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martes, 28 de abril de 2020

LOHENGRIN · Preludio al Acto Primero

Lohengrin Fantin-LatourEl Grial. Preludio de Lohengrin / Henri Fantin-Latour, 1898

Un breve saludo y una recomendación: permítanse una pausa y déjense llevar por Wagner en este genial Preludio al Acto Primero de su ópera Lohengrin, que Simon Rattle y la Filarmónica de Berlín ejecutan con perfección.

Sé que hay una lista extensa de grandes intérpretes que se midieron con esta obra y “detuvieron los relojes”. Creo que en esta ocasión el director británico y la orquesta alemana consiguieron uno de sus mejores momentos.

WagnerWagner recurre a una instrumentación visionaria para representar ese mundo legendario que poblaba su imaginación, sacando provecho al registro sobreagudo de los violines en un acierto tímbrico genial (apodado incluso sonido Lohengrin).

Así logra sugerir algo que baja desde muy Alto, para recurrir después a una planificada sumatoria de familias orquestales (cuerdas, maderas, metales, percusión, ¡qué bien usado el golpe de platillos no sólo pidiéndole fuerza [6:17] sino también suavidad! [6:44 del video]) que conduce nuestra emoción desde ese mudo éxtasis inicial al estallido del más abierto fervor romántico. Por fin, el sonido se eleva otra vez a los sobreagudos en pianissimo de las cuerdas, cerrando esta pieza con la llamada cadencia plagal o eclesiástica, evocadora de la música sacra y aquí, sugerencia del mundo Superior al que retorna el héroe.

Con ustedes dejo, pues, una obra musical de las que hacen historia:


sábado, 23 de mayo de 2015

En el Aniversario de Richard WAGNER

Nuevo aniversario de una lumbrera creativa que la Música celebra con fervor, Richard Wagner. No el mejor de los hombres pero claramente uno de los más grandes entre los músicos, Wagner poseyó una combinación poco frecuente de talento para el teatro, la música y la literatura que supo emplear de manera única. No hay otro que haya hecho lo que él consiguió; tal vez no hay otro que haya ambicionado algo así (una síntesis definitiva de las artes en un solo espectáculo, a la manera griega) y haya tenido el tezón para perseguirlo y concretarlo. Tanto así que el día de la inauguración de su propio teatro hecho a medida en la localidad de Bayreuth, el mismísimo emperador alemán Guillermo I le dedicó una franca alabanza: “No creí que usted pudiera lograrlo”. Palabras venidas de un hombre que conocía muy bien las batallas difíciles. Pues bien, Wagner coronó su hazaña. Pero era además un hombre conflictivo y egomaníaco, celoso de su propia consideración, que vivió en un siglo donde, a diferencia del nuestro, los genios abundaron. En su propia Alemania sentía el contrapeso del enorme Brahms (que sin embargo lo apreciaba honestamente) y, en su terreno más personal como era el teatro cantado, existía Verdi, el más grande operista italiano. También ahí existieron roces, pero atizados por otros.

El siguiente video saca partido humorístico de esta oposición musical que resultó ser, para nosotros, tan fructífera. ¡Disfrútenlo!:

viernes, 14 de junio de 2013

«WAGNER and Me», documental de Stephen Fry


Más de alguno lo recordará como Mycroft, el hermano mayor de Sherlock Holmes en la segunda película de Guy Ritchie sobre el genial detective victoriano. Pero el reconocido actor británico Stephen Fry es también un melómano apasionado. Y el centro de sus entusiasmos es Richard Wagner. Ahora bien, Fry es judío, y parientes suyos murieron durante el Holocausto. Ello precipita su fascinación musical en un dilema de conciencia. ¿Es lícito que un judío vibre de gozo por un compositor tan asociado al horror nazi? Eso es lo que él mismo se encargar de dilucidar en un documental de tintes biográficos, entretenido y apasionante: “Wagner y Yo”. Afortunadamente existe una copia subtitulada en YouTube, que les incluyo un poco más abajo de estas líneas.

¡Disfrútenlo!

Por desgracia, el documental ha salido de circulación en YouTube así que les ofrezco nada más que un trailer

miércoles, 12 de junio de 2013

WAGNER | Obras orquestales | KLEMPERER

Wagner

Bastantes años atrás conocí a un alemán con el cual trabé cierto grado de amistad. Oriundo del Sur de Chile, en donde existe una pujante colonia alemana instalada desde el siglo XIX, había encontrado su futuro regresando al país de sus antepasados, pero de vez en cuando volvía al terruño. Eran notables su vitalidad, su sentido de responsabilidad y su seriedad, esta última a menudo excesiva: la mayor parte del tiempo, Matías era una muralla lisa y sin adornos. Pasar por alto que esta América es también Latina lo exponía a frecuentes malentendidos sociales, de los cuales no tenía culpa. Era —conviene insistir en ello— la imagen misma de un hombre inalterable, ajeno a toda turbulencia emocional. Y ahí está la cuestión. La única vez que vi a este monolito lanzando chispas de entusiasmo... fue al relatar su visita a Bayreuth para presenciar “El Anillo del Nibelungo”.

Waltraute

Esa simple observación me convenció de la “magia” de Richard Wagner. Su música afecta a niveles profundos. Y aunque naturalmente el auditor germánico congenia más con esa Weltanschauung que invoca arquetipos recibidos con la leche materna, nadie está libre. Claro ejemplo lo ofrece Charles Baudelaire. El escritor genial que apenas conocía algo de música, se convirtió de golpe a la causa artística de Wagner luego de asistir a un concierto de obras suyas. La conmoción emocional experimentada entonces supo expresarla con elocuencia en una carta al compositor:

“El carácter que me impactó principalmente en su música fue su grandeza, […] la solemnidad de los sonidos grandiosos, de los aspectos grandiosos de la naturaleza, y la solemnidad de las pasiones grandiosas del hombre. Y uno se siente al instante arrebatado y subyugado.

“Entre los fragmentos más peculiares y que me aportaron una sensación musical nueva, está el dedicado a pintar el éxtasis religioso. Sentí toda la majestuosidad de una vida más amplia que la nuestra. […] Y la música, al mismo tiempo, respiraba orgullo por la vida.

“Por todas partes hay algo de arrebatado y de arrebatador
, algo que aspira a ascender más arriba, algo de excesivo y de superlativo.

“Por ejemplo, y sirviéndome de un símil tomado de la pintura, supongo que tengo ante mis ojos una vasta extensión de un rojo oscuro. Si este rojo representa la pasión, lo veo llegar gradualmente, mediante todas las transiciones de los colores rojo y rosado, a la incandescencia del horno. Parecerá difícil y hasta imposible llegar a algo más ardiente, y sin embargo, un último cohete traza un surco más blanco sobre el blanco que le sirve de fondo. Éste será, si así lo quiere, el grito supremo del alma llegada a su paroxismo”.

La vívida descripción de Baudelaire corresponde a las propias aspiraciones de Wagner. Éste ambicionó un arte capaz de expresar emociones e ideas trascendentales, no sólo por medio de la música sino combinando las demás disciplinas del arte, en un esfuerzo común que estremeciera al espectador de forma no muy lejana al ritual religioso.

Era él —como dijera el crítico español Ángel-Fernando Mayo— una rara especie de “dramaturgo-compositor”. Su música no debía adaptarse a otra imaginación diferente, la de un libretista, sino que brotaba con la misma inspiración que la palabra, animadas ambas por un enorme instinto dramático y una elevada capacidad de reflexión y comunicación. A ello se sumaba una fuerza de voluntad arrasadora, capaz de realizar en el transcurso de una sola vida humana una concepción ambiciosa como pocos han llegado a perseguir.

Bajo este punto de vista, fue Wagner el legítimo heredero de Beethoven, tomando el cariz revolucionario, iconoclasta y voluntarioso del gran Sordo. (Las otras virtudes de Beethoven, como su absoluta maestría en la música pura, su concisión temática o su artesanato instrumental, fueron reflejadas con mayor propiedad por Brahms).

Alberico Alberico se abalanza sobre el Anillo / ilustración de Konstantin Vasiliev

Klemperer OTTO KLEMPERER figura entre los supremos directores orquestales del siglo pasado. En su juventud fogoso adalid de las vanguardias, una sucesión de desgracias produjo al cabo de los años una gran variación tanto del repertorio elegido como de su estilo interpretativo. Cuando Karajan dejó vacante el podio de la Orquesta Philharmonia en 1954 para iniciar su leyenda al frente de la Filarmónica de Berlín, vino Klemperer a empuñar la batuta en su lugar por invitación del productor Walter Legge. Qué decisión más acertada. Aquel director ya veterano —y para algunos desahuciado artísticamente— llevó la extraordinaria orquesta londinense a una nueva edad de oro.

Legítimo sarmiento del período romántico, Klemperer concentró su actividad final en el gran repertorio centro-europeo. Y su Wagner es antológico. Majestuoso, acerado, inquietante, tan ominoso como esperanzador, Klemperer se regodea con la maravillosa orquesta que creó el gran compositor alemán para expresar lo más hondo de la naturaleza humana. Así, su grabación para el sello EMI de páginas orquestales wagnerianas con la Orquesta Philharmonia perdura hasta hoy en el catálogo de las referencias ineludibles. Ese magnífico registro les comparto hoy, confiando en que lo disfruten.

» D E S C A R G A
MP3 HD | 16 tracks | RAR 243,16 MB

Obertura »Tannhäuser« en interpretación de Klemperer y la orquesta Philharmonia. Noten por favor la claridad conseguida por este gran director, manteniendo el equilibrio sonoro de las varias secciones instrumentales, las cuales pueden ser escuchadas sin confusión. Tomen por ejemplo la línea de la tuba (bajo), siempre audible cuando el coro de los peregrinos brilla en los metales, mientras los violines realizan el célebre adorno descendente y el redoble de timbal acrecienta la energía del conjunto.

miércoles, 22 de mayo de 2013

¡Felices 200 años, RICARDO WAGNER!

Richard Wagner Wilhelm Richard Wagner (1813-1883) / Retrato por Franz Hanfstaengl

Hace 200 años nació un revolucionario de las artes, un genio fundamental para la Música universal: Wilhelm Richard Wagner (* Leipzig, 22 de Mayo 1813 — † Venecia, 13 de Feb. 1883). Amado y odiado, encumbrado y vilipendiado, Wagner fue la gran figura de la música alemana en las postrimerías del siglo XIX, incluso una verdadera “piedra de escándalo” en el arte occidental de su tiempo. Fue un artista que poseyó aquella facultad insólita de crear belleza nueva, gestar una obra que crea un sendero propio, de tal originalidad que a nadie deja indiferente. Probablemente ningún músico fue tan ambicioso, ni tuvo además la energía para hacer realidad frente a sí esas ambiciones. Como ser humano fue lamentable, incluso perverso en su oportunismo, megalomanía y extraño poder de sugestión que le facilitó innumerables manipulaciones; como artista fue y sigue siendo absolutamente indispensable. Y lo digo habiendo confesado aquí muchas veces mi profunda admiración por su gran “opuesto”, Brahms. ¡Feliz aniversario!

George Szell dirige »Amanecer y Viaje de Sigfrido por el Rin«, seguido por »Música fúnebre de Sigfrido«, portentosas interpretaciones de páginas exclusivamente orquestales tomadas de la Tetralogía. ¡Disfrútenlas!
firma de Wagner

viernes, 13 de enero de 2012

Y EL CUARTO REY SE LLAMABA HANS (...o cómo presentar un regalo de Reyes atrasado)


Knappertsbusch

Hans Knappertsbusch (1888-1965)
en pleno ejercicio de su magnética gestualidad

Dedicado a todos los amigos que visitan este blog, pero muy especialmente a Fernando y a Leiter

El Blog empieza el año casi dos semanas más tarde, y eso requiere algo que disculpe la espera. Pues lo tengo. Planificado muchos meses atrás para ver la luz el día de Reyes, la confección de este post sufrió imprevistos que lo fueron demorando, pero en fin, aquí está ya. Evocando cierto cuento navideño, diré que llegó “el Cuarto Rey Mago”, aquel que culminó su viaje con retraso.

No me extenderé demasiado porque los regalos, más que explicaciones de terceros, piden ser descubiertos personalmente. Sólo les digo que se trata de una edición especial de cuatro discos consagrados al arte de uno de los grandes directores de la historia: Hans Knappertsbusch, largo apellido que se correspondía con una imponente estatura y todavía mayores capacidades artísticas. Verdadero mago de la improvisación, renuente a los ensayos pero de técnica intachable a la hora de empuñar la batuta, el interés de «Kna», como se le llamaba informalmente, abarcó gran parte del repertorio germano tradicional, centrado en el período romántico y con algo del clásico. También concedió algunas visitas hacia más atrás o más adelante en el repertorio —Bach o pequeñas dosis de Mahler y hasta Hindemith— pero sobre todo fue incomparable en Wagner. De hecho, Kna ha sido para no pocos el más grande director wagneriano de todos los tiempos. Aun así, su trayectoria vital y musical fue complicada, sabiendo de persecuciones, divorcios, pérdidas familiares (su única hija, a la que adoraba, falleció con sólo 19 años) y dos dramáticas guerras mundiales que barrieron con incontables puntos de referencia. Si nunca fue muy dado al cultivo de las relaciones sociales, el paso de los años y el giro de los acontecimientos fue haciéndolo cada vez más huraño, al punto de rehuir las ovaciones que el público le tributaba con fervor. Su muerte en 1965 cerró una época.

Sin más preámbulos les ofrezco este regalo para comenzar el año. ¡Disfrútenlo!

aquí

mp3 HQ VBR | 4 discos | RAR 423,7 MB | dos librillos en PDF | Yandex
Kna, en blanco y negro

Para conocer más de este gran músico, recomiendo una visita A ESTE ARTÍCULO del blog de leiter

viernes, 1 de abril de 2011

OBERTURAS del ROMANTICISMO



Obertura “Regreso desde el extranjero”, de Mendelssohn (fragmento)

HACE ALGÚN TIEMPO ATRÁS compartí en esta página un disco con Oberturas selectas del Romanticismo temprano. Esta vez vuelvo a la carga con idéntico repertorio y período, aunque tomado en sentido más lato. Volveremos a oír la alegría e instrumentación luminosa de Weber y Mendelssohn o el lírico apasionamiento de Schumann, pero también la personalidad compleja y arrolladora de Wagner y la chispa genial de Von Suppé.

    Von WeberCarl Mª von Weber (1786-1826): »Euryanthe«. La siguiente ópera de Weber tras el éxito de su Cazador Furtivo avanzó en aquella senda fantasiosa y legendaria que tan bien se le daba al compositor. El esquema de sus oberturas era claro: un brillante pot-pourri con temas de la ópera que presentaban, organizado de tal forma que dicho prólogo instrumental cobrara entidad propia e incluso adelantara una intuitiva sinopsis de la trama. Echaba mano de su admirable imaginación tímbrica para gestar páginas dignas de asombro; así, aunque la ópera en cuestión haya sido perjudicada por el mediocre libreto de Helmina von Chézy, esta obertura nunca dejado de sonar en el repertorio estable de las orquestas.
  • Robert Schumann (1810-56): »Hermann und Dorothea«, Op. 136. La obertura se inspira en la novela homónima de Goethe, uno de los autores favoritos de Schumann. Ambientada en los tiempos tumultuosos de la Revolución Francesa, se puede oír una cita de »La Marsellesa«. Una obra de emociones vivas, muy al estilo del músico de Düsseldorf, con una repetición periódica del tema principal, caracterizando a los personajes centrales.
  • MendelssohnFélix Mendelssohn (1809-47): »Die Heimkehr aus der Fremde« —traducible como »Regreso a casa desde el extranjero«— fue una opereta escrita por Mendelssohn (su opus 89) sobre libreto de su amigo Karl Klingemann, quien tiempo después repetiría labores en el oratorio Elías. La obertura evidencia a un compositor muy dotado melódicamente, con instinto para sutilezas tímbricas, por mucho que sean las cuerdas quienes dominen la instrumentación. El carácter “pastoral” de la primera parte se torna en vivacidad y pasión en la sección central... para concluir con un genial guiño al comienzo. Personalmente, es la pieza que más me gusta del disco.
    WagnerRichard Wagner (1813-83): »Die Meistersinger von Nürnberg«. Si los compositores precedentes tienen grandes afinidades estéticas entre sí, Wagner trae una voz distinta, de fuerte personalidad, tópica del Romanticismo pleno. La temática sigue siendo histórico-legendaria pero los recursos musicales son más avanzados y los orquestales, bastante más densos y numerosos. El concepto de la obertura como resumen de la trama operística alcanza un grado rotundo de elaboración. Wagner lleva las conquistas musicales de la generación precedente hacia su completo desarrollo y plantea innovaciones que definirán el curso de la música de allí en adelante.
  • Von SuppéFranz von Suppé (1819-95): »Die schöne Galathée« y »Banditenstreiche«. Este curioso personaje de la música ligera fue uno de los grandes de dicho »género menor«, el cual alcanzó, en la Europa finisecular, cotas de auténtica e inmarchitable genialidad. La primera obertura, basada en el mito de Pigmalión, fue escrita en Viena, lo cual explica el bellísimo ritmo de vals entretejido con la chispa y embrujo característicos de este músico croata, nacido de familia belga y cuyo auténtico nombre era Francesco Ezechiele Ermenegildo Cavaliere Suppé Demelli... La segunda obertura, menos conocida en la producción de Suppé, es menos ambiciosa pero ostenta las mismas virtudes musicales de sus hermanas más célebres.

Les invito, amigos y amigas, a disfrutar estas creaciones —cada una de ellas un mundo— en interpretación de la Filarmónica del Sur de Alemania dirigida por el competente Alfred Scholz. Tal vez el sonido del sello PILZ sea algo metálico y poco natural, pero en nada afecta la apreciación de música tan buena como ésta.

D E S C A R G A

WMA CBR 320 kbps | 6 Tracks | RAR 109,4 MB

martes, 28 de diciembre de 2010

IMPACTO!

Impresionante hallazgo de obra inédita (e inaudita) de Wagner.

Equipo encabezado por nuestro amigo LEITER entrega detallado informe de lo que amenaza ser un hallazgo capaz de cambiar diametralmente la visión que Occidente tenía de Richard Wagner y su filosofía musical. Lean la noticia completa AQUÍ...

martes, 7 de diciembre de 2010

OBERTURAS del TEMPRANO ROMANTICISMO

Friedrich
“Garganta rocosa”, Caspar David Friedrich (1822-23)

Retomando la senda de las oberturas pasamos hoy a un grupo de obras escritas, casi todas, por músicos de la primera generación romántica. La sensibilidad orquestal sigue en pleno desarrollo gracias a las conquistas sonoras de Berlioz, Weber y Mendelssohn, quienes asumieron y ampliaron el legado del último Mozart y Beethoven. Crece la tensión dramática y el alcance emocional y conceptual de la música, que ahora obedece a la imaginación del artista más que a una fórmula prestablecida. La “obertura” asume mayor independencia como forma, originando piezas no destinadas a introducir ninguna ópera, sino con entidad propia: me refiero a las “oberturas de concierto”, anticipos del “poema sinfónico”. En ellas los autores elaboran su música de acuerdo a la forma sonata —como un primer movimiento de sinfonía— y guardando relación con alguna referencia extramusical (viajes, literatura, onomásticos, etc.). Mientras tanto, las oberturas de ópera se refinan hasta constituir detallados resúmenes de la trama, como lo hace Wagner con su magnífica obertura para “El Holandés Errante” o “Tannhäuser”.

El disco que hoy pongo a su alcance, queridos amigos, incluye una selección de oberturas del Romanticismo temprano, en la cuidada interpretación de Sir Roger Norrington y The London Classical Players, quienes siguen un estilo de interpretación “de época”, o como se dice también, “históricamente informada”. Incluso la distribución de la plana instrumental se organizó según el uso de la orquesta Gewandhaus de Leipzig en tiempos de Mendelssohn. Aquí, la enumeración de las pistas:

  • Carl Mª von Weber (1786-1826): »Oberon«. En una fantástica exhibición de color instrumental, Weber recopila temas que aparecerán en los actos siguientes de su ópera y compone un pot-pourri cuya vivacidad no altera la lógica de su exposición, creando un auténtico modelo que ejercerá amplia influencia sobre otros compositores de su tiempo.
  • Félix Mendelssohn (1809-47): »Die Hebriden«, Op. 26 — Obertura de Concierto. La visita del compositor a Escocia le atrajo la inspiración para esta obertura, que atravesó varias revisiones hasta dejar satisfecho al riguroso Mendelssohn. Sin duda una completa obra maestra, quizá uno de los mejores movimientos sinfónicos jamás escritos.
Berlioz
  • Hector Berlioz (1803-69): »Les Francs Juges«, Op. 3. Esta pieza nos remite al mundo de los Vehmgericht, tribunales secretos surgidos durante la Alemania medieval y cuyo símbolo era una cruz roja (Conan Doyle se inspira en esta organización para su novela “Estudio en Escarlata”). La obertura tiene una imprecisa relación temática con la ópera. Berlioz, uno de los mayores magos orquestales de todos los tiempos, nos ofrece numerosas pruebas de su habilidad a lo largo de esta composición, que vale la pena escuchar atentamente. El libreto destaca un ejemplo en particular: en la sección central, dos ritmos diferentes, uno en las cuerdas y otro en la percusión, se amalgaman para provocar una atmósfera de inquietud.
  • Robert Schumann (1810-56): »Genoveva«, Op. 81. En la única ópera salida de su pluma, Schumann se inspira en la leyenda de Genoveva de Brabante, esposa de Siegfried, señor de Simmerch. Calumniada como adúltera, es condenada y llevada al bosque, donde sus ejecutores se apiadan de ella y su hijo recién nacido. La inocencia de Genoveva será reconocida por fin, siéndole restituida su dignidad y castigados sus acusadores. Aunque Schumann trabajó sobre un libreto mediocre y no demostró mucha aptitud teatral, su música es de muy alta calidad, destacándose sobre todo la espléndida obertura aquí programada.
  • Franz Schubert (1797-1828): »Die Zauberharfe«. Tampoco este gran compositor sinfónico y vocal tuvo suerte con sus obras escénicas, en las cuales se hallan páginas de extrema belleza. Esta obertura delata especialmente el genio sinfónico de Schubert y su arrollador lirismo.
  • Richard Wagner (1813-83): »Der fliegende Holländer« — versión original de 1841. El gran revolucionario de la ópera alemana, Wagner, redactó una de sus oberturas más brillantes para introducir su ópera El Holandés Errante. La representación inicial de la tormenta marina, impactante, se basa en una experiencia del propio compositor en un viaje atravesando el Mar Báltico hacia Londres, durante el cual la furia de los elementos obligó al barco a refugiarse en los fiordos noruegos. La obertura fue adaptada en diferentes ocasiones, y la que habitualmente escuchamos tiene los retoques añadidos por el músico en 1860, cuando su estilo había llegado ya a la fase “Tristán”. Esta vez los intérpretes se ciñen a la primera redacción de la pieza (1841), con un final algo más convencional en el cual los instrumentos de época son llevados a sus límites, como apunta el libreto que acompaña el disco.
» D E S C A R G A
mp3 • 224 CBR • .7z 92,51 MB
Genoveva, por Richter
“Genoveva”, Adrian Ludwig Richter
 

sábado, 4 de diciembre de 2010

FURTWÄNGLER interpreta a WAGNER


Furtwängler
Furtwängler vuelve a la carga con dos célebres y contundentes páginas wagnerianas: la Obertura “El Holandés Errante” y la “Cabalgata de las Walkyrias”. Dirige a la Filarmónica de Viena y el sonido es muy aceptable. Lamento no poder indicarles el año, ya que el sello (Centurion Classics) lo omitió en las informaciones del registro. Cosas que pasan...

lunes, 6 de septiembre de 2010

WAGNER · Coros de Óperas · Karajan, 1948

Holandés Errante

El genio operático de Wilhelm Richard Wagner se prodigó en efectivas escenas corales, generando un apartado siempre bienvenido de su magna producción. Obras como Lohengrin, Tannhäuser, Los Maestros Cantores o El Holandés Errante han dejado a la posteridad páginas que saben despertar entusiasmo.

Wagner en 1867La influencia de la Grand Opéra francesa, y aún más, de Weber (junto a la larga tradición coral de los países germanos) es visible en estas composiciones, siempre bien compenetradas de sentido dramático; es decir, podemos disfrutarlas como aquí se las ofrezco hoy, aisladas en un grato pot-pourrí, pero todas ellas están ligadas íntimamente a la trama de la cual son partícipes. En algún momento hacia 1850 Wagner postuló la desaparición del coro en el teatro musical, pero pronto dio pie atrás en su teoría. Pocas retractaciones han sido más afortunadas.

La grabación merece un rápido comentario. Acabada la Segunda Guerra, el mundo alemán sobreviviente fue sometido al escrutinio de los Aliados para erradicar hasta la última fibra del Reich. Muchos artistas pasaron por la así llamada desnazificación —“purgatorio” con que reparar sus lamentables simpatías por los vencidos— en virtud de la cual se les prohibía ejercer su oficio, o se les obligaba a desarrollarlo en destinos secundarios.

Karajan fue uno de los castigados, y el año 1948 lo encontramos dirigiendo en Viena. Lo notable del caso es que las grabaciones de aquella época (cortesía de los ingleses y de Mr. Legge) figuran entre lo mejor que produjo el maestro de Salzburgo en toda su carrera. Cierto que la incipiente tecnología y su propia juventud retrasan su espectacular concepción del sonido, que décadas después lo hará tan célebre; pero nadie podrá criticar su energía, sus inspiradas ideas o su autoridad en el repertorio que decidía abordar.

Así pues, hoy les dejo este Karajan, que no es el más conocido, al frente de la maravillosa Filarmónica de Viena y el Coro de la Ópera Estatal de Viena.

domingo, 17 de enero de 2010

El WAGNER de SOLTI


Georg Solti

A veces parece que los directores húngaros, y más específicamente los húngaro-judíos, nacieron para interpretar a Wagner. Siempre en ellos habrá contundencia, fogosidad e ímpetu, conservando al mismo tiempo la flexibilidad, la contención e incluso, los mejores, la ternura. Generalizar es peligroso, cierto, pero cuando recuerdo a Szell y luego a Solti, y más lejos en el tiempo a Mahler (que como me recordaron hace muy poco, nació en un territorio que entonces era húngaro), la sospecha me parece fundada. De ella se desprende también una amarga ironía, porque desde siempre la gran música de ese hombre controvertido alcanzó cimas rutilantes merced a músicos venidos de etnias que se inclinó a desacreditar, y a las cuales más de alguno ha visto representadas en la figura de los Nibelungos.

Por fin —y para volver a la idea inicial— quién sabe si esa afinidad demostrada por músicos magiares en relación a Wagner provenga del que fuera su influyente mentor, maestro y amigo: Ferenc Liszt. Se ha dicho en ocasiones que si Wagner no hubiera inventado el wagnerismo, lo habría hecho Liszt; tanta es la deuda de Richard hacia el generoso genio húngaro.

Detengamos aquí cavilaciones que nos llevarían lejos, puesto que ahora mi intención es diferente: compartirles una selección de célebres fragmentos orquestales de Richard Wagner en versión (fabulosa) del enorme Georg Solti. La orquesta es para mí la mejor del mundo: la Filarmónica de Viena (sólo comparte podio con la de Berlín y el Concertgebouw de Ámsterdam... pero eso ya es otro cuento).

D E S C A R G A

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jueves, 17 de diciembre de 2009

WAGNER: Obras Orquestales (SZELL) 2/2


Las Segundas Partes son buenas. Aquí lo demuestra Szell con el segundo disco de Obras Orquestales Wagnerianas, esta vez tomando escenas de El Anillo del Nibelungo, y como corolario, el Preludio y Muerte de Amor de Tristán e Isolda.

Así es, “murieron en manos de Szell”. Y cuidado que el húngaro viene por nosotros, AQUÍ.

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domingo, 13 de diciembre de 2009

WAGNER: Obras Orquestales (SZELL) 1/2



Sobra cualquier presentación a las obras que les comparto: Oberturas, Preludios y Escenas Orquestales creadas por Richard Wagner para su monumental legado dramático. Ya que en el blog estamos en “temporada húngara”, las interpretaciones correrán por cuenta de un director magyar: George (György) Szell.

¿Hace falta decir que fue uno de los más grandes directores de la Historia y uno de los más temibles, que convirtió a la Orquesta de Cleveland en una de las mejores del mundo, que su estilo afilado y ardiente calza como anillo al dedo en la música de Wagner? No, creo que no hace falta.

Elgatosierra, uno de los padrinos de este blog, nos consiguió esta selección de dos discos, el primero de los cuales pueden disfrutarlo AQUÍ.

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viernes, 7 de agosto de 2009

WAGNER y BAUDELAIRE

“Baudelaire – Historia de un Alma”, por François Porché
BUENOS AIRES, 1949, Editorial Losada, Pg. 399 y ss.

“
Nada, ni la enfermedad ni las preocupaciones, pudo disminuir en Baudelaire esa facultad que siempre tuvo de entusiasmarse, de indignarse, en una palabra de tomar partido violentamente en todas las grandes causas del arte. El mismo hombre que en en 1845 había defendido con tanto ardor y tanta inteligencia el genio todavía discutido de Eugène Delacroix saludaba ahora en la persona de Richard Wagner, quien había llegado a París en el otoño de 1859, al renovador de la música moderna.

Baudelaire asistió a los famosos conciertos Pasdeloup de los días 25 de enero y 1º y 8 de febrero de 1860 que fueron para muchos de los que iban a convertirse pronto en los defensores de la música wagneriana en Francia una revelación trastornadora. Había ido a la sala de los Italianos (sala Ventadour) ‘bastante mal dispuesto, lleno de malos prejuicios’, como confesó algunos días después al propio Wagner en una carta ahora célebre. Pero inmediatamente se había sentido transportado. ‘Ha sido esa música —le confesó a Poulet-Malassis— uno de los grandes goces de mi vida; hace quince años que no sentía semejante rapto’. Quince años, es decir desde 1845, precisamente desde que conoció la obra de Delacroix.

El negocio de los conciertos terminó con un déficit de 11 mil francos. Esta pérdida material no habría tenido mucha importancia si hubiese sido compensada con el buen éxito artístico. Pero la prensa del bulevard se desbocó contra el músico revolucionario, el ‘Marat de la Música’. ‘Esta música —escribió en su Biographie Universelle des Musiciens el musicógrafo belga Fétis, uno de los oráculos del momento— esta música que debía ser la del porvenir es ya la del pasado’. Entonces fue cuando Baudelaire, entristecido por el fracaso, indignado por los artículos venenosos que se habían publicado en Le Ménestrel y Le Messager du Théatre, y todavía más por un artículo pérfido de Berlioz publicado en el Journal des Débats, envió a Wagner esta carta de un desconocido en la que le grita su admiración y que termina con las siguientes palabras: ‘No agrego mi dirección porque usted creería quizá que tengo que pedirle algo’. Se había presentado modestamente como ‘alguien que no entiende de música y cuya educación a este respecto se limita a haber oído (con gran placer, es cierto) algunas bellas obras de Weber y Beethoven’.

Merece la pena señalar que, en efecto, antes de su encuentro con Wagner se preocupaba poco por la música y apenas asistía a los conciertos. Y después de esa especie de fulminación que sufrió en la sala de los Italianos apeló a las impresiones coloristas para tratar de explicar por analogía sus impresiones sonoras. En otro tiempo había convertido los cielos melancólicos de Delacroix en ‘un suspiro ahogado de Weber’. Y ahora, recíprocamente, tomaba de la pintura los términos con que describía el proceso ascendente de su emoción musical:

‘Supongo que tengo ante mis ojos una vasta extensión de un rojo oscuro. Si este rojo representa la pasión, lo veo llegar gradualmente, mediante todas las transiciones de los colores rojo y rosado, a la incandescencia del horno. Parecerá difícil y hasta imposible llegar a algo más ardiente, y sin embargo, un último cohete traza un surco más blanco sobre el blanco que le sirve de fondo. Éste será, si así lo quiere, el grito supremo del alma llegada a su paroxismo.’
Wagner, ocho años mayor que Baudelaire, tenía entonces cuarenta y seis años. A pesar de las contrariedades de su destino y de las servidumbres materiales a las que estaba todavía sujeto, era ya ilustre en Alemania, donde había alcanzado triunfos. Baudelaire, en aquel fin de invierno de 1860, se afilió al grupito de los primeros adeptos franceses, los Léon Leroy y Gasperini. Pronto el poeta se hizo presentar al músico. En los días de buen tiempo de abril solía verlo en la terraza del Tortoni, adonde iba Wagner algunas veces seguido por su perro Fips.

El maestro se alojaba en el número 16 de la calle Newton, en el barrio de la Estrella; había alquilado el palacete del novelista Octave Feuillet. Baudelaire acudía allá los miércoles con Gounod, Berlioz, colega poco seguro al que Wagner halagaba; el dibujante Gustave Doré, Émile Ollivier, Malwida de Meysenburg, Jules Ferry, entonces un simple abogado, y una cantidad de adulones curiosos como los que se apretujan siempre en París alrededor de los visitantes de paso que tienen alguna fama. Minna, la primera esposa de Wagner, buena ama de casa, había ido desde Dresde. Vivía en la casa de un departamento separado, pues cada esposo residía en un piso, y huía de los visitantes, aunque dirigía los sirvientes, que eran tres. ¡Cuán poco se parecía aquella bohemia fastuosa, alimentada por los adelantos de Wessendock a cuenta de la Tetralogía y por los derechos cobrados al editor Schott por la venta de El Oro del Rin, a la aguda estrechez de Baudelaire, que mantenía su pobreza con los sueños del opio en una oscura habitación amueblada de la calle de Amsterdam!

Sin embargo, el poeta quería y respetaba a aquel hombrecillo extraño con patillas, la frente turriforme, el mentón saliente, efervescente, gesticulador, excéntrico, que vestía por la mañana una toga de seda de color violeta de obispo, cubría su enorme cabeza con un gorro de terciopelo y hablaba con gestos enérgicos en un francés muy malo. Distinguía en él al farsante sublime, portador de un mensaje sagrado, al que los dioses envían a ‘este mundo aburrido’ para consolar con cantos y sonidos todavía no oídos a nuestra triste humanidad, al genio capaz de crear un pueblo de héroes, un universo de gigantes, al gran bardo alemán llegado del fondo de la selva sajona para conquistar al París espirituoso, burlón y duro.

”

MÚSICAS WAGNERIANAS PARA DESCARGAR

viernes, 3 de octubre de 2008

El Único Anillo

Por así decir, esta semana entendí a Gólum. La criatura de Tolkien se ve envuelta en un mareo de sensaciones frente al Anillo Único, símbolo para él de una plenitud perdida y vuelta a encontrar.

Yo, a mi vez, recorriendo una galería del Metro, llevé la mirada hacia una disquera. Había un disco marginado en la estantería. “Wagner without Words”. Luego, dos nombres me atraparon los ojos: Richard Wagner y George Szell. Silencio. Por fin, después de dos décadas, ahí estaba MI ANILLO.

A los 14 años me regalaron un cassette. Una tal Cleveland Orchestra, comandada por un tal Georg Szell, interpretaba episodios orquestales de “El Anillo del Nibelungo”. Al tal Richard Wagner ya lo conocía, pero los otros nombres eran novedades para mí. Mejor así: la versión de Szell me conmocionó.

Desde aquella audición hasta este post, un largo etcétera ha dado a mi vida giros de montaña rusa. Pero... el Anillo Wagner-Szell sigue siendo para mí el Anillo Único. Sin desmerecer, por supuesto, a las alternativas, que con frecuencia suponen una competencia formidable: Georg Solti y Otto Klemperer son milagrosos; Klaus Tennstedt entrega versiones muy notables; y Karajan, por una vez, adecúa absolutamente su sonido al estilo y carácter de la música.

Cuesta ser objetivo cuando se toma cariño a una versión ... pero no he oído Cabalgata de las Valquirias tan emocionante como ésta. Cada elemento ocupa su lugar con la potencia necesaria. Y valga el mismo elogio para cada pieza en esta grabación.

Comparto aquí mi Anillo”, este disco esquivo y poderoso (ripeado maniáticamente a 320 kbps, volumen nivelado, etc).

Vale oro. Sólo escuchen la música.

 
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