miércoles, 25 de enero de 2012

Los tropiezos clarividentes de Baudelaire como crítico de arte


“Connoisseurs”
Honoré Daumier, c. 1863


En 1855, durante el mes de marzo solamente, Baudelaire cambió seis veces de domicilio, “viviendo en casa húmedas, durmiendo entre pulgas…, traqueteado de hotel en hotel” (Carta a su madre del 5 de abril). Pero de pronto se le ofreció una ocasión inesperada. El 15 de mayo se inauguró la primera Exposición Universal. La ceremonia se realizó en presencia del Emperador y la Emperatriz en el nuevo Palais de l’Industrie, todavía sin terminar. Otras muchas partes de la Exposición se hallaban todavía a medio construir. “Un caos —se lee en [el periódico] Le Payspero que de hora en hora se ordena.” Ahora bien, la dirección de Le Pays, cuyo nuevo propietario era el banquero Mirès, acababa de confiar a Baudelaire la tarea de escribir un folletín semanal sobre la sección de Bellas Artes durante todo el tiempo que durase la Exposición. ¡Qué suerte!

El primer artículo de Baudelaire apareció el 20 de mayo. El segundo el 3 de junio. El tercero, enviado el 9 de junio, fue compuesto pero no se publicó. ¿Qué había sucedido? Que la dirección de Le Pays y los suscriptores del diario contaban con informaciones que pudieran servir de guías a los visitantes del Palais Montaigne. En lugar de eso, Baudelaire había escrito monografías que habrían estado más en su lugar en una revista. El primero artículo estaba dedicado a la doctrina y al método, el segundo enteramente a Delacroix y el tercero enteramente a Ingres. El poeta, amonestado ya después del segundo artículo, juró en vano por sus grandes dioses que el cuarto y los artículos siguientes no estarían dedicados a un solo artista, pues lo despidieron. Mirès y Dutacq [el redactor y futuro director] quizá habrían admitido sus excusas, pero Cohen [redactor en jefe] se mostró intratable. El 6 de julio un tal Louis Enault sucedió al periodista mal inspirado, y de semana en semana, hasta el 15 de noviembre, la serie de folletines sobre Las Bellas Artes en la Exposición se publicó sin inconvenientes. Cohen, Mirès, Dutacq y los suscriptores del diario, todos estaban contentos.

¿Pero quién recuerda hoy día los diecinueve folletines de Louis Enault? En cambio, la posteridad sigue recordando los tres artículos de Baudelaire. Son admirables.

Palais des Beaux Arts,
entrada al sector artístico de la Exposición de 1855

En el primero, el poeta se alza contra las pretensiones de los que Heinrich Heine llamaba los modernos profesores-jurados, es decir los críticos librescos encerrados en sus sistemas. Pide al crítico de arte que conserve en sí mismo la virtud de la ingenuidad y del asombro. […] Más adelante el autor emite la idea de que la belleza trivial es inconcebible. De ahí saca el corolario de que lo vulgar es antípoda de lo bello, y que toda obra bella contiene cierta dosis de extravagancia, es decir una individualidad propia, inesperada.

En otra parte se lee este pensamiento: “La Pintura es una evocación, una operación mágica”. Cuando se consigue la evocación, los pedantes se ponen a discutir en mala hora las fórmulas con el pretexto de que no están de acuerdo con las reglas.

A continuación Baudelaire declara la guerra a su pesadilla: la idea del Progreso en el Arte, y termina con consideraciones profundas, preñadas de sobreentendidos, acerca de los desplazamientos de la vitalidad entre las naciones de la Tierra. Algunas de sus reflexiones revisten, cuando se las aísla, una dura luz de máximas grabadas en medallas:
El artista no promete a los siglos futuros sino sus propias obras.

No responde sino de sí mismo.

Muere sin hijos.

No hay que creer que los recién llegados heredan íntegramente a los antiguos.

Sucede con frecuencia que, estando perdido todo, hay que rehacerlo todo.

Dios despoja a las naciones algunas veces por un tiempo y algunas veces para siempre.

Vivimos en un siglo orgulloso que se cree por encima de los contratiempos de Grecia y Roma.

Esta última sentencia no era aplicable únicamente a las Bellas Artes. En el orden político adquiría un valor de advertencia todavía más serio. ¿Pero quién podía tenerlo en cuenta en 1855, en medio de la euforia general que siguió en Francia a las victorias de Crimen, cuando París se enorgullecía de un puente nuevo llamado Pont de l’Alma?

“Baudelaire – Historia de un Alma”, por François Porché
Buenos Aires: 1949, Editorial Losada

2 comentarios:

leirbaG dijo...

Hola, no sé si te llegó mi comentario porque se colgó :( tal vez tengas que aprobarlo, no sé. En todo caso te decía: Excelente tu artículo sobre la crítica del Arte del genio Baudelaire, el gráfico de Daumier es preciso para el tema... aportas opiniones e interpretaciones correctas perfectamente documentadas, buen trabajo.

Gabriel Rodríguez Torrejón
Historiador del Arte UNMSM -DECANA DE AMÉRICA-

quinoff dijo...

Hola Gabriel: No, antes de este comentario no había llegado ninguno. Muchas gracias por tus amables palabras! Un saludo desde el Sur...
Joaquín

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