucioso (como le ocurría también a Toscanini) pero, al paso que luchaba con la enfermedad, aprendió a rendirse ante el acontecimiento musical logrando una expresividad y trascendencia que sobrecogían los auditorios, como atestiguan sus conciertos en el Festival de Salzburgo.
Con ellas nos ofrece:
- la Sinfonía «Inconclusa» en Si menor, de Franz Schubert
- la obertura «Rosamunda» del mismo autor
- la obertura «Las Hébridas», de Felix Mendelssohn
- y una selección de las «Danzas Húngaras» de Johannes Brahms.



A diferencia de este último, un serio profesional de la música, Aleksandr fue ante todo un alto funcionario del Estado imperial —aristócrata y jefe de la Cancillería de Su Majestad durante 22 años— que escribía música “a espaldas” de su carrera administrativa. En efecto, se cuenta que Aleksandr escondía papel pautado bajo los documentos oficiales para componer entre audiencias y citas. El memorialista Aleksandr Mosólov lo dibuja como hombre “ampliamente educado”, “músico destacado”, hábil e inteligente; muy cercano a los zares, pero cuidadoso en ocultar su influencia, y con el sello —ambivalente— del perfecto cortesano, “muy adulador”.






