domingo, 18 de febrero de 2018

BEETHOVEN :: Novena Sinfonía :: Muti etc.

Beethoven en el estreno de su Novena Sinfonía

 
Atendiendo la petición de mi querido amigo Mahlerite-Shosta a raíz del anterior posteo sobre la Novena Sinfonía en Re menor, comparto la versión del maestro italiano Riccardo Muti dirigiendo a la Orquesta de Filadelfia y el Coro de Westminster en 1988 — con Cheryl Studer, Dolores Ziegler, Peter Seifert y James Morris como cuarteto vocal.

La Novena es abordada por Muti con rigor: obedece las repeticiones indicadas en la partitura, cosa notoria en el Scherzo (debido a que la práctica al uso es omitir las repeticiones o elegir cuál se obedece y cuál no); sus tempi son cuidadosos, y muy sofisticada su atención al detalle instrumental. Muti se muestra aquí como el gran director que realmente es y en aquella faceta que permitió muchas veces presentarlo como “rival” de Abbado, es decir, como el italiano con suficiente maestría para navegar con autoridad en el repertorio germano.

Hablé de los tempi: me parecen muy particularmente adecuados en los tres primeros movimientos, y quizá no tanto en el último, que se me antoja extrañamente precipitado; eso sí, el coro se luce en ese movimiento incluso más que los solistas, a excepción de la gratificante soprano. El movimiento inicial, con su genial concisión temática, su áspera expresividad y la potencia que brota en gran medida de la propia lógica estructural, es llevado con solvencia y belleza irreprochables, incluyendo un momento de verdadero estallido orquestal. El scherzo es otra joya de interpretación, con perfecto balance en todas las secciones. El Adagio suena bellísimo, elocuente y con sutilezas de fraseo y timbre que seguramente deben mucho al oído italiano, con instinto para destacar voces (instrumentales en este caso) y darles el acompañamiento justo.

Espero que disfruten tanto como yo esta grabación de referencia:


» D E S C A R G A

MP3 CBR 320 kbps | 48 kHz | .7z 153,5 MB

domingo, 4 de febrero de 2018

BEETHOVEN :: Novena Sinfonía “Coral” :: Giulini etc.

Este año quiero compartir una obra que, si bien conocidísima, me inspira un profundo afecto. Lo último se debe a memorias dolorosas y sin embargo, abiertas a la esperanza que marcaron esta obra en mi mente — me refiero a la Novena Sinfonía de Beethoven y me refiero asimismo a la enfermedad que se llevó a mi querida madre de este mundo.

La Novena, como se sabe, es un testamento luminoso: el corolario de la obra se basa en la Oda a la Alegría de Schiller, poesía llena de humanismo romántico, algo con lo que Beethoven concordaba enfáticamente. Subrayo el énfasis porque el compositor, cuando escribió esta obra, tenía muchos más motivos para la amargura antes que para la alegría.

Sobre esto, queda todo dicho en el siguiente párrafo:

A un joven director de orquesta, muy aplaudido por su interpretación de las sinfonías de Beethoven, se le preguntó por qué no tenía la Novena en su repertorio.

Respondió: “Porque todavía me falta vivir mucho para tener claro, dentro de mí, por qué un hombre enfermo, sordo, solitario y pobre llegó a poner música a la Oda a la Alegría de Schiller”.

Pues bien, cuando era un chiquillo mi compositor absoluto fue Beethoven. Su música despertaba en mí un entusiasmo inapelable. Bosquejaba su rostro taciturno en mis cuadernos, leía sobre él, contaba lo que podía a mis compañeros de colegio, me mantenía al acecho de sus composiciones en la radio... Era una conmoción. Pero en aquellos días vino también el cáncer a atormentar por primera vez la vida de mi madre. Esa primera batalla se saldó con una victoria gracias a tratamientos y quirófano. Me tocó acompañarla a sus sesiones de quimioterapia, y por supuesto alentarla. Pero quien me alentaba a mí era Beethoven. En mi walkman llevaba la Novena (versión de Karajan & Filarmónica de Berlín, 1963) y canturreaba el himno final constantemente. Fue eso, junto al refugio de la oración y la fe (también representados por Beethoven en el Adagio del tercer movimiento), mi mejor conexión con la tesis fundamental de la obra: hay esperanza, hay motivos para la alegría, y la adversidad no hace sino purificar esa alegría.

Uno de mis tantos dibujos en los cuadernos del colegio...

Años después, cuando el cáncer regresó, sucedió que una emisora de música clásica que en casa era compañía habitual desde los tiempos de mi abuelo, Radio Andrés Bello, puso punto final a su trayectoria. En la última emisión, que pudimos escuchar con mi madre, sonó la Novena Sinfonía (versión de Riccardo Muti y la Orquesta de Filadelfia). Otra vez la misma obra, esta vez con los acentos puestos en aquello que perdura más allá del cerco del tiempo.

Estas evocaciones surgen en mi interior cada vez que regreso a la Novena. Comprenderán pues, el vínculo que tengo con la obra, más allá de su objetivo valor musical y de mi admiración hacia cada uno de los cuatro movimientos.

En esta ocasión les comparto la Sinfonía más trascendente de Beethoven en versión del maestro Carlo Maria Giulini dirigiendo el Coro y la Orquesta Sinfónica de Londres. Su equipo de voces solistas lo componen: Sheila Armstrong, soprano; Anna Reynolds, contralto; Robert Tear, tenor; John Shirley-Quirck, bajo. El registro procede de 1973. Giulini hace valer sus méritos legendarios como director equilibrando la potencia, rasgo que lo caracterizaba en el período de la grabación, con tempi espaciosos que emplea para cuidar los detalles, destacar las emociones abruptas del último período beethoveniano, atender los detalles estructurales e instrumentales de la composición.

Sus cuatro movimientos justifican el entusiasmo; Furtwängler observaba que la inspiración de Beethoven se mantiene al mismo nivel en todos ellos, aun con sus notables diferencias y sus muchas originalidades. Y además, agrego yo, contra la dificultad añadida de una gestación larga y afanosa como pocas.



» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 252 kbps | 48 kHz | ZIP 129 MB

jueves, 1 de febrero de 2018

In memoriam NICANOR PARRA


Hay un día feliz


A recorrer me dediqué esta tarde
Las solitarias calles de mi aldea
Acompañado por el buen crepúsculo
Que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
Y su difusa lámpara de niebla,
Sólo que el tiempo lo ha invadido todo
Con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
Volver a ver esta querida tierra,
Pero ahora que he vuelto no comprendo
Cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
Ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
En la torre más alta de la iglesia;
El caracol en el jardín, y el musgo
En las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, éste es el reino
Del cielo azul y de las hojas secas
En donde todo y cada cosa tiene
Su singular y plácida leyenda:
Hasta en la propia sombra reconozco
La mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
Que presenció mi juventud primera,
El correo en la esquina de la plaza
Y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe
Uno apreciar la dicha verdadera,
Cuando la imaginamos más lejana
Es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
Que la vida no es más que una quimera;
Una ilusión, un sueño sin orillas,
Una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
La emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
Cuando emprendí mí singular empresa,
Una tras otra, en oleaje mudo,
Al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
Y cuando estuve frente a la arboleda
Que alimenta el oído del viajero
Con su inefable música secreta
Recordé el mar y enumeré las hojas
En homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
Como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
Me detuve delante de una tienda:
El olor del café siempre es el mismo,
Siempre la misma luna en mi cabeza;
Entre el río de entonces y el de ahora
No distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
Que mi padre plantó frente a la puerta
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos
Fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
Era un trasunto fiel de la Edad Media
Cuando el perro dormía dulcemente
Bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
El delicado olor de las violetas
Que mi amorosa madre cultivaba
Para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
No podría decirlo con certeza;
Todo está igual, seguramente,
El vino y el ruiseñor encima de la mesa,
Mis hermanos menores a esta hora
Deben venir de vuelta de la escuela:
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
Como una blanca tempestad de arena!


de “Poemas y Antipoemas”, 1954


martes, 16 de enero de 2018

SCHUBERT :: Die Taubenpost (mi canción predilecta)

HACE DOS DÉCADAS YO ERA AÚN MÁS IGNORANTE. No conocía a Schubert.

Por supuesto que yo suponía lo contrario: conocía sus piezas para piano, había estudiado con deleite sus Impromptus y sus Momentos Musicales, me fascinaba sinceramente la Sinfonía Inconclusa, había oído repetidas veces a mi madre y a mi abuela hablar con entusiasmo del Ave María o de la Serenata... Pero la verdad es que mantenía con el compositor austríaco una cierta distancia. Y lo peor de todo —me cuesta admitirlo—, no me había animado a zambullirme en el universo de sus lieder. De aquí arranca mi afirmación inicial porque, si no conocía sus lieder, yo no conocía realmente a Franz Schubert...

Pero a cada compositor le llega su Eureka. Un día cualquiera una feliz circunstancia produce “algo” en nosotros, y el universo se expande en nuestros oídos. Así fue como a fines de los 90s acabé con un disco en mis manos: el ciclo “Canto del Cisne” en la interpretación legendaria del tándem Fischer-Dieskau / Moore. Y recuperé mi alma...

Elegir los calificativos para explicar el impacto de una obra musical superior es un reto. Y un riesgo. Es imposible eludir la palabra “emoción”... pero el uso corriente ha desgastado su significado. La genuina emoción que causan las grandes obras no corresponde a un sentimentalismo barato ni pasajero. Trasciende la conmoción sensible y conmueve toda nuestra personalidad. Enriquece nuestros conceptos al respecto del amor, la tristeza, la nobleza, el mundo, el misterio. Cala en el alma, y para bien. Como suele repetir una querida amiga, las grandes obras son “salvíficas”. Salvan nuestra propia humanidad.

Muchas cosas se agolparon en mi mente al transitar una y otra vez por esas canciones: el prodigioso instinto para la modulación armónica sin romper la línea del canto, el vaivén entre los modos mayor y menor, la abundancia de ideas, etc. Cuando las emociones decantaron, descubrí que un lied me había atrapado de manera particular. Se diría que decidió entablar conmigo una larga amistad. Por veinte años a contar de entonces, las mismas sensaciones de nostalgia, de entusiasmo, de alegría se siguen apoderando de mí cuando lo escucho. Según los entendidos no es la más fina de las canciones schubertianas —y tendrán razones para decirlo—; para mí, es una de las obras que quiero llevarme de esta vida a cualquier otra.

Me refiero a “La Paloma Mensajera” (Die Taubenpost), D 965, canción romántica por donde se la mire, vale decir, por contexto histórico, por estilo musical y por temática. Fue escrita por un Schubert moribundo, quejumbroso, víctima de tifus aunque con su salud hace tiempo ya debilitada por la sífilis. La tragedia, sin embargo, no condicionó la inspiración: Die Taubenpost es una de las canciones más luminosas y animadas del compositor, en que la belleza melódica es sostenida por un vital acompañamiento pianístico de ritmo sincopado.

Aunque es el cierre del último ciclo de canciones creado por el genio austríaco, los investigadores discuten que forme parte de él. Su presencia más bien parece idea del editor. El texto proviene del poeta Johann Gabriel Seidl. El hablante lírico describe a una paloma mensajera, muy querida para él puesto que le sirve de correo para enviar sus mensajes a su amada. En un giro final, el poeta nos descubre que la paloma es en realidad un símbolo de su propia añoranza, verdadero vehículo de sus pensamientos.

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Aquí dejo para ustedes la antológica versión de Fischer-Dieskau y Gerald Moore para esta maravilla:

 
liszt
Y también la transcripción para piano solista que debemos a Franz LISZT, decidido campeón de la música de Schubert en un momento histórico que todavía no había reconocido su genio:

jueves, 4 de enero de 2018

Muy feliz año 2018


Muy feliz año a todos cuantos visitan esta página. Que esta nueva vuelta en torno al sol nos depare a todos colores alegres y ocasiones felices, como también la fortaleza necesaria para las inevitables contrariedades: de dulce y de agraz, como la música melancólica y exultante que escribió la dinastía Strauss. Con el más emblemático vals de Johann Strauss hijo les saludo con la esperanza de que la música nos mantenga unidos. La versión es del gran Ricardo Muti dirigiendo el Concierto de Año Nuevo en Viena:




lunes, 18 de diciembre de 2017

Aniversario de la “Sinfonía de Sinfonías”

bruckner
Cartel anunciando la gala de la Octava sinfonía de Bruckner

bruckner
Tal día como hoy hace 125 años, es decir en 1892, se estrenó en Viena la Octava Sinfonía, en Do menor, de Anton Bruckner. La dirección de Hans Richter al frente de la orquesta filarmónica de la ciudad aseguró un triunfo sin grietas para esta obra compleja, enardecida. El éxito fue clamoroso y la extensa partitura fue celebrada con epítetos de abierto entusiasmo, llegando a ser denominada por la prensa como "Sinfonía de las Sinfonías".

Resultado directo de lo anterior fue que su autor conoció al fin una posición pública de simpatía y reconocimiento, sin importar la terca oposición de Brahms y sobre todo del ácido crítico Hanslick. Dicho de forma un tanto melodramática: un día como hoy un genio obtenía justicia.

Para recordar al maestro, e imaginar un poco lo que pudo ser aquella velada histórica en Viena, les comparto el segmento final (Coda) de la Octava bajo la batuta de Sergiu Celibidache en Munich. Entre las muchas facetas de Anton Bruckner me cautiva en especial su sentido del desarrollo amplio, una especie de crescendo infinito en que no sólo aumenta el volumen sino la tensión progresiva de una larga frase, gracias al uso magistral de breves figuras musicales (ya en las cuerdas, ya en los bronces) relacionadas bajo una lógica intachable, una armonía audaz y una reiteración inexorable. El resultado es un clima de "expectación" que el director rumano traducía de modo perfecto:

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Feliz Día de la Música

hilandero indioLa belleza de la música

Feliz día de la Música para los asiduos de este perezoso Blog. Festejemos junto a los grandes: Juan Sebastián Bach y su cantata BWV 207, en donde el maestro recicla música de su Concierto de Brandemburgo nro. 1


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