Feliz Navidad y feliz Año Nuevo a todos los queridos amigos que visitan esta página. Para celebrar a mi estilo old-fashioned (sin remordimiento alguno, por cierto) y para no repetir, al menos por esta vez, a la socorrida familia Strauss, vayamos con uno de mis grandes favoritos, Felix Mendelssohn, y su poco conocida versión del “Magnificat”, himno de alabanza de María que registró el Evangelio de Lucas y que ha conocido espléndidas traducciones musicales.
Es indiscutible el amor que el prodigioso Mendelssohn sintió por Bach, amor que caló en él hasta el tuétano. Bien lo demuestra en esta obra sacra donde recupera —con soltura y entusiasmo— las firmas estilísticas del barroco. Es una creación temprana, escrita en 1822 cuando su autor contaba... 13 años de edad (lo de “prodigioso” no lo dije por casualidad). Constituye su primera pieza a gran escala para orquesta, coros y solistas, y anticipa su perdurable interés por este formato que años más tarde cristalizaría en oratorios y diversas piezas sacras, siempre equilibrando la influencia barroca con su personal buen gusto y su sensibilidad afín con el Romanticismo naciente.
¡Que la alegría mendelssohniana pueda comunicar a ustedes mis mejores deseos de alegría, prosperidad y, sobre todo, paz para este año! Sepan que los aprecio enormememente, y son mi continua motivación para rescatar tiempo de donde puedo a fin de mantener esta bitácora.
Felices Pascuas a todos cuantos pasan a visitar este rincón, sin importar origen, idioma ni hemisferio. Sí, la Pascua de los católicos de rito latino fue una semana atrás; no alcancé entonces publicar este saludo, así que me valgo ahora de la Pascua celebrada por el rito ortodoxo, este fin de semana.
Mi pequeña tradición personal en esta época solía ser la Obertura “Gran Pascua Rusa” de Rimsky-Korsakov, pero esta vez los invito a remontar a "los orígenes", con música vocal para esta fiesta, combinando armonías del canto litúrgico más antiguo (¿reconocen la melodía que suena arriba en el reproductor?… es la que utilizó Rimsky en su obertura) con armonizaciones posteriores. Se trata del disco Oficio ruso de Pascua que nos ofrece el Canon de San Juan Damasceno tal como aparece en un manuscrito del siglo XVII.
El conjunto a cargo de la interpretación es el extraordinario Coro del Patriarcado Ruso bajo la dirección del maestro Anatoly Grindenko(que ya apareció años atrás esta página).
Hoy Viernes Santo
les comparto una estupenda versión del aria
Zerfliesse mein Herze («Derrámate,
corazón mío»), para soprano, de la
Pasión según San Juan de Bach — la primera
pasión que escribió como Kantor oficial de Santo Tomás de
Leipzig.
Escuchemos esta página conmovedora
en aquel mismo recinto, impregado del recuerdo
del compositor. Se luce con su solo la magnífica soprano suiza
Regula Mühlemann. Bach puso a la voz femenina
junto a
un acompañamiento de particular color (dos
flautas, dos oboes da caccia, violines, viola, órgano y continuo) aquí
ofrecido por la Gewandhausorchester.
No sé si sólo me sucede a mí, pero el fraseo entrecortado de los
instrumentos
me sugiere con fuerza el sonido, hasta diría el ritmo del sollozo
ahogado, lo mismo que las ondulaciones de la melodía o ciertas notas que se
prolongan en el agudo.
Nuestro buen Bach sabía traducir a su arte todo aquello y más.
Cuéntenme si les produce el mismo efecto.
Bajo el video dejo también la traducción.
Texto original en alemán
Traducción al español
Zerfließe, mein Herze, in Fluten der Zähren Dem Höchsten zu Ehren! Erzähle der Welt und dem Himmel die Not: Dein Jesus ist tot!
Derrámate, corazón mío, en torrentes de lágrimas en honor del Altísimo. Cuéntale al mundo y al cielo tu pena: ¡tu Jesús ha muerto!
El mes va terminando y sí, he publicado poco. ¡Cuánto quisiera encontrar el tiempo y la energía para compartir con ustedes algo cada semana! Planes no me faltan ni tampoco bosquejos de publicaciones, pero “no es soplar y hacer botellas”, como dice el refrán. En fin, ¿qué tal si por ahora obviamos todo esto y prestamos oídos a Schubert? No es mala idea, ¿cierto?
Esta vez comparto un famoso lied de Franz Peter, «El pastor en la roca» (D. 965 / op. póst. 129), en Si bemol mayor, una de esas obras que añade un instrumento obligado como acompañante de la voz (en este caso, el clarinete) aparte del piano. Escrita en 1828, esta magistral pieza se cuenta entre las últimas del genio antes de su prematuro y precipitado final. Como indica la Wikipedia:
Compuesta a pedido de la soprano austríaca Anna Milder-Hauptmann (la primera Leonora de “Fidelio”, única ópera de Beethoven) bajo expreso pedido de reflejar una amplia gama emocional y consumado virtuosismo vocal, es una larga canción cercana al “aria de concierto”. Se publicó un año después de la muerte del compositor y fue estrenada por la soprano en Riga [capital de Letonia] el 10 de febrero de 1830.
Amanecer en las Montañas de los Gigantes / Caspar David Friedrich, 1810
En este Sábado santo dejo con ustedes una pieza sacra de la variedad «Lamentaciones» (referidas al Libro de las Lamentaciones atribuido al profeta Jeremías, cuyo tema es el duro destierro de los israelitas, y antaño recitadas el día sábado santo). El antiguo Oficio de Tinieblas se extendía desde el Jueves al Sábado, considerado este último un día de luto y recogimiento.
La obra de hoy fue compuesta por un español genial del Renacimiento, Cristóbal de Morales(★ Sevilla, c. 1500 — ✚ Marchena, 1553), y se basa en la Cuarta lamentación.
Texto
Zain
Sus jóvenes eran más puros que la nieve, más blancos que la leche;
sus cuerpos, más rojizos que el coral, su figura, un zafiro.
Jet
Su semblante se ha vuelto más oscuro que el hollín, no se los reconoce por las calles;
tienen la piel pegada a los huesos, reseca como madera.
Tet
Fueron más dichosos los muertos por la espada, que los muertos por el hambre:
aquéllos se desangraron, traspasados; éstos, por falta de frutos en los campos.
Jerusalén, Jerusalén ¡vuélvete al Señor, tu Dios!
Dejo más abajo dos interpretaciones, una de ellas con acompañamiento instrumental y la otra netamente a capela. Ambas aproximaciones ofrecen sus méritos así que, ¡por qué no quedarse con las dos!
Que tengan un día sereno, a buen resguardo de pandemias y otros peligros actuales.
Agridulce ha resultado para la Música
la despedida del corriente mes, saludado en Europa como
“abril, flores mil”… pero flores que ahora se repartieron entre
tumbas y festejos. Las flores luctuosas fueron para la grandísima mezzo
Christa Ludwig, monumento al canto lírico que
brilló en la segunda mitad del siglo pasado y falleció con longevos 93 años
el pasado 24 de abril en Klosterneuburg, Austria. Los amantes de la música
recordaremos siempre su especial vínculo con el repertorio germano y sus
interpretaciones de Mozart, Beethoven, Wagner, Mahler y Strauss. Me
consuelan las palabras de una querida amiga soprano que, comentando esta
despedida, me dijo “es muy triste, pero su legado será eterno”.
Eternamente… es la última palabra de una de las grandes obras
mahlerianas que Ludwig abordó: La Canción de la Tierra. De allí les
comparto esos compases finales en una gran interpretación en conjunto con
Leonard Bernstein y la Filarmónica de Israel:
¿A dónde voy? Voy a errar por las montañas.
Busco la tranquilidad para mi corazón solitario.
Hago camino hacia la patria, hacia mi hogar.
Ya nunca más vagaré en la lejanía.
Mi corazón está tranquilo y espera su hora.
¡La querida tierra florece por todas partes en primavera
y se llena de verdor nuevamente!
¡Por todas partes y eternamente resplandece de azul la lejanía!
Eternamente... eternamente...
Y por otra parte, hoy 29 de abril el director indio Zubin Mehta ha
celebrado 85 años de vida. Daniel Barenboim, colega y amigo, le ha dedicado
un concierto de homenaje con la Orquesta Estatal de Berlín, en el teatro de
Ópera Unter den Linden, con obras de Beethoven y Schubert que
pueden escuchar
pinchando este link.
Por mi parte, les comparto en el reproductor más abajo el homenaje de
bienvenida que hace pocos años le brindara la Filarmónica de Israel a Mehta
cuando regresó a su último período encabezando dicha formación:
Johannes Brahms / imagen mejorada por mi
amigo Carlos Suazo
Un 3 de abril de 1897, sábado,
falleció en Viena
Johannes Brahms, víctima de cáncer al hígado. Tenía 63 años.
Muchos consideran que su muerte cierra todo un ciclo de la música: con él se
despiden los antiguos linajes artísticos que remontan a Bach, Schütz o aun
antes, cultores de un artesanato que abarcaba lo cotidiano y lo sublime; en
adelante, la música alemana seguiría principalmente la grandilocuencia de
Wagner y llegaría a los límites de la tonalidad, hasta romper con todo en la
revolución de Schönberg mientras el antiguo mundo europeo se venía abajo con
cruentas guerras mundiales.
Hay quien dice que la melancolía otoñal presente en la música de
Brahms era un claro anticipo de ese final. Lo cierto es que para él
ningún final ha llegado: su música sigue vigente e influyente, cautivando
con su particular equilibrio de potencia casi áspera aliada a momentos de
delicadeza y genuina ternura.
Así pues, amigos, hoy les invito a escuchar música del barbudo maestro de Hamburgo y evocar
la famosa divisa de la música germana: Bach, Beethoven… y
Brahms.
Arriba, una prueba de vigencia: durante la primera ola de la pandemia en
Europa, el año pasado, la talentosa mezzo Adèle Charvet encontraba consuelo en
la música de Brahms
La música es ingrediente sine qua non de los festejos navideños. Un repertorio inmarchitable que vuelve cada año para alimentar la expansividad de los sentimientos, la intimidad contemplativa, el regocijo festivo o la solemne confesión de fe. Todo eso y más son los villancicos, Weihnachstlieder, aguinaldos, carols o como se llame a estas canciones en cada rincón del ancho mundo.
Dice un viejo dicho que “la Navidad es de los niños” — y eso destaca la alegría inocente, sin complicaciones ni doblez, que se irradia en esta época. Tal vez por eso una de las piezas navideñas de corte clásico que viene muy bien en estas fechas sea un arreglo, creado por el músico ítalo-americano Steven Mercurio, a partir de un wiegenlied —canción de cuna— del incomparable Schubert. Ha sido un éxito desde su aparición en el disco Sacred Arias del popular tenor Andrea Bocelli en 1998. Me refiero a Mille Cherubini in Coro para tenor, coro femenino y orquesta.
Mercurio demostró ser un inspirado arreglista al engarzar dos joyas distintas de Schubert —una melodía de la suite de Ballet nº 1 de Rosamunde que se amalgama perfectamente con el Wiegenlied D 498— las cuales funcionan como una sola creación, orgánica y fluida.
¡Con esta hermosa y breve pieza les deseo una muy feliz Navidad 2020!
Primavera en Gościeradz — Leon Wyczółkowski (1933)
NOTA: Al despedir Noviembre, mes que conmemora a los difuntos, me ha parecido oportuno echar una mirada a grandes nombres que debimos despedir el año pasado y que luego, con la pandemia de coronavirus, su acelerada expansión y la posterior clausura de todas las actividades culturales de Occidente por mor de la salud pública, quedaron privados de merecidos homenajes. Así, he querido sencillamente colgar algún registro representativo de cada artista que partió el año pasado, justo antes que el mundo se confinara.
2019 resultó un año de despedidas dolorosas. Si la música popular tuvo que decir adiós a Marie Fredriksson (vocalista de Roxette), Doris Day, José José, Alberto Cortez, Camilo Sesto o João Gilberto, la clásica perdió, entre otros, a André Previn, Paul Badura-Skoda, Theo Adam, Peter Schreier, Michael Gelen, Jörg Demus, Anner Bylsma, Jessye Norman, Werner Andreas Albert, Raymond Leppard, Mariss Jansons (que hoy 30 de noviembre cumple un año desde su partida…) etc.
A modo de despedida y homenaje, revisemos el legado de los Artistas que dejaron este mundo pero se ganaron la inmortalidad, y nuestros corazones, por las vías del Arte:
Jessye Norman
★ Augusta, 15 Sept. 1945 — ✚ Nueva York, 30 Sept. 2019
Peter Schreier
★ Meißen, 29 Jul. 1935 — ✚ Dresde, 25 Dic. 2019
Theo Adam
★ Dresde, 1 Ago. 1926 — ✚ ídem., 10 Ene. 2019
André Previn
★ Berlín, 6 Abr. 1929 — ✚ Nueva York, 28 Feb. 2019
Como cada Navidad, este año hice una playlist con música propia de la época para escuchar durante mis trayectos: villancicos de muchos países, conciertos, coros de oratorios, piezas instrumentales. Y como cada Navidad, las canciones alemanas tradicionales —las que más me gustan, por cierto— quise oírlas en la misma voz que he admirado por tanto tiempo: la del gran Peter Schreier. El 26 de diciembre me enteré que ésta había sido la última Navidad con Schreier entre nosotros, los meros humanos: el miércoles 25, a los 84 años, uno de los mejores tenores del siglo XX fallecía a causa de la enfermedad que había arrastrado por bastante tiempo.
Si bien fue una estrella operística de talla mundial, para mí Peter Schreier(★ Meißen, 29 Jul. 1935 — ✚ Dresde, 25 Dic. 2019) había sido la voz de los oratorios y del lied; el Evangelista definitivo en las obras sacras de Bach, de Schütz, el intérprete genial de las arias solistas de ese repertorio, el liederista conmovedor que se codeaba como un igual con Fischer-Dieskau y Wunderlich.
Al despedir al genial tenor, cuyo timbre inconfundible siempre perdurará en mi soundtrack personal, me sucede lo mismo que les contaba cuando falleció Fischer-Dieskau, es decir, siento que he perdido un amigo al que conocía bien. Esa es la trascendencia de los verdaderos artistas: salvar cualquier distancia con el auditor y comunicar su arte con facilidad suprema.
En tanto preparo algo más suculento para recordar a Schreier, les dejo hoy un regalo modesto: seis villancicos alemanes (Weihnachtslieder) que seleccioné para oír este año, sin saber que la voz de mi amigo se apagaría en este mundo y comenzaría a sonar en la eternidad.
Gustav Mahler en el estreno austríaco de «Salomé», ópera de Richard Strauss (1906)
Un inusual repertorio navideño fue propuesto por Eurovisión para conciertos ofrecidos a lo largo de la década 1977-1987. Conciertos grabados en vivo por Radio Nederland con la majestuosa Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam y su director titular, Bernard Haitink, interpretando sinfonías y lieder orquestales de Gustav Mahler.
La calidad de la toma de sonido es intachable, capturando cierta espontaneidad de Haitink en este repertorio que supera (en mi opinión) a sus versiones de estudio.
Aquí les dejo pues, como regalo de Navidad, una selección de esos conciertos:
Las Kerstmatinees (Matinés navideñas) incluyeron las 9 sinfonías de Mahler —repartidas a lo largo de los años, como dijimos— y dos ciclos de lieder orquestales. Las grabaciones corrieron por cuenta de Radio Nederland, que realizó un trabajo memorable. Los discos fueron editados por el sello Philips para el mercado holandés. Extraña que estas joyas no se hayan reeditado aún (que yo sepa).
En esta ocasión les ofrezco las Sinfonías nº 5 en Do sostenido menor y nº 7 en Mi menor «Canción de la Noche», junto a las Canciones del Camarada Errante y cuatro canciones del Cuerno Mágico de la Juventud, en voz del barítono inglés Benjamin Luxon.
Sé que he dejado un poco de lado esta querida página y créanme, no ha sido cosa voluntaria, sino sólo suprema escasez de tiempo. Los proyectos de temas o de discos para generar contenido siguen ahí, dando vueltas en mi cabeza, pero necesito algo de calma y distancia para sentarme a redactar. En tanto no disponga de lo suficiente, debo dejar las cosas en las mejores manos, las de Bach. Como la última entrada ha sido una sentida aria para contralto en Semana Santa... volvamos a un aria de contralto, esta vez de la Cantata BMV 24. Una preciosidad que les animo a escuchar tantas veces como gusten:
Para despedir el Sábado Santo
dejo una interpretación absolutamente MEMORABLE del aria
Erbarme dich, para contralto y violín, de la
Pasión según San Mateo de Bach — acaso la más monumental obra sacra
compuesta en Occidente, con permiso de otras cuatro o cinco cúspides
creativas repartidas en cinco siglos.
La compenetración de la contralto Julia Hamari es nada menos que perfecta, y
su versión es la más conmovedora que he escuchado hasta hoy.
“—Qué pacífica sería la vida sin amor, Adso.
Qué segura. Qué tranquila... y qué aburrida.” (Fray William de Baskerville en “El Nombre de la Rosa”)
Ha pasado un tiempo desde mi última entrada en esta página. El tiempo se me ha vuelto un bien escaso; pero no equivale a olvido. Esta visita breve la dedicaré a una canción isabelina (Renacimiento inglés) que me conquistó cuando la conocí, gracias a la mediación inesperada de Sting en cierto famoso disco que dedicó a John Dowland.
Pero la canción no es de Dowland sino de Robert Johnson(* c.1583 — † c.1633). Sting decidió incluirla por su calidad, y aquello fue un acierto.
Have you seen the bright lily grow? es una canción de amor impregnada de nostalgia. La bella melodía se dedica a resaltar el texto… y aquí es donde se apoya mi fascinación por esta pieza.
Supongo que todos habremos sentido esa emoción trascendental, el amor, no de manera abstracta sino encarnada en alguien que nos haya robado el corazón. Bendición temible... Quedamos expuestos, inermes, a pesar de cuanto hagamos; y el destino tiene sus jugarretas. Cualquiera sea el curso que sigan los acontecimientos, todo aquello puede originar canciones inmortales porque, sin importar lugar o época, el amor es una de nuestras grandes constantes.
En este caso de hoy, la canción emplea uno de los recursos expresivos más perdurables: la comparación. El poeta intenta comunicarnos el deslumbramiento que siente ante la mujer que lo cautiva, y para eso enumera imágenes que, cada una a su modo, suponen una sorpresa o un instante de gracia:
“¿Has visto crecer un lirio radiante, antes que manos toscas lo hayan arrancado?
¿Has notado la nieve al caer, antes que la tierra la haya manchado?
¿Has palpado la lana del castor o las plumas del cisne?
¿Has respirado la fragancia del nardo en el fuego, o probado el sabor de la miel?
¡Oh!, tan blanca, tan suave, tan dulce: ¡así es ella!”
Esa última frase, que nos revela el sentido de todo lo mencionado previamente, está cantada en un ascenso que culmina en una nota que parece interminable, para, tras una pausa fugaz, resolver en la palabra she (ella)... Incomparable. Una de mis canciones favoritas, porque su edad de 400 años no es importante. Importa, sí, que refleja hoy como entonces, con total actualidad, lo más hermoso que otorga el amor: el deslumbramiento, el hallazgo de alguien único. Como un destello de luz en un mundo generalmente opaco.
Mágica interpretación de Valeria Mignaco y Alfonso Marín (Lutevoice)
Escultura de San Pablo Apóstol en la Basílica de San Pedro, Vaticano
Abordemos la temática sagrada que la época amerita. En esta ocasión les propongo el Oratorio “Paulus”, op. 36, del insigne Félix Mendelssohn(* Hamburgo, 3 Feb. 1809 — † Leipzig, 4 Nov. 1847).
La fe de los románticos
La espiritualidad del Romanticismo no se avino con fronteras teológicas, como era de esperarse, pero sí demostró una particular sensibilidad ante la noción de Misterio. Aflora unas veces como místico deslumbramiento ante el Cosmos, guardando distancias con la precisión teológica —antecedente claro asoma en los oratorios de Haydn, en especial La Creación—.
Otras veces prolonga esa especie de “humanismo trascendente” que vibra con tanta fuerza en obras de Beethoven —Novena Sinfonía, Missa Solemnis— y en donde la concepción de lo divino se emancipa de un credo específico, o incluso, como en su mejor heredero, el Réquiem Alemán de Brahms, se evita cuidadosamente. El ansia liberadora que pugna en los artistas del período escapa también de marcos litúrgicos —como en la desmesurada Gran Misa de los Muertos del no menos desmesurado Berlioz— convirtiendo oficios religiosos en verdaderos conciertos —la citada Missa Solemnis, la Misa Húngara de la Coronación, de Liszt, el Te Deum de Berlioz, la Misa ‘Freischütz’ de Weber, que reelabora melodías de su popular ópera, entre otros ejemplos—, mezclando lo sacro, lo profano y lo legendario o hasta representando el sentimiento religioso por medios puramente instrumentales, como hizo Schumann en el cuarto movimiento de su Sinfonía nº 3, inspirado por la Catedral de Colonia.
Por su parte, Mendelssohn tuvo la rara capacidad de “innovar a partir del pasado”. A su facilidad para conjurar el mundo feérico, a su elegancia y su fluidez melódica, Mendelssohn añadía vínculos de admiración profunda hacia Johann Sebastian Bach. Su maestro, Carl Zelter, tuvo mucho que ver; pero también influía la muy reciente conversión de la familia al protestantismo, una decisión pragmática con miras a sacudirse los prejuicios asentados contra los judíos y ocupar un sitio en la élite alemana. Por lo mismo, los Mendelssohn nutrieron los vínculos con la identidad religiosa de su país de adopción. Y la música sacra de Bach es un hito absoluto de tal repertorio.
Felix Mendelssohn, en consecuencia, creó obras de inconfundible carácter romántico que también guardan reverencia por las formas y la tradición. Su portentoso talento logra brillar pese al corsé del convencionalismo. Nos legó dos Oratorios, el primero de ellos sobre un judío converso, nada menos: Saulo de Tarso, más tarde venerado por los cristianos como San Pablo Apóstol.
El oratorio Paulus, op. 36, es la obra que les invito a escuchar en esta ocasión. Sus intérpretes: Gundula Janowitz, Rosemarie Lang, Hans Peter Blochwitz, Theo Adam, Gothart Stier, Hermann Christian Polster, el coro de la Radiodifusión, el coro de niños y la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig, todos dirigidos por Kurt Masur.
La maravillosa aria «Jerusalem, Jerusalem, die du tötest die Propheten», sólo una muestra de la hondura y belleza que podía alcanzar Mendelssohn
Dormitorio en la casa natal de Johann Sebastian Bach / Eisenach
333 años se cumplieron del nacimiento de uno de los compositores más grandes de la Historia (y habrá quien pueda argumentar buenas razones para concederle el podio supremo). Aunque uno pueda ser “devoto de otros altares” en la música, al final todos los caminos vuelven a Bach. Condensó la tradición precedente, la reformuló y sentó la base de todo lo que se hizo después; así de tremendo es su legado. Para mí sigue siendo una aventura de descubrimiento (no domino la obra integral de Bach... ¡cómo podría!) que siempre depara hallazgos. Considerando que la meta de su esfuerzo creativo fue nada menos que Dios, se comprende mejor que, de algún modo, su producción tenga esas misteriosas cualidades de intemporalidad e infinitud.
Para recordar al inmortal maestro de Eisenach, les comparto el video en que Magdalena Kozená canta un aria de la Cantata 30, recreando un episodio imaginario (que todo músico habrá soñado alguna vez...).
Europa atravesaba un cambio de paradigmas en el tránsito del siglo XVIII al XIX, y Beethoven fue el gran artista de ese momento.
Inspirador del Romanticismo, empero no fue un romántico. Hijo del Siglo de las Luces, tampoco fue un clásico de pura cepa. Integra parcialmente la tríada del clasicismo vienés junto a Mozart y Haydn; no obstante, tuvo la persistente audacia de desafiar los cánones “sagrados”.
Su “domicilio estético” aúna elementos de ambos estilos: es un particular acuerdo entre la libertad y el dominio formal, entre el arrebato de emociones impetuosas y un férreo control de la manera en que dichas emociones se han de expresar. Batallaba con tenacidad (como delatan sus borradores) puliendo la forma musical, concepto que será descuidado por la mayoría de los románticos. Además, a diferencia de éstos, el Sordo no quiso convertir la música en un mero confesionario emotivo, sino en vehículo de expresión para ideales que pudieran elevar a la humanidad.
Por esta alquimia tan única, el nombre de Beethoven despertó en su momento malentendidos, reticencia, incluso antipatía. Goethe, por ejemplo, otro monumento de la cultura alemana, era reacio al aplauso cuando se trataba del compositor; no dudaba de su genio, pero no sabía cómo interpretarlo. Otro ejemplo lo ofrece el zig-zag de la Novena Sinfonía: verdadera revolución de su género, fue recibida exitosamente en su estreno vienés... para luego ser evitada durante años como cosa rara. Hubo que esperar a la llegada de un Berlioz y un Wagner para descubrir al público la trascendencia de la composición.
A Beethoven le daba igual: su audacia no dejó de crecer jamás. Baste recordar la “Gran Fuga” que culminaba originalmente el Cuarteto nº 13 en Si bemol para asombrarse del poco caso que el compositor hacía de las convenciones de su tiempo.
Para qué están los amigos...
Aunque la propuesta beethoveniana causara estas reacciones, tampoco se puede discutir su popularidad. El genio tomó por asalto no sólo a la sociedad vienesa sino a su propia época. Buena parte de su fama la debía a su impresionante calidad como pianista e improvisador, cierto, pero un halo legendario, muy al gusto del momento, lo había acompañado desde su mismo arribo a la capital austríaca. Y a medida que nuevas generaciones fueron apareciendo en escena, Beethoven fue encontrando un eco mayúsculo. Su figura fue admirada por compositores contemporáneos (Méhul, Boïeldieu, Hummel, Cherubini...) y venerada por los sucesivos (Ries, Schubert, Paganini, Mendelssohn, Liszt...).
Sobre todo estos últimos sintieron la necesidad de desafiar la incomprensión que todavía experimentaba la obra de su ídolo y echar abajo las puertas cerradas.
Mendelssohn solía tocar el piano para Goethe. A veces introducía en su repertorio la música de Beethoven sin previo aviso, para forzar amistosamente la reticencia del anciano genio contra el compositor.
Cierto compositor muy poco conocido en el ámbito latino pero todavía vigente en la cultura alemana es Friedrich Silcher (1789-1860). Su principal legado lo dejó en el ámbito de la canción popular. Hasta hoy se cantan los arreglos que hizo de temas y poesías folklóricas como “Lorelei”, “Am Brunnen vor dem Tore” o “Yo tenía un camarada”. Amigos de Beethoven fueron maestros de Silcher, como Kreutzer y Hummel. Es seguro que compartía con ellos la admiración al gran compositor de Bonn. La mejor prueba es la colección de canciones que creó a partir de música beethoveniana, para atraer así la atención del público hacia esas creaciones.
En 1971 el barítono Hermann Prey y el pianista Leonard Hokanson grabaron para el sello Archiv un LP con estos arreglos de Silcher. La correspondencia entre la canción y su origen es como sigue:
Título
Origen de la Melodía
Das Auge der Geliebten
Sonata para piano Op.13 “Patética”
An die Nacht
Sonata para piano Op.57
Sehnsucht
Sonata para piano Op.2, mov. nº1
Wiedersehen
Sonata para piano Op.2, mov. nº3
Frage
Sinfonía nº2
Durch dich so selig
Sinfonía nº5
Umwölkter Himmel
Sonata para piano Op.90
Lächelt, ihr Sterne, ewig mir
Sonata para piano Op.2, mov. nº2
Sehnsucht
Sonata para piano Op.26
Gruss der Seelen
Sonata para piano Op.30, mov. nº2
An sie
Andante favori
Gesang der Peri’s
Sinfonía nº7
Estas piezas son servidas por dos músicos excepcionales en un registro que no sé si habrá sido reeditado. Es una rara joya que vale mucho la pena conocer, demostrando que estos homenajes de Silcher son todo, menos una chapuza. Revelan el dinamismo de una época de “cambio de mareas” en la música occidental, de qué modo las nuevas sensibilidades se abrían camino en cada estrato de la producción artística, en este caso la llamada canción culta, y cómo una concordancia de sensibilidad, jalonada por la admiración, pudo obrar una genuina “unificación alemana” en el arte (y por ende en los corazones) mucho antes de que pudiera conseguirlo la política.
Además, es seguro que estas páginas habrán obligado a más de alguno a preguntarse cómo pudieron vivir hasta ese momento sin saber de Ludwig van Beethoven...