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lunes, 10 de octubre de 2016

BORODIN :: Sinfonía nº 2 etc. / Loris Tjeknavorian

Bilibin Príncipe Igor

BORODIN es un apellido conocido y respetado en la música clásica. Está asociado al exotismo dentro del exotismo, vale decir, a una radiante vena asiática dentro de la música rusa. Aleksandr Porfírievich Borodín —tal fue su nombre— llevaba en su propia sangre ese ingrediente “exótico”: culturalmente ruso, era hijo ilegítimo de un príncipe georgiano, Luka Gedevanishvili, que según las costumbres de entonces registró al vástago con el apellido de un sirviente suyo, pero se ocupó siempre de él y no lo olvidó en su testamento.

La esmerada educación del joven Borodín incluyó lecciones de piano y música que develaron pronto su innata facilidad, a la que él mismo no prestó demasiada importancia. En cambio eligió la carrera de medicina y la especialización de química. En este campo contribuyó de manera brillante: en 1861 descubrió la llamada reacción de Borodín-Hunsdiecker; al año siguiente sintetizó el primer compuesto orgánico fluorado, el fluoruro de benzoílocon; y en 1872 llegó al descubrimiento de la reacción aldólica, hasta hoy una herramienta fundamental para la industria química.

Pero la música persistía en su interior. Seguía siendo un amado pasatiempo —siempre se consideró un científico aficionado a la música— hasta el día en que tomó contacto con el puñado reunido en torno a Mili Balákirev. Eso alimentó por fin su llama creadora: junto a su amigo Mussorgsky, Borodín fue quien mejor perfiló una nítida personalidad artística, firmando obras extraordinarias que, por desgracia, no fueron muchas; el músico sólo aparecía cuando el científico descansaba (y esto no sucedía a menudo). Para colmo de males, su frágil salud fue fulminada repentinamente durante un baile en la Academia de Medicina, el 27 de febrero de 1887, por una rotura de aneurisma de aorta. Tenía 53 años de edad.

Destellos de Oriente

En su catálogo —donde la alta calidad compensa, y mucho, la brevedad— Borodín logró cualidades notables que lo diferenciaron de sus colegas. En primer lugar, fue el miembro del Grupo de los Cinco que más se orientó hacia la “música absoluta” o abstracta, escribiendo sinfonías (dos completadas y una tercera inacabada) y música de cámara (tríos, cuartetos, quinteto con piano y sexteto para cuerdas, canciones y música para piano).

No desdeñó el poema sinfónico (“En las Estepas del Asia central”) ni la ópera (“Príncipe Igor”).

En todas partes dejó la huella de una segunda gran característica: la belleza de su inspiración melódica, llena de un profundo lirismo. Su producción abunda en episodios inolvidables; hasta Hollywood se fijó en ellos. ¿Ejemplo? La famosa canción que entona el personaje masculino en esta película de 1955...

Quitando el exceso de almíbar y la refundición de estilos made in America, subsiste aún la inspiradísima melodía de las Danzas Polovtsianas. El filme se llama “Kismet”, de 1955, y se basa en el musical homónimo de 1953, con adaptación musical de Robert Wright y George Forrest a partir de música de Borodín. Ambos supieron ver la idoneidad del compositor para ambientar una trama oriental; justamente ahí está un gran aporte de nuestro músico a la Escuela Rusa, como precisa Josep Pascual:

“Borodin fue artífice de una música netamente nacionalista, fiel al ideario de los Cinco, inspirándose a menudo en el folclore eslavo en general y ruso en particular (entendido éste de un modo amplio, incorporando en sus obras un exotismo, en absoluto superficial, que bebe de las tradiciones orientales y que influyó considerablemente en su lenguaje armónico, considerado con razón como precursor del impresionismo francés).”

Tjeknavorian Vamos a la música. Esta vez escucharemos música de Aleksandr Borodín en versión del maestro armenio-iraní Loris Tjeknavorian dirigiendo la National Philharmonic Orchestra.

Sobre esta orquesta hay que saber que no existe... o más bien, sólo se reunió en estudios de grabación del sello RCA a contar del año 1964. Utilizó también otros nombres, como «RCA Victor Symphony Orchestra» o el más conocido «London Promenade». En los años que duró, mantuvo siempre un alto estándar de calidad; reclutó sus componentes de las mejores orquestas británicas, particularmente la Filarmónica londinense, y conoció ilustres batutas en su podio.

discoEl presente registro se compone de una memorable selección de música de Borodín, comenzando con la Sinfonía número 2 en Si menor, considerada la mejor de las tres que alcanzó a escribir. A continuación oirán el cuadro orquestal «En las estepas del Asia Central», significativamente dedicado al creador del poema sinfónico, Franz Liszt. Aquí Borodín despliega de manera magistral sus capacidades como fino orquestador —mucho más transparente en sus combinaciones que los demás maestros rusos, salvo Chaikovsky—, su ya mentada belleza melódica y una mano muy segura para crear efectos como el inolvidable contrapunto de temas en la sección final.

Por fin, el registro concluye con una selección instrumental de la ópera «El Príncipe Igor», obra maestra inconclusa del compositor que fuera terminada por dos geniales amigos, Rimsky-Korsakov y Glazunov, quienes habían acompañado su largo proceso de gestación (de 1869 a 1887). Aquí están presentes la Obertura —cuenta la leyenda que Glazunov salvó para la posteridad esta pieza gracias a su memoria excepcional: en los papeles de Borodín no apareció la obertura de la ópera, pero Glazunov la había escuchado al piano tocada por el difunto compositor para sus cercanos, y así pudo reconstruirla cabalmente...— seguida por una poco escuchada Marcha polovetsiana, que condensa el barbarismo del pueblo nómada al que debe derrotar el protagonista; por fin, el registro concluye con las célebres Danzas polovetsianas, sumándose a los intérpretes el «John Alldis Choir».

» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 224 kbps · 48 kHz | 9 tracks | .7z 113,8 MB | Yandex.ru

jueves, 11 de julio de 2013

OBERTURA 1812 y otras obras de la Escuela Rusa

Napoleón funadoOriginal sugerencia gráfica de la caída de Napoleón / crédito: Samuel Jaramillo Calle

Vamos nuevamente con los rusos. Y esta vez con un menú definido por la espectacularidad, un ingrediente para el cual han demostrado siempre una gran aptitud. Quizá las proporciones mismas de la gran nación eslava alientan esa propensión instintiva a lo grandioso, reflejado en la imponencia de sus tradiciones culturales, en la concepción esplendorosa que dieron al Zarato, etc.

Por desgracia ese rasgo también ha definido sus calamidades históricas. Una de ellas fue la ofensiva conquistadora de Napoleón Bonaparte el año 1812. Las crónicas cuentan que el avance inicial de los franceses apenas supo de resistencias. El ejército ruso no logró entorpecer la veloz arremetida de su enemigo y la experiencia aconsejó evitar las batallas a campo abierto, retrocediendo hacia el interior del país y llegando incluso a perder Moscú, que acabó como pasto de las llamas.

Pero el invierno cambió pronto el signo de la guerra y precipitó la ruina de Bonaparte. Sin víveres y dueño de una ciudad destruida, el emperador francés debió retirarse a Polonia, siendo hostilizado por los cosacos y el ejército zarista en el trayecto y sufriendo los gélidos rigores del clima, todo lo cual destruyó casi en su totalidad a la Grande Armée.

Napoleón funado «La retirada de Napoleón de Rusia» / E. Kossak, 1827

Este violento episodio, bautizado como Guerra Patriótica de 1812, fue relevante para consolidar la conciencia nacional, ahora unificada en un solo sentimiento. Dicho cambio sería el resorte psicológico que definiría la madurez cultural y social y, en definitiva, buena parte del rumbo seguido por la historia rusa de ahí en adelante.

Las peripecias militares del año 1812 son resumidas en la famosa obertura de Chaikovsky, comisionada por Nikolái Rubinstein en 1880 para la Gran Exposición de Artes e Industria de Moscú de 1882. En tal ocasión se contemplaba inaugurar por fin la demorada Catedral de Cristo Salvador de Moscú, templo erigido en tributo de gratitud por la victoria y como memorial de los caídos en batalla. En un alarde de sentido escénico —equiparable a cualquier mega-ceremonia moderna— la ejecución fue planificada al aire libre en la plaza del Kremlin, frente a la catedral, con una gran orquesta, una banda de bronces, la intervención de los campanarios del nuevo templo y las iglesias circundantes, junto a salvas de cañón disparadas con un mando eléctrico en el podio del director. ¡Todo un espectáculo!

Pero las circunstancias no lo quisieron así: en marzo de 1881 morían el Zar Alejandro II en San Petersburgo, víctima de un atentado, y Nikolái Rubinstein en París, víctima de la tuberculosis; la Catedral demoraba su consagración hasta 1883 y la obertura nunca se ejecutó en festividades públicas, sino como parte de un programa con obras de Chaikovsky en 1882, durante la referida Exposición de Moscú, en las condiciones normales de una sala de conciertos.

La obra discurre a través de los tempos Lento - Andante - Allegro giusto - Largo - Allegro vivace. Así resume la Wikipedia el plan argumental:

La obra comienza con una melodía de la Iglesia Ortodoxa Rusa ejecutada por ocho violoncellos y cuatro violas, que recuerda cómo la declaración de guerra contra Francia fue notificada al pueblo en los servicios religiosos de toda Rusia. En ocasiones esta parte de la obertura es cantada por un coro a capella […]. Continúa con una mezcla de melodías tradicionales (incluida la danza «A la puerta, a mi puerta») y militares, que representan la angustia creciente del pueblo ruso al saberse invadidos por el ejército francés. La pieza continúa con una marcha presentada por los metales, donde se oye cargar a los ejércitos para enfrentarse en la Batalla de Borodinó. Un fragmento repetitivo y triunfal del himno nacional francés, La Marsellesa, sirve para representar al ejército invasor y la victoria de Napoleón sobre los rusos. A continuación, un diminuendo en la música representa la retirada rusa, evitando la confrontación directa con las tropas francesas al tiempo que dejan tierra arrasada. Vuelve a sonar la marcha de los metales y el fragmento de La Marsellesa, para indicar la entrada de Napoleón en una Moscú incendiada. El fragmento del himno galo sigue sonando, ahora en diminuendo, indicando la retirada de las tropas francesas, al tiempo que un crescendo indica el asedio ruso. Cinco disparos de cañón acompañan el avance de los rusos expresado en los instrumentos de cuerda y los metales, que preparan el campo para el cierre triunfal con el contrapunto entre el tema que representa al ejército ruso y el himno imperial «Dios salve al Zar», apoyado por once disparos de cañón y un repique de campanas. Este final muestra un anacronismo curioso, ya que «Dios salve al Zar» no era el himno ruso en 1812, sino en la época en la que Chaikovsky compuso la obertura.

Aunque Chaikovsky la consideraba “ruidosa” y de poco valor artístico, lo cierto es que el público siempre ha favorecido esta obertura, otorgándole una popularidad inquebrantable. Cosa curiosa: el compositor dirigió la pieza durante el concierto inaugural del Carnegie Hall de Nueva York, en mayo de 1891, y fue tal su efecto que acabaría convertida en elemento habitual de las celebraciones patrióticas norteamericanas. Además la Obertura ha ganado fama en años recientes como parte de la película “V de Vendetta” (basada en la novela gráfica de Alan Moore); en ella, el enmascarado protagonista emplea el gran final de la obertura como “soundtrack” de sus detonaciones.

Viñeta de «V de Vendetta» con el protagonista «dirigiendo las explosiones»

Makovsky
Pero no son los cañonazos de la obertura la última palabra en el espectacular repertorio ruso. El mismo Chaikovsky nos ofrece otra pieza ceremonial de gran intensidad, y otra vez con motivo bélico-patriótico: la «Marcha Eslava» en Si bemol menor, op.31. Esta brillante pieza orquestal se refiere a episodios del año 1876, cuando una serie de revueltas contra el dominio turco sacudían la región de los Balcanes. Llevados por un sentimiento de solidaridad eslava, en especial tras la brutal represión contra la población civil en Bulgaria, los rusos demostraron su apoyo enviando incluso voluntarios a combatir junto a búlgaros y serbios. Fue la antesala de la Guerra Ruso-Turca de 1877-78.

Chaikovsky recibió el encargo de componer una marcha para un concierto a beneficio de los soldados rusos heridos. En un arrebato de entusiasmo, compuso y orquestó la marcha en sólo cinco días, utilizando en ella dos melodías serbias y el himno ruso, este último como colofón del mismo modo que en la Obertura 1812. Los tiempos indicados en la partitura son: Moderato in modo di marcia funebre - Andante molto maestoso - Allegro risoluto.

Dos grandes nombres completan la entrega: Aleksandr Borodín y Nikolái Rimsky-Kórsakov. A diferencia de Chaikovsky, no estimaban tanto el modus faciendi occidental en lo que a composición se refiere (aun cuando, a la postre, ambos adoptarían las técnicas e influencia europeas como ingredientes de su estilo). En cambio era evidente una maravillosa capacidad para crear “cuadros” entrelazados, amén de notable talento narrativo y un recurso más directo a las fuentes musicales populares.

En el breve puñado de obras maestras que nos dejó Borodín destaca el extraordinariamente sugestivo poema sinfónico «En las Estepas del Asia Central», evocación de una caravana cruzando la zona conocida entonces como Turquestán, anexionada por Rusia. Esta obra fue creada en 1880 para sumarse al jubileo de 25 años del Zar Alejandro II en 1881... planificación frustrada, como les contaba antes, por el asesinato del gobernante a sólo cinco meses del acontecimiento.

Otra página orquestal muy celebrada del eminente Borodín proviene de su última creación, la ópera Príncipe Igor; se trata, claro que sí, de las «Danzas Polovesianas», con su despliegue fascinante de exotismo y colorido orquestal (este último debido más bien a los buenos oficios de Glazúnov y Rimsky-Kórsakov, que completaron la obra luego del fulminante deceso de su amigo). En este espectacular momento Borodín sabe conjurar el elemento “bárbaro” de los polovtsianos o polovesianos (en nuestro idioma llamados Cumanos) con una maestría que sólo igualarán mucho después Jachaturián y Amirov.

El mago ruso de la instrumentación, Nikolái Rimsky-Kórsakov, cierra la entrega con dos célebres creaciones orquestales: «La Gran Pascua Rusa» op. 36, obertura sobre temas litúrgicos, y el «Capricho Español» op. 34, precisamente la obra que asentó su fama como renovador brillante de la paleta instrumental.

De la Obertura sobre la Pascua ortodoxa hemos publicado ya alguna cosa en esta página. Del «Capricho...» vale la pena recordar un episodio que retrata también el carácter del músico. Sabedor de las dificultades que planteaba a los profesores de la orquesta con su virtuoso estilo, Rimsky les dedicó la composición; y de hecho en las primeras impresiones de la partitura figuraba la nómina completa de los músicos que estrenaron esta maravillosa exhibición de talento, imaginación y dominio técnico.

carátulaDisfruten el repertorio ruso de manos de un maestro: Neeme Järvi junto a la Orquesta Sinfónica de Gotemburgo, en un registro de finales de los años 80 del siglo pasado.

Järvi estuvo al frente de la orquesta sueca durante 22 años. En esa larga titularidad supo elevar la formación a nuevas alturas, con una feliz vinculación hacia el repertorio escandinavo y eslavo del Romanticismo tardío, sin desdeñar las vanguardias. Tan exitosa colaboración atrajo el respeto y la admiración de la comunidad musical, así como respaldos financieros (Volvo) que permitieron ampliar el número de integrantes y una ilustre retahíla de grabaciones para la Deutsche Grammophon.

Neeme JärviDe esta época proviene el menú que les comparto, con una interpretación referencial de la Obertura 1812 que a la plantilla habitual suma la Banda de Bronces y el Coro de la misma orquesta, la División de Artillería de Gotemburgo, y los campanarios del puerto escandinavo. Se trató, pues, de hacer sonar la obra tan cercana como fuera posible a su concepción original. El resto de las piezas son tratadas con la misma finura y garra interpretativa que el eminente director ha hecho su sello personal. (Y si pueden, adquieran el disco para apreciar el sonido en toda su riqueza.)

D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 212 kbps | 6 tracks | JPGs | RAR 120,4 MB | 48 kHz

viernes, 15 de febrero de 2013

MUSORGSKY y BORODIN

FEBRERO traerá menos actividad al sitio ya que es el “mes vacacional” en Chile. Aun así dejaré algo para amenizar el verano. Preparé un disco de repertorio ruso con algunas páginas ampliamente conocidas de Músorgsky y Borodin: “Cuadros de una Exposición”, la “Noche en el Monte Calvo” (o “en la Árida Montaña”, según la traducción), junto a la Obertura y Danzas Polovetsianas de “El Príncipe Igor”. Todo en la interpretación de Sir Charles Mackerras y la Orquesta y Coro de la Real Filarmónica de Liverpool.

Rusia ha estado en el ojo de la atención mundial con motivo del gran meteorito que cayó estruendosamente en la región de los Urales el día de hoy. Así que la coyuntura aporta, digamos, “actualidad” a este regalo. ¡Que lo disfruten!

...aquí

mp3 | VBR ~ 220kbps | 22 tracks | .rar 100,6 MB | pw: quinoff


  • MUSORGSKY
    + Tableaux d’une Exposition (orch. Ravel)
    + Une Nuit sur le Mont Chauve
  • BORODIN
    Le Prince Igor:
    + Ouverture
    + Danses Polovtsiennes

Charles Mackerras / Royal Liverpool Choir & Orchestra

jueves, 3 de mayo de 2012

Entre Borodín y Músorgsky

Borodin

La música rusa del siglo XIX fue más que Tchaikovsky, y lo sabemos, pero la popularidad mundial que disfruta el más grande sinfonista ruso de su tiempo ha eclipsado en el extranjero a otros compatriotas, llenos de méritos pero sin igual suerte, retrasando para ellos la llegada de los laureles. No es un fenómeno extraño, y si hubo culpables, no fue el compositor. Así como Rusia no era ajena a reyertas entre sus artistas ni a la formación de bandos que operan como bandas, también el público cae a menudo en la tentación de simplificar las cosas, concentrando su interés en unos pocos nombres en vez de explorar todas las posibilidades de un estilo o de una escuela.

Pero el tiempo coloca las piezas en su lugar. Y estamos por fin todos de acuerdo en que la grandeza del arte ruso descansa sobre muchos hombros. Hoy me detengo en dos nombres que han avanzado desde la oscuridad a la gloria: el Dr. Aleksandr Borodín y el ex-oficial Modest Músorgsky. De hecho, la mayoría de los aficionados a la música los conoce. Ambos, como Tchaikovsky, tenían nobleza en su sangre, pero ambos, a diferencia de Tchaikovsky, militaban en pro de la «música nacional», vale decir, inspirada en las directas fuentes populares, negándose a occidentalizar su lenguaje para así preservar la autenticidad de su expresión. Ambos eran conocidos miembros del Grupo de los Cinco, belicoso puñado de compositores de talento desigual que había reclutado Mili Balákirev en directa oposición al más formal Conservatorio de San Petersburgo. No es que este último centro despreciara la cultura de su terruño; pero las posturas radicales desprecian los matices.

Como sea, el Dr. Borodín, médico-químico de prestigio europeo, se dedicaba muy de vez en cuando a cultivar las innegables dotes musicales que la Naturaleza le había concedido. No extrañará, pues, lo exiguo de su producción; y sin embargo se las arregló para firmar varias obras notabilísimas, entre ellas dos sinfonías completas y una tercera apenas esbozada que finalizará Glazunov, tras la muerte de su autor. Para describir su carácter me remito a palabras de Lucien Rebatet, las cuales suscribo salvo en la despectiva referencia a Mendelssohn:

Borodín poseía grandes facultades, y es una lástima que su filantropía y su vida bohemia no le permitieran explotarlas mejor. De los Cinco, fue al único al que le atrajo la música «pura» en sus dos cuartetos, sus tres sinfonías. La primera, de una elegancia aristocrática como todo cuanto tocó este descendiente de reyes caucasianos, se abandona aún un poco a las frivolidades de un Mendelssohn. La segunda, viril y amplia, mucho más «rusa», es la más bonita. Lo que conocemos de la tercera no augura inferiores méritos, pero quedó inconclusa. De su grupo, Borodin es asimismo el más natural y poéticamente melodista.

MusorgskyDe Músorgsky diremos que fue el más genial de cuantos reunió Balakirev. Su temperamento comunicativo y original se avino a la música escénica, donde descolló como autor operístico. Tuvo un notable enfoque de la lengua rusa adaptada al canto y firmó ciclos breves, pero memorables, de canciones de concierto. También escribió algunas páginas netamente sinfónicas y otras tantas para piano solista, entre las cuales sobresale la suite Cuadros de una Exposición; pero su precaria formación musical, así como la inestabilidad nerviosa y el desorden constante en que pasó sus días, mermaron la eficacia de sus esfuerzos creativos. Tras su muerte, su obra saldría a la luz gracias a otros músicos que la hicieron «presentable» para las salas de concierto. Sólo con el correr del tiempo se cayó en cuenta que la buena voluntad de estos mediadores había escondido audacias todavía más valiosas, y durante el siglo pasado se fue realizando un redescubrimiento del «auténtico» Músorgsky. Pero cuidado; el famoso óleo de Repin que retrata al compositor en el triste desaliño de sus días finales ha llevado a pensar que esa imagen a lo Rimbaud corresponde a su vida entera, y nada más falso. Músorgsky, aunque inigualable cantor del pueblo ruso, nunca renegó de su cuna aristócrata, empleaba fluidamente el francés en muchas de sus cartas, como se estilaba en su medio, y fue cuidadoso de su aspecto y su vestir.

Hoy les ofrezco la audición de obras de ambos compositores: la estupenda Segunda Sinfonía de Borodín, así como su cuadro sinfónico En las estepas del Asia central, y de su ópera El príncipe Igor: la Obertura y las Danzas Polovsianas. Completando el repertorio, dos piezas de Músorgsky: el poema sinfónico Una noche en el Monte Calvo y la Danza de las Esclavas Persas, de la ópera Jovánshina. Las batutas son ilustres: Rafael Kubelik, André Cluytens, Herbert von Karajan, William Steinberg y Constantin Silvestri, dirigiendo formaciones como la Filarmónica de Viena, la Sinfónica de Pittsburgh y la Orquesta Filarmonía de Londres.

aquí

mp3 VBR | 9 tracks | .7z 117,8 MB | Yandex

sábado, 23 de enero de 2010

KLEIBER + KLEIBER = BORODIN

tapa

Los Kleiber fueron un caso memorable de talento musical traspasado de padre a hijo. Además un talento sumamente específico (la dirección orquestal) amoldado a sus distintas mentalidades sin perder brillo. Ambos fueron auténticos genios de la batuta, plasmando su personalidad en múltiples grabaciones que hoy se cuentan entre las mejores del siglo XX.

Erich KleiberMe parece imposible (y ocioso) preferir ya sea a Kleiber padre o hijo. Ambos dominan mundos expresivos de tan acabada perfección, que la única actitud sensata es admirar la riqueza de sus interpretaciones. Y aquí está una ocasión inmejorable: este disco, casi destinado a incondicionales, los trae a ambos dirigiendo sendas versiones de la misma Sinfonía de Borodin, la famosa Segunda. Lo que en el hijo es efervescencia, tensión y claridad, en el padre es robustez, potencia y visión estructural; en ambos, Música con Mayúscula. Los años que separan a las dos grabaciones favorecen el sonido de Carlos, pero superando este desajuste estaremos en posesión de un verdadero goce.

Pueden escuchar a dos inmensos artistas en el siguiente enlace:

» MP3 | 320 kbps | info | .rar 121 MB

sábado, 31 de octubre de 2009

COROS RUSOS de ÓPERA | Orquesta y Coro del Teatro Bolshoi | A. Lazarev



Esto va para el amigo Ernesto
con la esperanza de reconfortar
sus dificultades.


¡Coros Rusos! Ese solo nombre evoca la sonoridad remota y visceral de una danza polovesiana.

El siglo del Romanticismo produjo acontecimientos angulares para la historia de la Música, entre ellos el despertar de los “nacionalismos” — ese Eureka! de identidades que se descubrían a sí mismas y que tanto renovó la cultura europea a través de nuevas voces, nuevos estilos, nuevos modos expresivos. Buena parte de los mejores músicos del Diecinueve eran nativos de regiones poco menos que inexistentes en el “mapa cultural” de un siglo atrás: Noruega, Hungría, Bohemia, Polonia, Finlandia... y Rusia.

La eclosión de los rusos fue potente. Una generación de visionarios opuso la novedad basada en lo propio —riqueza popular que hoy llamaríamos étnica— a las influencias importadas del extranjero. Las salas de concierto y los teatros fueron tomados por asalto con una imaginería fascinante, gestándose un arte que pocos años más tarde daría lecciones a las vanguardias europeas.

La ópera, logro complejo que no se consigue en todas partes, fue asimilada con rapidez; aún más, fue una ópera la que marcó el nacimiento público de la “música rusa”: Una Vida por el Zar, del “padre” Mijaíl Glinka. El género lírico acrisolaría las tendencias y los hallazgos de los compositores sucesivos, dando cabida a la fantasía (Rimsky), a la historia (Borodín), a la naturaleza humana desnudada con genialidad (Músorgsky)... Hoy les comparto una selección de episodios corales firmados por estos cuatro autores, en versión del Coro y la Orquesta Sinfónica del Teatro Bolshoi bajo la batuta de Alexandr Lazarev.

Un detalle: tras la retirada napoleónica, los franceses dejaron como botín de los Zares su escuela instrumental para vientos de metal y madera. Más tarde, el aislamiento soviético cortó cualquier otra influencia significativa sobre la concepción orquestal rusa —una de las más geniales del mundo— a cuyo temperamento expresivo lo distingue cierta “crudeza” y explosivo arrebato que no excluye la dulzura. Así nació un timbre único, adictivo para quien ha escrito estas líneas.

» COROS DE OPERAS RUSAS

WMA • 320 kbps • 148 MB

coros rusos de ópera

viernes, 8 de mayo de 2009

EL QUÍMICO QUE COMPONÍA


Aleksandr Borodín (1832-1887) fue una paradoja. Compositor de enorme potencial desaprovechado, fue capaz de desarrollar con altura una carrera científica y otra artística. Médico cirujano y químico, gozó de fama por sus descubrimientos e innovaciones, llegando a fundar una escuela de medicina para mujeres; pero su talento científico acaparó la mayoría de su tiempo, reservando sólo un limitado caudal de tardes libres a la otra mitad de su dividido corazón: hacer música. Una lástima, pues sería esto último lo que aseguraría su trascendencia.



Бородин (Borodín), genio científico y musical: la envidia del Dr. Lecter

Falleció a edad temprana —colmo de males— víctima de un fulminante ataque cardíaco; no obstante, su legado musical sigue vigente hasta hoy. Y eso no lo logra cualquier compositor. Al oír sus creaciones, sorprende recordar que sólo se dedicaba a ellas como quien cultiva un amado pasatiempo. De hecho, se ha comentado que Borodin tiene el menor producto musical con el más alto promedio de excelencia para cualquier compositor.

Así pues, y gracias a la generosidad de Gato Sierra, un apreciado amigo, comparto la integral de sus sinfonías y otras obras bajo la batuta estupenda de Gennady Rozhdestvensky. No necesitan deletrear este apellido, sólo disfrutar su calidad.

Importante: se trata de dos discos en formato FLAC, de alta calidad. Descargar los drivers desde Internet es sumamente fácil, si acaso ya no los tienen. Si sirve de ayuda, recopilaré más tarde algunas direcciones desde donde bajarlos.

Pero ahora, BORODÍN. Los dos discos, abajo.

Aleksandr Borodín:
Sinfonías 1, 2 y 3 / Petite Suite / Danzas Polovetsianas / Dos piezas vocales
Filarmónica Real de Estocolmo / Gennady Rozhdestvensky

 
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