domingo, 11 de julio de 2010

LA GENUINA ESTRELLA DEL MUNDIAL


Pulpo Paul
Lo suyo es comer mejillones y, de paso, acertar en el fútbol. El oráculo invertebrado de Oberhausen —mascota soñada de cualquier apostador— se convirtió en la imprevisible estrella de este Mundial sudafricano.

Un gran saludo a los amigos españoles que distinguen esta página con sus visitas. Esta vez, la Copa del mundo irá a las tierras del Quijote.

viernes, 9 de julio de 2010

MÚSICA FRANCESA de CÁMARA | Viotta Ensemble

front cover

À notre bon ami, Robin


Francia conoció una época dorada, musicalmente hablando, en sus tiempos barrocos: Lully, De Lalande o los Couperin, Rameau, nombres relevantes en la Historia de la Música, dan cuenta de esta primacía cultural. El esplendor de Versalles irradiaba consigo el canon para el arte europeo en cualquiera de sus formas.


Tras la Revolución de 1789, la guillotina pareció decretar el silencio. Fue un silencio transitorio, por fortuna; sin embargo, el centro de gravedad, en términos artísticos, se había alejado de París. Los severos códigos de Diderot, cuya Enciclopedia situaba a la música en el último peldaño de las artes, fueron ampliamente desairados, y el primer Romanticismo restituyó a la música un lugar principal, legitimando el reemplazo del mero racionalismo por una originalidad ansiosa de nuevas combinaciones y sensibilidades. El cetro de la influencia recayó en el conglomerado de pequeños reinos que era entonces Alemania, y junto a la eterna Viena desarrollaron por cien años una verdadera hegemonía musical, no obstante la irrupción de países novatos en la historia del arte que enriquecieron a su vez el acervo cultural de Europa y el mundo.

Daumier Vagón de Tercera Clase

Durante ese mismo período Francia se sobreponía al terror de Robespierre, a las águilas de Bonaparte, a la Restauración, al Segundo Imperio, a la dura derrota ante Prusia, a la Comuna... Existía, es cierto, el importante prestigio de la Ópera de París, donde reinó Meyerbeer y fracasó Wagner. También el Conservatorio, a cargo de un Cherubini más estricto que clarividente. Con todo, buena parte de los artistas franceses proliferaron al margen (y en contra) de los grandes centros, los cuales ansiaban y despreciaban al mismo tiempo. De alguna extraña manera, el quebranto de una sociedad muy herida coincidía con la abundancia de creadores geniales (Baudelaire y Delacroix, por apuntar sólo dos ejemplos señeros).

Durante el siglo XIX la música sinfónica fue alemana, a pesar del gran Berlioz. La ópera estuvo dividida entre Wagner y Verdi, a pesar del gran Bizet o el espléndido Gounod... Así, mientras Victor Hugo, Dumas, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine o Mallarmé transformaban a la lengua literaria francesa en la más hermosa del mundo, el nuevo esplendor musical galo aguardaría las postrimerías del siglo XIX y los albores del XX para reverdecer en torno a Debussy, Dukas, Franck, Fauré... y sus discípulos.


El disco que hoy les comparto lo integran estos discípulos: Vincent d’Indy, Albert Roussel, Francis Poulenc y Charles Koechlin. Todos ellos están representados con obras para conjuntos de cámara, tan fecundos en esas exploraciones tímbricas característicamente galas, a diferencia de las macizas fuerzas orquestales germánicas.

Esa preferencia por la claridad, por el color, por la sensación de espacio, por la libertad de combinaciones ajenas a un diseño prestablecido, tienen evidentes conexiones con los mundos cromáticos de los grandes pintores impresionistas — a pesar del desagrado que tal idea le provocaba a Debussy.


Tras la derrota ante Prusia en 1870, Francia inició un debate al respecto de su propia identidad y comenzó a redescubrir el legado de los días barrocos y prebarrocos.

  • Vincent d’Indy (1851-1931), imbuido de esta sensibilidad, compuso la «Suite en Estilo Antiguo», primera obra del presente disco. No obstante, fue más conservador que sus otros compañeros, quienes se aventuraron más lejos.
  • Albert Roussel (1869-1937), influido por d’Indy y Debussy, fue el compositor más reconocido y famoso de su generación junto a Ravel. Aquí escucharemos su temprano Trío para violín, viola y cello, Op 58.
  • Charles Koechlin (1867-1950) fue un insigne discípulo de Fauré, prolífico como compositor y teórico, de quien oiremos la Sonatina n° 2 para la inusual combinación de oboe d’amore, flauta, clarinete, sexteto de cuerdas y... clavicordio, aquel instrumento que en la antigua Francia conoció días de gloria.
  • Por fin, Francis Poulenc (1899-1963) —a quien un crítico llamó «mitad monje, mitad delincuente» («Le moine et le voyou»)— fue uno de los más importantes autores franceses del siglo XX. Aquí oiremos su cantata «Le Bal Masqué» (Baile de Máscaras) para barítono y conjunto de cámara.

Interpreta el Viotta Ensemble, agrupación de cámara formada por miembros de la Orquesta del Concertgebouw. Estos músicos de primera línea obtienen una interpretación de calidad verdaderamente extraordinaria. Allez vous! A disfrutar.

» D E S C A R G A
Noche de Carnaval Rousseau

miércoles, 7 de julio de 2010

NORA

Mientras un pulpo se hace célebre en estos días por su talento como adivino, otro animalito, en este caso la gatita llamada Nora, se dedica... al piano.

¿Será pariente de nuestro Gatosierra?


domingo, 4 de julio de 2010

ORFEO... de Carl Orff

Ninfas escuchando a Orfeo

Las ninfas escuchando a Orfeo
(Charles François Jalabert, 1851)

por I. V.


Carl Orff fue un compositor nacido en Munich en 1895. A los cinco años inició sus estudios de piano, órgano y cello y en 1937 saltó a la fama cuando dio a conocer su cantata Carmina Burana, una especie de recreación en clave moderna de poemas medievales.

Antes de dicha obra, Orff se había sentido atraído por la música renacentista y barroca. Esta afición lo llevó a hacer arreglos o versiones libres —como él mismo las denominó— sobre algunas de las obras de Claudio Monteverdi, como Orfeo, el Baile de la Ingrata y El lamento de Ariana, todas ellas estrenadas en 1925 y publicadas definitivamente en 1940.

Era habitual escuchar a Orff hablar sobre la música elemental. Sin embargo, lo elemental en su música nunca fue sinónimo de música pura, como pretendió Varése, ni le interesó la idea de música absoluta al estilo Wagner. Lo elemental para él era encontrar en la música su causa primigenia en tanto una expresión del sentimiento humano; concepción en boga durante todo el siglo XIX y agotada por exceso de uso entrados los primeros años del siglo XX.

OrffEste afán por encontrar en la música lo que es en sí misma, lo llevaría a buscar su propio camino lejos del poswagnerismo y cada vez más cercano a Monteverdi, primero, y a la Tragedia Griega, después, si por ésta entendemos una representación en donde palabra, poesía, canto, teatro, danza y música se dan cita para ofrecer al espectador un acontecimiento que afectará directamente todos sus sentidos.

Teniendo esto ya en mente, se pone a trabajar para devolver nuevamente a escena la obra cumbre de Monteverdi, Orfeo. Sin embargo, tal empresa le valió múltiples problemas por el hecho de no ser una mera reconstrucción histórica, sino una especie de recreación del original.

Así pues, en primer lugar, tradujo el texto al alemán. Luego, redujo de cinco a tres la cantidad de actos. En materia de armonías, introdujo series innovadoras que, según él, podrían haber estado presentes ya en la elaboración del propio Monteverdi, pero que fueron desechadas por considerarlas incomprensibles para el escucha de la época. Por último, su ideal consistió en que fueran instrumentos originales de la época los que procedieran a la interpretación… algo que debió ser reconsiderado dado que eran instrumentos de museo, los cuales por el sólo hecho de ser retirados de las vitrinas se desgastaban o quedaban inutilizados.

A pesar de todo esto, la obra se estrenó en Mannheim en abril de 1923. La crítica calificó el resultado como un experimento interesante, pero inválido para ingresar al repertorio.

Hacia el final de sus días, Orff consideró que su trabajo con la obra de Monteverdi le había sido de suma utilidad, habiéndole permitido acercarse a una búsqueda propia, pero llevado de la mano de un gran maestro del pasado.

OrffTraemos a ustedes el Orfeo en revisión libre de Carl Orff en la estupenda versión de Herman Prey (Orpheus), Lucía Popp (Eurydike), Rose Wagemann (Die Botin) y Karl Ridderbusch (Der Wächter der Töten). Los Coros y la Orquesta de la Radiodifusión de Munich, todos dirigidos por Kurt Eichorn. ¡Ojalá la disfruten!

DESCARGAR en formato MP3.

prosa | SÁBATO

SábatoLa Resistencia

(fragmento) 

Cuántas veces les he aconsejado a quienes acuden a mí, en su angustia y en su desaliento, que se vuelquen al arte y se dejen tomar por las fuerzas invisibles que operan en nosotros. Todo niño es un artista que canta, baila, pinta, cuenta historias y construye castillos. Los grandes artistas son personas extrañas que han logrado preservar en el fondo de su alma esa candidez sagrada de la niñez y de los hombres que llamamos primitivos, y por eso provocan la risa de los estúpidos. En diferentes grados, la capacidad creativa pertenece a todo hombre, no necesariamente como una actividad superior o exclusiva. ¡Cuánto nos pueden enseñar los pueblos antiguos donde todos, más allá de las desdichas o de los infortunios, se reunían para bailar y cantar! El arte es un don que repara el alma de los fracasos y sinsabores. Nos alienta a cumplir la utopía a la que fuimos destinados.
Ernesto Sábato

viernes, 2 de julio de 2010

SINDING: SINFONÍAS 1 y 2

Hans Dahl
Hans Dahl: «Muchacha caminando frente al fiordo»

Pensar en la música clásica de Escandinavia nos lleva invariablemente a un par de figuras estelares: Grieg y Sibelius. Por su fama se diría que ambos nombres resumen en sí mismos toda música posible en aquellas tierras. Pero no es cierto. La realidad se nos descubre distinta, más variada y mucho más interesante.

El lejano Norte responde a las mismas leyes de cualquier otro lugar: todo artista emerge de un contexto y toda gran obra se apoya en muchas otras no tan grandes. No tan grandes, cierto, pero muy importantes, como balas trazadoras que anticipan el tiro perfecto. Eso nos otorga un amplio territorio donde caben gratos descubrimientos, uno de los cuales, sin duda, es el compositor noruego Christian August Sinding (* Kongsberg, 11 Ene. 1856; † Oslo, 3 Dic. 1941).

Christian Sinding en su vejez Este prolífico autor corresponde a la generación inmediatamente posterior a Grieg, por lo cual fue visto como heredero natural del primer gran creador noruego. Al igual que éste, Sinding partió a perfeccionar sus estudios en el Conservatorio de Leipzig, donde fue alumno de Salomon Jadassohn. Sinding pasaría en Alemania largos 40 años de su vida, asimilando los modelos musicales de la órbita germana: Schumann, Liszt, Strauss y especialmente, Wagner. Esta impronta germánica concierne a la música sinfónica de Sinding, tonal, bien orquestada, atractiva, contrastada, pero no innovadora; en cambio, sus creaciones de cámara siguen de cerca la pista de Grieg.

El gobierno noruego le concedió ayudas económicas regulares desde 1880, que se convertirían en pensión anual a partir de 1910. En efecto, para entonces Sinding se había hecho un nombre en toda Europa, y en Noruega fue homenajeado como el compositor más grande desde Grieg. Sin embargo, esa fama se eclipsó desde su muerte.

Una comprensible razón fue la agria etapa que atravesó entonces Occidente, con el alzamiento de los nacionalismos políticos, sus actos criminales y la desolación de la postguerra. En 1941, ocho semanas antes de fallecer, Sinding se afilió a la sucursal noruega del partido nazi… o al menos eso consignaron los documentos, porque la voluntad y lucidez del compositor estaban perdidas para entonces: sufría demencia senil desde la década anterior. Como sea, la vida noruega de postguerra lo ignoró, hasta que el paso del tiempo permitió un análisis más sereno de toda aquella circunstancia — aun así, la controversia no se ha agotado.

Vigeland

Esculturas del Parque Vigeland, Oslo

Es comprensible que el posrromanticismo de Sinding lo haya alejado de los gustos y estilos europeos de mediados del siglo XX. No obstante, la calidad y belleza de sus sinfonías, particularmente la primera de ellas —considerada la mejor de las cuatro que escribió— ameritan el homenaje de este blog a su indiscutible talento.

Disfruten las Sinfonías n° 1 en Re menor y n° 2 en Re mayor de Christian Sinding, en la interpretación de la Orquesta de Radio Noruega... AQUÍ

prosa | SÁBATO

SábatoLa Resistencia


(fragmento)

En otra época, cuando yo era un niño en Rojas, aún se mantenían valores que hacían del nacimiento, el amor, la adolescencia, la muerte, un ceremonial bello y profundo. [...] Hasta el cambio de las estaciones y la alternancia de los días parecían albergar un enigma que formaba parte de aquel ritual, perpetuado a través de generaciones como en una historia sagrada. Todos participaban de esas fiestas, desde los más pobres hasta los más ricos. Había épocas buenas y épocas calamitosas, pero dependían de la naturaleza, de las cosechas: el hombre no sentía que debía obrar siempre y en cualquier momento para controlar el acontecer de todo, como lo cree hoy en día.

Ahora la humanidad carece de ocios, en buena parte porque nos hemos acostumbrado a medir el tiempo de modo utilitario, en términos de producción. Antes los hombres trabajaban a un nivel más humano, frecuentemente en oficios y artesanías, y mientras lo hacían conversaban entre ellos. Eran más libres que el hombre de hoy que es incapaz de resistirse a la televisión. Ellos podían descansar en las siestas, o jugar a la taba con los amigos. [...] Momentos en que la gente se reunía a tomar mate, mientras contemplaba el atardecer, sentados en los bancos que las casas solían tener al frente, por el lado de las galerías. Y cuando el sol se hundía en el horizonte, mientras los pájaros terminaban de acomodarse en sus nidos, la tierra hacía un largo silencio y los hombres, ensimismados, parecían preguntarse sobre el sentido de la vida y de la muerte.

Ernesto Sábato

 
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