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domingo, 31 de marzo de 2019

Nunca será una despedida, Herr BEETHOVEN

Sala de composición de Beethoven / J. N. Hoechle, hacia 1827

Celebramos hace unos días el aniversario de muerte de un Músico con mayúscula, Beethoven (★ Bonn, 16 Dic. 1770 — ✚ Viena, 26 Mar. 1827). Hemos de admitir sin embargo —y por eso el título— que con el Gran Sordo se cumple plenamente la bella expresión de los romanos cuando enterraban a sus difuntos: Sit tibi terra levis, “que la tierra te sea ligera”. Han pasado 192 años desde su partida de este mundo, y sigue más vigente que nunca…

Muestra de ello es la posibilidad de nuevos enfoques que admite su música. El propio Beethoven demostró esa cualidad con los arreglos que hizo de sus obras para distintas agrupaciones instrumentales, añadiendo siempre algo nuevo en el proceso. Por ejemplo, a fines del siglo pasado se descubrió un manuscrito del compositor en los EE.UU. (nadie sabe aún cómo fue a parar al otro lado del océano) con una versión para piano de la Gran Fuga en Si bemol, originalmente escrita para cuarteto de cuerdas. A la inversa (del piano al cuarteto de cuerdas) había arreglado antes su temprana Sonata para piano en Mi mayor. Más lejos llegó con su “Sexto concierto para piano y orquesta”, que no es sino una transcripción de su Concierto para violín en Re mayor. En esta versión incluyó cadenzas que omitió en la versión original (y que Gidon Kremer recuperó para una versión del concierto junto a Harnoncourt).

Así pues, Beethoven nos desafía aún con su ejemplo. Nos propone un creativo inconformismo frente a lo que damos por sentado y nos enseña que toda música es siempre capaz de reenfoques. Estoy seguro que esta capacidad tuvo mucho que ver con su genio como improvisador al piano. Si aceptamos el desafío beethoveniano, descubriremos nuevas facetas de lo que creíamos conocer. Hoy les propongo escuchar el Cuarto concierto para piano y orquesta en Sol mayor bajo este prisma.

Príncipe Lobkowitz

El Príncipe Lobkowitz, uno de los principales patrones y amigos del Maestro, le solicitó un arreglo del concierto en Sol mayor para solista y Quinteto de Cuerdas (dos violines, viola, cello y contrabajo) para presentar en la costosa sala de conciertos que mantenía en su palacio vienés. Bocetos de arreglos de cámara para este concierto circulaban en Viena durante aquella época —la editorial Bärenreiter publicó la partitura revisada de una de estas versiones— pero la versión de Beethoven difiere significativamente de su propio original en la parte del piano solista, a la que dotó con mayor elaboración y a la que aportó algunas adiciones sorprendentes de material, en especial en la sección de desarrollo del primer movimiento.

Sobre los bocetos de Beethoven se han realizado varios trabajos de reconstrucción: el pianista Robert Levin ofreció tiempo atrás una versión en disco junto a miembros de la Orquesta Revolucionaria y Romántica, basada en la labor de Hans-Werner Küthen (1938–). También Vinzenz Lachner (1811–1893), compositor alemán del siglo XIX, creó una magnífica reducción para piano y quinteto de cuerdas. A continuación les comparto ambas posibilidades:


Concierto nº 4 en Sol mayor / Reducción de Vinzenz Lachner para dos violines, viola, cello y contrabajo. Preciosa interpretación de músicos que se aprecian y entienden bien durante la ejecución musical.

La misma versión de Lachner pero este joven grupo inglés sustituye el contrabajo por un segundo cello... y la toma de sonido es magnífica.

Robert Levin es un campeón del fortepiano que ha participado en brillantes proyectos de reconstrucción histórica de la interpretación musical. Uno de ellos fue la integral de los conciertos para piano de Beethoven, la Fantasía coral y esta versión de cámara del Concierto en Sol mayor, reconstruida por Hans-Werner Küthen, junto a la Orquesta Revolucionaria y Romántica bajo la batuta de John Eliot Gardiner.

Comparto a continuación la reducción del concierto con los intérpretes citados, aunque con un poco de reticencia pues el final de tercer movimiento tiene un brevísimo defecto (un salto de milésima de segundo) que no pude solucionar. Aun así, es tan interesante la versión que me encomiendo a su benevolencia, amigos, seguro de que ese tropiezo no arruina el placer de conocerla:
» D E S C A R G A
MP3 CBR ~ 224 kbps · 48 kHz | 3 tracks | .7z 52,9 MB | Yandex.ru

jueves, 20 de enero de 2011

THE BEATLES... de un Cuarteto a otro


“Penny Lane” en Cuarteto de Cuerdas

He aquí el choque de dos universos. A un lado el mítico Cuarteto de Liverpool, quizá la banda más influyente de la música popular en todo el Siglo XX, The Beatles. De otro, la combinación instrumental más desafiante de la música clásica, el Cuarteto de Cuerdas. Y el resultado... es excelente.

¿Quiénes conforman este cuarteto? Un grupo de artistas reunidos por el sello “Vitamin Records”, de Los Angeles, EE.UU., y que han ganado fama produciendo discos de homenaje a reconocidas bandas rock, pop y también artistas individuales (Bob Marley, Frank Zappa, etc.). La idea del Vitamin String Quartet es recrear grandes hitos en clave netamente instrumental, o en palabras de su violista Tom Tailly, “aplicar una actitud de rock n’ roll a la técnica clásica”. Lo han logrado muy bien, y a la formación original (cuarteto propiamente dicho) se han añadido con el tiempo percusión y otros instrumentos según el caso.

Sin duda una experiencia que amerita audición. Los invito a descubrir estas transcripciones...

AQUÍ

MP3 / VBR Quality / RAR 112,6 mb

jueves, 4 de noviembre de 2010

FRANK BRIDGE, esa otra «B» inglesa

Frank Bridge (1879-1941), meritísimo compositor inglés que ha pasado a la historia como el maestro de Benjamin Britten

Recuerdo que en cierta revista, leída hace ya bastante tiempo, se reseñaba la música de Frank Bridge (1879-1941) con una frase lapidaria: “Nadie componía música de cámara como Bridge en la Inglaterra de principios de siglo”. Como saben, no estoy familiarizado con los compositores del siglo XX, salvo unos pocos, y de ahí mi completa ignorancia sobre este inglés. Pero la ignorancia tiene un lado muy bueno: permite el goce del descubrimiento. Míster Bridge penó en mi memoria con regularidad hasta que me pude hacer con un disco centrado en varios de sus opus camerísticos. ¡Qué bien compuestos! No deja dudas sobre el acierto de la frase: Bridge fue un maestro de la “pequeña forma”.

No es poco elogio decir que lo mejor de un compositor reside en su música de cámara. La austeridad de medios que distingue a esta categoría musical impide cualquier truco disuasivo, cualquier floritura inconsistente. Todo está a la vista, es música desnuda, pura arquitectura, expresión y emoción. Así pues, Bridge es muy bueno en un territorio que delata de inmediato a los aprendices.

The English QuartetEl compositor nació en Brighton en 1879, ubicándose entre la generación de Elgar y la de Britten, de quien sería maestro. En la capital británica cursó sus estudios y ejerció como intérprete de viola, ligado a importantes formaciones de cámara, en especial The English String Quartet, y también como director de orquesta en distintas salas de concierto y teatros londinenses, amén de giras en el extranjero.

Al mismo tiempo Bridge desarrollaba su faceta como compositor, escribiendo música de cámara, canciones, obras a gran orquesta... Pero luego de la Primera Guerra Mundial, Bridge da un giro radical y acerca su lenguaje a las vanguardias continentales. Se aleja del Posrromanticismo teñido con impresionismo que informó su primera época, y asimila la influencia de Berg, y con él de la Segunda Escuela de Viena. Incorpora disonancias y experimenta con la arquitectura musical, usa la escala de ocho tonos y el palíndromo, conjuga armonías en lo que después se denominó “acorde Bridge” (dos armonías contiguas sonando simultáneamente, por ejemplo Sol y La)... Esto explica que hacia 1930 sufra un aislamiento musical que perdurará tras su muerte en 1941, hasta que en la década de 1970 renazca el interés por este originalísimo creador, mucho mayor que la etiqueta usual, aquella que lo describe sólo como “el maestro de Britten”.


carátula Hoy les dejo una selección musical de Frank Bridge a cargo del Cuarteto Maggini. Omito referirme a las obras contenidas en el disco; revisen el libreto que acompaña las pistas, ahí está todo mucho mejor explicado. Ha llegado la hora del té...
William Turner

miércoles, 16 de diciembre de 2009

EL HEREDERO DE BEETHOVEN (III)

por Ernesto NOSTHAS

CONCLUIMOS aquí nuestro viaje a los Cuartetos de Bartók: En esta entrega Ernesto nos llevará hacia los dos últimos, el Quinto y Sexto.


El Quinto Cuarteto es a gusto de este escribiente, el más genial de toda la serie y posee la misma estructura del Cuarto, pero con diferente distribución de tiempos e intensidades. Esta obra maestra fue compuesta en 30 días en agosto de 1934, respondiendo a una comisión de Elizabeth Sprague-Coolidge (a quien está dedicado) y fue estrenado por el Cuarteto Kolisch en Washington D.C. el 8 de abril de 1935.

La estructura de cinco movimientos es fascinante, nuevamente en forma de ARCO entre sus movimientos. Aparte de ello, el primero y quinto movimientos (emparentados temática y estructuralmente) llevan una forma de ARCO en sí mismos, donde la exposición y reexposición temática se expresan en forma invertida. Bartók destacó en sus indicaciones que las claves tonales usadas en el desarrollo del movimiento ascienden en los pasos de la escala tonal completa, axial. La exposición es en Si bemol, Do y Re; la recapitulación es en Mi, luego en Fa sostenido, La sostenido y Si bemol.

bartók


La construcción de los movimientos intermedios es ternaria, con la salvedad que segundo y cuarto, que son lentos (marcados Adagio Molto y Andante) y se relacionan entre sí, siendo otro notable ejemplo de la “Música Nocturna Bartókiana”. El tercer movimiento, un scherzo, es liviano y rápido, basado en motivos folclóricos búlgaros. El quinto movimiento sigue el mismo patrón que el primero con la adición de una coda final que cierra espectacularmente la obra.


El Sexto y último Cuarteto de Bartók fue escrito entre agosto y noviembre de 1939 en Budapest, y está clasificado con el ordinal 114 en el catálogo de Szollosy. Fue la última obra que compuso el maestro en su querida Hungría, en medio de circunstancias muy difíciles: por una parte, el régimen nazi acababa de desatar la Segunda Guerra Mundial con la invasión a Polonia en septiembre de 1939, y por otra, su querida madre afrontaba una grave enfermedad que la llevaría a la tumba ese mismo año. El cuarteto alternaría su escritura con la de una suite que sería conocida después como Música para Cuerdas, Percusión y Celesta.

La obra posee cuatro partes y una curiosa estructura. Un tema triste y melancólico marcado como Mesto (“tristeza” en italiano) inicia todos los movimientos, pero de forma diferente: los tres primeros incluyen una segunda sección que se hace más viva en cada movimiento (la acre “Burletta” del tercero) pero también el Mesto se expande cada vez más hasta abarcar completamente el cuarto y último, finalizando así la obra bajo un clima de desolación, tristeza y abandono.

Ése no era el plan original. Bartók pretendía terminar la obra con una pieza danzante de corte popular, pero cuando los doctores desahuciaron a su madre, la tristeza de la agonía la trasladó a la partitura, marcando en el pautado expresiones tímbricas que delatan su desgarro (senza colore, lontano, etc.). Muchos comparan la poderosa estructura de esta obra con los Opus 127 y 135 de Beethoven; sin embargo, a los abismos de desolación pintados en el final no les encuentro paralelo con casi ninguna obra precedente en la literatura del género. Es sencillamente la música más hermosamente depresiva que conozco.

A partir de esta obra, la vida de Bartók dio un giro negativo. Su destierro voluntario en Estados Unidos acabó en abandono, vicisitudes, pobreza y finalmente, una penosa muerte. El Sexto Cuarteto no fue estrenado en Budapest sino en Nueva York el 20 de enero de 1941, gracias al desinteresado apoyo del Cuarteto Kolisch.

Leer o escribir sobre los últimos años de vida de este genio me produce una infinita tristeza. Quiero imaginar lo que hubiese podido componer en otras circunstancias… Muchos le brindaron gestos de apoyo, entre ellos Serge Koussevitzky al comisionarle la obra más conocida de su magna producción: el Concierto para Orquesta. Hizo otro tanto el entonces joven violinista Yehudi Menuhin, al empeñar gran parte de sus ahorros a fin de comisionarle la bellísima Sonata para Violín Solo… pero la miseria y la leucemia terminaron con la vida de Béla Bartók el 26 de septiembre de 1945 en Nueva York.

En su escritorio, Tibor Serly, su discípulo y a quien debemos el ordenamiento y edición de sus últimas obras (incluyendo finalizar los últimos compases del Tercer Concierto para Piano o la restructuración total del inconcluso Concierto para Viola), se encontraron varios bocetos de lo que pudo ser un Séptimo Cuarteto, pero demasiado vagos como para trabajar sobre ellos.

Queridos lectores y queridas lectoras: los Cuartetos de Cuerda de Béla Bartók son obras maestras y merecen su reconocimiento como el aporte más importante al género del último siglo. En la historia han sido objeto de interpretaciones memorables. Mi querido amigo Elgatosierra me destaca que “en la fonografía de los cuartetos de cuerda de Bartók habría que hacer referencia, por orden cronológico, a: Cuarteto Vegh (NAIVE); Cuarteto Húngaro (DG); Cuarteto Juilliard (SONY); Cuarteto de Tokyo (DG); Cuarteto Alban Berg (EMI); Cuarteto Emerson (DG); y Cuarteto Tacáks (DECCA). Todo melómano debería intentar escuchar todas estas versiones para comprender perfectamente la extensión y profundidad de estas obras”.

Coincidimos con Elgatosierra en que la multipremiada interpretación del CUARTETO TAKÁCS que hemos ofrecido a nuestros lectores y lectoras sea probablemente la versión más balanceada y genial de todo el mercado, constituyendo un notable resumen ecléctico de lo mejor de todas las versiones antes citadas.

Con un abrazo muy fuerte, los invitamos a disfrutar de estas obras.

Mesto, movimiento final del Sexto Cuarteto de Bartók:

domingo, 13 de diciembre de 2009

EL HEREDERO DE BEETHOVEN (II)


por Ernesto NOSTHAS

CONTINUAMOS con Bartók: En esta entrega Ernesto nos llevará hacia los Cuatro Primeros Cuartetos.


Este portentoso legado musical empieza con el Primero de sus Cuartetos, que corresponde en el catálogo personal de Bartók como su Opus 7 (con el conteo integral de Szollosy es el número 40). Esta obra tuvo un largo período de gestación, desde sus primeros apuntes en 1907 hasta su finalización el 27 de enero de 1909. En el proceso tardó en presentarlo al público otro año más, dado que fue estrenado por iniciativa y esfuerzo de sus amigos del Cuarteto de Cuerdas Waldbauer-Kerpely el 19 de marzo de 1910. Este joven grupo de instrumentistas, a camino de constituirse como uno de los principales ensambles de este género en la primera mitad del siglo XX, estrenaron la mayoría de los Cuartetos de Bartók y se convirtieron en los principales difusores de la obra del Maestro.

La obra consta de tres movimientos, en el primero de los cuales se desarrolla un intenso trabajo contrapuntístico, el cual frecuentemente se compara con la majestuosa fuga lenta que inicia el Cuarteto 14 de Beethoven. El ambiente es oscuro, es en palabras de Bartók, una suerte de canto fúnebre relacionado con la tristeza de su amor no correspondido por la violinista Stefi Geyer (a quien también dedicó su primer Concierto para Violín, obra que mantuvo oculta muchos años). En los otros dos movimientos, la atmósfera evoluciona hacia expresiones más felices hasta desembocar en el tercer movimiento en una de las primeras evidencias de la influencia de la música folclórica magyar en el arte de Bartók. A nivel general, la obra muestra elementos de la dicción impresionista de Debussy, pero la complejidad formal de su construcción se ata a la más estricta forma Beethoven–Brahms con una fuerte declaratoria a estructuras no-tonales.

En esta obra Bartók hace su primera fusión exitosa entre lo artístico y lo popular con una gran inventiva que despide el post-romanticismo hacia la modernidad del siglo XX.

Ocho años pasan entre el Primero y el Segundo Cuarteto, número 17 en su Opus personal (y 67 en el catalogo integral de Szollosy). Esta obra también fue estrenada por el Cuarteto de Cuerdas Waldbauer-Kerpely en Budapest, el 17 de marzo 1918. Acá el Maestro vuelve a usar una estructura tripartita, sólo que dos movimientos lentos enmarcan un movimiento indicado como Allegro Molto capriccioso, de gran ingenio y ritmo. En una carta a Andre Gertier, Bartók describe la obra como una integración de una primera parte estructurada en forma de sonata, un segundo movimiento con desarrollo de rondó, y el finale estructurado en un esquema tripartito. Acá la influencia de Debussy es notable. En conjunto para el autor de estas líneas, este Cuarteto ya muestra mucho del estilo personal de Bartók, en camino a su espectacular Tercer Cuarteto.

Una década completa pasa entre el Segundo y el Tercero. Acá la madurez de Bartók es total y ya está en la cúspide de sus habilidades creativas. Compuesto en 1928 y fue estrenado en dos etapas por sus fieles amigos del Cuarteto de Cuerdas Waldbauer-Kerpely, primero en una sesión sin público transmitida en radio por la BBC en Londres el 19 de febrero de 1929, y dos días más tarde, en una infidelidad curiosa, el afamado Cuarteto Kolisch la presenta en público en Frankfurt. La obra está construida formalmente en dos partes pero con subdivisiones en ambas, así que para muchos la obra posee cuatro movimientos. Esta increíble obra es la más breve en tiempo de duración, y está estructurada en base a células temáticas pequeñas y muy concentradas, muy a lo Webern, con una gran tensión en los cromatismos, particularmente en la coda final. La obra está dedicada al Musical Fund Society de Philadelphia, EE.UU., quienes habían otorgado a Bartók un premio y un generoso estipendio en 1928.

Luego de esta obra maestra, es difícil pensar que Bartók se reinventase tan espectacularmente como lo hizo en el Cuarto y Quinto Cuartetos. DIOS!!!! Qué obras maestras… ambas están construidas con una forma de ARCO, en cinco movimientos, en los cuales el primero y último movimientos están interrelacionados, lo mismo que el segundo con el cuarto, dejando el tercero como un punto de inflexión contrapuntístico y expresivo.

El Cuarto, número 91 en el catálogo de Szollosy, escrito entre julio y septiembre de 1927 fue estrenado el 20 de marzo de 1929 en Budapest por sus incondicionales amigos del Cuarteto de Cuerdas Waldbauer-Kerpely, aunque el autor se lo dedicó al Cuarteto Pro-Arte.

Picasso: Tres músicos (1921)


Estructuralmente, la dicción instrumental está muy emparentada con el Tercer Cuarteto y con grandes influencias de Alban Berg, particularmente de la Suite Lírica. Este cuarteto posee una amplia amalgama de técnicas instrumentales, que le hacen muy demandante para sus intérpretes, con frecuente uso de glissandi (deslizarse de una nota a la siguiente), col legno (las cuerdas son tocadas con la madera del arco) y el “pizzicato-Bartók”, el cual es golpear la cuerda con los dedos con tanta fuerza que la cuerda rebota contra el puente produciendo un sonido percusivo seco.

La construcción sigue una simetría de formas y tiempos: dos movimientos marcados como Allegros vinculados entre sí (primero y quinto) con duración de seis minutos, son intercalados por el segundo y cuarto movimiento, cada uno de tres minutos en un formato rápido y apresurado, con un tercer movimiento de gran serenidad y contemplación, en el cual se destaca elementos diatónicos y folclóricos, en un formato que muchos autores conocen como “Música Nocturna Bartokiana”.
En la próxima entrega Ernesto concluirá esta Promenade con los dos últimos cuartetos del maestro magyar.
Afilen esos colmillos de vanguardia.

viernes, 11 de diciembre de 2009

EL HEREDERO DE BEETHOVEN (I)


Bartók: un viaje a su microcosmos

por Ernesto NOSTHAS

NOTA al NAVEGANTE: La serie limitada de artículos que inicia con estas líneas abordará los Seis Cuartetos de Béla Bartók. La integral musical pueden descargarla AQUÍ.


“Heredero de Beethoven”. Con este título los estereotipos que nos hemos construido mental y educativamente a lo largo del tiempo nos situarían de inmediato en el post-romanticismo. Nuestro anfitrión en este Blog estaría colgando en seguida la imagen de nuestro querido amigo el “Barbudo” Brahms...

Sorpresa: sí es una B, pero no de origen alemán ni vienés. Estrictamente hablando, esta B es de origen rumano, pero con el tiempo y la inestabilidad de las fronteras centro-europeas, el pequeño pueblito rumano de Sinnicolau pasó a dominio húngaro bajo el nombre de Nagyszenmiklos. ¿De quién estamos hablando, dirán ustedes?

Esta historia es sobre Béla Viktor János Bartók, nacido el 25 de marzo de 1881. Gracias a la vena musical que le heredó su madre (una pianista semi-profesional), al iniciar su adolescencia empieza sus primeros estudios musicales en Pozsony —ciudad cercana tanto a Viena como a Budapest— bajo la dirección de Lászlo Erkel. Más tarde, en 1899 el joven Bartók ingresa en la Real Academia de Música de Budapest, donde continúa estudiando piano y composición con István Thomán y János Koessler, aunque debe suspender sus lecciones en 1900 debido a una fuerte neumonía. Con todo, 3 años después toma clases con Ernő Dohnányi en Gmunden. Ese mismo año ya se registran sus primeras composiciones: el poema sinfónico Kossuth y la Primera Rapsodia para Piano y Orquesta.

¿En qué mundo cabe vincular a Beethoven con Bartók? ¿En dónde quedan Schubert, Schumann, Brahms, Liszt? La respuesta es sencilla pero admirable: en el género de los Cuartetos para Cuerda.

En ello quiero ser claro y directo, y a la vez conciente de que luego de estas líneas he de recibir pedradas de todos lados: NO EXISTE ningún compositor u obra entre los Últimos Cuartetos de Beethoven y los Seis Cuartetos de Béla Bartók que pueda considerarse al mismo nivel creativo que lograron ambos maestros.
En el período de tiempo transcurrido desde el último Cuarteto de Beethoven y el primero de Brahms hay obras muy bellas (destaco los Cuartetos de Schubert y Dvořák), pero en mi modesta opinión ninguna alcanza los niveles creativos establecidos por el sordo insigne… hasta llegar a los Cuartetos de Bartók.

Necesario es decir que Brahms tiene su punto más débil con sus Cuartetos. Quizá sus Cuatro Sinfonías sean naturales herederas del talento de Beethoven; sin embargo, con sus Cuartetos es otro cantar. Mi querido amigo Elgatosierra matiza sabiamente mi comentario al señalar que “…los eslabones entre los cuartetos de cuerda de Beethoven y Bartók son los siguientes: Schubert - Cuarteto en sol mayor, D. 887; Smetana - Cuarteto en mi menor, ‘De mi vida’; y Dvořák - Cuarteto nº 14 en Sol mayor, Op. 105 — ¡todos ellos grandísimas obras maestras!…”.

Luego de los Cuartetos de Bartók, se tienen los espectaculares esfuerzos realizados en este género por Shostakovich y más tarde por Alfred Schnittke y Wolfgang Rihm. Contemporáneamente a Bartók también son destacables las obras escritas para este género por los tres maestros de la Nueva Escuela Vienesa (Berg, Schoenberg y Webern). Con todo, insisto en mi humilde opinión: la cúspide del género durante el siglo XX la alcanza Bartók con sus seis joyas.

Para entender el arte de Bartók es necesario contextualizarlo considerando tres grandes aspectos:
  • Primero, su faceta de pianista-concertista;
  • Luego, la de compositor;
  • Por fin la de etnógrafo-investigador musical, la cual no se expande hasta que une sus talentos con Zoltán Kodály en 1905.
Cada una de estas facetas están íntimamente asociadas, sin que se las pueda abordar por separado en la vida artística de Bartók.
  • Tómese el caso que sus dos primeros conciertos para piano, compuestos para uso del propio compositor en su carrera de concertista. Son dos obras a la medida de su potencial interpretativo. De la misma forma, desde su debut en dueto con su propia madre, constantemente se le vinculó a otros artistas en obras para dos pianos o piano a cuatro manos, en particular con su alumna y posterior segunda esposa Ditta Pasztory.


Otros dúos famosos lo formó con el joven prodigio del violín Ferenc Vecsey, con el que realizó una gira por España en 1906; con el también violinista Joseph Szigeti, y con el clarinetista Benny Goodman, para los que compuso obras adaptadas a los conjuntos instrumentales formados por estos grandes músicos y el propio Bartók como pianista (como por ejemplo los Contrastes para violín, clarinete y piano).

Sighişoara, en los Cárpatos transilvanos

  • Como etnomusicólogo, junto con Kodály reunió y analizó de forma sistemática expresiones musicales del folclore de su país y de otros orígenes que recogió en una admirable obra de investigación. De esta colaboración surgieron más de 7.000 partituras repartidas en 12 volúmenes (de las cuales 2.700 son de origen magiar, 3.500 magiar-rumanas y varios cientos de origen turco y del norte de África), llegando a incluir registros fonográficos tomados con los artistas vernáculos originales.

Pese a este enorme recurso de referencia, Bartók sólo de forma ocasional incluyó directamente melodías folclóricas en sus composiciones. Más bien usó este antecedente como base para estructurar un estilo personal dotado de gran fuerza y energía, con entornos melódicos inusuales y ritmos asimétricos y a contratiempo, según los conceptos y esquemas propios de la música folclórica de los Balcanes y de Hungría.

  • Su música, dentro del contexto de la primera mitad del siglo XX, no sigue los caminos de la atonalidad, sino que con mucha creatividad mantiene un núcleo tonal personalizado bastante alejado de los modelos tradicionales. Gran parte de su música es cromática (es decir, usa las notas contiguas a una de referencia). Al igual que las últimas obras de Beethoven usa muy a menudo formas muy contrapuntísticas, entretejiendo distintas líneas melódicas y sirviéndose artísticamente de la disonancia. Le gustaba el uso de acordes por su sonoridad y era muy hábil para encontrar atmósferas y colores musicales, tanto en el piano como en conjuntos orquestales de cámara y de gran sinfonismo.


Todo lo anterior se hace especialmente notable en los Cuartetos para Cuerda. Estas obras maestras son una expresión artística que integra mucho de la herencia musical del pasado, mezclado con la faceta musical etnográfica y con la audacia de las técnicas compositivas de Bartók en las cuales, sin llegar a los extremos modernistas del dodecafonismo y las técnicas seriales, aborda con gran ingenio la introducción de patrones matemáticos en su composición (con las series de Fibonacci y la Proporción Áurea) combinados con una paleta cromática muy variada. En ello, es el único compositor que logra resultados musicales con frescura e ingenio semejantes a lo conseguido por Bach en su propia época.

El proceso creativo de Bartók en sus cuartetos casi abarca la totalidad de su vida musical creativa. Entre el Primero y el Sexto transcurren 30 años y se erigen como la columna vertebral de su genio musical dentro de su acervo de composiciones, que integran algo más de un centenar de obras (catalogadas por el musicólogo Szollosy). En sí mismos, los cuartetos bartokianos poseen enorme unidad y coherencia, y visualizan en su desarrollo todas las etapas expresivas de su arte.
En la siguiente entrega, Ernesto analizará en detalle los cuatro primeros cuartetos del creador húngaro. Gente del Siglo XX, sonrían: aquí se acuerdan de ustedes.


 
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