La música es ingrediente sine qua non de los festejos navideños. Un repertorio inmarchitable que vuelve cada año para alimentar la expansividad de los sentimientos, la intimidad contemplativa, el regocijo festivo o la solemne confesión de fe. Todo eso y más son los villancicos, Weihnachstlieder, aguinaldos, carols o como se llame a estas canciones en cada rincón del ancho mundo.
Dice un viejo dicho que “la Navidad es de los niños” — y eso destaca la alegría inocente, sin complicaciones ni doblez, que se irradia en esta época. Tal vez por eso una de las piezas navideñas de corte clásico que viene muy bien en estas fechas sea un arreglo, creado por el músico ítalo-americano Steven Mercurio, a partir de un wiegenlied —canción de cuna— del incomparable Schubert. Ha sido un éxito desde su aparición en el disco Sacred Arias del popular tenor Andrea Bocelli en 1998. Me refiero a Mille Cherubini in Coro para tenor, coro femenino y orquesta.
Mercurio demostró ser un inspirado arreglista al engarzar dos joyas distintas de Schubert —una melodía de la suite de Ballet nº 1 de Rosamunde que se amalgama perfectamente con el Wiegenlied D 498— las cuales funcionan como una sola creación, orgánica y fluida.
¡Con esta hermosa y breve pieza les deseo una muy feliz Navidad 2020!
Hoy 6 de Diciembre, fiesta de San Nicolás, damos comienzo a la “temporada navideña” del Blog, y que la música espante (o al menos alivie) el peso del confinamiento y de las incertidumbres que nos ha traído la pandemia.
Comencemos con algo breve pero hermoso: la más antigua canción navideña alemana que ha sobrevivido, Nun sei wilkommen Herre Christ, “Demos la bienvenida a Cristo el Señor”, cuya versión manuscrita se remonta al final del siglo XIV, pero según los eruditos su origen va aún más atrás, al siglo XII, en Aquisgrán. La melodía tiene un sabor arcaico, evocador del canto gregoriano, y durante el siglo XIX el compositor Carl Hirsch (1858-1918) añadió una armonización para la respuesta coral Kyrie eleison, Christe eleison.
Comparto la excelente versión del Windsbacher Knabenchor (“Coro de Niños de Windsbach”), con una ensemble de bronces haciendo la solemne introducción:
Max Reger es uno de esos músicos que no terminan de imponerse al paso del tiempo. Como artista fue metódico y trabajador, concentrado en ganarse un nombre. Como creador combinó el contrapunto y técnica de Brahms con la audacia cromática de Liszt o Wagner. Pero su música fue criticada como farragosa, ardua, obsesionada con el dominio técnico y desprovista de lirismo. La fama, aunque injusta, le quedó.
Con todo, los artistas se guardan sus sorpresas. En respuesta a las críticas mencionadas Reger compuso una serie de 60 canciones entre 1903 y 1912 bajo el título genérico de Schlichte Weisen (Melodías Simples), evitando cualquier recarga de elaboración. Como resultado, esta colección vocal respira un clima íntimo, dulce, perfecto desmentido a cualquier acusación de escribir música “fea y aburrida”.
De estas Melodías Sencillas sobresale una: Mariä Wiegenlied, esto es, “Canción de Cuna de María”. Es común oírla en época de Navidad, y por ello les comparto hoy este “villancico inesperado”, con un guiño a la melodía gregoriana del “Resonet in Laudibus” ó “Josef, lieber Josef mein”, que Brahms había utilizado también alguna vez. La ternura inocente teñida por una suave melancolía hace de esta brevísima página un inolvidable prodigio. Escúchenlo en el enlace de más abajo.
“Joseph, lieber Joseph mein” (Thomanerchor Leipzig)
La magia de los villancicos impregna el ambiente en esta época, para muchos la mejor del año. Ciertas emociones recónditas afloran y se comparten, cierta benevolencia genuina tonifica las relaciones humanas, más allá de los eslóganes; en fin, un “clima espiritual” que tiene todas las características de un rito nos conecta a una historia y una cultura común.
La inspiración de los artistas respondió al incentivo de esta época, no sólo a través de las grandes obras destinadas a los misterios religiosos de Navidad (los oratorios barrocos, los concerti grossi, etc.) sino también en el encantador apartado de las canciones. Así se ha ido formando un repertorio de “villancicos inesperados”.
Johannes Brahms creó uno de sus lieder más extraordinarios para saludar el embarazo de Amalie Schneeweiß, esposa de su amigo Joseph Joachim. Empleó una poesía de Lope de Vega (“Cantarcillo de la Virgen”) traducida al alemán por Emanuel Geibel; el detalle inesperado consiste en la presencia de la viola como instrumento obligado aparte del piano. Y la viola entona su propia melodía: un antiguo villancico católico llamado “Josef, lieber Josef mein”, muy conocido del público alemán y que establece un diálogo tácito, en la mente de un auditor germano, entre tal evocación y la canción compuesta formalmente. La melodía del lied brahmsiano, además, es una inversión de la melodía de la viola. Este instrumento ocupa un registro medio, casi como una segunda mezzosoprano. De esta original amalgama (y de la yuxtaposición de estos significados dentro de la composición) se desprende música impregnada con esa ternura que el hosco Brahms sabía expresar tan bien cuando quería, como si nos compartiera un pedacito desconocido de su propia alma.
Brahms estaba familiarizado con la voz de Frau Joachim, y este lied quedaba cómodo dentro de su tesitura; por su parte, la viola era un instrumento bien conocido para su brillante amigo. Así, el lied estaba ajustado a las capacidades interpretativas de los dedicatarios. Pero hay más “capas” en esta canción: los timbres elegidos (mezzosoprano, viola, piano) confieren un color poco brillante, más bien íntimo y “otoñal” a la música, favoreciendo su expresividad. Se dice que el sonido de la viola rememoraba a Brahms el tono de voz de su madre, a la que quiso tanto.
Les dejo a todos ustedes, queridos amigos y visitantes de esta página, un caluroso saludo de Navidad en los sones de esta entrañable canción de mi admirado “Hannes”, en versión de Jessye Norman, Wolfram Christ (viola) y Daniel Barenboim (piano). ¡Un fuerte abrazo!
Otro de mis Weihnachtslieder más queridos, por su dulzura aliada a cierto pesar, como quien supiera el destino que aguarda al Niño nacido en Belén. Eso, y el hermoso desarrollo de la melodía, con su clímax que luego vuelve al reposo, me cautivan. Otra vez incluyo la versión de referencia, para mi gusto, de esta inspirada canción navideña.
La canción de Navidad por excelencia es Stille Nacht, de eso no me cabe duda. Pero no es una joya solitaria. Antes de su aparición los países germanos en especial, y el resto de Europa en general, habían creado nutridos repertorios para celebrar el nacimiento de Cristo. Y lo mismo siguió ocurriendo después de que el organista Franz Gruber hubiera dado forma sonora al texto del Padre Joseph Mohr. Hay, pues, mucha, muchísima música creada para estas fechas.
A mí, sin embargo, otra canción de Navidad me ilumina también el corazón. Funciona para mí como un complemento de la sencillez grandiosa del Stille Nacht. Como ésta, es una canción austríaca; pero en vez de las montañas, nació en la ciudad, Viena, y fue creada por un gran músico que hoy sólo aparece en las notas de pie de página, cuando merecería ser recordado por al menos dos valiosísimas aportaciones a la historia de la música: fue quien primero se convenció del genio del gran Anton Bruckner, lo llevó a Viena, le abrió las puertas del Conservatorio y se convirtió en su más firme defensor; además, fue quien descubrió la olvidada Sinfonía Inconclusa de Schubert y, nuevamente convencido de la genialidad de la obra, se apresuró en hacerla oír ante el mundo por primera vez.
Hoy les dejo aquí “Pueri, concinite” (Un niño ha nacido), subtitulado como “Cantus Pastoralis”, de Johann Franz Ritter von Herbeck (1831–1877).
¡Disfruten esta maravillosa composición, que vibra como pocas con el espíritu de Navidad: cuando se reconcilia lo grandioso con lo pequeño, lo infinito con lo precario, cuando el júbilo dimana paz y la paz engendra esperanza!