Toca la periódica revisión de enlaces caducos. Aclaro que las obras puestas aquí al alcance de amantes de la música tiene objeto didáctico y persigue alentar dicha pasión por el repertorio clásico. Pretendo también dar razones para adquirir los discos originales. Y es que los archivos digitales no compiten en calidad con el registro original. Si eres como yo, la música descubierta en Internet significará una probable visita a tu disquería favorita. Disfruta. ¡Saludos!
Tal día como ayer, 8 de junio, el año 1810 nació Robert Alexander Schumann. Fue un creador extraordinario y sin embargo, las audiencias no frecuentan su obra tanto como debieran. Si pensamos que la música de cámara y la propia forma sinfónica están en deuda con este generoso visionario, podremos aquilatar mejor su valor.
Fue acusado de no saber orquestar, cuando Schumann buscaba en realidad un nuevo sonido sinfónico, emancipado de las convenciones y subordinado a la mejor expresión de las ideas, algo que su pupilo Brahms finalmente concretó. Además, y repitiendo lo dicho en otras entradas de esta página, Schumann apostó por la sinfonía cuando los músicos del Romanticismo la empezaban a olvidar, considerándola una forma agotada y limitante.
Pese a ser Schumann un creador esencialmente expresivo y emocional, sentía gran aprecio por la construcción formal en antiguos maestros (fue un conocido admirador de Bach, e incluso escribió acompañamiento pianístico a las sonatas para violín del gran compositor barroco). Eso también lo alentó a aceptar el desafío de formas tan canónicas como la sinfonía, haciendo crecer en ellas el alcance emocional a partir de su lógica interior; esto es un evidente legado beethoveniano que también Schumann supo percibir (de manera muy distinta a Wagner, quien derogó el apego formal) y mantener vigente.
Así, recordemos al gran maestro nacido en Zwickau con su Sinfonía número 2, en Do mayor, que pueden ver en el video más abajo interpretada por el excelente director inglés Daniel Harding, para quien la clave en Schumann es encontrar el punto entre el calor y la transparencia. Sobre la sinfonía misma, digamos que su comienzo es una maravilla de expectación y “brumas que toman forma”, aparte que guarda un guiño a la fanfarria inicial de la sinfonía “Londres” de Haydn. El Adagio del tercer movimiento es una página profética: anuncia la tragedia, la inquietud y el desgarro futuros de Mahler.
Un significativo emparejamiento propone el disco que comparto esta vez, reedición por parte del sello amarillo (DG) del legado de Herbert von Karajan. Dado que el 16 de julio cumplimos 25 años de luto por su partida, sirva como homenaje. Se trata de las Primeras sinfonías en el catálogo de dos compositores estrechamente unidos por la amistad y la admiración mutua, Johannes Brahms y Robert Schumann.
Corrían los años 60 del siglo pasado y el gran director austríaco ejercía ya su autoridad sobre la Filarmónica de Berlín, renovando sin contemplaciones su plantilla de intérpretes (llegó a ser una de las formaciones de promedio más joven en Europa) pero conservando todo lo posible el sonido que habían aprendido de su anterior director, el legendario Furtwängler. Sobre esta base Karajan trabajó tenazmente para configurar un virtuosismo grupal inédito y plasmar un sonido orquestal esplendoroso, cincelado con oído sutil y acuñado como marca de fábrica. Para entonces y con esos mimbres ya había grabado una integral sinfónica de Beethoven(el famoso ciclo de 1963, habitualmente celebrado como el mejor de los que grabó junto a los berlineses). En ese mismo espíritu dio cauce al sinfonismo de Schumann y Brahms. Las versiones son extraordinarias. Podrá discutirse la idoneidad de una orquesta más afín a la grandilocuencia wagneriana que a dos compositores alejados formalmente de ese credo estético; pero, por favor, que nadie con oídos reproche la musicalidad, el compromiso serio, la chispa expresiva o la potencia del resultado. En ambos casos Karajan apuesta por la grandeza inherente a la partitura, rasgo más enfático en el discípulo Brahms que en el maestro Schumann. De hecho, esta Primera de Brahms aparece suntuosa, olímpica, inequívocamente imperial. Si recordamos la simpatía política del compositor hacia Bismarck y la creación del Imperio Alemán, debemos admitir que esa resonancia también es brahmsiana.Schumann, en cambio, más confesional y directo, plasma su alegría tras el batallado matrimonio con la mujer de su vida, Clara Wieck, en una obra palpitante de frescura y entusiasmo.
Herbert von KARAJAN y «su» Filarmónica de BERLÍN en plenitud de facultades reviven las sinfonías iniciales de dos maestros de la llamada «gran forma». La sinfonía de la era romántica —no confundir el término con sentimentalismo— ha sido uno de los aportes fundamentales de la música germana a la cultura universal, y ciertamente KARAJAN uno de sus mejores traductores. La trayectoria de este gran Artista fue meteórica y afortunada, amparada tanto en su talento extraordinario como en su agudeza para las oportunidades o su habilidad en el juego de las influencias. En la posguerra recibió el fundamental apoyo de Walter Legge, productor de EMI y fundador de la Orquesta Filarmonía (Philharmonia) de Londres, para luego regresar a tierras continentales y pararse frente a las dos orquestas que sueña cualquier director: las Filarmónicas de Viena y de Berlín. Hablé de fortuna: su elección para el podio berlinés significó vencer importantes candidaturas, como las de Celibidache o Maazel, pero que pudieron ser muchas más de no ocurrir la abrupta «extinción en serie» de grandísimos colegas —Furtwängler, Cantelli, Erich Kleiber, van Beinum durante la década de 1950, o Ferenc Fricsay a inicios de los 60s—, acontecimiento que «rompió el eslabón con la vieja guardia» en el decir de Claudio von Foerster, y despejó el panorama para que KARAJAN campeara a sus anchas como el director más famoso del mundo, un súperventas y figura pop que, merced a los lazos con la industria fonográfica, revitalizó el circunspecto circuito de la música clásica. Con todo, fue un genio. El mencionado Claudio von Foerster lo resume a la perfección:
Estudiando su legado diferenciamos diferentes etapas de su quehacer. La batuta joven y bulliciosa (desde los primeros discos hasta 1945), elegante, refinado, preocupado por la transparencia y el lenguaje directo. El segundo período, su era con la Philharmonia bajo la égida de Legge, casi solamente interesado en el preciosismo sonoro y enmascarando mucho, por ejemplo, los timbales. Su tercera época, los vinilos, como maestro de la técnica y la infalibilidad de estilo. Y sus años finales, los de la suprema sabiduría, condensando todas sus experiencias anteriores, cultivando visualmente el ego en los films pero nunca dejando de justificar su estatura de coloso de toda época. Tuvo la técnica perfecta, el oído absoluto y la memoria infalible; eso más la genialidad. Su sexto sentido musical fue excepcional. Eligió vivir como un autócrata y sigue siendo mítico.
¡Disfrutemos pues ese legado mítico, amigos y amigas!
El título es un guiño al mundo infinito de las adaptaciones musicales; en este caso, por vía de la instrumentación.
No es algo tan extraño; de hecho me atrevo a creer que es muy común: casi todos los compositores han incurrido en estas prácticas, ya por razones de aprendizaje, imposición laboral, diversión, iniciativa propia u otros fines personales. Tomando obras concebidas originalmente para uno o muy pocos más instrumentos, estos músicos reiluminaron páginas antológicas mediante la suntuosa paleta instrumental de la orquesta moderna.
Hay quienes se pasaron un poco de la raya —miremos a Stokowski...— pero también hay quienes nos revelaron la belleza desapercibida en una composición que se nos escapaba —miremos a Ravel...—.
¡Ravel! Precisamente él nos abre el camino en esta oportunidad, para seguir luego con Theodor Adorno, de quien tanto hemos sabido como filósofo y tan poco como músico.
»CARNAVAL« Op. 9— fragmentos sobrevivientes del arreglo orquestal completo — Por supuesto que decir Maurice Ravel inducirá el recuerdo de su celebérrimo Bolero en una amplia mayoría; otros tantos recordarán asimismo la Suite Dafnis y Cloe, la fantasía La Valse o la Pavana para una Infanta difunta. Pero junto a estas obras personales emerge el genio capaz de orquestar la producción de otros sin adulterar su esencia. Ejemplo concluyente: los Cuadros de una Exposición, de Músorgsky. Ravel, quien pasó la vida en pos de una perfección que nunca creyó alcanzar (!), ha sido el mayor maestro francés de la instrumentación (esto es, incluso sobre Berlioz) y ciertamente uno de los más grandes de toda la historia. No sólo por su supremo acierto y buen gusto en las combinaciones tímbricas o en la exploración de la sonoridad total de un instrumento, sino en la capacidad (en mi opinión, inigualada) de adaptar la paleta orquestal según la conveniencia expresiva de cada obra. Su maestría no está atada a un único “sonido inconfundible”, aun cuando su personalidad sea característica; por lo mismo, el sonido que escuchamos en los Cuadros... no es idéntico al de otras adaptaciones.
A principios del siglo pasado el empresario Sergéi Diaghilev, responsable de los aplaudidos “Ballets Rusos”, encargaba música para las representaciones de su compañía a músicos destacados. El buen ojo de Diaghilev redundó en frecuentes obras maestras. Una de ellas la orquestación completa de la suite Carnaval, de Robert Schumann, preparada por Ravel para los espectáculos de danza. Infelizmente sólo cuatro partes han llegado hasta nosotros: Préambule / Valse alemande / Paganini / Marche des 'Davisbündler'. En ellas apreciamos el respeto del creador francés hacia la partitura de su homólogo alemán.
»KINDERJAHR« — Seis estudios del Op. 68 de Robert Schumann para pequeña orquesta —Theodor Adorno ha pasado a la posteridad como filósofo, luego como crítico de arte, y poco o nada como músico. Quien escribe estas líneas admite poco cariño hacia este intelectual debido a su pendenciera actividad crítica en contra de Jean Sibelius, cuyas cualidades denostó tanto como pudo (sin llegar a poseerlas). No obstante, su reflexión sobre la música y la sociedad es digna del mayor respeto, aun cuando nadie está obligado a asumirla en términos definitivos. Como sea, Adorno realizó serios estudios musicales y hasta compuso algún puñado de piezas acorde a las vanguardias de su juventud, para concentrarse más tarde en la filosofía. Su »Kinderjahr« proviene del año 1941. Es interesante notar que la infancia fue relevante para el pensamiento del filósofo/compositor; así, tomó seis piezas del Op. 68 de Schumann («Álbum para la Juventud») para formar una especie de «ciclo del año» mirado desde los ojos de un niño. En su cometido, Adorno exhibe una imaginación tímbrica digna de admiración.
SINFONÍA nº 2 en DO MAYOR, Op. 61 — Por fin, cerramos el registro con el propio Schumann. Aquí está la preciosa Segunda sinfonía del compositor alemán, famosa debido a muchos méritos pero sobre todo al inimitable tercer movimiento, ese conmovedor Adagio que brota desde las entrañas de aquel hombre genial y sufrido.
La Orquesta Filarmónica Real, dirigida por Dirk Joeres, se luce haciendo «cantar» la música del gran Schumann. ¡Disfrútenla!
«Les Musiciens», óleo de Albert Bartholomé (1848-1928)
Hay gente que cree que la música clásica es un arte extraño, a la vez distinto y distante, que poco o nada sabe decir al corazón humano en nuestro tiempo. Amigos o amigas a quienes quiero mucho no titubean en acusarme a veces, con sonrisa socarrona, de preferir la «música fome», chilenismo que significa música aburrida, insípida. Pobres amigos...
Al mismo tiempo en barrios modestos, a veces marginales de la ciudad que habito, progresan iniciativas valientes para formar a muchachos muy jóvenes en la práctica de algún instrumento musical, reuniéndolos en orquestas principiantes. Este empeño ha logrado cuasi-milagros sociales por obra y gracia de la tal «música fome». Probablemente alguno de esos niños estará ahora mismo ensayando con su violín o su clarinete, abismándose ante un universo nuevo. Sé que esto ocurre. Mi embeleso personal con más de cinco siglos de tradición musical, el mismo embeleso que intento compartir con ustedes a través de esta página, data de los días del colegio, cuando correr tras una pelota en los recreos o enmudecer frente a alguna chica en particular era tan frecuente y natural como descubrir las notas bellas escritas por un alemán sordo en Viena, mucho mucho tiempo atrás. La conexión con la gran música se produce a despecho de cualquier prejuicio porque, como aquel mismo sordo escribió, es música «salida del corazón y destinada al corazón». Lejos de ser aburrida, resulta trascendental: une, reaviva, eleva.
Escribo esto al compartir con ustedes un registro de lieder interpretados por el grandísimo Dietrich Fischer-Dieskau, barítono-bajo cuya reciente desaparición aún conmociona, y ello precisamente porque caló hondo en el corazón de generaciones durante su larga trayectoria. Su voz, perfecta en timbre y técnica, sabía estremecer. Fue gracias a Fischer-Dieskau que conocí las canciones de Schubert y, a continuación, de una larga estela: Schumann, Loewe, Wolff, Brahms, Mahler... etc.
Ahora que el insigne cantante bávaro ha dejado este mundo, la añoranza es inmensa, como si formara parte de mi familia más cercana. Ojalá estos artistas supieran lo centrales que llegan a ser en la existencia de incontables personas, a las cuales tal vez nunca conozcan pero que siempre les dedicarán aprecio, cariño, gratitud.
Es que por medio de ellos el milagro de la vida y de la creación —cada vez más indispensable en un mundo poluído de contradicciones— acude a rescatarnos del tedio, la estrechez, la mediocridad, devolviéndonos lo mejor de nosotros mismos.
Con gratitud, pues, despido a este amigo compartiendo interpretaciones suyas de Lieder sobre poesías de Goethe grabados junto al pianista Karl Engel en 1970 — registro reeditado en 1995 por el sello ORFEO.
Hans Knappertsbusch (1888-1965)
en pleno ejercicio de su magnética gestualidad
Dedicado a todos los amigos que visitan este blog, pero muy especialmente a Fernando y a Leiter
El Blog empieza el año casi dos semanas más tarde, y eso requiere algo que disculpe la espera. Pues lo tengo. Planificado muchos meses atrás para ver la luz el día de Reyes, la confección de este post sufrió imprevistos que lo fueron demorando, pero en fin, aquí está ya. Evocando cierto cuento navideño, diré que llegó “el Cuarto Rey Mago”, aquel que culminó su viaje con retraso.
No me extenderé demasiado porque los regalos, más que explicaciones de terceros, piden ser descubiertos personalmente. Sólo les digo que se trata de una edición especial de cuatro discos consagrados al arte de uno de los grandes directores de la historia:Hans Knappertsbusch, largo apellido que se correspondía con una imponente estatura y todavía mayores capacidades artísticas. Verdadero mago de la improvisación, renuente a los ensayos pero de técnica intachable a la hora de empuñar la batuta, el interés de «Kna», como se le llamaba informalmente, abarcó gran parte del repertorio germano tradicional, centrado en el período romántico y con algo del clásico. También concedió algunas visitas hacia más atrás o más adelante en el repertorio —Bach o pequeñas dosis de Mahler y hasta Hindemith— pero sobre todo fue incomparable en Wagner. De hecho, Kna ha sido para no pocos el más grande director wagneriano de todos los tiempos. Aun así, su trayectoria vital y musical fue complicada, sabiendo de persecuciones, divorcios, pérdidas familiares (su única hija, a la que adoraba, falleció con sólo 19 años) y dos dramáticas guerras mundiales que barrieron con incontables puntos de referencia. Si nunca fue muy dado al cultivo de las relaciones sociales, el paso de los años y el giro de los acontecimientos fue haciéndolo cada vez más huraño, al punto de rehuir las ovaciones que el público le tributaba con fervor. Su muerte en 1965 cerró una época.
Sin más preámbulos les ofrezco este regalo para comenzar el año. ¡Disfrútenlo!
El castillo de Stolzenfels, a orillas del Rin, ilustra el espíritu de la Tercera Sinfonía de Schumann
Volvamos a esa época de entusiasmos y osadías como fue el temprano Romanticismo germano, y en particular el capítulo sinfónico. A la muerte de Beethoven, la forma sinfónica no encontró un continuador de parecida altura. O para hilar más fino, sí descubrió uno en el inspiradísimo Schubert, que reverenciaba al gran sordo pero había sabido emprender su propia senda; sin embargo, ocurrió con Schubert que la suerte no lo favoreció, y su grandeza, apenas evidente fuera de su círculo íntimo, permaneció inexplorada durante casi medio siglo tras su muerte y por ende, no logró influir a la generación inmediata.
La sinfonía pareció caducar como vehículo de expresión a falta de músicos capaces de medirse frente a ella —o frente a los nueve monumentos de Beethoven— y en gran parte también por los requerimientos técnicos de su lenguaje específico (el allegro de sonata). No es casual que uno de los verdaderos sinfonistas de tal período incierto fuese Mendelssohn, artista abierto a la influencia de los creadores pasados como Bach, despojado de prejuicios contra las estructuras musicales y así, capaz de equilibrar las ideas con una forma de expresión adecuada. Desde Francia, Berlioz ensayaba una solución novedosa con su Sinfonía Fantástica, dotándola con un programa implícito y así, anticipando el gran logro creativo de Liszt, el Poema Sinfónico.
Mientras tanto, Schumann exploraba el territorio orquestal. Hombre de intuiciones geniales, vislumbró en seguida que la capacidad arquitectónica no era enemiga de la poesía ni de la frescura de ideas, antes bien, podía ser su mejor aliada. Escribió cuatro sinfonías en las cuales ensayó el difícil equilibrio entre forma y fondo, y echó mano a su originalidad para obtener el ansiado propósito. Entre tales recursos figuraba la reiteración de un tema a lo largo de la sinfonía entera, como elemento unificador, o la disolución de los límites entre los movimientos para dar la impresión de fluencia sin interrupciones. Además, supo aquilatar antes que nadie el legado sinfónico de Schubert y se benefició con el análisis de las obras escritas por el vienés, que como decíamos al comienzo, había abierto un camino destinado no a superar, sino a “contornear” la obra beethoveniana.
Con esto en vista, creo que Schumannse erige como eslabón fundamental en el desarrollo histórico de la sinfonía, la gran forma por excelencia; y no sólo por recapitular los logros de los creadores post-beethovenianos a fin de crear sus propias obras, sino también por apostar a la sinfonía en una coyuntura histórica donde el prestigio parecía deslizarse hacia las novedades —interesantísimas, por supuesto— de Liszt o Wagner. Esta elección valiente permitirá, a la postre, los logros de Brahms, quien consumará las ideas sinfónicas que esperaban, desde la Novena Sinfonía, un heredero.
Les comparto hoy las Sinfonías nº 2, en Do mayor, y nº 3, en Mi bemol mayor, de Robert Schumann, interpretadas por Kurt Masur y la Filarmónica de Londres. Valga destacar la jerarquía de este director alemán en su lectura del repertorio romántico, como destaca leiteren este artículo.
Si en el post anterior abordamos una estupenda sinfonía francesa, mencionando la desventaja de los músicos galos en este campo, hoy les traigo una obra reconocida ampliamente como la mejor producción sinfónica nacida en Francia durante el siglo XIX. Y aunque los juicios perentorios mueven a la (sana) desconfianza, en este caso me atrevo a respaldarlos.
Franck, paciente perfección
César Franck sentado ante el órgano
César-Auguste-Jean-Guillaume-Hubert Franck (1822-1890) nació en Bélgica, pero las ambiciones de su padre lo llevaron a París, ciudad que nunca más abandonó. Se nacionalizó francés, cursó estudios (brillantes) en el Conservatorio e inició carrera como virtuoso bajo la tutela paterna; pero luego se enamoró, se rebeló contra su estricto progenitor e inició una “segunda vida” distanciada de la notoriedad, que le permitió cimentar poco a poco su enorme valía. Llegó a ser un organista extraordinario, un teórico musical estupendo y un profesor de éxito, rasgos éstos que nos evocan a Bruckner. Con este último compartía además la arraigada fe católica y la tenacidad paciente pero infatigable de su trabajo. Órgano, paciencia, espiritualidad... ¡he llegado a sospechar que estos factores no se ligan casualmente!
En fin, el 17 de febrero de 1889 la Sinfonía en Re de Franck fue estrenada en el Conservatorio de París, dedicada a Henri Duparc. La crítica reaccionó con ácida severidad, ignorando todas las virtudes de la obra y acusándola de wagnerianismo, si tal cosa existe.
Para entender esta agresividad hay que recordar la estruendosa victoria prusiana de 1870 sobre los ejércitos franceses, la cual había generado un violento repudio anti-alemán. Así las cosas, las influencias de Liszt y Wagner que había aceptado Franck eran simplemente inadmisibles por motivos muy ajenos a la música. No obstante, el maestro había firmado una obra maestra.
La sinfonía se divide en tres movimientos, contrariando la costumbre, y hace gala de una sonoridad maciza, evocadora del órgano que Franck dominaba a cabalidad. Dicho de otro modo, si la Tercera de St. Saëns otorga un rol sobresaliente al órgano en su instrumentación, la Sinfonía de Franck hace del órgano el espíritu que inspira a la orquesta. La concepción estructural es cíclica, es decir, temas que aparecen al principio retornan a mitad de la obra y al final, aportando una nueva cohesión arquitectónica. Además, el compositor recurre a su genio para las modulaciones armónicas, y también emplea una “construcción lenta”, en donde el discurso ignora cualquier apuro. Esto no impide la frecuencia de momentos llenos de emoción y fuerza, debidos sobre todo a la profunda claridad que la obra, y el compositor, poseen acerca de sus propios recursos y propósitos. Es, digámoslo así, una obra dotada con vida interior, de la cual extrae todas sus razones.
Un estupendo análisis de la obra lo podrán encontrar en el blog del maestro leiter, aquí.
Schumann, ebullición y arrebato
»Hombre desesperado«, célebre lienzo de Courbet
La segunda obra compartida en el disco es la luminosa Primera Sinfonía, llamada «Primavera», de Robert Schumann. Todo lo que en Franck es opacidad tímbrica y seriedad de discurso, acá se transforma en color, alegría y atrevimiento. El feliz compositor celebraba en esta obra su batallado enlace con la mujer de su vida, Clara Wieck. Aflora aquí la característica “ebullición expresiva” del genio alemán, con sus reiteraciones y su lirismo a la vez dulce y vibrante.
Dos compositores, dos mundos diferentes, pero que encuentran un intérprete consumado en el genial Wilhelm Furtwängler junto a la Filarlmónica de Viena, en estos dos registros de comienzos de los cincuenta del siglo pasado. Mientras con Franck es una lectura compenetrada e idiomática, en Schumann es un sorprendente alarde de improvisación que jamás agravia las ideas contenidas en la partitura. Queridos amigos y amigas, les invito a disfrutar estas interpretaciones históricas...
Schumann fue, con diferencia, uno de los músicos más originales del Romanticismo, validando ampliamente su condición de creador. Siguió la estela del arte beethoveniano, ocupado en trascender y, en pos de ello, derribar obstáculos y construir nuevos canales para así comunicar la efervescencia de sus pensamientos. Los dolorosos vaivenes de su psiquis herida impidieron a Schumann un dominio completo sobre la materia sonora semejante al que demostraron Beethoven o su amigo Brahms. En efecto, la dialéctica entre exaltación y depresión recorre su obra entera, emborronando a veces las propias intenciones del compositor, quien, pese a todo, ni rehuyó el combate de dar a luz sus ideas, ni disminuyó la ambición de sus empresas. Sólo la noche de la locura pudo apagar la fructífera inspiración de este alemán.
Hoy les comparto un disco de gran acierto en la elección del repertorio. Los intérpretes no requieren apología: la Orquesta Filarmonía de Londres (Philharmonia Orchestra), fundada en 1945 por el mítico Walter Legge a fin de realizar las grabaciones para EMI, y con un ilustre abolengo de batutas en su currículo, desde el inicial Beecham hasta el actual Salonen, pasando entre otros por Furtwängler, Karajan, Sinopoli y, por supuesto, Klemperer; y el joven Christian Thielemann, dotado músico que prolonga hoy la insigne tradición directorial germana. Estos artistas vuelcan su musicalidad en tres extraordinarias creaciones: la obertura Manfredo/ la Konzertstück en Fa mayor para Cuatro Trompas / la Segunda Sinfonía, en Do mayor.
Obertura »Manfredo«, op. 115 —Schumann se sintió impactado por la lectura del extraño y gótico poema de Lord Byron cuyo protagonista parece una mezcla —bien lograda— de Eneas, Fausto y Job, pero sin la parte religiosa, como leí en cierta ocasión. Ese personaje lleno de sombras y torturas interiores no podía menos que sintonizar con un compositor que para entonces (1848) ya percibía con horror la paulatina desintegración de su mente. El poema de Byron absorbió a Schumann al punto de declarar: Nunca me he consagrado a la composición con más amor y mayor concentración de todas mis fuerzas como a la partitura de Manfredo. Así finalizó una obertura y catorce números de música incidental, entre coros, solos y entreactos. Aunque la faceta teatral nunca fue fácil para el músico sajón, y aunque su inestabilidad nerviosa compromete la claridad de expresión, esta obertura siempre ha sido considerada una de sus mejores páginas sinfónicas. Tomando palabras de Ravelo de la Fuente, la Obertura Manfredo tiene forma sonata. Comienza lentamente con tres acordes sombríos y sincopados de toda la orquesta, seguidos de una cromática y melancólica melodía del oboe. Cuando se inicia la exposición formal de los temas fundamentales de la obra, la música adquiere un carácter apasionado. Luego sigue un agitado desarrollo. Al concluir, la música pierde fuerza, sugiriendo el instante de la muerte de Manfredo, con que finaliza el poema de Byron.
»Konzertstück« en Fa mayor, op. 86, para 4 trompas y orquesta — El fantástico poder de las cuatro trompas al unísono fue una de las conquistas sinfónicas de Schumann (basta recordar las brillantes acometidas que les pide en la Tercera Sinfonía). La presente obra es uno de los testimonios de la afinidad del compositor con este instrumento... y uno de los mayores desafíos para cualquier cornista! Personalmente, me parece una de las creaciones más originales nunca concebidas, un atrevimiento lleno de inspiración. Según Pajares Alonso, la Konzertstückes, indudablemente, la obra más singular en explorar la evolución técnica de los instrumentos de viento. Las 4 solistas tienen válvulas, las 2 de la orquesta pueden ser naturales. Cada uno de los 3 movimientos comienza alejado de la tónica; el oyente siente que el movimiento comienza no al principio sino hacia la mitad. Schumann refleja el rico simbolismo de la trompa en la literatura alemana. Por ejemplo, en el movimiento central el efecto de eco producido por las dos trompas en canon sugiere un paisaje romántico de alguna balada de caballeros.
Sinfonía nº 2, op. 61, en Do mayor — A pesar de su número en el catálogo, esta sinfonía es en realidad la tercera. Fue escrita entre los años 1845-46, y estrenada en Leipzig bajo la dirección de Mendelssohn. Con mi querido amigo leiter, a quien debo mucho en el conocimiento de Schumann, nos sentimos siempre admirados con el inicio de la sinfonía, esa fanfarria en contraste al tema que cantan las cuerdas... Al parecer hay un guiño deliberado a la fanfarria inicial de la última sinfonía de Haydn, pero con un ritmo muy alejado de la firmeza de éste. Luego, el ingenio del compositor se salta las convenciones e instala en segundo lugar un chispeante Scherzo, cuya escurridiza sección principal se intercala con dos tríos. La acumulación de movimiento y tensión de las dos primeras partes realza, si cabe, la belleza arrebatadora del Adagio espressivo, una de las páginas inimitables de toda la música, que anticipa claramente a Bruckner y a Mahler. Para Michael Steinberg hay una evidente similitud “de contorno” en la melodía que abre el Adagio, en Do menor, y los compases iniciales del Trio Sonata de la Ofrenda Musical del gran Bach, en igual tonalidad. Más allá de estas alusiones musicales, Schumann echa una mirada en su propio desasosiego y el resultado paraliza el corazón: los trinos de los violines en las alturas, el cromatismo del bajo, la belleza tímbrica de las maderas... Un Allegro molto vivace lleno de ímpetu y luminosidad corona esta magnífica sinfonía. El compositor tiene el acierto de incorporar como tema subordinado del finale precisamente el que abre el Adagio, doblando su velocidad (idea que Mahler copiaría en el Adagietto y Finale de su Quinta Sinfonía).
Obertura “Regreso desde el extranjero”, de Mendelssohn
HACE ALGÚN TIEMPO ATRÁScompartí en esta página un disco con Oberturas selectas del Romanticismo temprano. Esta vez vuelvo a la carga con idéntico repertorio y período, aunque tomado en sentido más lato. Volveremos a oír la alegría e instrumentación luminosa de Weber y Mendelssohn o el lírico apasionamiento de Schumann, pero también la personalidad compleja y arrolladora de Wagner y la chispa genial de Von Suppé.
Carl Mª von Weber (1786-1826):»Euryanthe«. La siguiente ópera de Weber tras el éxito de su Cazador Furtivo avanzó en aquella senda fantasiosa y legendaria que tan bien se le daba al compositor. El esquema de sus oberturas era claro: usaba temas de la obra que éstas introducían y los disponía como brillante pot-pourri, aunque lo bastante bien organizados como para dar al prólogo instrumental una entidad propia, incluso adelantando una intuitiva sinopsis de la trama. Echaba mano de su admirable imaginación tímbrica para infundir “capacidad de asombro” a la pieza; así, aunque la ópera en cuestión haya sido perjudicada por el mediocre libreto de Helmina von Chézy, esta obertura nunca dejado de sonar en el repertorio estable de las orquestas.
Robert Schumann (1810-56):»Hermann und Dorothea«, Op. 136. La obertura se inspira en la novela homónima de Goethe, uno de los autores favoritos de Schumann. Ambientada en los tiempos tumultuosos de la Revolución Francesa, se puede oír una cita de »La Marsellesa«. Una obra de emociones vivas, muy al estilo del músico de Düsseldorf, con una repetición periódica del tema principal, caracterizando a los personajes centrales.
Félix Mendelssohn (1809-47):»Die Heimkehr aus der Fremde« —traducible como »Regreso a casa desde el extranjero«— fue una opereta escrita por Mendelssohn (su opus 89) sobre libreto de su amigo Karl Klingemann, quien tiempo después repetiría labores en el oratorio Elías. La obertura evidencia a un compositor muy dotado melódicamente, con instinto para sutilezas tímbricas, por mucho que sean las cuerdas quienes dominen la instrumentación. El carácter “pastoral” de la primera parte se torna en vivacidad y pasión en la sección central... para concluir con un genial guiño al comienzo. Personalmente, es la pieza que más me gusta del disco.
Richard Wagner (1813-83):»Die Meistersinger von Nürnberg«. Si los compositores precedentes tienen grandes afinidades estéticas entre sí, Wagner trae una voz distinta, de fuerte personalidad, tópica del Romanticismo pleno. Si bien la temática sigue siendo histórico-legendaria, los recursos musicales son más avanzados y los orquestales, bastante más densos y numerosos. El concepto de la obertura como resumen de la trama operística alcanza un grado rotundo de elaboración. Wagner lleva las conquistas musicales de la generación precedente hacia su completo desarrollo y plantea innovaciones que definirán el curso de la música de allí en adelante.
Franz von Suppé (1819-95):»Die schöne Galathée« y »Banditenstreiche«. Este curioso personaje de la música ligera fue uno de los grandes de dicho »género menor«, el cual alcanzó, en la Europa finisecular, cotas de auténtica e inmarchitable genialidad. La primera obertura, basada en el mito de Pigmalión, fue escrita en Viena, lo cual explica el bellísimo ritmo de vals entretejido con la chispa y embrujo característicos de este músico croata, nacido de familia belga y cuyo auténtico nombre era Francesco Ezechiele Ermenegildo Cavaliere Suppé Demelli... La segunda obertura, menos conocida en la producción de Suppé, es menos ambiciosa pero ostenta las mismas virtudes musicales de sus hermanas más célebres.
Les invito, amigos y amigas, a disfrutar estas creaciones —cada una de ellas un mundo— en interpretación de la Filarmónica del Sur de Alemania dirigida por el competente Alfred Scholz. Tal vez el sonido del sello PILZ sea algo metálico y poco natural, pero en nada afecta la apreciación de música tan buena como ésta.
En el día de los Enamorados —más precisamente Día del Amor y la Amistad— colocaré a disposición de ustedes una obra íntimamente relacionada con una de las grandes parejas de la historia de la Música: Robert y Clara Schumann. Me refiero, cómo no, al Concierto para piano y orquesta en La menor, op. 54.
Schumann contaba ya con varios intentos de abordar el género, sin llegar a ninguna conclusión hasta el año 1841, cuando dio a conocer una Fantasía para piano y orquesta en un único movimiento. Clara instó a su genial marido a ampliar dicha obra y convertirla en un concierto completo. Así nacería finalmente una de las páginas emblemáticas del compositor, estrenada por Clara en Leipzig el año 1845, bajo la dirección del dedicatario de la obra, Ferdinand Hiller.
El Concierto para piano en La menor de Schumann en versión de dos monstruos llamados Barenboim y Celibidache
La obra posee una inmensa riqueza de estados anímicos —en su tiempo fue tildado de “curiosa rapsodia”— sin estar erizada de dificultades técnicas puesto que es, ante todo, una obra bullente de expresividad, quizá la más típicamente romántica de la literatura concertante alemana. Dejo con ustedes, pues, a Julius Katchen, Istvan Kertész y la Filarmónica de Israel en una grabación del año 1962, brillante y llena de matices:
Aparte de las dos ilustraciones del comienzo —la fotografía de Robert Doisneau y el cuadro de Francesco Hayez— incluyo también, con un poco de retraso, otros besos famosos en la historia del arte:
Para terminar bien el año les hago un regalo que sirva a la vez como broche de lo compartido y como pórtico a lo que viene. Se trata, ni más ni menos, que de la integral de las las 4 Sinfonías de Robert Schumannen la versión antológica de George Szell y la Orquesta de Cleveland. Muchas gracias al Gatosierra, que ha hecho posible este obsequio.
“Adagio expressivo” (segundo mov. de la Sinfonía nº 2)
El ciclo sinfónico del maestro de Zwickau, compuesto por cuatro obras maestras al igual que el futuro ciclo de su amigo Brahms, ha sido a veces rebajado en su alcance y trascendencia, siendo, como es, uno de los más importantes e influyentes de todo el sinfonismo germano. La afirmación vale con todas sus letras: Schumann confirmó la validez y riqueza de la sinfonía como género en una época atraída cada vez más por las innovaciones brillantes de Liszt y de Wagner, quienes pretendían que la forma sinfónica había llegado a su fin para ceder su sitio a la música del porvenir. Pero este sajón buenísimo, visionario, generoso, que vivía con el lastre de sus propias negruras, demostró que todavía quedaba mucho por decir después de Beethoven. Tan cierto era esto, que años más tarde surgiría desde el propio “bando del porvenir” un campeón mayor de la sinfonía: Bruckner. Robert no se había equivocado; o como decía jocosamente un añorado amigo, “Schumann la tenía Clara...” Ya nos extenderemos más sobre estas obras relevantes, acompañadas aquí por la obertura “Manfredo”. Por ahora, simplemente disfrútenlas con el corazón, porque es de corazón que se las comparto!
“Garganta rocosa”, Caspar David
Friedrich (1822-23)
Retomando la senda de las oberturas pasamos hoy a un grupo de obras escritas, casi todas, por músicos de la primera generación romántica. La sensibilidad orquestal sigue en pleno desarrollo gracias a las conquistas sonoras de Berlioz, Weber y Mendelssohn, quienes asumieron y ampliaron el legado del último Mozart y Beethoven. Crece la tensión dramática y el alcance emocional y conceptual de la música, que ahora obedece a la imaginación del artista más que a una fórmula prestablecida. La “obertura” asume mayor independencia como forma, originando piezas no destinadas a introducir ninguna ópera, sino con entidad propia: me refiero a las “oberturas de concierto”, anticipos del “poema sinfónico”. En ellas los autores elaboran su música de acuerdo a la forma sonata —como un primer movimiento de sinfonía— y guardando relación con alguna referencia extramusical (viajes, literatura, onomásticos, etc.). Mientras tanto, las oberturas de ópera se refinan hasta constituir detallados resúmenes de la trama, como lo hace Wagner con su magnífica obertura para “El Holandés Errante” o “Tannhäuser”.
El disco que hoy pongo a su alcance, queridos amigos, incluye una selección de oberturas del Romanticismo temprano, en la cuidada interpretación de Sir Roger Norrington y The London Classical Players, quienes siguen un estilo de interpretación “de época”, o como se dice también, “históricamente informada”. Incluso la distribución de la plana instrumental se organizó según el uso de la orquesta Gewandhaus de Leipzig en tiempos de Mendelssohn. Aquí, la enumeración de las pistas:
Carl Mª von Weber (1786-1826):»Oberon«. En una fantástica exhibición de color instrumental, Weber recopila temas que aparecerán en los actos siguientes de su ópera y compone un pot-pourri cuya vivacidad no altera la lógica de su exposición, creando un auténtico modelo que ejercerá amplia influencia sobre otros compositores de su tiempo.
Félix Mendelssohn (1809-47):»Die Hebriden«, Op. 26 — Obertura de Concierto. La visita del compositor a Escocia le atrajo la inspiración para esta obertura, que atravesó varias revisiones hasta dejar satisfecho al riguroso Mendelssohn. Sin duda una completa obra maestra, quizá uno de los mejores movimientos sinfónicos jamás escritos.
Hector Berlioz (1803-69):»Les Francs Juges«, Op. 3. Esta pieza nos remite al mundo de los Vehmgericht, tribunales secretos surgidos durante la Alemania medieval y cuyo símbolo era una cruz roja (Conan Doyle se inspira en esta organización para su novela “Estudio en Escarlata”). La obertura tiene una imprecisa relación temática con la ópera. Berlioz, uno de los mayores magos orquestales de todos los tiempos, nos ofrece numerosas pruebas de su habilidad a lo largo de esta composición, que vale la pena escuchar atentamente. El libreto destaca un ejemplo en particular: en la sección central, dos ritmos diferentes, uno en las cuerdas y otro en la percusión, se amalgaman para provocar una atmósfera de inquietud.
Robert Schumann (1810-56):»Genoveva«, Op. 81. En la única ópera salida de su pluma, Schumann se inspira en la leyenda de Genoveva de Brabante, esposa de Siegfried, señor de Simmerch. Calumniada como adúltera, es condenada y llevada al bosque, donde sus ejecutores se apiadan de ella y su hijo recién nacido. La inocencia de Genoveva será reconocida por fin, siéndole restituida su dignidad y castigados sus acusadores. Aunque Schumann trabajó sobre un libreto mediocre y no demostró mucha aptitud teatral, su música es de muy alta calidad, destacándose sobre todo la espléndida obertura aquí programada.
Franz Schubert (1797-1828):»Die Zauberharfe«. Tampoco este gran compositor sinfónico y vocal tuvo suerte con sus obras escénicas, en las cuales se hallan páginas de extrema belleza. Esta obertura delata especialmente el genio sinfónico de Schubert y su arrollador lirismo.
Richard Wagner (1813-83):»Der fliegende Holländer« — versión original de 1841. El gran revolucionario de la ópera alemana, Wagner, redactó una de sus oberturas más brillantes para introducir su ópera El Holandés Errante. La representación inicial de la tormenta marina, impactante, se basa en una experiencia del propio compositor en un viaje atravesando el Mar Báltico hacia Londres, durante el cual la furia de los elementos obligó al barco a refugiarse en los fiordos noruegos. La obertura fue adaptada en diferentes ocasiones, y la que habitualmente escuchamos tiene los retoques añadidos por el músico en 1860, cuando su estilo había llegado ya a la fase “Tristán”. Esta vez los intérpretes se ciñen a la primera redacción de la pieza (1841), con un final algo más convencional en el cual los instrumentos de época son llevados a sus límites, como apunta el libreto que acompaña el disco.
“Paisaje invernal con iglesia” Caspar David Friedrich (1811)
Schumann escribió a un cantante holandés apellidado Strackerjan, en 1852, una carta donde expresaba:
“El fin supremo de un artista consiste en consagrar toda su energía a la música sacra. En la juventud estamos firmemente arraigados a la tierra, con sus penas y alegrías, pero a medida que envejecemos nuestras ramas aspiran a cosas más grandes. Confío en que pronto se cumpla esto conmigo.”
El mismo año de esta misiva, el compositor había dado muestras claras de su interés en la música sacra cuando preparó, en largos ensayos junto al coro de Düsseldorf, varios fragmentos de la Misa en Si menor y la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach. Pero el ideal religioso en Schumann estaba profundamente alineado con su tiempo. Como siempre ocurría en este alquimista de formas y conceptos, su inventiva ya lo había llevado a comunicar impresiones muy vecinas de lo religioso a través de medios innovadores. Tal ocurrió en el 4º movimiento de la Tercera Sinfonía (“Renana”), donde plasma su deslumbramiento ante la gótica Catedral de Colonia en una maravillosa sucesión de acordes de sabor arcaico encomendados a los trombones, fijando una solución orquestal que volveremos a encontrar en la Cuarta Sinfonía de Brahms.
El director Kent Nagano ha dicho al respecto:
“Yo me llego a sentir profundamente espiritual [en este cuarto movimiento], es como una transfiguración. Pero, para decir que es religioso tendríamos que pensar en su forma más abstracta, porque Schumann trataba las ideas religiosas de manera muy moderna. Así, transmite ideas espirituales a través del carácter de la música, a través de armonías o timbres.”
Aquel año de 1852 el compositor firmará su Misa en Do menor, obra organizada según el esquema de una misa católica, emocionante en la honestidad de su expresión y la belleza de las relaciones entre el coro, los solistas y la orquesta. La dolida intimidad de su comienzo, Kyrie, parece mezclar ternura y mal augurio, lo cual se suaviza en las vivaces notas del Gloria o el Credo. El Ofertorio consiste en un himno mariano (“Tota Pulchra es Maria”) que evoca al gran liederista que un día fuera Schumann. El Sanctus y el Agnus Dei concluyen esta obra donde el compositor se despide antes de caer en la larga noche de la locura. Clara, su esposa, temerosa de que aquella demencia pudiera haberse infiltrado en la Misa, pensó en destruir el manuscrito, pero Brahms la disuadió de ello. Gracias al tino y al afecto de Johannes, hoy puedo compartirles esta obra —muy característica de la visión religiosa del Romanticismo alemán, y donde cabe registrar la influencia de las misas beethovenianas— en versión de solistas vocales, el Coro y Orquesta de la Fundación Gulbenkian de Lisboa, todos bajo la dirección de Michel Corboz...
El Romanticismo en sus etapas de inicio y plenitud (aprox. 1800-1850) tenía lo que podría llamar “pureza de intención”. Se deparaba ante la creación artística respetuoso y deslumbrado, como ante un misterio. Al reaccionar contra la idolatría a la norma y la racionalización omnímoda que caracterizó antes al Iluminismo, se levantaba también contra el artificio, contra el afán de encorsetar la realidad viva en fórmulas inflexibles.
Es toda una postura frente a la vida. El racionalismo a ultranza arriesga convertirse siempre en una reducción, pues ni el más brillante de los hombres logra abarcar, desmenuzar y contener en una elaboración mental las infinitas posibilidades latentes en el universo. Y al parecer, según la experiencia muestra, tampoco las que anidan en ese otro universo —tanto o más insondable— llamado corazón humano. En ambos casos la sola razón queda corta ante realidades que se divierten en eludirla.
Conviene matizar, eso sí, que el valor otorgado por los románticos a lo espontáneo e inmensurable no significaba un repudio minucioso de la racionalidad, como a veces se piensa. Robert Schumann, epítome del Romanticismo musical, produjo como pocos un arte de efervescente originalidad, pero también supo discernir con agudeza el potencial de la estructura musical como soporte de la inspiración, intentando fundir la libertad de su ideas con la forma clásica. Preveía que ese logro difícil —equilibrar lo imprevisible con lo premeditado— generaría obras de inusitado alcance.
Hay quien dice que esa tensión entre polos tan opuestos agotó la frágil psiquis del compositor. Lo dudo. Mejor sería admitir que esa clase de “originalidades” son el meollo más interesante del músico de Zwickau. De la misma manera que su cuasi-discípulo Brahms o su querido amigo Mendelssohn, Schumann valoró el pasado y tomó de él elementos para su propia obra; compartió la fascinación por las poderosas novedades de Beethoven y supo celebrar la genialidad de muchos contemporáneos suyos (Brahms otra vez, Weber, Chopin...). Nunca perdió “la aptitud para el eureka”, para el asombro que precede al descubrimiento. Por eso fue un renovador.
En la galería de personajes célebres con que Goethe enriqueció la literatura, encontraremos a una jovencita italiana llamada Mignon. El escritor la hizo aparecer en su novela “Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister”. Encarna un tipo femenino grácil, encantador pero maltratado por el destino, ambiguo en el travestismo circense. Goethe le añade otra faceta más metafísica: la inocencia clarividente. En efecto, la muchacha, secuestrada por una trouppe de cómicos ambulantes, demuestra una misteriosa y trascendente espiritualidad, en pugna con la tragedia de su origen, el incesto. Causó tanta sensación esta figura, que otra trouppe (esta vez de artistas reales) se precipitó sobre los versos goethianos para trasvasarlos a nuevas formas. Aquí es donde emerge Robert Schumann, con su infrecuente combinación de talento musical y literario. Compone formalmente la música que Goethe simplemente alude en la novela. Así nació el “Requiem para Mignon”, Op. 98b, inusual variante del “género fúnebre” dedicado no a un ser real, sino imaginario. Sobra decir que no tiene uso litúrgico ni se ciñe a credo alguno, pero sí tiene sentido ritual y expresa el clima —digno, reflexivo, tierno y trascendente— que un oficio de difuntos debiera comunicar. Todo ello expresado con el ímpetu propio del compositor, su inquietud armónica y su melodismo sensible y apasionado.
NOTA en 2020: Un dato interesante para entender mejor esta obra es que en 1848 Schumann había fundado en Dresde una exitosa Sociedad Coral (llegó a tener 70 miembros) con el fin de explorar y difundir la música sacra de Palestrina, Bach, Mozart y Haydn, entre otros. El Réquiem para Mignon fue compuesto al año siguiente, centenario de Goethe, y en el estilo coral se percibe influencia de los compositores redescubiertos en aquella Sociedad.