Los nombres que reciben ciertas piezas musicales pueden ser desconcertantes. Todos sabemos que el año se divide en 4 estaciones y no más. Pues bien: alguna extraña razón que hasta hoy sigue perdida motivó el título de “Las Estaciones” para estas doce piezas de Piotr Chaikovsky (1840–93), dedicadas cada una a un mes del año en el hemisferio norte.
En 1875 el editor de una revista musical de San Petersburgo encomendó a Chaikovsky una serie de doce piezas breves para piano con la intención publicarlas mensualmente durante el año siguiente, 1876, a lo que el genio ruso accedió. Asumió también las sugerencias de título y tema hechas por el editor, y así nacieron estas obras cuya popularidad fue inmediata. Recordemos que en el siglo XIX el piano se hallaba presente en muchísimos hogares y conocía un gran período de esplendor, evidenciado por raudales de literatura musical para todo público, de modo que esas partituras incluidas en la revista se dirigían a un público objetivo.
Antecedentes de la colección chaikovskiana pueden hallarse en las Kinderszenen de Schumann o las Canciones sin Palabras de Félix Mendelssohn. Es verdad que la faceta más brillante de Chaikovsky no visita estas producciones, pero sí están presentes su vena melódica y la gracia de su discurso, razones de sobra para que “Las Estaciones”, más bien “Los Meses del Año”, conocieran un sinfín de adaptaciones.
Una de ellas es la versión instrumental preparada por el director y compositor soviético Aleksandr Gauk, que les traigo en versión de Evgeni Svetlanov, AQUÍ.
¡Que lo disfruten!

Por si todo esto fuera poco, creó su propia Lingua Ignota, primera lengua artificial de la historia, con su propio alfabeto.
Hildegarda compuso setenta y ocho obras musicales, agrupadas en Symphonia armonie celestium revelationum (“Consonancia de la armonía de las revelaciones celestiales”): 43 antífonas, 18 responsorios, 4 himnos, 7 secuencias, 2 sinfonías 





