La madrugada de ayer miércoles 23 de noviembre se abrió un vacío que será muy difícil de reparar: en Bellaterra (Cerdanyola del Vallès, Barcelona) ha fallecido la destacada soprano catalana Montserrat Figueras, esposa y pareja artística del gran violagambista y director Jordi Savall.
Figueras era un referente del repertorio vocal en «música antigua». A contar del año 1966 estudió las técnicas de canto utilizadas desde los trovadores hasta el barroco, forjando un estilo interpretativo sólido, que bebía directamente de las fuentes originales, y que siguió madurando y perfeccionando la vida entera. Ella y su marido fueron elegidos en 2008 como «artistas por la paz» por la Unesco y fueron los creadores del sello discográfico Alia Vox.
El cáncer nos ha arrebatado a una artista del todo excepcional, a la que sobreviven su marido e hijos, músicos talentosísimos a quienes debemos tantos registros inolvidables, y a quienes acompañamos con el corazón en esta hora dolorosa.
¡Descansa en paz, querida, incomparable Montserrat!





Pese a trayectoria tan dilatada, y pese sobre todo a la estrecha amistad que cultivó en su juventud con Gustav Mahler, Walter tardó en penetrar al mundo de Anton Bruckner; según propia confesión, la particular arquitectura del creador de Ansfelden le parecía carente de sentido, desmedida, aun cuando apreciaba la fuerza y hondura de sus temas y la gracia cantarina que frecuenta su inspiración. Pero algo cambió súbitamente dentro de Walter y hacia 1928, a poco de cruzar la cincuentena, pisó ese vasto continente musical que había ignorado.La Novena Sinfonía fue también la última obra compuesta por Bruckner, y quedó inconclusa tras su deceso el 11 de octubre de 1896. Los borradores del último movimiento nunca llegaron a un estado definitivo, y las mermadas fuerzas del anciano compositor fueron consumidas por las revisiones efectuadas a la Octava Sinfonía. Sin embargo, como alguien ha comentado, el Adagio que ocupa el tercer lugar en la Novena es tan sobrecogedor, que no vale la pena agregar nada más a su acorde final, ese que parece no terminar nunca. Sin duda, una de las grandes sinfonías de todos los tiempos y la obra maestra de su autor.Les invito a disfrutar esta grabación live de 1953, con un Walter en plena forma...

