¡Qué impresión para el bueno de Mahler! Científicos de la NASA, a través de modernos dispositivos en órbita, han podido captar el sonido que desprende nuestro planeta en sus giros siderales. Esta “canción de la Tierra” brota de partículas energéticas atrapadas por el campo magnético del planeta, en una región del espacio conocida como Cinturones de Van Allen.
Estos sonidos no pueden ser percibidos naturalmente por el oído humano (no derivan de ondas acústicas que se desplazan a través del aire, sino como producto de ondas de radio que oscilan a frecuencias acústicas entre 0 y 10 kHz), pero las emisiones han sido convertidas en ondas sonoras con la ayuda de un receptor de radio de muy baja frecuencia (VLF).
Craig Kletzing, investigador de la NASA involucrado en este proyecto, señala que “la gente ha sabido del ‘coro’ desde hace décadas y los radio receptores están acostumbrados a recogerlo en sus equipos, y suenan parecido a los cantos de los pájaros. Usualmente, es más fácil escucharlos a la mañana, por lo que a veces se refieren a estos ruidos como ‘el coro del amanecer’”.
A continuación, amigos, el murmullo esencial de nuestra Tierra:
Claudio Arrau se sitúa cómodamente entre los máximos intérpretes del teclado durante el siglo pasado. Se alabó su rigor frente a la partitura, su sensibilidad para los matices, su sonido único, inconfundible, su desinterés por el alarde fácil de virtuosismo y, en cambio, su anhelo por comunicar la vida íntima que el compositor reflejó a través de las notas.
Precisamente este aspecto, la vida interior, digamos así, de la música es quizá lo que más me fascinó siempre de Don Claudio. Y particularmente en el caso de Fryderyk Chopin, del cual fue soberano intérprete. Las complejidades del compositor polaco-francés, su fina sensibilidad (que no sensiblería) mezclada con fogoso ímpetu (eso que Schumann denominó “cañones ocultos entre flores”), el equilibrio entre técnica y musicalidad que ostentan sus obras, requieren mucho más que simple prestidigitación. Y Arrau lo consigue. Deja hablar a la música. Deja aflorar a Chopin, la inspiración de este genio tuberculoso, epítome del Romanticismo y uno de los responsables de convertir al piano en el instrumento dominante de la música clásica.
Comparto hoy un registro del sello Philips que reúne interpretaciones del legendario pianista chileno en los años setenta del siglo pasado. Ahí están presentes algunas de las obras más conocidas del creador polaco, como el Vals núm. 7, en Do sostenido menor, el Nocturno núm. 2 en Mi bemol o la soberbia “Fantasía-Impromptu” en Do sostenido menor, aparte de la imponente Fantasía en Fa menor, en que el piano es explorado a nivel casi sinfónico. Como las obras abarcan todas las etapas creativas de Chopin, se podrá apreciar cómo el talento melódico y su maestría armónica se incrementan con los años... sin que, pese a la madurez, el estilo cambie demasiado. Chopin fue un caso excepcional: su estilo es único (prácticamente no tiene antecedentes directos) por mucho que tome buena nota de las influencias de su tiempo, y a la vez, quizá por eso mismo, no hizo sino profundizar en sí mismo, sin enajenarse jamás.
Disfruten queridos amigos y amigas este disco excepcional, que para mí significó, en su momento, toda una revelación.
EDDY [Edwin Frank] DUCHIN(* Cambridge, Massachusetts, 10 Abril 1910— † Nueva York, 9 Feb. 1951) fue un pianista norteamericano que triunfó en el ámbito de la música popular durante la primera mitad del siglo pasado. Pese a carecer de estudios formales de música, supo desarrollar un estilo amable, cálido y elegante, deudor del pianismo clásico y alejado de la vehemencia del jazz, que a la larga derivaría en el estilo característico de las Big Band. Duchin no contaba con una técnica perfecta, pero sí con un gran magnetismo escénico que encantaba al público. La emisión radial de sus presentaciones lo hicieron famoso, y fue uno de los primeros pianistas que tuvieron su propia banda. Sólo la leucemia pudo apagar prematuramente su buena estrella. En 1956, pocos años después de la muerte del músico, Columbia Pictures estrenó una cinta biográfica sobre él protagonizada por Tyrone Power. No obstante el sensiblero guión, es una película entretenida que debe mucho al carisma de Power y que cuenta con varias escenas memorables. Una de ellas es la que les comparto más abajo, ambientada en el Frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Duchin sirvió en las filas del Ejército de los EE.UU.
Iniciamos Octubre con un registro particularmente querido para quien les escribe. Un tesoro del Este, tomado de los archivos del sello ruso “Melodiya”. David Óistraj, figura principal entre los grandes músicos del siglo pasado, referencia ineludible para los violinistas, interpreta a Johannes Brahms y Antonín Dvorák junto al director Kyril Kondrashin, con quien tuvo siempre gran afinidad arriba y abajo del escenario.
El barbudo Johannes es francamente uno de mis músicos favoritos, como habrán notado quienes frecuentan esta página; y lo mismo ocurre con el gran Dvořák (pronunciar Bórllak o Bórshak). Si aludí antes a la cercanía existente entre los intérpretes de ambos conciertos para violín, dígase algo parecido de sus compositores. El áspero alemán de Hamburgo reconoció y alentó el genio del creador checo, poniendo a su disposición los recursos con que contaba en Viena; muchas veces elogió la riqueza inventiva de Dvořák. Este último, no obstante, y sin dejar de manifestar siempre su gratitud, fue cauteloso en sus relaciones con Brahms para evitar que la fuerte personalidad de su mecenas pudiera condicionar de algún modo su propia independencia creativa.
Los conciertos para violín y orquesta de ambos músicos guardan diferencias y similitudes; en ambos, y sobre todo en Dvořák, existe la presencia de melodías folklóricas del ámbito del Danubio y los Balcanes, no necesariamente como copias directas pero sí como elaboraciones nacidas del conocimiento personal de estas fuentes. Pero el concierto de Brahms se aproxima al modelo beethoveniano, tanto en la tonalidad (Re mayor) como en las proporciones sinfónicas del primer movimiento, el cantable lirismo del segundo y la jovialidad ágil del tercero. Por cierto que en esta obra, el “conservador” Johannes rompe con las convenciones e integra al solista en el discurso musical, evitando el alarde fácil y llevándolo a situaciones tan insólitas como la irrupción en modo menor con que el violín aparece por primera vez, o la larga espera que debe cumplir en el segundo movimiento mientras el oboe canta la melodía principal de esa sección. Esta originalidad le significó al concierto una recepción muy dividida, incluso entre los adalides del compositor.
En cambio, el concierto de Dvořák fue mucho más estimado por los virtuosos por su planteamiento más tradicional y por la habitual floración de melodías que distingue al maestro checo. De este último se ha dicho que es autor de un buen concierto de piano, un gran concierto de violín y un genial concierto de violonchelo. Creemos que esa distinción es cierta. ¡A disfrutar!
Hay ciertas músicas en
que la inspiración del compositor parece hallarse en «estado de gracia»,
por así decir. Tan elocuentes y conmovedoras llegan a ser. No se trata
de páginas ambiciosas —al menos no necesariamente— sino de momentos de
musicalidad pura, simples combinaciones armónicas, actos creativos sin
alarde... pero capaces de sumergirnos de golpe en universos nuevos.
Hoy traigo una de estas páginas: el celebérrimo
Andante festivo de Sibelius.
“A mis soledades voy…”
Hacia el año 1922
Jean Sibelius
enmudecía como creador de grandes obras. Retirado a su finca campestre de
“Ainola”, el brillante músico finés
decidió “colgar la lira” y en vez de componer, abocarse a recorrer los bosques
colindantes, escuchar radio durante horas, disfrutar los habanos, la compañía
de su familia, los halagos de notabilidades y, a lo sumo, retocar obras
previas. Pese a los anuncios de “inminentes” nuevos estrenos, lo cierto es que
para entonces los títulos mayores de su producción habían sido publicados.
Ninguno más se añadiría al catálogo. El mayor héroe cultural de Finlandia daba
por cerrada su carrera.
Este silencio intriga a eruditos y aficionados. ¿Qué razones hacen desistir a un genio? En su momento, el gran Rossini abandonó intempestivamente la producción de óperas, abriendo un vacío que sólo vino a llenar Verdi años más tarde. Mi querido Brahms se retiró formalmente de la composición, y sólo volvió a escribir cuando el virtuosismo del clarinetista Mühlfeld le proveyó nueva inspiración.
Por su parte, Sibelius era un hombre contradictorio, unas veces jactancioso y soberbio, otras timorato e inseguro; con sus aptitudes renovaba tanto el lenguaje orquestal como las posibilidades de la sinfonía contemporánea; era un cantor de mitos ancestrales en una época que los había relegado, y evitó transitar la modernidad rupturista en pos de su propio concepto sonoro, ese que él mismo llamaba “agua pura de manantial”. Pero el manantial se secó y la voz del norte guardó silencio.
Murmullos de Ainola
Con todo, era un mutismo flexible. En su retiro Sibelius seguía recibiendo invitaciones y encomiendas. Algunas de ellas motivaron ciertos “murmullos” en forma de obras menores. Menores en escala, aclaremos, que no en calidad.
Justo antes de la Navidad de 1922, el médico Walter Parviainen propuso a nuestro artista la creación de una cantata festiva para celebrar los 25 años de los aserraderos y molinos de Säynätsalo. Sibelius no escribió música nueva, pero revisó sus apuntes y encontró una obra de pocas páginas, pensada para cuarteto de cuerdas y cuyos orígenes parecen remontar a un oratorio proyectado por él a principios del siglo XX, “Marjatta”. Ésta fue la pieza que ofreció a Parviainen... y supongo que esa circunstancia —la conmemoración en Säynätsalo— explica además el rótulo de festivo en una obra cuya cualidad emocional apunta más bien a una conmovida nostalgia.
El Andante festivo en su concepto original para cuarteto de cuerdas / fragmento del
2º día del Festival Sibelius 2011, organizado por la Sinfónica de Lahti
En 1929 contrajo matrimonio una nieta del compositor, Riita Sibelius, y el Andante Festivo sonó en la boda, esta vez ampliado a doble cuarteto de cuerdas. Puede que el compositor haya retocado entonces la obra, tan dado como era a revisar concienzudamente su producción.
Sibelius sentado junto a su aparato de
radio
/ fotografía de Life (detalle)
En los años 30 del siglo pasado, el compositor se recreaba durante horas junto a su aparato de radio. Pero, como relata un sitio dedicado a la vida y obra del músico, “le molestaban los imperfectos parlantes de su tiempo, llevándolo a pensar que para la radio había que componer de forma distinta a como se hacía para la sala de conciertos. Esta idea la llevó a la práctica cuando su amigo Olin Downes, crítico del New York Times, le pidió dirigir una pieza musical que representara el saludo de Finlandia al mundo, durante una emisión radial destinada a celebrar la Feria Mundial de Nueva York [de 1939]. Sibelius, a la sazón con 73 años de edad, aceptó volver a empuñar la batuta tras un receso de más de una década. Preparó una versión del Andante festivo para orquesta de cuerdas y timbal con vistas a la transmisión por radio. Esa grabación es el único documento que existe de Sibelius en su faceta de director. El tempo elegido es solemne y bastante lento. La pieza fue grabada luego de ensayarla antes una sola vez.”
Desde el comienzo, el Andante festivo apela al registro más agudo de las cuerdas, en lo que se ha denominado a veces “sonido Lohengrin”. El ingreso de las secciones graves, apoyadas por el timbal, causa un efecto sencillo pero extraordinario de amplitud sonora. Se cuenta que tras aquel único ensayo previo a la grabación de la obra en 1939, el compositor hizo una sola observación significativa a los músicos: “toquen con más humanidad”. De aquí se desprende también el, digamos, espíritu de la pieza.
A continuación, como saludo de primavera y a un día del aniversario de la
muerte de Sibelius (falleció un 20 de septiembre), les dejo algunas
versiones de esta preciosa obra. Primero,
Mariss Jansons y la Filarmónica de Oslo:
A continuación, la que dirigió
Jean Sibelius en 1939, con una reforzada Orquesta Sinfónica de la Radio
Finlandesa:
La vida deambula entre días soleados y noches oscuras, entre alegrías y tristes obligaciones. Hoy me toca cumplir una de estas últimas: despedir a un amigo. Francisco Javier Menéndez Ciudad, a quien conocíamos en la red por su seudónimo Leiter, ha partido de esta vida. Y lo hace dejando tras de sí una larga estela de añoranza. Se me encoge el corazón recordando tantas conversaciones en que el seudónimo dio paso a una persona entrañable, directa y a la vez respetuosa. Un tipo íntegro, noble, amigo de sus amigos, enamorado de la música, del Real, de su bicicleta, y por sobre todo de su mujer, Celia. Cuando la enfermedad vino a alterar definitivamente su modus vivendi, él se fue adaptando, pero ninguna de las mil pequeñas renuncias logró adulterar su esencia; siguió siendo un amigo ejemplar, y si cabe, mejor persona que nunca.¿Qué te diría hoy, Javi? Que extrañaré nuestras devociones comunes por el piano, por las batutas del pasado, por Schumann, por el sonido de las trompas emergiendo de la orquesta (“arropadas por el murmullo de cuerdas en pianissimo”, en tu definición del sonido perfecto). Que me recrimino de no haberte saludado de nuevo durante las tardes cuando aparecías en Skype, a pesar de las correrías del trabajo. Que me faltarán tus buenos consejos, esos que dabas a corazón abierto; que, a pesar de ellos, sigo siendo tímido cuando me enfrento a la chica que me gusta; que, a pesar de tus arengas, digo apenas un cuarto de todo lo que quisiera. Que seguiré admirando, disfrutando e incluso envidiando todo cuanto sabías comunicar en tus entradas, preparadas con tanto esmero. Y que confío en que allá con tu padre, con tus mascotas y con todos los tuyos, puedas enterarte todavía de estas letras de afecto y despedida que te quiero brindar, acunadas con la música de Mozart y en esa versión de Hogwood que siempre admiramos. Sé lo que opinabas de la temática religiosa, pero como tú mismo me dijiste, “te agradezco que te acuerdes de mí cuando tengas tus momentos místicos”. Pues así será. ¡Hasta siempre!