Admito que mi relación con la música clásica contemporánea es difícil. A veces nula. Frente a mucha vanguardia me siento perdido, ajeno, carente de más reacciones que el tedio o el franco desconcierto. Cosa rara, la politonalidad o la atonalidad (como las que sacuden al auditor de la “Consagración de la Primavera” o “Sensemayá”) no me provocan el mismo conflicto, como tampoco ciertos creadores contemporáneos (Pärt el primero de ellos). Me aventuro también —no diré con gusto pero sí con interés— hasta los primeros números de opus de Webern. Pero un paso después llego a la frontera, el abismo frente al cual me detengo.
Y lo digo habiendo hecho intentos serios por firmar la paz con el siglo XX. De hecho, sigo haciéndolos, y eso importa dejarlo claro. Pero aprendí a respetar aquello que en mí se contuerce frente a la música serial, dodecafónica, concreta, etc. Es decir, prefiero acatar mi apetito natural, mis adhesiones viscerales antes que mentir(me) para encajar mejor. Cuando digo “visceral”, no recurro a ninguna hipérbole; en mis audiciones de música contemporánea he tenido que lidiar con sensaciones físicas de desagrado, antónimo biológico de la profunda alegría experimentada a menudo en el seno de la armonía clásica. Estoy firmemente domiciliado en la Tonalidad.
No obstante, años atrás le prometí a un querido amigo de Canarias que no me encerraría en mis cuarteles clásicos como un talibán, sino que mantendría viva la curiosidad y el apetito de descubrimiento hacia estas corrientes. Gracias a esta promesa, que coincide con mis propias intenciones, y porque verdaderamente hay tipos de talento inobjetable como Schönberg o Ligeti defendiendo esta alternativa, es que también en el Blog encontrarán ustedes artículos referidos a Alban Berg, Sergei Prokofiev, Lepo Sumera, Béla Bartók o la Sociedad para la Interpretación Musical Privada.
Fue a raíz de estas prevenciones mías que surgió con mis amigos músicos y musicales la expresión “usar la escafandra” o “meterse en el batiscafo” cuando se trata de explorar creaciones modernas. Es decir, al cruzar aquella frontera y sondear el abismo, mundo ácido e incierto que aún no sé disfrutar, pero ya aprendo a conocer.
Y lo digo habiendo hecho intentos serios por firmar la paz con el siglo XX. De hecho, sigo haciéndolos, y eso importa dejarlo claro. Pero aprendí a respetar aquello que en mí se contuerce frente a la música serial, dodecafónica, concreta, etc. Es decir, prefiero acatar mi apetito natural, mis adhesiones viscerales antes que mentir(me) para encajar mejor. Cuando digo “visceral”, no recurro a ninguna hipérbole; en mis audiciones de música contemporánea he tenido que lidiar con sensaciones físicas de desagrado, antónimo biológico de la profunda alegría experimentada a menudo en el seno de la armonía clásica. Estoy firmemente domiciliado en la Tonalidad.No obstante, años atrás le prometí a un querido amigo de Canarias que no me encerraría en mis cuarteles clásicos como un talibán, sino que mantendría viva la curiosidad y el apetito de descubrimiento hacia estas corrientes. Gracias a esta promesa, que coincide con mis propias intenciones, y porque verdaderamente hay tipos de talento inobjetable como Schönberg o Ligeti defendiendo esta alternativa, es que también en el Blog encontrarán ustedes artículos referidos a Alban Berg, Sergei Prokofiev, Lepo Sumera, Béla Bartók o la Sociedad para la Interpretación Musical Privada.
Fue a raíz de estas prevenciones mías que surgió con mis amigos músicos y musicales la expresión “usar la escafandra” o “meterse en el batiscafo” cuando se trata de explorar creaciones modernas. Es decir, al cruzar aquella frontera y sondear el abismo, mundo ácido e incierto que aún no sé disfrutar, pero ya aprendo a conocer.
El BATISCAFO se zambulle en este BLOG mediante la siguiente ETIQUETA:
¡Disfruten la inmersión, amigos y amigas: no todo es dodecafonía!
Misterios de la profundidades... (foto de Ibai Acevedo)


