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martes, 25 de junio de 2013

#poesía | BAUDELAIRE


Elevación


Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá de los soles, más allá de los éteres,
Más allá del confín de estrelladas esferas,

Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y apura, como un noble y divino licor,
La luz clara que inunda los límpidos espacios.

Detrás de los hastíos y los hondos pesares
Que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!


Charles Baudelaire (Las flores del mal)

miércoles, 25 de enero de 2012

Los tropiezos clarividentes de Baudelaire como crítico de arte


“Connoisseurs”
Honoré Daumier, c. 1863


“En 1855, durante el mes de marzo solamente, Baudelaire cambió seis veces de domicilio, “viviendo en casa húmedas, durmiendo entre pulgas…, traqueteado de hotel en hotel” (Carta a su madre del 5 de abril). Pero de pronto se le ofreció una ocasión inesperada. El 15 de mayo se inauguró la primera Exposición Universal. La ceremonia se realizó en presencia del Emperador y la Emperatriz en el nuevo Palais de l’Industrie, todavía sin terminar. Otras muchas partes de la Exposición se hallaban todavía a medio construir. “Un caos —se lee en [el periódico] Le Pays— pero que de hora en hora se ordena.” Ahora bien, la dirección de Le Pays, cuyo nuevo propietario era el banquero Mirès, acababa de confiar a Baudelaire la tarea de escribir un folletín semanal sobre la sección de Bellas Artes durante todo el tiempo que durase la Exposición. ¡Qué suerte!

El primer artículo de Baudelaire apareció el 20 de mayo. El segundo el 3 de junio. El tercero, enviado el 9 de junio, fue compuesto pero no se publicó. ¿Qué había sucedido? Que la dirección de Le Pays y los suscriptores del diario contaban con informaciones que pudieran servir de guías a los visitantes del Palais Montaigne. En lugar de eso, Baudelaire había escrito monografías que habrían estado más en su lugar en una revista. El primero artículo estaba dedicado a la doctrina y al método, el segundo enteramente a Delacroix y el tercero enteramente a Ingres. El poeta, amonestado ya después del segundo artículo, juró en vano por sus grandes dioses que el cuarto y los artículos siguientes no estarían dedicados a un solo artista, pues lo despidieron. Mirès y Dutacq [el redactor y futuro director] quizá habrían admitido sus excusas, pero Cohen [redactor en jefe] se mostró intratable. El 6 de julio un tal Louis Enault sucedió al periodista mal inspirado, y de semana en semana, hasta el 15 de noviembre, la serie de folletines sobre Las Bellas Artes en la Exposición se publicó sin inconvenientes. Cohen, Mirès, Dutacq y los suscriptores del diario, todos estaban contentos.

¿Pero quién recuerda hoy día los diecinueve folletines de Louis Enault? En cambio, la posteridad sigue recordando los tres artículos de Baudelaire. Son admirables.

Palais des Beaux Arts,
entrada al sector artístico de la Exposición de 1855

En el primero, el poeta se alza contra las pretensiones de los que Heinrich Heine llamaba los modernos profesores-jurados, es decir los críticos librescos encerrados en sus sistemas. Pide al crítico de arte que conserve en sí mismo la virtud de la ingenuidad y del asombro. […] Más adelante el autor emite la idea de que la belleza trivial es inconcebible. De ahí saca el corolario de que lo vulgar es antípoda de lo bello, y que toda obra bella contiene cierta dosis de extravagancia, es decir una individualidad propia, inesperada.

En otra parte se lee este pensamiento: “La Pintura es una evocación, una operación mágica”. Cuando se consigue la evocación, los pedantes se ponen a discutir en mala hora las fórmulas con el pretexto de que no están de acuerdo con las reglas.

A continuación Baudelaire declara la guerra a su pesadilla: la idea del Progreso en el Arte, y termina con consideraciones profundas, preñadas de sobreentendidos, acerca de los desplazamientos de la vitalidad entre las naciones de la Tierra. Algunas de sus reflexiones revisten, cuando se las aísla, una dura luz de máximas grabadas en medallas:
El artista no promete a los siglos futuros sino sus propias obras.

No responde sino de sí mismo.

Muere sin hijos.

No hay que creer que los recién llegados heredan íntegramente a los antiguos.

Sucede con frecuencia que, estando perdido todo, hay que rehacerlo todo.

Dios despoja a las naciones algunas veces por un tiempo y algunas veces para siempre.

Vivimos en un siglo orgulloso que se cree por encima de los contratiempos de Grecia y Roma.

Esta última sentencia no era aplicable únicamente a las Bellas Artes. En el orden político adquiría un valor de advertencia todavía más serio. ¿Pero quién podía tenerlo en cuenta en 1855, en medio de la euforia general que siguió en Francia a las victorias de Crimen, cuando París se enorgullecía de un puente nuevo llamado Pont de l’Alma?
”

“Baudelaire – Historia de un Alma”, por François Porché
Buenos Aires: 1949, Editorial Losada

domingo, 2 de enero de 2011

BAUDELAIRE COMENTA A DAVID

La Muerte de Marat
Jacques-Louis David (1793)

“El artículo de Baudelaire [reseñando la exposición de pintura organizada en 1846 por el Bazar Bonne-Nouvelle] se publicó el 21 de enero. Había en él una página admirable sobre el Marat mort de David. Citamos de él las siguientes líneas, en las que el poeta, inspirando al crítico, anota la transfiguración que puede operar el Arte hasta en el horror mismo:

...cruel como la naturaleza, este cuadro tiene todo el perfume de lo ideal.

Se trata de una frase profunda que habría podido servir más tarde como epígrafe a Les Fleurs du Mal mismas. Pero prosigamos:

¿Qué era, pues, esa fealdad que la santa Muerte ha borrado tan pronto con el extremo de su ala? Marat puede en adelante desafiar a Apolo; la Muerte acaba de besarlo con sus labios amorosos, y él descansa en la calma de su metamorfosis. Hay en esta obra algo tierno y punzante a la vez; en la atmósfera fría de esa habitación, sobre sus paredes frías, alrededor de ese baño frío y fúnebre, revolotea un alma...

Teniendo en cuenta la diferencia de los temas y, en consecuencia, la diferencia de los sentimientos que se relacionan con ellos, ¿no está aquí ya evocada la atmósfera del poema de Les Fleurs du Mal titulado Une Martyre? Baudelaire obtuvo en el plano literario, mediante el encantamiento poético, una transfiguración análoga a la que consiguió David con su pincel en su Marat. En ambas obras hay, no solamente la descripción de un cadáver, sino también, exteriormente al cadáver mismo, la presencia de la Muerte en la habitación y el comienzo de otra vida, un ‘alma que revolotea’.

”

“Baudelaire – Historia de un Alma”, por François Porché BUENOS AIRES: 1949, Editorial Losada, pág. 133.

martes, 21 de diciembre de 2010

La Luna, el Verano y Baudelaire

Caspar David Friedrich
Dos jóvenes a orillas del mar contemplan la Luna
(Caspar David Friedrich, 1835)

Esta noche llega el verano escoltado por un fenómeno astronómico tan hermoso como infrecuente: un eclipe total de Luna. Será el primero de estas características que se produzca en dos años, y junto con él recibiremos el solsticio de verano, la noche del 20 al 21 de diciembre.

Al astro nocturno han sido vinculados desde siempre los poetas, esos seres extraños (y preocupantes) para los demás hombres. Saludo, pues, al eclipse con la voz de uno que supo inquietar, equilibrado por la inigualable obertura de Mendelssohn “Sueño de una Noche de Verano”, conjuro musical de un mundo feérico, tan apropiado a la plateada penumbra.

Los dejo, así, entre las tristezas de Baudelaire y las alegrías de Mendelssohn...


Tristezas de la Luna
Esta noche la luna sueña con más pereza,
Igual a una beldad que sobre muchos cojines
Con mano ligera y de abandono acaricia
La forma de sus senos antes de dormirse.

Sobre el dorso de seda de suaves avalanchas,
Muriente, se entrega a prolongados éxtasis,
Y pasea su mirada sobre visiones blancas
Que ascienden al azul, igual que floraciones.

Cuando algunas veces sobre esta forma, en su languidez ociosa,
Deja rodar una lágrima furtiva,
Un piadoso poeta, enemigo del ensueño,

Acoge esta pálida lágrima en el cuenco de su mano
Como un pedazo de ópalo de irisados reflejos.
Y en su corazón la guarda, lejos de los ojos del sol.
Charles Baudelaire

“Titania Sleeping in the Moonlight”
John Simmons (1823-1876)

sábado, 10 de octubre de 2009

Baudelaire. Poemas en Prosa

Cada Cual con su Quimera



Bajo un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados.

Llevaba cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.

Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al pecho de su montura, y su cabeza fabulosa dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos.

Interrogué a uno de aquellos hombres preguntándole adónde iban de aquel modo. Me contestó que ni él ni los demás lo sabían; pero que, sin duda, iban a alguna parte, ya que les impulsaba una necesidad invencible de andar.

Observación curiosa: ninguno de aquellos viajeros parecía irritado contra el furioso animal, colgado de su cuello y pegado a su espalda; hubiérase dicho que lo consideraban como parte de sí mismos. Tantos rostros fatigados y serios, ninguna desesperación mostraban; bajo la capa esplenética del cielo, hundidos los pies en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo mismo, caminaban con la faz resignada de los condenados a esperar siempre.

Y el cortejo pasó junto a mí, y se hundió en la atmósfera del horizonte, por el lugar donde la superficie redondeada del planeta se esquiva a la curiosidad del mirar humano.

Me obstiné unos instantes en querer penetrar el misterio; mas pronto la irresistible indiferencia se dejó caer sobre mí, y me quedé más profundamente agobiado que los otros con sus abrumadoras quimeras.


Charles Baudelaire, Poemas en Prosa

viernes, 7 de agosto de 2009

WAGNER y BAUDELAIRE

“Baudelaire – Historia de un Alma”, por François Porché
BUENOS AIRES, 1949, Editorial Losada, Pg. 399 y ss.

“
Nada, ni la enfermedad ni las preocupaciones, pudo disminuir en Baudelaire esa facultad que siempre tuvo de entusiasmarse, de indignarse, en una palabra de tomar partido violentamente en todas las grandes causas del arte. El mismo hombre que en en 1845 había defendido con tanto ardor y tanta inteligencia el genio todavía discutido de Eugène Delacroix saludaba ahora en la persona de Richard Wagner, quien había llegado a París en el otoño de 1859, al renovador de la música moderna.

Baudelaire asistió a los famosos conciertos Pasdeloup de los días 25 de enero y 1º y 8 de febrero de 1860 que fueron para muchos de los que iban a convertirse pronto en los defensores de la música wagneriana en Francia una revelación trastornadora. Había ido a la sala de los Italianos (sala Ventadour) ‘bastante mal dispuesto, lleno de malos prejuicios’, como confesó algunos días después al propio Wagner en una carta ahora célebre. Pero inmediatamente se había sentido transportado. ‘Ha sido esa música —le confesó a Poulet-Malassis— uno de los grandes goces de mi vida; hace quince años que no sentía semejante rapto’. Quince años, es decir desde 1845, precisamente desde que conoció la obra de Delacroix.

El negocio de los conciertos terminó con un déficit de 11 mil francos. Esta pérdida material no habría tenido mucha importancia si hubiese sido compensada con el buen éxito artístico. Pero la prensa del bulevard se desbocó contra el músico revolucionario, el ‘Marat de la Música’. ‘Esta música —escribió en su Biographie Universelle des Musiciens el musicógrafo belga Fétis, uno de los oráculos del momento— esta música que debía ser la del porvenir es ya la del pasado’. Entonces fue cuando Baudelaire, entristecido por el fracaso, indignado por los artículos venenosos que se habían publicado en Le Ménestrel y Le Messager du Théatre, y todavía más por un artículo pérfido de Berlioz publicado en el Journal des Débats, envió a Wagner esta carta de un desconocido en la que le grita su admiración y que termina con las siguientes palabras: ‘No agrego mi dirección porque usted creería quizá que tengo que pedirle algo’. Se había presentado modestamente como ‘alguien que no entiende de música y cuya educación a este respecto se limita a haber oído (con gran placer, es cierto) algunas bellas obras de Weber y Beethoven’.

Merece la pena señalar que, en efecto, antes de su encuentro con Wagner se preocupaba poco por la música y apenas asistía a los conciertos. Y después de esa especie de fulminación que sufrió en la sala de los Italianos apeló a las impresiones coloristas para tratar de explicar por analogía sus impresiones sonoras. En otro tiempo había convertido los cielos melancólicos de Delacroix en ‘un suspiro ahogado de Weber’. Y ahora, recíprocamente, tomaba de la pintura los términos con que describía el proceso ascendente de su emoción musical:

‘Supongo que tengo ante mis ojos una vasta extensión de un rojo oscuro. Si este rojo representa la pasión, lo veo llegar gradualmente, mediante todas las transiciones de los colores rojo y rosado, a la incandescencia del horno. Parecerá difícil y hasta imposible llegar a algo más ardiente, y sin embargo, un último cohete traza un surco más blanco sobre el blanco que le sirve de fondo. Éste será, si así lo quiere, el grito supremo del alma llegada a su paroxismo.’
Wagner, ocho años mayor que Baudelaire, tenía entonces cuarenta y seis años. A pesar de las contrariedades de su destino y de las servidumbres materiales a las que estaba todavía sujeto, era ya ilustre en Alemania, donde había alcanzado triunfos. Baudelaire, en aquel fin de invierno de 1860, se afilió al grupito de los primeros adeptos franceses, los Léon Leroy y Gasperini. Pronto el poeta se hizo presentar al músico. En los días de buen tiempo de abril solía verlo en la terraza del Tortoni, adonde iba Wagner algunas veces seguido por su perro Fips.

El maestro se alojaba en el número 16 de la calle Newton, en el barrio de la Estrella; había alquilado el palacete del novelista Octave Feuillet. Baudelaire acudía allá los miércoles con Gounod, Berlioz, colega poco seguro al que Wagner halagaba; el dibujante Gustave Doré, Émile Ollivier, Malwida de Meysenburg, Jules Ferry, entonces un simple abogado, y una cantidad de adulones curiosos como los que se apretujan siempre en París alrededor de los visitantes de paso que tienen alguna fama. Minna, la primera esposa de Wagner, buena ama de casa, había ido desde Dresde. Vivía en la casa de un departamento separado, pues cada esposo residía en un piso, y huía de los visitantes, aunque dirigía los sirvientes, que eran tres. ¡Cuán poco se parecía aquella bohemia fastuosa, alimentada por los adelantos de Wessendock a cuenta de la Tetralogía y por los derechos cobrados al editor Schott por la venta de El Oro del Rin, a la aguda estrechez de Baudelaire, que mantenía su pobreza con los sueños del opio en una oscura habitación amueblada de la calle de Amsterdam!

Sin embargo, el poeta quería y respetaba a aquel hombrecillo extraño con patillas, la frente turriforme, el mentón saliente, efervescente, gesticulador, excéntrico, que vestía por la mañana una toga de seda de color violeta de obispo, cubría su enorme cabeza con un gorro de terciopelo y hablaba con gestos enérgicos en un francés muy malo. Distinguía en él al farsante sublime, portador de un mensaje sagrado, al que los dioses envían a ‘este mundo aburrido’ para consolar con cantos y sonidos todavía no oídos a nuestra triste humanidad, al genio capaz de crear un pueblo de héroes, un universo de gigantes, al gran bardo alemán llegado del fondo de la selva sajona para conquistar al París espirituoso, burlón y duro.

”

MÚSICAS WAGNERIANAS PARA DESCARGAR

sábado, 14 de marzo de 2009

Historia de Dos Hermanos (II)

[François Porché, 'Baudelaire - Historia de un alma', Cap.II]

Caillebotte

“
Pero entre esa multitud abigarrada, ¿dónde está el hermano espiritual, el que le aprecia a uno en su justo valor porque uno se le parece, el que no ignora que uno es un príncipe, a pesar del paletó raído, porque es todo aristocracia bajo sus vestidos?

¿Dónde está ese gemelo querido, ese doble de uno mismo, que cada artista, sin saberlo, busca locamente a través de la vida? ¿Dónde estás tú, dandy cimbreante que ocultas a todas las miradas un alma virginal? ¿Dónde estás tú, que te emborrachas con alcohol hasta caer en el arroyo, pero que sabes que entre la borrachera vulgar y tu propia borrachera hay mundos de pensamientos, montañas nevadas de delicadezas, abismos de dolor?

Tú, que conoces mis vicios, porque son los tuyos; tú que has seguido siendo puro como yo bajo la capa manchada, tú a quien aprieta la pobreza como me aprieta a mí, a quien atormenta la enfermedad como me roe a mí; tú que vas perseguido como yo en el torbellino de las calles, solo, irremediablemente solo en todos los lugares públicos, en las salas de espera de las estaciones, en las cervecerías, los teatros, los conciertos, los bailes populares, bajo el gas cegador. ¿Dónde puedo encontrarte, espejo de mí mismo? Sin duda no eres sino una criatura de mi imaginación, un sueño febril, o ese consuelo ilusorio y breve que cada vez me cuesta más encontrar en el fondo de mi frasco de láudano.

Baudelaire creyó durante mucho tiempo que su esperanza era quimérica. Quizá ni siquiera había tenido la sensación de que buscaba a través del tiempo y del espacio esa especie de equivalente de su ser, esa respuesta a su vida, esa justificación y, en fin, esa excusa. Quizá nunca había formulado ese llamamiento profundo de su alma. Pero lo cierto es que, consciente o no, deseaba con todas sus fuerzas ese encuentro, esa coincidencia inesperada, pues en toda su vida no sintió una emoción comparable con la que se apoderó de él el día en que por casualidad se alzó ante él la personalidad misteriosa de Edgar Allan Poe.

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Una noche de octubre de 1846 cayó en sus manos en un salón de lectura un artículo de la Revue de Deux Mondes que se titulaba ‘Los Cuentos de Edgar Poe’. Recordaba que sus dedos se habían puesto a temblar como la noche en que vio a Jeanne por primera vez. Pero en este caso no era el temblor vago de la carne perturbada; era una vibración superior y casi musical, una gama de correspondencias intelectuales, un canto enigmático que se elevaba sobre el mar, a tres mil millas de distancia, y que decía: ‘¡Hermano! ‘¡Hermano!’

”

sábado, 7 de marzo de 2009

Historia de Dos Hermanos (I)

[François Porché, 'Baudelaire - Historia de un alma', Cap. II]

“
Entre los seres que rodean a una vida, ¿cuáles son los reales y cuáles los fantasmas? ¿Acaso los seres humanos con los que nos codeamos a diario no son a veces sombras para nosotros?
Apenas había en Francia un autor célebre que Baudelaire no conociera personalmente o al que no se hubiese acercado alguna vez. Balzac había muerto, pero el poeta había conocido en la calle al gran novelista en la época en que era todavía un adolescente, y luego se vio con él muchas veces. Víctor Hugo estaba desterrado, pero anteriormente le visitaba Baudelaire en el número 6 de la Place Royale. Conocía a Théophile Gautier desde hacía mucho tiempo. Sainte-Beuve, a quien enviaba versos desde 1844, le trataba con benevolencia, por lo menos verbalmente. Baudelaire lo llamaba “el tío Beuve”. Delacroix, en cuyo estudio de la calle Notre-Dame-de-Lorette le introducía con frecuencia Jenny, el ama de casa, tomaba en consideración sus consejos. Sin duda se trataba de hombres cuyo talento, y hasta cuyo genio en lo que se refería a algunos de ellos, era indiscutible.

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Además contaba con camaradas, con colegas que eran verdaderos poetas o verdaderos escritores. [. . .] Y junto a los jefes de fila que Baudelaire admiraba, junto a los compañeros que estimaba, se apretaba el tropel confuso de las relaciones literarias: cronistas, folletinistas, críticos de arte, asistentes habituales a las comidas de Philoxene, el pequeño lírico cruel; a los viernes de Mürger y al café Tabourey, la cervecería Des Martyrs, el Divan Le Peletier, el café de la Régence, adonde Musset iba algunas veces a jugar al ajedrez; el fumadero de Valois; el restaurant Cousinet de la calle Du Bac. En esos lugares se estrechaban las manos, se cambiaban saludos y sonrisas convenidas, se compartían algunos entusiasmos y sobre todo algunas enemistades y había mucho ruido, muchos gestos.

”

martes, 24 de febrero de 2009

Historia de dos hermanos


Baudelaire fue hermano de Poe.
El vínculo entre ambos poetas constituye, de hecho, un episodio sorprendente —incluso conmovedor— en la famélica historia del reconocimiento humano.

Ambos nunca se conocieron personalmente, ni siquiera por vía de intermediarios. Baudelaire descubrió la obra del escritor norteamericano de manera fortuita, durante una visita a un club literario. Pero desde que su aguda inteligencia se deparó con Poe, una especie de temblor lo sacudió. Sintió una afinidad tan profunda como nunca más la tuvo con nadie; afinidad de ideas y de ideales, de visión y propósito. Años más tarde consagraría tiempo y genio a traducir las “Narraciones Extraordinarias”, llegando a un resultado único en la lengua francesa por atrapar no sólo la idea exacta, sino incluso el juego de sonoridades que cada lengua trae consigo. Precisamente aquello que se considera intraducible.

La admirable biografía que François Porché dedicó a Baudelaire destina dos capítulos al encuentro ideal de estos dos grandes creadores, de una forma tan elocuente y emocionante que me siento obligado a compartir aquí, poco a poco, fragmentos de dicha narración.

Estoy seguro que será una historia gratificante.

sábado, 14 de febrero de 2009

Albatros

Baudelaire
Más allá de la época y las convenciones que la foto capturó, subsiste en ella la mirada taladrante de Baudelaire. Los ojos oscuros, agudos, conservan toda su fuerza de interpelación. Él hizo del arte una forma de sacerdocio. Le dedicó todas sus fuerzas. Se consumió para engendrar su obra, que intuía con urgencia todos los días. Nunca se sintió derrotado pero sí lleno de cólera. Sacó de sus viejos bolsillos diamantes negros, brillantes y afilados, para crear con ellos lo que Víctor Hugo denominó “un estremecimiento nuevo”

El primero de los “Poetas Malditos” creó, pues, una expresión nueva en la poesía; transformó las palabras en una alquimia de conceptos reversibles en sensaciones y emociones, alzando a la lengua francesa como la más brillante de la literatura occidental; un logro que pronto consagrarían Rimbaud y Verlaine, tan perseguidos como Baudelaire por el perro negro del infortunio.

A este fundador de la modernidad lo embarcaron de joven en un viaje a través del mar, para “reformarlo” lejos de París. Pero él, un contemplativo que veía el mundo como un repertorio de símbolos, sólo se encontró a sí mismo en una criatura del mar, el albatros. Regresó del viaje con un poema desafiante en que habla del poeta como de un grandioso incomprendido... dejando cabida en las líneas finales a todos los demás albatros que sobrevuelan la vida.



EL ALBATROS

Por divertirse, a veces, suelen los marineros

cazar albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, de su viaje lánguidos compañeros,
al barco en los acerbos abismos de los mares.

Pero sobre las tablas apenas los arrojan
esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
sus grandes alas blancas míseramente aflojan
y las dejan cual remos caer a sus costados.

¡Qué torpe es y qué débil ese viajero alado!
Él, antes tan hermoso, ¡qué cómico en el suelo!
Con una pipa uno el pico le ha quemado,
otro imita, rengueando, del inválido el vuelo.

El Poeta es como ese príncipe de las nubes
que puede huir de las flechas y el rayo frecuentar;
en el suelo, entre ataques y burlas exiliado,
sus alas de gigante le impiden caminar.


 
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