miércoles, 28 de febrero de 2018

Un momento fuera del tiempo: SCHUBERT ›Andantino‹ de la Sonata en La Mayor D 959

Gafas originales de Franz Schubert
 

Si algo le debo a la Música, es que me permita tan a menudo estremecerme de Asombro. Y en esto tengo el mejor Seguro de Vida que haya contratado nunca. Esta posibilidad, además, opera como remedio contra la amargura, e incluso como freno contra la vejez. ¿Qué más juvenil que el entusiasmo? Tomen nota de eso, amigos míos, y “automedíquense”: permitan que la Música los arrebate.

* Advertencia de “usuario frecuente”: ni el asombro ni demás tónicos descritos en el párrafo anterior se traducen como alegría facilona o permanente. El auténtico arte no elude la vida tal como es, con sus cimas, sus llanos y sus abismos. Lo que hace es transmutar esa misma vida. Así pues, tanto como existe la alegría dorada en Mozart, también este maestro nos legó la primera gran escena de terror —me parece— de la ópera moderna en la aparición del Convidado de Piedra, el Commendatore que irrumpe al final de Don Giovanni para descargar sobre el réprobo todo el peso de la justicia divina.

SchubertCon Schubert sucede otro tanto. Ese genio austríaco al cual me estoy volviendo cada vez más adicto volcó en la música toda la tristeza de quien sabe que está condenado a morir muy pronto. Pero esta tristeza terrible la convierte en música tan conmovedora que puede detener los relojes. Eso me sucedió al toparme con el Andantino en Fa sostenido menor, segundo movimiento en su Sonata en La Mayor D 959, una de las tres últimas sonatas compuestas por el genio — publicadas a título póstumo muchos años después.

Se repite una y otra vez que Schubert fue quizá el mejor melodista de la historia. Una afirmación muy, muy probablemente cierta... pero que uno no entiende de veras hasta que oye melodías como las de este Andantino, que parece venir desde otra esfera. Música de una tristeza infinita, endulzada con grandes dosis de ternura, interrumpida por una rebelión que agita con violencia la partitura, para finalmente ceder a la resignación...

Les comparto la versión conmovedora del gran Wilhelm Kempff:

domingo, 25 de febrero de 2018

BEETHOVEN :: Sonata ‘Patética’ & Sinfonías 1 y 8 en arreglos para Quinteto de Cuerdas

Beethoven dando un paseo por el campo

En alguna entrada previa comenté que la Música de Cámara significa un reto sólo al alcance de genuinos maestros. Esto, porque es un género desprovisto de “maquillaje” que pueda disimular la verdad de la música. El lenguaje se reduce a lo esencial, desnudo de oropeles, y el mensaje del compositor, cuando la obra es buena, adquiere una particular potencia artística. Más o menos como la fotografía en blanco y negro puede ser mucho más expresiva y reveladora gracias precisamente su minimalismo cromático.

“Genuinos maestros”, dije. Justo lo que fue Beethoven. Absorto en una introspección forzosa debido a su sordera, el genial músico alemán dejó buena parte de sus mejores páginas escritas para grupos de cámara —escribiendo para este género lo sorprendió la muerte—. Su potencia expresiva lograba aquí una mayor concentración y su dominio formal quedaba mejor expuesto.

Estas cualidades permitieron también el éxito de su música en arreglos para conjuntos de cámara, costumbre en boga a partir del siglo XVIII en adelante, luego que Haydn fijara el canon del cuarteto. En efecto, cuartetos de cuerda o formaciones similares eran frecuentes por su mayor facilidad de constitución y adaptabilidad a espacios domésticos, palaciegos o de casi cualquier otra índole social. Era un tiempo que desconocía nuestra moderna facilidad para escuchar música; por consiguiente, adaptaba la música a los medios con que contaba. Beethoven nunca se molestó con estas adaptaciones, que le significan un extra a sus bolsillos; él mismo realizó transcripciones de sus obras más solicitadas a nuevos formatos, o confiaba esta tarea a discípulos dotados como Ries o Czerny.

Hoy les comparto tres arreglos para Quinteto de Cuerdas (dos violines, dos violas y violoncello). Son reducciones hechas en vida del compositor, publicadas sin mención del arreglista. Las piezas propuestas: Sonata “Patética” / Sinfonía nº 1 en Do mayor / Sinfonía nº 8 en Fa mayor. Interpreta el excelente Locrian Ensemble. ¡Disfruten!:

» D E S C A R G A

MP3 CBR 256 kbps | 48 kHz | 11 tracks | .7z 128,1 MB

jueves, 22 de febrero de 2018

‘¡Ayúdeme usted, compadre!’ ... Arreglos de Silcher para promocionar la música de Beethoven

Friedrich Silcher
 

El caso Beethoven

Europa atravesaba un cambio de paradigmas en el tránsito del siglo XVIII al XIX, y Beethoven fue el gran artista de ese momento.

Inspirador del Romanticismo, empero no fue un romántico. Hijo del Siglo de las Luces, integra parcialmente la tríada del clasicismo vienés junto a Mozart y Haydn; empero, tampoco fue un clásico de pura cepa, dedicándose en cambio a romper cánones “sagrados”.

Su “domicilio estético” aúna elementos de ambos estilos: es un particular acuerdo entre la libertad y el dominio formal, entre el arrebato de emociones impetuosas y un férreo control de la manera en que dichas emociones se han de expresar. Batallaba con tenacidad (como delatan sus borradores) puliendo la forma musical, concepto que será descuidado por la mayoría de los románticos. Además, a diferencia de éstos, el Sordo no quiso convertir la música en un mero confesionario emotivo, sino en vehículo de expresión para ideales que pudieran elevar a la humanidad.

Por esta alquimia tan única, el nombre de Beethoven despertó en su momento malentendidos, reticencia, incluso en algunos casos antipatía. Goethe, por ejemplo, otro monumento de la cultura alemana, era reacio al aplauso cuando se trataba del compositor; no dudaba de su genio, pero no sabía cómo interpretarlo. Otro ejemplo lo vemos en la Novena Sinfonía: verdadera revolución de su género, recibida exitosamente en su estreno vienés... fue evitada durante años como cosa rara. Tuvieron que llegar directores de la talla de Berlioz y Wagner para descubrir al público la trascendencia de la composición.

A Beethoven le daba igual: su audacia no dejó de crecer jamás. Baste recordar la “Gran Fuga” que culminaba originalmente el Cuarteto nº 13 en Si bemol para asombrarse del poco caso que el compositor hacía de las convenciones de su tiempo.

 

Para qué están los amigos...

Aunque la propuesta beethoveniana causara estas reacciones, tampoco se puede discutir su popularidad. El genio tomó por asalto no sólo a la sociedad vienesa sino a su propia época. Buena parte de su fama la debía a su impresionante calidad como pianista e improvisador, cierto, pero un halo legendario, muy al gusto del momento, lo había acompañado desde su mismo arribo a la capital austríaca. Y a medida que nuevas generaciones fueron apareciendo en escena, Beethoven fue encontrando un eco mayúsculo. Su figura fue admirada por compositores contemporáneos (Méhul, Boïeldieu, Hummel, Cherubini...) y venerada por los sucesivos (Ries, Schubert, Paganini, Mendelssohn, Liszt...).

Sobre todo estos últimos sintieron la necesidad de desafiar la incomprensión que todavía experimentaba la obra de su ídolo y echar abajo las puertas cerradas.

Mendelssohn piano Goethe BeethovenMendelssohn solía tocar el piano para Goethe. A veces introducía en su repertorio la música de Beethoven sin previo aviso, para forzar amistosamente la reticencia del anciano genio contra el compositor.

Cierto compositor muy poco conocido en el ámbito latino pero todavía vigente en la cultura alemana es Friedrich Silcher (1789-1860). Su principal legado lo dejó en el ámbito de la canción popular. Hasta hoy se cantan los arreglos que hizo de temas y poesías folklóricas como “Lorelei”, “Yo tenía un camarada” o “Am Brunnen vor dem Tore”. Amigos de Beethoven fueron maestros de Silcher, como Kreutzer y Hummel. Es seguro que compartía con ellos la admiración al gran compositor de Bonn. La mejor prueba es la colección de canciones que creó a partir de música beethoveniana, para atraer así la atención del público hacia esas creaciones.

En 1971 el barítono Hermann Prey y el pianista Leonard Hokanson grabaron para el sello Archiv un LP con estos arreglos de Silcher. La correspondencia entre la canción y su origen es como sigue:


Título
Origen de la Melodía
Das Auge der Geliebten
Sonata para piano Op.13 “Patética”
An die Nacht
Sonata para piano Op.57
Sehnsucht
Sonata para piano Op.2, mov. nº1
Wiedersehen
Sonata para piano Op.2, mov. nº3
Frage
Sinfonía nº2 
Durch dich so selig
Sinfonía nº5
Umwölkter Himmel
Sonata para piano Op.90
Lächelt, ihr Sterne, ewig mir
Sonata para piano Op.2, mov. nº2
Sehnsucht
Sonata para piano Op.26
Gruss der Seelen
Sonata para piano Op.30, mov. nº2
An sie
Andante favori
Gesang der Peri’s
Sinfonía nº7
 

LPEstas piezas son servidas por dos músicos excepcionales en un registro que no sé si habrá sido reeditado. Es una rara joya que vale mucho la pena conocer, demostrando que estos homenajes de Silcher son todo, menos una chapuza. Revelan el dinamismo de una época de “cambio de mareas” en la música occidental, de qué modo las nuevas sensibilidades se abrían camino en cada estrato de la producción artística, en este caso la llamada canción culta, y cómo una concordancia de sensibilidad, jalonada por la admiración, pudo obrar una genuina “unificación alemana” en el arte (y por ende en los corazones) mucho antes de que pudiera conseguirlo la política.

Además, es seguro que estas páginas habrán obligado a más de alguno a preguntarse cómo pudieron vivir hasta ese momento sin saber de Ludwig van Beethoven...

» D E S C A R G A

MP3 CBR 320 kbps | 44 kHz | .7z 57,3 MB

domingo, 18 de febrero de 2018

BEETHOVEN :: Novena Sinfonía :: Muti etc.

Beethoven en el estreno de su Novena Sinfonía

 
Atendiendo la petición de mi querido amigo Mahlerite-Shosta a raíz del anterior posteo sobre la Novena Sinfonía en Re menor, comparto la versión del maestro italiano Riccardo Muti dirigiendo a la Orquesta de Filadelfia y el Coro de Westminster en 1988 — con Cheryl Studer, Dolores Ziegler, Peter Seifert y James Morris como cuarteto vocal.

La Novena es abordada por Muti con rigor: obedece las repeticiones indicadas en la partitura, cosa notoria en el Scherzo (debido a que la práctica al uso es omitir las repeticiones o elegir cuál se obedece y cuál no); sus tempi son cuidadosos, y muy sofisticada su atención al detalle instrumental. Muti se muestra aquí como el gran director que realmente es y en aquella faceta que permitió muchas veces presentarlo como “rival” de Abbado, es decir, como el italiano con suficiente maestría para navegar con autoridad en el repertorio germano. (Más y mejor análisis de las cualidades y deudas de este director en el blog de Leiter).

Hablé de los tempi: me parecen muy particularmente adecuados en los tres primeros movimientos, y quizá no tanto en el último, que se me antoja extrañamente precipitado; eso sí, el coro se luce en ese movimiento incluso más que los solistas, a excepción de la gratificante soprano. El movimiento inicial, con su genial concisión temática, su áspera expresividad y la potencia que brota en gran medida de la propia lógica estructural, es llevado con solvencia y belleza irreprochables, incluyendo un momento de verdadero estallido orquestal. El scherzo es otra joya de interpretación, con perfecto balance en todas las secciones. El Adagio suena bellísimo, elocuente y con sutilezas de fraseo y timbre que seguramente deben mucho al oído italiano, con instinto para destacar voces (instrumentales en este caso) y darles el acompañamiento justo.

Espero que disfruten tanto como yo esta grabación de referencia:


» D E S C A R G A

MP3 CBR 320 kbps | 48 kHz | .7z 153,5 MB

domingo, 4 de febrero de 2018

BEETHOVEN :: Novena Sinfonía “Coral” :: Giulini etc.

Este año quiero compartir una obra que, si bien conocidísima, me inspira un profundo afecto. Lo último se debe a memorias dolorosas y sin embargo, abiertas a la esperanza que marcaron esta obra en mi mente — me refiero a la Novena Sinfonía de Beethoven y me refiero asimismo a la enfermedad que se llevó a mi querida madre de este mundo.

La Novena, como se sabe, es un testamento luminoso: el corolario de la obra se basa en la Oda a la Alegría de Schiller, poesía llena de humanismo romántico, algo con lo que Beethoven concordaba enfáticamente. Subrayo el énfasis porque el compositor, cuando escribió esta obra, tenía muchos más motivos para la amargura antes que para la alegría.

Sobre esto, queda todo dicho en el siguiente párrafo:

A un joven director de orquesta, muy aplaudido por su interpretación de las sinfonías de Beethoven, se le preguntó por qué no tenía la Novena en su repertorio.

Respondió: “Porque todavía me falta vivir mucho para tener claro, dentro de mí, por qué un hombre enfermo, sordo, solitario y pobre llegó a poner música a la Oda a la Alegría de Schiller”.

Pues bien, cuando era un chiquillo mi compositor absoluto fue Beethoven. Su música despertaba en mí un entusiasmo inapelable. Bosquejaba su rostro taciturno en mis cuadernos, leía sobre él, contaba lo que podía a mis compañeros de colegio, me mantenía al acecho de sus composiciones en la radio... Era una conmoción. Pero en aquellos días vino también el cáncer a atormentar por primera vez la vida de mi madre. Esa primera batalla se saldó con una victoria gracias a tratamientos y quirófano. Me tocó acompañarla a sus sesiones de quimioterapia, y por supuesto alentarla. Pero quien me alentaba a mí era Beethoven. En mi walkman llevaba la Novena (versión de Karajan & Filarmónica de Berlín, 1963) y canturreaba el himno final constantemente. Fue eso, junto al refugio de la oración y la fe (también representados por Beethoven en el Adagio del tercer movimiento), mi mejor conexión con la tesis fundamental de la obra: hay esperanza, hay motivos para la alegría, y la adversidad no hace sino purificar esa alegría.

Uno de mis tantos dibujos en los cuadernos del colegio...

Años después, cuando el cáncer regresó, sucedió que una emisora de música clásica que en casa era compañía habitual desde los tiempos de mi abuelo, Radio Andrés Bello, puso punto final a su trayectoria. En la última emisión, que pudimos escuchar con mi madre, sonó la Novena Sinfonía (versión de Riccardo Muti y la Orquesta de Filadelfia). Otra vez la misma obra, esta vez con los acentos puestos en aquello que perdura más allá del cerco del tiempo.

Estas evocaciones surgen en mi interior cada vez que regreso a la Novena. Comprenderán pues, el vínculo que tengo con la obra, más allá de su objetivo valor musical y de mi admiración hacia cada uno de los cuatro movimientos.

En esta ocasión les comparto la Sinfonía más trascendente de Beethoven en versión del maestro Carlo Maria Giulini dirigiendo el Coro y la Orquesta Sinfónica de Londres. Su equipo de voces solistas lo componen: Sheila Armstrong, soprano; Anna Reynolds, contralto; Robert Tear, tenor; John Shirley-Quirck, bajo. El registro procede de 1973. Giulini hace valer sus méritos legendarios como director equilibrando la potencia, rasgo que lo caracterizaba en el período de la grabación, con tempi espaciosos que emplea para cuidar los detalles, destacar las emociones abruptas del último período beethoveniano, atender los detalles estructurales e instrumentales de la composición.

Sus cuatro movimientos justifican el entusiasmo; Furtwängler observaba que la inspiración de Beethoven se mantiene al mismo nivel en todos ellos, aun con sus notables diferencias y sus muchas originalidades. Y además, agrego yo, contra la dificultad añadida de una gestación larga y afanosa como pocas.



» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 252 kbps | 48 kHz | ZIP 129 MB

jueves, 1 de febrero de 2018

In memoriam NICANOR PARRA


Hay un día feliz


A recorrer me dediqué esta tarde
Las solitarias calles de mi aldea
Acompañado por el buen crepúsculo
Que es el único amigo que me queda.
Todo está como entonces, el otoño
Y su difusa lámpara de niebla,
Sólo que el tiempo lo ha invadido todo
Con su pálido manto de tristeza.
Nunca pensé, creédmelo, un instante
Volver a ver esta querida tierra,
Pero ahora que he vuelto no comprendo
Cómo pude alejarme de su puerta.
Nada ha cambiado, ni sus casas blancas
Ni sus viejos portones de madera.
Todo está en su lugar; las golondrinas
En la torre más alta de la iglesia;
El caracol en el jardín, y el musgo
En las húmedas manos de las piedras.
No se puede dudar, éste es el reino
Del cielo azul y de las hojas secas
En donde todo y cada cosa tiene
Su singular y plácida leyenda:
Hasta en la propia sombra reconozco
La mirada celeste de mi abuela.
Estos fueron los hechos memorables
Que presenció mi juventud primera,
El correo en la esquina de la plaza
Y la humedad en las murallas viejas.
¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe
Uno apreciar la dicha verdadera,
Cuando la imaginamos más lejana
Es justamente cuando está más cerca.
Ay de mí, ¡ay de mí!, algo me dice
Que la vida no es más que una quimera;
Una ilusión, un sueño sin orillas,
Una pequeña nube pasajera.
Vamos por partes, no sé bien qué digo,
La emoción se me sube a la cabeza.
Como ya era la hora del silencio
Cuando emprendí mí singular empresa,
Una tras otra, en oleaje mudo,
Al establo volvían las ovejas.
Las saludé personalmente a todas
Y cuando estuve frente a la arboleda
Que alimenta el oído del viajero
Con su inefable música secreta
Recordé el mar y enumeré las hojas
En homenaje a mis hermanas muertas.
Perfectamente bien. Seguí mi viaje
Como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
Me detuve delante de una tienda:
El olor del café siempre es el mismo,
Siempre la misma luna en mi cabeza;
Entre el río de entonces y el de ahora
No distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
Que mi padre plantó frente a la puerta
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos
Fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
Era un trasunto fiel de la Edad Media
Cuando el perro dormía dulcemente
Bajo el ángulo recto de una estrella.
A estas alturas siento que me envuelve
El delicado olor de las violetas
Que mi amorosa madre cultivaba
Para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
No podría decirlo con certeza;
Todo está igual, seguramente,
El vino y el ruiseñor encima de la mesa,
Mis hermanos menores a esta hora
Deben venir de vuelta de la escuela:
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
Como una blanca tempestad de arena!


de “Poemas y Antipoemas”, 1954


 
Ir abajo Ir arriba