sábado, 1 de enero de 2011

Mis dos Valses (alternativa a Welser-Möst)



Hago lo posible para no perderme el concierto de Nuevo Año en Viena; a saber, la tradicional presentación de la Filarmónica vienesa en la Grosser Saal del Musikverein de Viena. Ese marco dorado ha contemplado el arte de distinguidos directores desde que naciera este espectáculo en 1941, empuñando la batuta entonces Clemens Krauss. La iniciativa se convirtió en tradición, y además en espectáculo masivo merced a los medios que lo retransmiten al mundo entero. En todos estos años la Filarmónica, que se gestiona a sí misma, ha invitado a nombres ilustres para que el 1° de Enero, a las 11 de la mañana, desaten la magia y la nostalgia conjuradas por esta música. Así pues, la elección del director siempre es un detalle que causa curiosidad, especulación y, a posteriori, una alternativa entre la ofuscación o la dicha según haya sido el desempeño. Este año fue el turno de Franz Welser-Möst y... pese a su eficiencia y cordialidad, me parece que no remontó a las alturas conquistadas por invitados anteriores. De todos modos la Filarmónica sonó espléndida, en especial en el Vals “Mephisto” de Liszt, que constituyó la novedad de este año en el repertorio, y también, pese a todo, en el Danubio Azul. “Pese a todo” he dicho, y es que esta música reclama no sólo sonido precioso, que lo hubo, sino gracia, y no todos saben comunicarla por igual y de manera continua.

Así las cosas, les invito a disfrutar otros dos valses: primero uno quizá menos conocido pero magistral, “Música de las Esferas” de Josef Strauss, hermano más joven del célebre Johann II, y que en sus propias piezas recogió influencias wagnerianas. Su inventiva melódica, gracia del discurso y chispeante orquestación daban cuenta de un talento musical extraordinario, que la tuberculosis interrumpió tristemente. Dirige este vals uno que marcó época en el Concierto de Año Nuevo: el gran director argentino-austríaco Carlos Kleiber durante su aparición de 1992. A Welser-Möst le hubiera venido bien algo del carisma y gracia que este hombre derrochaba a raudales.




En segundo término, el célebre “Vals del Emperador”, uno de los mejores que escribiera nunca Johann Strauss hijo, dirigido por el maestro Claudio Abbado en 1991.


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