lunes, 17 de abril de 2017

¡Felices Pascuas!

Huevo de Pascua elaborado por Carl Fabergé para los Zares de Rusia

Muy felices Pascuas a todos mis queridos amigos, los pacientes lectores de este rincón de la Web. Que las habituales expresiones de felicidad y buenos deseos inspiradas por la fecha, se conviertan en la norma perdurable para la vida de cada uno de nosotros. Y que el tesoro del Arte sea también nuestro palpable consuelo.

Ilustrando musicalmente el bellísimo huevo-joya de Pascua de Fabergé que puse un poco más arriba, incluyo una versión de la Obertura de concierto “La Gran Pascua Rusa”, de Nikolai Rimsky-Korsakov, en una versión de Jos van Immerseel y la orquesta Anima Eterna — una versión que recupera el sonido de instrumentos “originales”. Puede sorprender que se aplique dicha práctica a un período culturalmente tan cercano como el final del siglo XIX —cuando el sonido de las grandes orquestas se había establecido en la práctica común—, pero lo cierto es que músicos tan extraordinarios como estos neerlandeses logran darle un toque de nueva vida y frescura a esta incandescente y célebre página musical.

viernes, 3 de marzo de 2017

BRUCKNER :: Sinfonía # 1 (versión VIENA) :: Wand, Sinfónica de Radio Colonia

Las dos últimas décadas del siglo XIX trajeron consigo el definitivo reconocimiento para Anton Bruckner. Este salto a la fama había tardado a causa de la “guerra civil” librada en Viena por facciones que se enfrentaban... en nombre del Arte. Había quienes se tenían por guardianes de una tradición sagrada; otros se sentían los descubridores iluminados de un nuevo porvenir. El embate era violento, a menudo feroz, en ocasiones cruel — hombres de talento se volvían mezquinos so pretexto de resguardar la grandeza.

La exaltación de aquel momento constituye un espectáculo pintoresco —y un poco penoso— visto desde nuestros días, pero vivir en medio de ella fue una dura prueba para el afable y timorato genio provinciano. Su obra había conquistado la adhesión de músicos talentosos como Johann von Herbeck (tempranamente fallecido), Hermann Levi (hacia quien sentía particular admiración), sus propios alumnos Ferdinand Löwe y los hermanos Franz y Josef Schalk, y en ese último período de su vida, el director alemán de origen húngaro Hans Richter —celebrado intérprete wagneriano, director musical del Festival de Bayreuth y titular de la Filarmónica de Viena— así como el fenomenal Arthur Nikisch, titular de la Filarmónica de Berlín.

Cuál más, cuál menos, todos estos artistas sintieron el deslumbramiento que semejante música produce, e hicieron suya la tarea de conquistar con ella las salas de concierto.

Las revisiones traicioneras

El sólido ascenso del compositor culminó el año 1886, cuando recibió la medalla de la Orden Imperial de Francisco José. Tal honor atizó la hostilidad de sus opositores “ideológicos” (a saber, los antiwagnerianos militantes) y Bruckner, que tendía a ver “el vaso medio vacío”, sufrió notoriamente. Reflotaron sus manías, su depresión, su vaivén entre la duda y el convencimiento de la propia valía, su necesidad de controlar los detalles en pos de un agobiante perfeccionismo.

Víctima de este cuadro nervioso fue su Sinfonía número 1 en Do menor. Escrita en Linz veinte años antes (1865-66), la obra rebosa frescura y originalidad (virtudes que celebramos en una reciente entrada): es la menos wagneriana de toda la serie sinfónica oficial y en cambio, se acerca al linaje sinfónico de Mendelssohn, Schubert y Schumann. El propio Bruckner confesó este “desparpajo” en la declaración que reproducimos bajo estas líneas:
Bruckner
En un período dominado por el Romanticismo, semejante confesión de rebeldía podría estimarse como el mejor de los méritos. Pero Bruckner no era así. Su comentario serpentea entre la ufanía y la preocupación. No es raro, viniendo de un hombre originario del interior de Austria, rincón del mundo donde las antiguas jerarquías mantenían vigencia y la existencia transcurría en actitud reverente.

Así pues, uniendo lo anterior al ánimo deplorable que padecía entonces, no es de extrañar la reacción maníaca del compositor cuando el mencionado Hans Richter, admirador de su música, quiso estrenar la Primera Sinfonía con la Filarmónica de Viena. Bruckner le manifestó, junto con su sincera gratitud, la necesidad de retocar una partitura a la que apodó “das kecke Besserl”, expresión no muy elegante con que los estudiantes se referían a las muchachas que consideraban livianas.

El trabajo de revisión fue minucioso y consumió un año entero, tiempo precioso que luego le faltó para concluir la Novena sinfonía. Para peor, el resultado fue discutible y a oídos de la crítica actual, innecesario. La obra no ganó, sino más bien perdió con esta revisión. Un bruckneriano experto de la talla de Robert Simpson lo afirma sin ambages:

“De las revisiones que se sabe hizo él mismo, la de la Primera Sinfonía es la peor... Es verdad que la versión de Viena de la Primera de Bruckner contiene refinamientos y sutilezas que el compositor de la versión de Linz no hubiera podido imaginar, pero la mayoría de ellos son de un tipo que pudo haber sido apto sólo en sus últimas obras. Si queremos saber cómo es realmente la sinfonía, debemos remitirnos a su versión de Linz audaz y limpia, y es poco probable que su aspereza nos impacte hoy como grosera (como debió de haberle ocurrido al agitado hombre viejo de los años 1890). Las impurezas que contiene son menos perturbadoras que los anacronismos que más tarde le fueron impuestos.”

Con todo, la revisión constituye la última voluntad oficial del compositor respecto de esta obra. Así lo han entendido varios intérpretes que han preferido la “Versión de Viena” a la previa y mucho más difundida “Versión de Linz”. Una de estas significativas excepciones la constituye Günter Wand en su famosa integral de Bruckner dirigiendo a la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia. Brío, planificación, profundidad y compromiso caracterizaron el oficio de este músico eminente, que eligió interpretar revisión final de la sinfonía. Pueden disfrutar el estupendo logro artístico pinchando la imagen inferior:

viernes, 10 de febrero de 2017

CHOPIN :: Piezas favoritas :: Ashkenazy

Semanas atrás los amantes de la música clásica y del piano recibimos una notifica fantástica: el hallazgo de una imagen desconocida del genio polaco-francés Frédéric Chopin. De esta manera, las imágenes “oficiales” del compositor se elevan a tres, todas ellas captadas en el mismo estudio fotográfico de París, el de Louis-Auguste Bisson (paso por alto la fotografía post-mortem de Chopin, que también existe).

En rigor, lo que el afilado instinto de Alain Kohler (tal es el héroe de la historia) supo descubrir en el salón de una melómana es la copia de una imagen: la fotografía de un daguerrotipo. Recordemos que la antigua técnica del daguerrotipo no permitía copias; la imagen obtenida era al mismo tiempo negativo y positivo.

La «nueva» imagen de Fréderic Chopin, aprox. 1847

El rostro sombrío de Chopin delata las dificultades que enturbiaban su ánimo. La fecha estimada para esta imagen es 1847, cuando el compositor tenía 37 años y sólo le quedaban dos de vida. La tuberculosis minaba su salud y las relaciones con George Sand estaban a punto de romperse; pero su genio musical y su prestigio como intérprete llegaban al cenit.

coverLa obra de Frédéric Chopin, consagrada al piano en su totalidad, puede presumir de una perfecta salud y lozanía. El polaco se cuenta entre los compositores privilegiados que no han visto menguar su estrella con el paso del tiempo. La fama ganada en los salones parisinos del temprano Romanticismo ha seguido viva generación tras generación.

Rodeado por una aureola de rebeldía como patriota polaco en el exilio, enfermo de tuberculosis, capaz de un virtuosismo lleno de poesía y expresividad, dueño de una lengua filosa capaz de agudos y cáusticos comentarios en las reuniones de salón, Chopin fue un favorito de la sociedad elegante y un imprescindible en la élite artística de su tiempo.

Forjó un estilo personalísimo, que no debió soportar ninguna influencia y en cambio sí la ejerció sobre sus colegas, tanto por la novedosa técnica pianística como por la maestría en el uso del cromatismo y la modulación armónica. Pese a la expresividad y hasta turbulencia emocional de sus composiciones, Chopin admiró a Bach y Mozart y se preocupó de la pulcritud estructural, evitando siempre los alardes de dificultad gratuita.

AshkenazyEl presente registro se compone de una selección de 12 piezas célebres de Chopin, combinando valses, polonesas, nocturnos, etc. El título genérico de estas obras pudiera sonar trivial, pero el compositor tomaba formatos de danza para cincelar joyas musicales desligadas de su finalidad convencional.

El buen intérprete chopiniano ha de ser un virtuoso con sentido poético, tan profundo, elegante o fogoso como la partitura así lo requiera. Todo eso y más sabe serlo el gran músico ruso Vladimir Ashkenazy, hoy mejor conocido por su labor desde el podio de director, pero con una histórica trayectoria como pianista que lo sitúa entre los mejores del mundo. ¡A disfrutar!

» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 224 kbps · 48 kHz | 12 tracks | .7z 88,9 MB | Yandex.ru



miércoles, 8 de febrero de 2017

Adiós al hombre que sabía explicar la música: ha fallecido Pérez de Arteaga

Hasta siempre maestro Pérez de Arteaga

Esto ha sido inesperado. Anoche en Madrid falleció, con 66 años nada más, el musicólogo, crítico y hombre de radio español José Luis Pérez de Arteaga. La conmoción recorre aún el amplio circuito de la música clásica, generando espontáneas muestras de pesar en las redes sociales y por supuesto, notas de despedida en los medios que contaron con su inigualable colaboración. Justamente los medios electrónicos fueron una plataforma poderosa para el buen hacer de este hombre, que estudió Derecho y Ciencias Empresariales pero hizo de su amor, la música, su definitiva profesión. El programa “El Mundo de la Fonografía”, emitido por Radio Clásica de España, se transformaba en capítulos de Podcast, seguidos ávidamente por innumerables amantes de la música en la órbita hispanoparlante —el responsable de esta página era uno de ellos, claro que sí—.

Desde esta página, aunque modesta, parte también el saludo de despedida a una personalidad que no encontrará iguales. Queden con nosotros su saber, su generosidad y su profundo amor a la música.

#HastaSiempreArteaga

lunes, 6 de febrero de 2017

Los Inolvidables :: CLAUDIO ARRAU

Claudio Arrau ovacionado en el Teatro Municipal de Santiago (1984)

Hoy toca recordar a don Claudio Arrau León, el pianista más prodigioso que saliera de tierra chilena (con la excepción de Rosita Renard) y uno de los maestros definitivos de su instrumento en el siglo XX.

Inolvidable, formidable, Arrau nació el 6 de febrero de 1903 en Chillán (Chile). Emprendió con cortos años, bajo la guía de su madre viuda, el aprendizaje del piano, en donde deslumbró como prodigio desde los cinco años en su primer recital público. El gobierno chileno le concedió una beca que le permitió estudiar en el Conservatorio Stern, de Berlín, con un discípulo del propio Liszt, Martin Krause. Ahí tuvo su inicio la carrera internacional que duraría su vida entera.

Arrau había vivido ya una existencia lejos de su país —contaba 81 años— cuando por fin regresó al polarizado Chile del año 1984. Yo tenía sólo 10 años entonces pero la gira del maestro, bien cubierta por la prensa, me impactó. Eso, y su interpretación del Concierto para piano nº 1 de Brahms en el Teatro Municipal de Santiago, acompañado por la Filarmónica de Chile bajo la dirección del insigne Juan Pablo Izquierdo. Quizá ahí empezó mi devoción personal por este concierto y por Brahms; a Arrau ya lo admiraba de antes, gracias a mi profesora de piano. Entre tantos detalles recuerdo que esa noche del concierto, con la vista clavada en el televisor, me parecía reveladora la forma que tenía Arrau de deslizar las manos sobre el teclado, como quien lo acaricia. En fin, tal vez sea un poco extraño constatar que el gran artista cuyo concierto marcó mi infancia era un anciano intérprete clásico, pero bueno, así fue. El arte no sabe de edades ni de convenciones.

El video que incluyo más abajo registra la parte final de dicho concierto, seguido por la aclamación del público. Las palmas fervorosas emocionaron muchísimo a Arrau, que sintió ese reconocimiento como una consagración definitiva. ¡Vaya humildad de un gigante!

martes, 31 de enero de 2017

Otro cumpleaños para SCHUBERT

Franz Schubert componiendo «Erlkönig» / cuadro de Harvey Dunn (1918)

Otro genio celebra su aniversario. Así pues, antes de seguir con los próximos artículos, detengámonos para recordar a uno de los grandes prodigios musicales aparecidos en tierras austríacas: Franz Peter Schubert, nacido en Viena el 31 de enero de 1797.

No hay mejor manera de capturar el recuerdo de los genios que a través de sus obras maestras. Una de las más conocidas de Schubert es su adaptación musical para el poema de Goethe «El Rey de los Elfos» (de los Alisos, debido a un detalle con la traducción original). Creada de un tirón en 1814 por un joven Schubert de 18 años luego de emocionarse leyendo el poema, esta obra es considerada la versión definitiva para una balada que conoció varias otras adaptaciones. El compositor, habitualmente tímido, se sintió tan seguro de la calidad de esta pieza que luego de revisarla unas veces, decidió publicarla como su Opus 1. Con «El Rey de los Elfos» Schubert demostraba ser un maestro del lied.

El video que incluyo más abajo representa la historia de esta balada con una preciosa animación imitando las marionetas de sombras chinas. Ese detalle anacrónico aporta pinceladas de «romanticismo macabro» a la fantasmal tragedia que relata Goethe. Hay algunas pequeñas licencias (pues el niño debiera ir en el regazo del padre... pero entonces sería difícil separar la sombra de ambos en la visualización) que no adulteran nada de esta maravilla.

¡Felices 220 años, Franz Peter, y gracias por tanto!

viernes, 27 de enero de 2017

Feliz cumpleaños, don Teófilo

Don Teófilo, en un retrato anónimo durante su época como niño prodigio

¡Claro que me refiero a Mozart! Ocurre que «Amadeus» es la versión latina del nombre griego «Teófilo». Ambos significan lo mismo: Amado de Dios. El nombre de pila original fue: Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart. Amadeus, para los amigos...

Este irrepetible prodigio de la Naturaleza llegó a iluminar nuestro mundo un 27 de enero de 1756, en la hermosa ciudad austríaca de Salzburgo, vasallo del Sacro Imperio Romano Germánico. Nació en una familia musical sin mayores credenciales sociales; y es que a menudo —nunca lo olvidemos— los grandes genios son estrellas que saltan desde el suelo. Las altas alcurnias y la sociedad de entonces tuvieron, eso sí, el mérito de saber reconocerlo.

Se ha escrito mucho acerca de este artista total. De hecho, parece ser uno de los artistas más «deconstruidos» por los análisis. Yo me limito a tomar una frase que también es citada por la Wikipedia: “En palabras de críticos de música como Nicholas Till, Mozart siempre aprendía vorazmente de otros músicos y desarrolló un esplendor y una madurez de estilo que abarcó desde la luz y la elegancia, a la oscuridad y la pasión —todo bien fundado por una visión de la humanidad «redimida por el arte, perdonada y reconciliada con la naturaleza y lo absoluto»—.”

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