Schumann fue, con diferencia, uno de los músicos más originales del Romanticismo, validando ampliamente su condición de creador. Siguió la estela del arte beethoveniano, ocupado en trascender y, en pos de ello, derribar obstáculos y construir nuevos canales para así comunicar la efervescencia de sus pensamientos. Los dolorosos vaivenes de su psiquis herida impidieron a Schumann un dominio completo sobre la materia sonora semejante al que demostraron Beethoven o su amigo Brahms. En efecto, la dialéctica entre exaltación y depresión recorre su obra entera, emborronando a veces las propias intenciones del compositor, quien, pese a todo, ni rehuyó el combate de dar a luz sus ideas, ni disminuyó la ambición de sus empresas. Sólo la noche de la locura pudo apagar la fructífera inspiración de este alemán.
Hoy les comparto un disco de gran acierto en la elección del repertorio. Los intérpretes no requieren apología: la Orquesta Filarmonía de Londres (Philharmonia Orchestra), fundada en 1945 por el mítico Walter Legge a fin de realizar las grabaciones para EMI, y con un ilustre abolengo de batutas en su currículo, desde el inicial Beecham hasta el actual Salonen, pasando entre otros por Furtwängler, Karajan, Sinopoli y, por supuesto, Klemperer; y el joven Christian Thielemann, dotado músico que prolonga hoy la insigne tradición directorial germana. Estos artistas vuelcan su musicalidad en tres extraordinarias creaciones: la obertura Manfredo / la Konzertstück en Fa mayor para Cuatro Trompas / la Segunda Sinfonía, en Do mayor.
»Konzertstück« en Fa mayor, op. 86, para 4 trompas y orquesta — El fantástico poder de las cuatro trompas al unísono fue una de las conquistas sinfónicas de Schumann (basta recordar las brillantes acometidas que les pide en la Tercera Sinfonía). La presente obra es uno de los testimonios de la afinidad del compositor con este instrumento... y uno de los mayores desafíos para cualquier cornista! Personalmente, me parece una de las creaciones más originales nunca concebidas, un atrevimiento lleno de inspiración. Según Pajares Alonso, la Konzertstück es, indudablemente, la obra más singular en explorar la evolución técnica de los instrumentos de viento. Las 4 solistas tienen válvulas, las 2 de la orquesta pueden ser naturales. Cada uno de los 3 movimientos comienza alejado de la tónica; el oyente siente que el movimiento comienza no al principio sino hacia la mitad. Schumann refleja el rico simbolismo de la trompa en la literatura alemana. Por ejemplo, en el movimiento central el efecto de eco producido por las dos trompas en canon sugiere un paisaje romántico de alguna balada de caballeros.
Sinfonía nº 2, op. 61, en Do mayor — A pesar de su número en el catálogo, esta sinfonía es en realidad la tercera. Fue escrita entre los años 1845-46, y estrenada en Leipzig bajo la dirección de Mendelssohn. Con mi querido amigo leiter, a quien debo mucho en el conocimiento de Schumann, nos sentimos siempre admirados con el inicio de la sinfonía, esa fanfarria en contraste al tema que cantan las cuerdas... Al parecer hay un guiño deliberado a la fanfarria inicial de la última sinfonía de Haydn, pero con un ritmo muy alejado de la firmeza de éste. Luego, el ingenio del compositor se salta las convenciones e instala en segundo lugar un chispeante Scherzo, cuya escurridiza sección principal se intercala con dos tríos. La acumulación de movimiento y tensión de las dos primeras partes realza, si cabe, la belleza arrebatadora del Adagio espressivo, una de las páginas inimitables de toda la música, que anticipa claramente a Bruckner y a Mahler. Para Michael Steinberg hay una evidente similitud “de contorno” en la melodía que abre el Adagio, en Do menor, y los compases iniciales del Trio Sonata de la Ofrenda Musical del gran Bach, en igual tonalidad. Más allá de estas alusiones musicales, Schumann echa una mirada en su propio desasosiego y el resultado paraliza el corazón: los trinos de los violines en las alturas, el cromatismo del bajo, la belleza tímbrica de las maderas... Un Allegro molto vivace lleno de ímpetu y luminosidad corona esta magnífica sinfonía. El compositor tiene el acierto de incorporar como tema subordinado del finale precisamente el que abre el Adagio, doblando su velocidad (idea que Mahler copiaría en el Adagietto y Finale de su Quinta Sinfonía).
MP3 VBR | 48kHz | 8 tracks | .7z 121,9 MB








En 1902, el mexicano Julián Carrillo, en ese momento establecido en Leipzig, se encontraba experimentando con un nuevo método de composición musical denominado Sonido 13. Explicado de manera muy sencilla, consiste en dividir en
Cuando aparece el Mandarín, Bartók confiere a los 




Se trata, no obstante, de un director de jerarquía, uno de los mejores de su generación y ciertamente uno de los grandes músicos ingleses todavía en activo. Pertenece a esa rara especie de los “intérpretes”, los que buscan hacer hablar a la música y no sólo reproducir una partitura. Hay quienes lo consideran engolado, marmóreo, o un artista que debe más a la formidable industria discográfica inglesa y su propaganda que a méritos reales; entre tanto, otros no pueden reprimir el aplauso cuando le escuchan. Más vale oírlo: hoy les traigo un disco con “el Sibelius de Davis”. Y no es un decir. El sello RCA ha dejado claro desde la misma portada que el protagonista es el director inglés: no hay paisaje nórdico ni compositor en sepia, sólo un sonriente Davis.





Sin más, les dejo a Thomas Sanderling (el apellido les debe “sonar”) dirigiendo la Orquesta Sinfónica de la Academia de Nueva Siberia e interpretando las Sinfonías nº 1, en Mi menor, y nº 3, en Re menor, de Tanéyev...

