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jueves, 6 de febrero de 2025

Feliz Cumpleaños, maestro ARRAU


Un día como hoy hace 122 años nacía el mayor pianista de la historia de Chile, Claudio Arrau León (1903-1991). Artista sensacional, considerado uno de los más grandes intérpretes de su instrumento en el siglo pasado, me inspira también un peculiar cariño.

Para valorarlo con justicia, cabe un certero comentario del crítico David Hurwitz: “Arrau no era ‘un pianista’, era un gran músico que tocaba el piano. A su memoria dedico este homenaje junto a un puñado de registros inolvidables en la playlist que encontrarán más abajo.

Disfrútenlo, amigos y amigas.

Una selección de interpretaciones del gran Claudio Arrau incluyendo obras de Chopin, Beethoven, Bach, Schubert, Brahms y Stravinsky

viernes, 24 de diciembre de 2021

Muy feliz Navidad (¡con muchos bises!)

Haitink Interior de Navidad / Max Rimböck, 1952

Queridos amigos de esta página, les deseo una muy feliz Navidad en compañía de sus seres queridos. Que los inconfundibles acentos de esta época mágica y conmovedora les permita un momento de paz y respiro en épocas tan arduas como las que vivimos desde hace ya dos años.

Piensen por un momento que esta página es vuestro árbol navideño, y si miran con cuidado encontrarán... claro que sí, el regalo que aquí les dejo: un disco titulado BIS y que consiste precisamente en eso, las “propinas musicales”, encores regaladas por grandísimos artistas durante las Semanas Musicales de Ascona, Italia.

Encontrarán nombres tan venerados como Claudio Arrau, Maurice André, Wilhelm Kempff, Nathan Milstein, Nikita Magaloff… etc. etc. El sonido es de otra época, mediados del siglo XX, pero con la ventaja de ser todas interpretaciones tomadas en vivo, con esa sensación de vitalidad y expresidad que distingue a los artistas cuando reaccionan frente al público en la misma sala.

Disfruten esta pequeña colección de maravillas:

D E S C A R G A

MP3 CBR 256 kbps 48 kHz | 22 Tracks | .7z 141,9 MB

jueves, 1 de marzo de 2018

Feliz cumpleaños Monsieur CHOPIN

ChopinRetrato de Fréderic Chopin / óleo sobre lienzo de Ary Scheffer

208 años desde el nacimiento de Fryderyk Franciszek Chopin, al que conocemos mejor en la versión francesa de su nombre: Frédéric.

Maestro de la música para piano, este compositor polaco-francés no ha conocido nunca el olvido, sin importar lo mucho que hayan cambiado gustos y estéticas musicales en dos siglos.

Su refinamiento expresivo, su extraordinario y audaz talento para la armonía y su estupendo don melódico han causado admiración tanto en el público como también –y eso ya es más difícil– en sus colegas. Chopin es uno de esos pocos casos de creadores cuyo estilo esencial perdura intacto desde el principio hasta el final de su producción, como si desde un comienzo tuviera muy clara idea de la música que iba a crear.

Fue vanguardista en su momento, como correspondía a un romántico; pero a la vez un devoto admirador de Bach que conocía de memoria gran parte de la obra para teclado de este último. Su famosa serie de Preludios en los 24 tonos homenajea la colección que creara mucho antes el genio barroco bajo el mismo argumento.

Hay constancia de que Chopin heredó el talento pedagógico de su padre, llegando a ser un estupendo maestro; pero sus vínculos con los salones parisinos pulieron su ingenio, que lucía en comentarios tan elegantes como viperinos. A su favor hay que decir que las observaciones sobre sus colegas solían ser ciertas...

Con Chopin, el piano logró una expresividad avasalladora y revolucionaria combinada con un lirismo confesional; un triunfo que prácticamente nadie alcanzó antes salvo Beethoven (y con el perdón de Schumann). Como los grandes, el polaco supo encontrar el difícil equilibrio entre fondo y forma: su romántica vehemencia emocional no era ajena a un meticuloso control, evitando siempre el derroche inútil o el exhibicionismo vacuo.

Saludemos a uno de los maestros incontestables del piano oyendo uno de sus Nocturnos en la inimitable versión del gran Claudio Arrau:

lunes, 6 de febrero de 2017

Los Inolvidables :: CLAUDIO ARRAU

Arrau en el Municipal Claudio Arrau ovacionado en el Teatro Municipal de Santiago (1984)

Hoy toca recordar a don Claudio Arrau León, el pianista más prodigioso que saliera de tierra chilena (con la excepción de Rosita Renard) y uno de los maestros definitivos de su instrumento en el siglo XX.

Inolvidable, formidable, Arrau nació el 6 de febrero de 1903 en Chillán (Chile). Emprendió a muy corta edad, bajo la guía de su madre viuda, el aprendizaje del piano, en donde deslumbró como prodigio desde los cinco años en su primer recital público. El gobierno chileno le concedió una beca que le permitió estudiar en el Conservatorio Stern, de Berlín, con un discípulo del propio Liszt, Martin Krause. Ahí tuvo su inicio la brillante carrera internacional del maestro.

Arrau había vivido ya una existencia entera lejos de su país —contaba 81 años— cuando por fin regresó al polarizado Chile de 1984. Yo tenía sólo 10 años entonces pero la gira del maestro, bien cubierta por la prensa, me impactó. Eso, y su interpretación del Concierto para piano nº 1 de Brahms en el Teatro Municipal de Santiago, acompañado por la Filarmónica de Chile bajo la dirección de Juan Pablo Izquierdo. Quizá ahí empezó mi devoción personal por este concierto y por Brahms; a Arrau ya lo admiraba de antes, gracias a mi profesora de piano. Entre tantos detalles recuerdo que esa noche del concierto, con la vista clavada en el televisor, me parecía reveladora la forma que tenía Arrau de deslizar las manos sobre el teclado, como quien lo acaricia. Resulta un poco extraño constatar que el gran artista cuyo concierto marcó mi infancia fuera un anciano intérprete clásico, pero bueno, el arte no sabe de edades ni de convenciones.

El video que incluyo más abajo registra la parte final de dicho concierto, seguido por la aclamación del público. Las palmas fervorosas emocionaron muchísimo a Arrau, que sintió ese reconocimiento como una consagración definitiva. ¡Vaya humildad de un gigante!

jueves, 9 de junio de 2016

25 años sin Arrau

schumann
Un 9 de junio como hoy hace 25 años, perdimos al maestro Claudio Arrau. Un verdadero gigante entre los intérpretes del siglo XX, heredero de Liszt a través de su maestro Martin Krausse, devino en traductor privilegiado de los grandes clásicos alemanes (Schubert, Mozart, Beethoven, Brahms, incluso Bach) y también de Liszt o Chopin con un sonido y una elocuencia que a menudo estremece al oyente (sí, tal es mi caso).

No podría olvidar en esta página a quien fuera mi verdadero ídolo musical en la temprana adolescencia, y con el tiempo una figura de referencia inalterable. Afortunadamente su arte y también sus entrevistas han llegado a la Web, y con una de ellas quiero recordarlo; pinchen el video más abajo, no tiene desperdicio:

lunes, 9 de febrero de 2015

CLAUDIO ARRAU interpreta música de BACH

Claudio Arrau
 BACH: »Praeludium« de la Partita n° 1 en Si bemol

Días atrás se cumplió otro aniversario del nacimiento de Claudio Arrau (* Chillán, Chile, 6 Feb. 1903 — † Mürzzuschlag, Austria, 9 Jun. 1991) que merece un buen recuerdo. El genial pianista chillanejo deslumbró siempre con el profundo vínculo interpretativo que lo unió al repertorio romántico austrogermano. No es extraño, ya que por vía de su maestro Martin Krause, Arrau fue vástago legítimo de la escuela alemana fundada por Franz Liszt. Tanto, que este último compositor encontró en el imprevisto heredero latinoamericano a uno de sus traductores privilegiados.

Pero en sus años mozos Arrau había ejercido también como colosal campeón de la música de Bach (ofreció la integral de su obra para teclado en maratónicos conciertos durante los años 30, los cuales cimentaron su fama europea). Luego abandonó voluntariamente ese nicho alegando que el piano moderno traicionaba las necesidades propias de la música barroca, opinión que mantuvo prácticamente el resto de su vida. Casi. Porque en los años finales tuvo una afortunada retractación. Las “paces” con Bach quedaron plasmadas en las grabaciones que estaba realizando para Philips cuando lo sorprendió la muerte.

carátulaLes comparto uno de los siete volúmenes de la Colección Arrau: The Last Sessions, recopilación del último proyecto en que estuvo involucrado el maestro chileno. La colección entera es un tesoro y les recomiendo, tanto como puedan, adquirirla.

En este volumen íntegramente dedicado a Bach podremos disfrutar las Partitas número 1 y número 2 para teclado. Arrau recupera su larga amistad con el creador barroco en un enfoque muy propio, sin obligarse a tempos rápidos, antes bien, asumiendo la velocidad que él considera adecuada para beneficiar la música y su mensaje. No es «romantizar» a Bach, sino tratarlo con la honestidad de un artista superior que eligió caminar a distancia del historicismo estricto, más ocupado de ese antiguo afán por hallar justamente lo que la partitura sólo sabe sugerir y el intérprete debe encontrar.

¡Disfruten este disco en el enlace inferior!:

» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 192 kbps | 12 tracks | RAR 73,5 MB | Yandex.ru

Brueghel el ViejoEl retorno de los cazadores (1565) / Pieter Brueghel el Viejo

viernes, 19 de octubre de 2012

BEETHOVEN según ARRAU


»Beethoven tocando para sus admiradores«, estudio de retrato por A. Grafle / El gran compositor dominó todos los recursos del teclado, empujando el desarrollo de la escritura pianística tanto como del instrumento mismo, dado su incesante afán por expandir su sonoridad y contundencia / En la lista de reproducción pueden elegir las interpretaciones de Arrau que quieran oír, de las cuales recomiendo el movimiento final de la »Appassionata«, estremecedor

Arrau y Beethoven fueron dos apellidos muy asociados en la interpretación pianística durante el siglo pasado. Claro está, y lo recalcamos, que garantizar un intérprete absoluto del genio alemán resulta prácticamente imposible, y no es mi ánimo quebrar lanzas en ese sentido —las preferencias varían y el tiempo trae siempre nuevas influencias— sino recordar algunas de las grandes versiones ofrecidas por el chileno en este repertorio, donde siempre se movió a sus anchas.

Arrau buscaba de manera muy metódica imbuirse con el «clima cultural» que rodeaba una obra, consciente de que toda creación artística es hija del contexto tanto como de la originalidad. Para Arrau, decir Beethoven era decir Schiller, era decir Napoleón, era decir Revolución versus Restauración, etc. Este enjambre de influencias sobre el compositor alemán queda registrado sobre todo en su producción dedicada al teclado. Pianista descollante él mismo, considerado por todos el mejor de Viena, encontró en ese instrumento el escenario más cómodo para ensayar las ideas que brotaron de su imaginación a lo largo de su vida. Pues, aunque la sordera lo obligara a abandonar su carrera como concertista, nunca lo separó del papel pautado.

Las sonatas beethovenianas ofrecen inagotables posibilidades de lectura. Las ideas bullen con una pujanza que a duras penas se sujeta a las barras de compás, y pide del músico un compromiso absoluto, tanto emocional como mental. Justamente esa implicación profunda fue una de las grandes virtudes de Arrau en su papel de intérprete. Hoy les ofrezco un disco que contiene tres de las sonatas más conocidas de Beethoven: la Patética, la Appassionata y la Claro de Luna. Versiones de inmenso valor todas ellas, pero especialmente en el caso de la Appasionata, de estremecedora expresividad.
...aquí

mp3 | VBR ~ 220kbps | 9 tracks | .rar 100,5 MB | scans |  uploading.com

  • LUDWIG VAN BEETHOVEN:
    Sonatas para piano nº 8 en Do menor, «Patética» / nº 23 en Fa menor, «Appassionata» / nº 14 en Do sostenido menor, «Claro de Luna»
  • CLAUDIO ARRAU, piano

    miércoles, 10 de octubre de 2012

    CHOPIN según ARRAU

    Arrau

    Claudio Arrau se sitúa cómodamente entre los máximos intérpretes del teclado durante el siglo pasado. Se alabó su rigor frente a la partitura, su sensibilidad para los matices, su sonido único, inconfundible, su desinterés por el alarde fácil de virtuosismo y, en cambio, su anhelo por comunicar la vida íntima que el compositor reflejó a través de las notas.

    Precisamente este aspecto, la vida interior, digamos así, de la música es quizá lo que más me fascinó siempre de Don Claudio. Y particularmente en el caso de Fryderyk Chopin, del cual fue soberano intérprete. Las complejidades del compositor polaco-francés, su fina sensibilidad (que no sensiblería) mezclada con fogoso ímpetu (eso que Schumann denominó “cañones ocultos entre flores”), el equilibrio entre técnica y musicalidad que ostentan sus obras, requieren mucho más que simple prestidigitación. Y Arrau lo consigue. Deja hablar a la música. Deja aflorar a Chopin, la inspiración de este genio tuberculoso, epítome del Romanticismo y uno de los responsables de convertir al piano en el instrumento dominante de la música clásica.

    Comparto hoy un registro del sello Philips que reúne interpretaciones del legendario pianista chileno en los años setenta del siglo pasado. Ahí están presentes algunas de las obras más conocidas del creador polaco, como el Vals núm. 7, en Do sostenido menor, el Nocturno núm. 2 en Mi bemol o la soberbia “Fantasía-Impromptu” en Do sostenido menor, aparte de la imponente Fantasía en Fa menor, en que el piano es explorado a nivel casi sinfónico. Como las obras abarcan todas las etapas creativas de Chopin, se podrá apreciar cómo el talento melódico y su maestría armónica se incrementan con los años... sin que, pese a la madurez, el estilo cambie demasiado. Chopin fue un caso excepcional: su estilo es único (prácticamente no tiene antecedentes directos) por mucho que tome buena nota de las influencias de su tiempo, y a la vez, quizá por eso mismo, no hizo sino profundizar en sí mismo, sin enajenarse jamás.

    Disfruten queridos amigos y amigas este disco excepcional, que para mí significó, en su momento, toda una revelación.

    ...aquí

    mp3 | VBR ~ 220kbps | 9 tracks | .rar 89 MB | scans | mediafire


    FRÉDÉRIC CHOPIN:
    Piezas varias para piano

    CLAUDIO ARRAU, piano

    domingo, 19 de septiembre de 2010

    BRAHMS | Concierto para piano n° 2 | Arrau · Schmidt-Isserstedt · 1963

    Claudio Arrau fue un asiduo intérprete de los dos Conciertos para piano escritos por Brahms, dejando de ellos magníficos registros. Invocando “razones de festejo”, me salto el orden cronológico en que pensaba colocarlos y traigo aquí, para Uds., el Segundo Concierto para piano y orquesta, en Si bemol mayor, de Johannes Brahms, interpretado por Claudio Arrau junto a Hans Schmidt-Isserstedt con la Orquesta Sinfónica de la NDR [Radio del Norte de Alemania] en 1963. Grabación del concierto ofrecido entonces.

    D E S C A R G A

    viernes, 17 de septiembre de 2010

    CELEBRANDO CON DON CLAUDIO

    Bicentenario. Chile está de fiesta, y los aromas patrióticos flotan en el aire, mientras los valientes hemos declarado la guerra contra la carne que hace ocupación de nuestras parrillas, en heroica alianza con garrafas de vino y “cachos” de chicha. Todos tenemos presentes a los 33 mineros que celebran el Bicentenario bajo tierra y a los innumerables que siguen reconstruyendo día a día, anónimos, lo que el terremoto arruinó. Ellos dan muestra de la que quizá sea nuestra mejor virtud: la perseverancia contra el infortunio. Esa terca persistencia que para Gabriela Mistral era la propia definición del país. “Chile, una voluntad de ser”, me dicen que ella dijo. Ella, poetisa en tierra de poetas, pero también tierra de grandes músicos como Arrau, el incomparable don Claudio de Chillán. Así que les dejaré una interpretación de este coloso tan lleno de sencillez. Siempre repiten que fue uno de los grandes intérpretes de Beethoven. Yo discuerdo y creo, con ánimo herético, que en Beethoven hay varios otros que merecen esos mismos laureles. En cambio, nadie tocó como Arrau la música de Liszt y Chopin.

    Así pues, para incluirlos en la fiesta a Uds., queridos amigos que vienen a este fogón, les dejo una de mis obras favoritas de Chopin, la Barcarola en Fa♯, reviviendo en manos del Maestro:


    lunes, 25 de mayo de 2009

    SCHUBERT: UNA SINFONÍA INCONCLUSA

    Gafas de Schubert


    »No hay una sola canción de Schubert que no nos enseñe algo«
    B R A H M S

    Tiempo atrás esa celebridad apodada Cuervolópez me reclutó junto a otros para una idea muy inspiradora: describir nuestra relación personal con un autor clásico, concediéndonos la inaudita libertad de elegir al autor (!).

    Bromas aparte, la petición me puso en aprietos. Para quien tenga la fortuna de zambullirse en el océano de la música clásica, elegir un solo favorito es un acto de infidelidad. Ningún creador es intercambiable. Época tras época los estilos se suceden unos a otros, las especias musicales se combinan, las buenas ideas se reciclan o se saquean, pero así y todo, nada es redundante; cada época es la cuna de obras propias, de una particular gama de sentimientos e ideas. Las habrá más modestas o más imponentes, más heroicas o más íntimas, más profundas o más triviales, pero todas atesoran algo parecido a un “alma”, una especie de chispa comunicada por su creador, que las hace irrepetibles y perdurables.

    No tardé mucho más en decidir; si el talento de un compositor consiste en estampar su alma en sus obras, pocos pudieron hacerlo al modo de Franz Peter Schubert.

    Aun así, no siempre experimenté el mismo entusiasmo.

    * * *

    Cuando uno es niño, el mundo sólo tiene una frontera: la que divide lo que nos gusta de lo que no. Schubert estaba en “lo que no”; había tenido la mala suerte de oír algún cuarteto suyo en la radio de casa… y aquella primera impresión no fue feliz. Hay poco feeling entre un niño latinoamericano y una abstracción germánica. Así fue como asocié el nombre “Schubert” a formalismo, adornos “rizados”, lejanía académica, en suma, artificio.

    Opinión infantil que se vendría abajo con tres “golpes”.

    Schubert silueta
    Silueta de Schubert al piano

    El primero llegó desde la misma radio, que cierta tarde liberó un piano hipnótico. Eran los impromptus. Hasta conseguí las partituras para conocerlos mejor; tanto me fascinaron. Se percibía en ellos la fluidez de un auténtico iluminado, comparable a Mozart en facilidad creativa pero con menos escuela, menos andamiaje, y por eso más espontáneo. Schubert, por fin lo entendía, no tenía el desborde imperativo de Beethoven, sino una inspiración bullente y lozana que salía en busca de los hombres para cantar con ellos.


    Impromptu en Fa menor, D 935: precisamente la parte que me deslumbró.

    Sus canciones fueron el segundo “golpe”. Desconfío de la popularidad pero, intrigado por la fama incombustible de los lieder schubertianos, adquirí un disco con el Schwanengesang y otros a cargo de la dupla Fischer-Dieskau & Gerry Moore. Cada lied me llegó de manera desigual, unos más y otros menos, pero la música que habitaba en ellos fue una nueva revelación.


    ‘Margarita en la Rueca’, una de las más admirables canciones que nunca escribiera nadie... y menos aún con escasos 17 años de edad.

    Por encima de su evidente belleza, los lieder me parecieron “frutos de vida interior”; esto es, obras gestadas en el seno de una mente riquísima, concebidas de un solo plumazo, esencial e irrevocable, al modo de esos sueños que uno reconstruye claramente al despertar. De aquí proviene esa sensación de “facilidad” a que antes aludí. El esfuerzo no es un rasgo que distinga a Schubert como sí ocurre en Beethoven o Brahms, mucho más artesanos de su propia inspiración.

    ¿El tercer golpe? Schubert en la orquesta. La obertura de Rosamunda, prototipo sinfónico que reúne poder y delicadeza, tomó mi cabeza por asalto, junto a la trompa inaugural de la Sinfonía en Do mayor (“la Grande”); ni qué decir la Sinfonía “Inconclusa”, un prodigio que siempre superará a una larguísima lista de otras sinfonías que a falta de inspiración, acumulan movimientos.


    Sinfonía Inconclusa, en versión de Szell. La famosa melodía de los cellos.

    Algún musicólogo ha dicho que la instrumentación no siempre es lo mejor de Schubert, pero su sensibilidad con las maderas y los violonchelos, amén de la trompa, es innegable. Tres timbres que, curiosamente, son muy afines al registro de la voz humana, el instrumento de los lieder. Otra baza de Schubert es su maestría como constructor musical, junto a una capacidad innata para manejar el lenguaje sinfónico, adecuándolo hasta comunicar su propia identidad. Conseguir eso en la misma época y la misma ciudad de Beethoven, es doblemente admirable.

    Schubert tiene un sello: su melodía. Ella es “la sangre” que circula en sus obras, la llave maestra que resuelve la composición. Arrau dijo (y otros también) que todo canta en Schubert. Es perfectamente cierto. Pero hay más que sólo melodía; creo que estamos tan acostumbrados al “cromatismo” que se abrió paso desde Chopin hasta los últimos límites del posrromanticismo, que solemos advertir poco la capacidad schubertiana en estas faenas, cuando precisamente junto a la melodía, su sello más personal es su manejo armónico, lleno de geniales modulaciones (=el movimiento entre armonías afines) que se aventuran a veces más allá de las siguientes dos generaciones en Alemania (salvo Beethoven, claro, que con la “Gran Fuga” se saltó todo el resto del siglo XIX).

    Me falta añadir todavía algo más. Algo que en mis oídos lo distingue a él, a Mozart o a Mahler. Estos tres —cada uno a su modo— lograron representar la presencia simultánea del dolor y la alegría. Una duplicidad tan sutil como la definición de la ópera Don Giovanni (dramma giocoso) y que, al final, retrata las ambigüedades de la vida misma. Schubert deambula del modo mayor al modo menor y viceversa; sus músicas, aunque sean tristes, en algún momento ríen, y si son alegres, en algún momento se entristecen; pero lo hacen de forma natural, orgánica, en un perfecto “sfumato” de emociones integradas y en continuo movimiento. Vivificó la esencia de la melodía, y en eso dejó impreso el sello de su genio. Se dirá que todos los compositores se deslizan entre el modo mayor y el menor. Es verdad, pero Schubert sabe hacerlo de manera imprevisible. Y sin desintegrar el canto.

    Curiosamente, Schubert fue un genio de numerosas obras inacabadas, que pese a todo resultan coherentes y perfectas. La Sinfonía apodada “Inconclusa” es la más clara muestra: quizás una de las mejores sinfonías jamás compuestas, le bastan sus dos únicos movimientos para plantarle cara a la eternidad. Pues bien, la propia vida de este gran artista se incluiría en la lista de obras magníficas sin acabar... y sólo después nos daríamos cuenta que sí estaban completas. A ese gran bohemio, amigo de la noche vienesa, le bastaron sólo 31 años para lograr la inmortalidad. Eso es una vida plena.

    Schubert y amigos
    Franz retratado junto a dos buenos amigos

    * * *

    Si Beethoven murió escribiendo cuartetos, Schubert lo hizo escribiendo canciones. Nada mejor que homenajearlo con ellas… y con un guiño al mundo mahleriano que caracterizó al difunto destinatario original de estas líneas, Elcuervolopez. La “estrella” para compartir en este “post” es el disco de canciones schubertianas con acompañamiento orquestal, al estilo del Lied Sinfónico que Mahler consagraría. Thomas Quasthoff y Anne Sophie von Otter deleitan con grandes interpretaciones, “arropados” por la Orquesta de Cámara Europea bajo la batuta de Claudio Abbado. Dejémonos llevar a las cimas de la belleza, en las alas de Franz Schubert.

    pinchar en la tapa del disco, al costado.
     
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