miércoles, 7 de marzo de 2018

CHOPIN :: 4 Baladas & 3 Nocturnos en un piano de 1848

Chopin Rad Chopin dando un recital para el Príncipe Antoni Radziwiłł

Arriba vemos un famoso cuadro de la juventud de Chopin. El gran músico toca el piano para su protector, el Príncipe Radziwiłł. ¿Qué sonido imaginamos para la escena? No parece tan difícil: un piano solista. Casi, casi, pero el piano de esos años (hacia 1830 o 1840) aún no era el gran piano moderno, ni tampoco el piano que tocaron Mozart o Beethoven — ese pianoforte que hoy vuelve a sonar gracias a la música historicista.

No, el de la escena es el tipo de piano que se empezaba a construir en Francia, con los adelantos técnicos patentados por constructores geniales como Pleyel o Érard. Un instrumento cada vez más distante del pianoforte y más cercano al extraordinario ejemplar de las actuales salas de concierto. La “entraña” misma del piano estaba consolidada; faltaban adecuaciones menos estructurales que mejorarían su sonido, su volumen, sus riquísimos matices.

Como existe gente con curiosidad muy afortunada, hoy podemos oír ese piano “intermedio” que dominó maravillosamente el músico polaco. Alguien del Instituto Fryderyk Chopin (Polonia) se planteó traer un músico de excepción a interpretar algunas obras del compositor en un piano francés muy semejante a los usados por él mismo en su tiempo, piano que ellos habían adquirido en 2005 a una colección particular. Así fue como el brillante pianista argentino Nelson Goerner (1969—) acabó interpretando las cuatro Baladas y tres Nocturnos de Chopin en un piano construido por la Real Factoría de París en 1848. El instrumento, de 82 teclas [6 menos que el teclado actual], está en perfecto estado, al punto de conservar prácticamente la totalidad de su mecanismo original. Es un agrado oírlo. Al hacerlo, notarán esas mínimas diferencias a que aludía antes, pequeñas, pero aun perceptibles y que dan un color diferente al sonido.

Goerner por su parte brinda una demostración de buen pianismo, toca con clase, claridad y expresividad, cuidando el carácter de las piezas: más franco, épico y audaz en las baladas, más íntimo y lírico en los tres nocturnos:

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jueves, 1 de marzo de 2018

Feliz cumpleaños Monsieur CHOPIN

ChopinRetrato de Fréderic Chopin / óleo sobre lienzo de Ary Scheffer

208 años desde el nacimiento de Fryderyk Franciszek Chopin, al que conocemos mejor en la versión francesa de su nombre: Frédéric.

Maestro de la música para piano, este compositor polaco-francés no ha conocido nunca el olvido, sin importar lo mucho que hayan cambiado gustos y estéticas musicales en dos siglos.

Su refinamiento expresivo, su extraordinario y audaz talento para la armonía y su estupendo don melódico han causado admiración tanto en el público como también –y eso ya es más difícil– en sus colegas. Chopin es uno de esos pocos casos de creadores cuyo estilo esencial perdura intacto desde el principio hasta el final de su producción, como si desde un comienzo tuviera muy clara idea de la música que iba a crear.

Fue vanguardista en su momento, como correspondía a un romántico; pero a la vez un devoto admirador de Bach que conocía de memoria gran parte de la obra para teclado de este último. Su famosa serie de Preludios en los 24 tonos homenajea la colección que creara mucho antes el genio barroco bajo el mismo argumento.

Hay constancia de que Chopin heredó el talento pedagógico de su padre, llegando a ser un estupendo maestro; pero sus vínculos con los salones parisinos pulieron su ingenio, que lucía en comentarios tan elegantes como viperinos. A su favor hay que decir que las observaciones sobre sus colegas solían ser ciertas...

Con Chopin, el piano logró una expresividad avasalladora y revolucionaria combinada con un lirismo confesional; un triunfo que prácticamente nadie alcanzó antes salvo Beethoven (y con el perdón de Schumann). Como los grandes, el polaco supo encontrar el difícil equilibrio entre fondo y forma: su romántica vehemencia emocional no era ajena a un meticuloso control, evitando siempre el derroche inútil o el exhibicionismo vacuo.

Saludemos a uno de los maestros incontestables del piano oyendo uno de sus Nocturnos en la inimitable versión del gran Claudio Arrau:

miércoles, 28 de febrero de 2018

Un momento fuera del tiempo: SCHUBERT “Andantino” de la Sonata en La Mayor D 959

Gafas originales de Franz Schubert
 

Si algo le debo a la Música, es que me permita tan a menudo estremecerme de Asombro. Y en esto tengo el mejor Seguro de Vida que haya contratado nunca. Esta posibilidad, además, opera como remedio contra la amargura, e incluso como freno contra la vejez. ¿Qué más juvenil que el entusiasmo? Tomen nota de eso, amigos míos, y “automedíquense”: permitan que la Música los arrebate.

* Advertencia de “usuario frecuente”: ni el asombro ni demás tónicos descritos en el párrafo anterior se traducen como alegría facilona. El auténtico arte no elude la vida tal como es, con sus alturas, sus llanos y sus abismos. Lo que hace es transmutar esa misma vida. Veamos a Mozart, maestro de una alegría dorada que nos legó también la primera gran escena de terror —me parece— de la ópera moderna en la aparición del Convidado de Piedra, el Commendatore que irrumpe al final de la ópera Don Giovanni como ejecutor inexorable de justicia divina.

SchubertCon Schubert sucede otro tanto. Ese genio austríaco al cual me estoy volviendo cada vez más adicto volcó en la música toda la tristeza de quien sabe que está condenado a morir muy pronto (padecía una enfermedad incurable para su época). Pero supo convertir tamaña angustia en música tan conmovedora, que puede detener los relojes. Eso me sucedió por ejemplo al toparme con el Andantino en Fa sostenido menor, segundo movimiento en su Sonata en La Mayor D 959, una de las tres últimas sonatas compuestas por el genio — publicadas a título póstumo muchos años después.

Se repite una y otra vez que Schubert fue quizá el mejor melodista de la historia. Una afirmación muy, muy probablemente cierta... pero que uno no entiende de veras hasta que oye melodías como las de este Andantino, escrito dos meses antes de morir, que parece venir desde otra esfera. Música de una tristeza infinita, endulzada con grandes dosis de ternura, interrumpida por una rebelión que agita con violencia la partitura, para finalmente ceder a la resignación...

Les comparto dos versiones conmovedoras: la del gran Wilhelm Kempff y la de Mitsuko Uchida, un milagro de expresividad:

domingo, 25 de febrero de 2018

BEETHOVEN :: Sonata ‘Patética’ & Sinfonías 1 y 8 en arreglos para Quinteto de Cuerdas

Beethoven paseandoBeethoven dando un paseo por el campo

En alguna entrada previa comenté que la Música de Cámara significa un reto sólo al alcance de genuinos maestros. Esto, porque es un género desprovisto de “maquillaje” que pueda disimular la verdad de la música. El lenguaje se reduce a lo esencial, desnudo de oropeles, y el mensaje del compositor, cuando la obra es buena, adquiere una particular potencia artística. Más o menos como la fotografía en blanco y negro puede ser mucho más expresiva y reveladora gracias precisamente su minimalismo cromático.

“Genuinos maestros”, dije. Justo lo que fue Beethoven. Absorto en una introspección forzosa debido a su sordera, el genial músico alemán dejó buena parte de sus mejores páginas escritas para grupos de cámara —escribiendo para este género lo sorprendió la muerte—. Su potencia expresiva lograba aquí una mayor concentración y su dominio formal quedaba mejor expuesto.

Estas cualidades permitieron también el éxito de su música en arreglos para conjuntos de cámara, costumbre en boga a partir del siglo XVIII en adelante, luego que Haydn fijara el canon del cuarteto. En efecto, cuartetos de cuerda o formaciones similares eran frecuentes por su mayor facilidad de constitución y adaptabilidad a espacios domésticos, palaciegos o de casi cualquier otra índole social. Era un tiempo que desconocía nuestra moderna facilidad para escuchar música; por consiguiente, adaptaba la música a los medios con que contaba. Beethoven nunca se molestó con estas adaptaciones, que le significan un extra a sus bolsillos; él mismo realizó transcripciones de sus obras más solicitadas a nuevos formatos, o confiaba esta tarea a discípulos dotados como Ries o Czerny.

Hoy les comparto tres arreglos para Quinteto de Cuerdas (dos violines, dos violas y violoncello). Son reducciones hechas en vida del compositor, publicadas sin mención del arreglista. Las piezas propuestas: Sonata “Patética” / Sinfonía nº 1 en Do mayor / Sinfonía nº 8 en Fa mayor. Interpreta el excelente Locrian Ensemble. ¡Disfruten!:

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MP3 CBR 256 kbps | 48 kHz | 11 tracks | .7z 128,1 MB

jueves, 22 de febrero de 2018

‘¡Ayúdeme usted, compadre!’ – Arreglos de Silcher para promocionar la música de Beethoven

Friedrich Silcher
 

El caso Beethoven

Europa atravesaba un cambio de paradigmas en el tránsito del siglo XVIII al XIX, y Beethoven fue el gran artista de ese momento.

Inspirador del Romanticismo, empero no fue un romántico. Hijo del Siglo de las Luces, tampoco fue un clásico de pura cepa. Integra parcialmente la tríada del clasicismo vienés junto a Mozart y Haydn; no obstante, tuvo la persistente audacia de desafiar los cánones “sagrados”.

Su “domicilio estético” aúna elementos de ambos estilos: es un particular acuerdo entre la libertad y el dominio formal, entre el arrebato de emociones impetuosas y un férreo control de la manera en que dichas emociones se han de expresar. Batallaba con tenacidad (como delatan sus borradores) puliendo la forma musical, concepto que será descuidado por la mayoría de los románticos. Además, a diferencia de éstos, el Sordo no quiso convertir la música en un mero confesionario emotivo, sino en vehículo de expresión para ideales que pudieran elevar a la humanidad.

Por esta alquimia tan única, el nombre de Beethoven despertó en su momento malentendidos, reticencia, incluso antipatía. Goethe, por ejemplo, otro monumento de la cultura alemana, era reacio al aplauso cuando se trataba del compositor; no dudaba de su genio, pero no sabía cómo interpretarlo. Otro ejemplo lo ofrece el zig-zag de la Novena Sinfonía: verdadera revolución de su género, fue recibida exitosamente en su estreno vienés... para luego ser evitada durante años como cosa rara. Hubo que esperar a la llegada de un Berlioz y un Wagner para descubrir al público la trascendencia de la composición.

A Beethoven le daba igual: su audacia no dejó de crecer jamás. Baste recordar la “Gran Fuga” que culminaba originalmente el Cuarteto nº 13 en Si bemol para asombrarse del poco caso que el compositor hacía de las convenciones de su tiempo.

 

Para qué están los amigos...

Aunque la propuesta beethoveniana causara estas reacciones, tampoco se puede discutir su popularidad. El genio tomó por asalto no sólo a la sociedad vienesa sino a su propia época. Buena parte de su fama la debía a su impresionante calidad como pianista e improvisador, cierto, pero un halo legendario, muy al gusto del momento, lo había acompañado desde su mismo arribo a la capital austríaca. Y a medida que nuevas generaciones fueron apareciendo en escena, Beethoven fue encontrando un eco mayúsculo. Su figura fue admirada por compositores contemporáneos (Méhul, Boïeldieu, Hummel, Cherubini...) y venerada por los sucesivos (Ries, Schubert, Paganini, Mendelssohn, Liszt...).

Sobre todo estos últimos sintieron la necesidad de desafiar la incomprensión que todavía experimentaba la obra de su ídolo y echar abajo las puertas cerradas.

Mendelssohn piano Goethe BeethovenMendelssohn solía tocar el piano para Goethe. A veces introducía en su repertorio la música de Beethoven sin previo aviso, para forzar amistosamente la reticencia del anciano genio contra el compositor.

Cierto compositor muy poco conocido en el ámbito latino pero todavía vigente en la cultura alemana es Friedrich Silcher (1789-1860). Su principal legado lo dejó en el ámbito de la canción popular. Hasta hoy se cantan los arreglos que hizo de temas y poesías folklóricas como “Lorelei”, “Am Brunnen vor dem Tore” o “Yo tenía un camarada”. Amigos de Beethoven fueron maestros de Silcher, como Kreutzer y Hummel. Es seguro que compartía con ellos la admiración al gran compositor de Bonn. La mejor prueba es la colección de canciones que creó a partir de música beethoveniana, para atraer así la atención del público hacia esas creaciones.

En 1971 el barítono Hermann Prey y el pianista Leonard Hokanson grabaron para el sello Archiv un LP con estos arreglos de Silcher. La correspondencia entre la canción y su origen es como sigue:


Título
Origen de la Melodía
Das Auge der Geliebten
Sonata para piano Op.13 “Patética”
An die Nacht
Sonata para piano Op.57
Sehnsucht
Sonata para piano Op.2, mov. nº1
Wiedersehen
Sonata para piano Op.2, mov. nº3
Frage
Sinfonía nº2 
Durch dich so selig
Sinfonía nº5
Umwölkter Himmel
Sonata para piano Op.90
Lächelt, ihr Sterne, ewig mir
Sonata para piano Op.2, mov. nº2
Sehnsucht
Sonata para piano Op.26
Gruss der Seelen
Sonata para piano Op.30, mov. nº2
An sie
Andante favori
Gesang der Peri’s
Sinfonía nº7

 

LPEstas piezas son servidas por dos músicos excepcionales en un registro que no sé si habrá sido reeditado. Es una rara joya que vale mucho la pena conocer, demostrando que estos homenajes de Silcher son todo, menos una chapuza. Revelan el dinamismo de una época de “cambio de mareas” en la música occidental, de qué modo las nuevas sensibilidades se abrían camino en cada estrato de la producción artística, en este caso la llamada canción culta, y cómo una concordancia de sensibilidad, jalonada por la admiración, pudo obrar una genuina “unificación alemana” en el arte (y por ende en los corazones) mucho antes de que pudiera conseguirlo la política.

Además, es seguro que estas páginas habrán obligado a más de alguno a preguntarse cómo pudieron vivir hasta ese momento sin saber de Ludwig van Beethoven...

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MP3 CBR 320 kbps | 44 kHz | .7z 57,3 MB

domingo, 18 de febrero de 2018

BEETHOVEN | Novena Sinfonía | Muti etc.

Beethoven en el estreno de su Novena Sinfonía

Atendiendo la petición de mi querido amigo Mahlerite-Shosta a raíz del anterior posteo sobre la Novena Sinfonía en Re menor, comparto la versión del maestro italiano Riccardo Muti dirigiendo a la Orquesta de Filadelfia y el Coro de Westminster en 1988 — con Cheryl Studer, Dolores Ziegler, Peter Seifert y James Morris como cuarteto vocal.

La Novena es abordada por Muti con rigor: obedece las repeticiones indicadas en la partitura, cosa notoria en el Scherzo (debido a que la práctica al uso es omitir las repeticiones o elegir cuál se obedece y cuál no); sus tempi son cuidadosos, y muy sofisticada su atención al detalle instrumental. Muti se muestra aquí como el gran director que realmente es y en aquella faceta que permitió muchas veces presentarlo como “rival” de Abbado, es decir, como el italiano con suficiente maestría para navegar con autoridad en el repertorio germano. (Más y mejor análisis de las cualidades y deudas de este director en el blog de Leiter).


Hablé de los tempi: me parecen muy particularmente adecuados en los tres primeros movimientos, y quizá no tanto en el último, que se me antoja extrañamente precipitado; eso sí, el coro se luce en ese movimiento incluso más que los solistas, a excepción de la gratificante soprano. El movimiento inicial, con su genial concisión temática, su áspera expresividad y la potencia que brota en gran medida de la propia lógica estructural, es llevado con solvencia y belleza irreprochables, incluyendo un momento de verdadero estallido orquestal. El scherzo es otra joya de interpretación, con perfecto balance en todas las secciones. El Adagio suena bellísimo, elocuente y con sutilezas de fraseo y timbre que seguramente deben mucho al oído italiano, con instinto para destacar voces (instrumentales en este caso) y darles el acompañamiento justo.

Espero que disfruten tanto como yo esta grabación de referencia:


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MP3 CBR 320 kbps | 48 kHz | .7z 153,5 MB

domingo, 4 de febrero de 2018

BEETHOVEN | Novena Sinfonía “Coral” | Giulini etc.

Este año quiero compartir una obra que, si bien conocidísima, me inspira un profundo afecto. Lo último se debe a memorias dolorosas y sin embargo, abiertas a la esperanza que marcaron en mi mente a esta composición: me refiero a la Novena Sinfonía de Beethoven… y me refiero asimismo a la enfermedad que se llevó a mi querida madre de este mundo.

La Novena, como se sabe, es un testamento luminoso: el corolario de la obra se basa en la Oda a la Alegría de Schiller, poesía llena de profundo humanismo, algo a lo que Beethoven adhería con cada fibra de su huraño corazón. Cuando escribió esta obra, tenía muchos más motivos para la amargura antes que para la alegría, y no obstante fue esta última el punto gravitante de su expresión.

Queda todo dicho en el siguiente párrafo que rescato de una biografía sobre el gran sordo de Bonn:

A un joven director de orquesta, muy aplaudido por su interpretación de las sinfonías de Beethoven, se le preguntó por qué no tenía la Novena en su repertorio.

Respondió: “Porque todavía me falta vivir mucho para tener claro, dentro de mí, por qué un hombre enfermo, sordo, solitario y pobre llegó a poner música a la Oda a la Alegría de Schiller”.

Pues bien, cuando chiquillo, mi compositor absoluto era Beethoven. Su música despertaba en mí un entusiasmo inapelable. Bosquejaba su rostro taciturno en mis cuadernos, leía sobre él, contaba lo que podía a mis compañeros de colegio, me mantenía al acecho de sus composiciones en la radio... Era una conmoción. Pero en aquellos días vino también el cáncer a atormentar por primera vez la vida de mi madre. Esa primera batalla se saldó con una victoria gracias a tratamientos y quirófano. Me tocó acompañarla a sus sesiones de quimioterapia, y por supuesto alentarla. Pero quien me alentaba a mí era Beethoven. En mi walkman llevaba la Novena (versión de Karajan & Filarmónica de Berlín, 1963) y canturreaba el himno final constantemente. Fue eso, junto al refugio de la oración y la fe, también representados por Beethoven en el Adagio del tercer movimiento, mi mejor conexión con la tesis fundamental de la obra: hay esperanza, hay motivos para la alegría, y la adversidad no hace sino purificar esa alegría.

Uno de mis tantos dibujos en los cuadernos del colegio...

En 1999, cuando el cáncer regresó, sucedió que una emisora de música clásica que en casa era compañía habitual desde los tiempos de mi abuelo, Radio Andrés Bello, puso punto final a su trayectoria. En la última emisión, 6 de marzo de 1999, escuchamos con mamá la Novena Sinfonía (versión de Riccardo Muti y la Orquesta de Filadelfia). Otra vez la misma obra, esta vez con los acentos puestos en aquello que perdura más allá del cerco del tiempo.

En YouTube he podido encontrar esa despedida final de la querida Radio Andrés Bello, que menciono en el relato más arriba

Estas evocaciones surgen en mi interior cada vez que regreso a la Novena. Comprenderán pues, mi vínculo con la obra, más allá de su objetivo valor musical y mi admiración hacia cada uno de los cuatro movimientos.


En esta ocasión les comparto la Sinfonía más trascendente de Beethoven en versión del maestro Carlo Maria Giulini dirigiendo el Coro y la Orquesta Sinfónica de Londres. Su equipo de voces solistas lo componen: Sheila Armstrong, soprano; Anna Reynolds, contralto; Robert Tear, tenor; John Shirley-Quirck, bajo. El registro procede de 1973. Giulini hace valer sus méritos legendarios como director equilibrando la potencia, rasgo que lo caracterizaba en el período de la grabación, con tempi espaciosos que emplea para cuidar los detalles, destacar las emociones abruptas del último período beethoveniano, atender los detalles estructurales e instrumentales de la composición.

Sus cuatro movimientos justifican el entusiasmo; Furtwängler observaba que la inspiración de Beethoven se mantiene al mismo nivel en todos ellos, aun con sus notables diferencias y sus muchas originalidades. Y además, agrego yo, contra la dificultad añadida de una gestación larga y afanosa como pocas.


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MP3 ABR ~ 252 kbps | 48 kHz | ZIP 129 MB

 
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