Dormitorio en la casa natal de Johann Sebastian Bach / Eisenach
333 años se cumplieron del nacimiento de uno de los compositores más grandes de la Historia (y habrá quien pueda argumentar buenas razones para concederle el podio supremo). Aunque uno pueda ser “devoto de otros altares” en la música, al final todos los caminos vuelven a Bach. Condensó la tradición precedente, la reformuló y sentó la base de todo lo que se hizo después; así de tremendo es su legado. Para mí sigue siendo una aventura de descubrimiento (no domino la obra integral de Bach... ¡cómo podría!) que siempre depara hallazgos. Considerando que la meta de su esfuerzo creativo fue nada menos que Dios, se comprende mejor que, de algún modo, su producción tenga esas misteriosas cualidades de intemporalidad e infinitud.
Para recordar al inmortal maestro de Eisenach, les comparto el video en que Magdalena Kozená canta un aria de la Cantata 30, recreando un episodio imaginario (que todo músico habrá soñado alguna vez...).
Chopin dando un recital para el Príncipe
Antoni Radziwiłł
Arriba vemos un famoso cuadro de la juventud de Chopin. El gran músico toca el piano para su protector, el Príncipe Radziwiłł. ¿Qué sonido imaginamos para la escena? No parece tan difícil: un piano solista. Casi, casi, pero el piano de esos años (hacia 1830 o 1840) aún no era el gran piano moderno, ni tampoco el piano que tocaron Mozart o Beethoven — ese pianoforte que hoy vuelve a sonar gracias a la música historicista.
No, el de la escena es el tipo de piano que se empezaba a construir en Francia, con los adelantos técnicos patentados por constructores geniales como Pleyel o Érard. Un instrumento cada vez más distante del pianoforte y más cercano al extraordinario ejemplar de las actuales salas de concierto. La “entraña” misma del piano estaba consolidada; faltaban adecuaciones menos estructurales que mejorarían su sonido, su volumen, sus riquísimos matices.
Como existe gente con curiosidad muy afortunada, hoy podemos oír ese piano “intermedio” que dominó maravillosamente el músico polaco. Alguien del Instituto Fryderyk Chopin (Polonia) se planteó traer un músico de excepción a interpretar algunas obras del compositor en un piano francés muy semejante a los usados por él mismo en su tiempo, piano que ellos habían adquirido en 2005 a una colección particular. Así fue como el brillante pianista argentino Nelson Goerner (1969—) acabó interpretando las cuatro Baladas y tres Nocturnos de Chopin en un piano construido por la Real Factoría de París en 1848. El instrumento, de 82 teclas [6 menos que el teclado actual], está en perfecto estado, al punto de conservar prácticamente la totalidad de su mecanismo original. Es un agrado oírlo. Al hacerlo, notarán esas mínimas diferencias a que aludía antes, pequeñas, pero aun perceptibles y que dan un color diferente al sonido.
Goerner por su parte brinda una demostración de buen pianismo, toca con clase, claridad y expresividad, cuidando el carácter de las piezas: más franco, épico y audaz en las baladas, más íntimo y lírico en los tres nocturnos:
Retrato de Fréderic Chopin / óleo sobre lienzo de Ary Scheffer
208 años desde el nacimiento de Fryderyk Franciszek Chopin, al que conocemos mejor en la versión francesa de su nombre: Frédéric.
Maestro de la música para piano, este compositor polaco-francés no ha conocido nunca el olvido, sin importar lo mucho que hayan cambiado gustos y estéticas musicales en dos siglos.
Su refinamiento expresivo, su extraordinario y audaz talento para la armonía y su estupendo don melódico han causado admiración tanto en el público como también –y eso ya es más difícil– en sus colegas. Chopin es uno de esos pocos casos de creadores cuyo estilo esencial perdura intacto desde el principio hasta el final de su producción, como si desde un comienzo tuviera muy clara idea de la música que iba a crear.
Fue vanguardista en su momento, como correspondía a un romántico; pero a la vez un devoto admirador de Bach que conocía de memoria gran parte de la obra para teclado de este último. Su famosa serie de Preludios en los 24 tonos homenajea la colección que creara mucho antes el genio barroco bajo el mismo argumento.
Hay constancia de que Chopin heredó el talento pedagógico de su padre, llegando a ser un estupendo maestro; pero sus vínculos con los salones parisinos pulieron su ingenio, que lucía en comentarios tan elegantes como viperinos. A su favor hay que decir que las observaciones sobre sus colegas solían ser ciertas...
Con Chopin, el piano logró una expresividad avasalladora y revolucionaria combinada con un lirismo confesional; un triunfo que prácticamente nadie alcanzó antes salvo Beethoven (y con el perdón de Schumann). Como los grandes, el polaco supo encontrar el difícil equilibrio entre fondo y forma: su romántica vehemencia emocional no era ajena a un meticuloso control, evitando siempre el derroche inútil o el exhibicionismo vacuo.
Saludemos a uno de los maestros incontestables del piano oyendo uno de sus Nocturnos en la inimitable versión del gran Claudio Arrau:
Si algo le debo a la Música, es que me permita tan a menudo estremecerme de Asombro. Y en esto tengo el mejor Seguro de Vida que haya contratado nunca. Esta posibilidad, además, opera como remedio contra la amargura, e incluso como freno contra la vejez. ¿Qué más juvenil que el entusiasmo? Tomen nota de eso, amigos míos, y “automedíquense”: permitan que la Música los arrebate.
* Advertencia de “usuario frecuente”: ni el asombro ni demás tónicos descritos en el párrafo anterior se traducen como alegría facilona. El auténtico arte no elude la vida tal como es, con sus alturas, sus llanos y sus abismos. Lo que hace es transmutar esa misma vida. Veamos a Mozart, maestro de una alegría dorada que nos legó también la primera gran escena de terror —me parece— de la ópera moderna en la aparición del Convidado de Piedra, el Commendatore que irrumpe al final de la ópera Don Giovanni como ejecutor inexorable de justicia divina.
Con Schubert sucede otro tanto. Ese genio austríaco al cual me estoy volviendo cada vez más adicto volcó en la música toda la tristeza de quien sabe que está condenado a morir muy pronto (padecía una enfermedad incurable para su época). Pero supo convertir tamaña angustia en música tan conmovedora, que puede detener los relojes. Eso me sucedió por ejemplo al toparme con el Andantino en Fa sostenido menor, segundo movimiento en su Sonata en La Mayor D 959, una de las tres últimas sonatas compuestas por el genio — publicadas a título póstumo muchos años después.
Se repite una y otra vez que Schubert fue quizá el mejor melodista de la historia. Una afirmación muy, muy probablemente cierta... pero que uno no entiende de veras hasta que oye melodías como las de este Andantino, escrito dos meses antes de morir, que parece venir desde otra esfera. Música de una tristeza infinita, endulzada con grandes dosis de ternura, interrumpida por una rebelión que agita con violencia la partitura, para finalmente ceder a la resignación...
Les comparto dos versiones conmovedoras: la del gran Wilhelm Kempff y la de Mitsuko Uchida, un milagro de expresividad:
En alguna entrada previa comenté que la Música de Cámara significa un reto sólo al alcance de genuinos maestros. Esto, porque es un género desprovisto de “maquillaje” que pueda disimular la verdad de la música. El lenguaje se reduce a lo esencial, desnudo de oropeles, y el mensaje del compositor, cuando la obra es buena, adquiere una particular potencia artística. Más o menos como la fotografía en blanco y negro puede ser mucho más expresiva y reveladora gracias precisamente su minimalismo cromático.
“Genuinos maestros”, dije. Justo lo que fue Beethoven. Absorto en una introspección forzosa debido a su sordera, el genial músico alemán dejó buena parte de sus mejores páginas escritas para grupos de cámara —escribiendo para este género lo sorprendió la muerte—. Su potencia expresiva lograba aquí una mayor concentración y su dominio formal quedaba mejor expuesto.
Estas cualidades permitieron también el éxito de su música en arreglos para conjuntos de cámara, costumbre en boga a partir del siglo XVIII en adelante, luego que Haydn fijara el canon del cuarteto. En efecto, cuartetos de cuerda o formaciones similares eran frecuentes por su mayor facilidad de constitución y adaptabilidad a espacios domésticos, palaciegos o de casi cualquier otra índole social. Era un tiempo que desconocía nuestra moderna facilidad para escuchar música; por consiguiente, adaptaba la música a los medios con que contaba. Beethoven nunca se molestó con estas adaptaciones, que le significan un extra a sus bolsillos; él mismo realizó transcripciones de sus obras más solicitadas a nuevos formatos, o confiaba esta tarea a discípulos dotados como Ries o Czerny.
Hoy les comparto tres arreglos para Quinteto de Cuerdas(dos violines, dos violas y violoncello). Son reducciones hechas en vida del compositor, publicadas sin mención del arreglista. Las piezas propuestas: Sonata “Patética” / Sinfonía nº 1 en Do mayor / Sinfonía nº 8 en Fa mayor. Interpreta el excelente Locrian Ensemble. ¡Disfruten!:
Europa atravesaba un cambio de paradigmas en el tránsito del siglo XVIII al XIX, y Beethoven fue el gran artista de ese momento.
Inspirador del Romanticismo, empero no fue un romántico. Hijo del Siglo de las Luces, tampoco fue un clásico de pura cepa. Integra parcialmente la tríada del clasicismo vienés junto a Mozart y Haydn; no obstante, tuvo la persistente audacia de desafiar los cánones “sagrados”.
Su “domicilio estético” aúna elementos de ambos estilos: es un particular acuerdo entre la libertad y el dominio formal, entre el arrebato de emociones impetuosas y un férreo control de la manera en que dichas emociones se han de expresar. Batallaba con tenacidad (como delatan sus borradores) puliendo la forma musical, concepto que será descuidado por la mayoría de los románticos. Además, a diferencia de éstos, el Sordo no quiso convertir la música en un mero confesionario emotivo, sino en vehículo de expresión para ideales que pudieran elevar a la humanidad.
Por esta alquimia tan única, el nombre de Beethoven despertó en su momento malentendidos, reticencia, incluso antipatía. Goethe, por ejemplo, otro monumento de la cultura alemana, era reacio al aplauso cuando se trataba del compositor; no dudaba de su genio, pero no sabía cómo interpretarlo. Otro ejemplo lo ofrece el zig-zag de la Novena Sinfonía: verdadera revolución de su género, fue recibida exitosamente en su estreno vienés... para luego ser evitada durante años como cosa rara. Hubo que esperar a la llegada de un Berlioz y un Wagner para descubrir al público la trascendencia de la composición.
A Beethoven le daba igual: su audacia no dejó de crecer jamás. Baste recordar la “Gran Fuga” que culminaba originalmente el Cuarteto nº 13 en Si bemol para asombrarse del poco caso que el compositor hacía de las convenciones de su tiempo.
Para qué están los amigos...
Aunque la propuesta beethoveniana causara estas reacciones, tampoco se puede discutir su popularidad. El genio tomó por asalto no sólo a la sociedad vienesa sino a su propia época. Buena parte de su fama la debía a su impresionante calidad como pianista e improvisador, cierto, pero un halo legendario, muy al gusto del momento, lo había acompañado desde su mismo arribo a la capital austríaca. Y a medida que nuevas generaciones fueron apareciendo en escena, Beethoven fue encontrando un eco mayúsculo. Su figura fue admirada por compositores contemporáneos (Méhul, Boïeldieu, Hummel, Cherubini...) y venerada por los sucesivos (Ries, Schubert, Paganini, Mendelssohn, Liszt...).
Sobre todo estos últimos sintieron la necesidad de desafiar la incomprensión que todavía experimentaba la obra de su ídolo y echar abajo las puertas cerradas.
Mendelssohn solía tocar el piano para Goethe. A veces introducía en su repertorio la música de Beethoven sin previo aviso, para forzar amistosamente la reticencia del anciano genio contra el compositor.
Cierto compositor muy poco conocido en el ámbito latino pero todavía vigente en la cultura alemana es Friedrich Silcher (1789-1860). Su principal legado lo dejó en el ámbito de la canción popular. Hasta hoy se cantan los arreglos que hizo de temas y poesías folklóricas como “Lorelei”, “Am Brunnen vor dem Tore” o “Yo tenía un camarada”. Amigos de Beethoven fueron maestros de Silcher, como Kreutzer y Hummel. Es seguro que compartía con ellos la admiración al gran compositor de Bonn. La mejor prueba es la colección de canciones que creó a partir de música beethoveniana, para atraer así la atención del público hacia esas creaciones.
En 1971 el barítono Hermann Prey y el pianista Leonard Hokanson grabaron para el sello Archiv un LP con estos arreglos de Silcher. La correspondencia entre la canción y su origen es como sigue:
Título
Origen de la Melodía
Das Auge der Geliebten
Sonata para piano Op.13 “Patética”
An die Nacht
Sonata para piano Op.57
Sehnsucht
Sonata para piano Op.2, mov. nº1
Wiedersehen
Sonata para piano Op.2, mov. nº3
Frage
Sinfonía nº2
Durch dich so selig
Sinfonía nº5
Umwölkter Himmel
Sonata para piano Op.90
Lächelt, ihr Sterne, ewig mir
Sonata para piano Op.2, mov. nº2
Sehnsucht
Sonata para piano Op.26
Gruss der Seelen
Sonata para piano Op.30, mov. nº2
An sie
Andante favori
Gesang der Peri’s
Sinfonía nº7
Estas piezas son servidas por dos músicos excepcionales en un registro que no sé si habrá sido reeditado. Es una rara joya que vale mucho la pena conocer, demostrando que estos homenajes de Silcher son todo, menos una chapuza. Revelan el dinamismo de una época de “cambio de mareas” en la música occidental, de qué modo las nuevas sensibilidades se abrían camino en cada estrato de la producción artística, en este caso la llamada canción culta, y cómo una concordancia de sensibilidad, jalonada por la admiración, pudo obrar una genuina “unificación alemana” en el arte (y por ende en los corazones) mucho antes de que pudiera conseguirlo la política.
Además, es seguro que estas páginas habrán obligado a más de alguno a preguntarse cómo pudieron vivir hasta ese momento sin saber de Ludwig van Beethoven...