A propósito del Saxofón, que mencioné antes
en el onomástico de su inventor, les comparto un registro donde queda demostrada la tremenda versatilidad
del instrumento. Un disco la verdad bastante insólito en su propuesta y sin
embargo, muy satisfactorio.
El tenor John Potter, miembro fundador
del ya disuelto grupo vocal “The Hilliard Ensemble”, lanzó en 1999 el álbum
“In Darkness Let My Dwell”, título de una de las canciones más
famosas del inglés
John Dowland (1563-1626). El
disco recorre obras de este influyente compositor del período isabelino, el
cual
impregnó a toda su producción la melancolía más acerba;
tanto, que aún se debate entre especialistas si sufría alguna clase de
trastorno depresivo o si era nada más que una pose artística —
la melancolía estaba de moda por entonces; los románticos no inventaron
nada...
Potter, en el libreto, declara su
intención de recuperar las canciones de
Dowland para el contexto moderno. Nuestra
época, opina él, se sentirá en sintonía con el clima doloroso que destilan las
bellas obras del laudista isabelino:
"En estas grabaciones hemos querido traer la música de Dowland hasta
nosotros, relacionarnos no con un Dowland abstracto que deba ser exhumado
o reconstruido, sino con un colega que concibió la música de un modo muy
similar al nuestro, y que seguramente pudo oír su música interpretada de
muy distintas maneras, según el estilo contemporáneo de su tiempo... Los
músicos de la siguiente generación tomaron sus partituras, desnudaron sus
elementos esenciales y ‘renegociaron’ la música con el ya desaparecido
compositor. Lo mismo que nosotros hacemos ahora.”
Precisamente esta última idea justifica la inesperada sociedad instrumental
ofrecida:
el saxofón soprano, el clarinete bajo, el violín barroco o el
contrabajo, juntos o por separado, acompañan la experta lectura de Potter expandiendo
su ámbito expresivo a la manera del jazz-fusión. Alquimia musical.
Amigos, amigas, ¿se dejan tentar por este desafío…?
Recomendación: Este diálogo entre el siglo XVI y
el XX también fue practicado por
“The Hilliard Ensamble” junto al
saxofonista Jan Garbarek en tres álbumes:
Officium
(1994),
Mnemosyne
(1999) y
Officium Novum
(2010). Si disfrutas la experimentación, prueba con alguno. Todos ellos están
disponibles en Amazon o tiendas similares.
Google rindió homenaje a Adolphe Sax (1814-1894), el luthier belga que inventó el Saxofón en 1840, con 26 años. Sin quererlo —de hecho sin saberlo— patentó la futura voz del jazz.
SAX nació en un hogar vinculado al arte de la fabricación instrumental. Su padre tenía un taller para instrumentos de viento donde el pequeño Sax comenzó como aprendiz. Se familiarizó con las virtudes y defectos de flautas, clarinetes, oboes, fagotes... Lidiando contra ciertas limitaciones del clarinete fue como Sax acabó por concebir y fabricar su propio instrumento, en el cual conserva la boquilla con lengüeta típica del clarinete o del oboe, además del sistema de llaves, pero elige un cuerpo metálico y le da el diseño característico en forma de pipa. Tenía claro lo que perseguía con su invento: uno que «por el carácter de su voz pueda aproximarse a los instrumentos de cuerda, pero que tenga más fuerza e intensidad». Había nacido el saxofón.
Sax fue el primer intérprete de su criatura —el primer saxofonista del mundo…— y así comenzó a captar la atención de grandes músicos. Héctor Berlioz fue el primero en escribir una obra conocida para saxofón, el sexteto Canto Sagrado, en 1844. Elogió al nuevo miembro de la familia de los vientos: «Es de tal naturaleza que que no conozco ningún instrumento actualmente en uso que pueda comparársele, a ese respecto. Es pleno, blando, vibrante, de enorme fuerza y susceptible de endulzar». Con el tiempo otros grandes autores pedirán al saxofón como integrante de la orquesta (Ravel en su Bolero, Rajmáninov en sus Danzas Sinfónicas) o le asignarán un rol principal (Debussy en su Rapsodia para orquesta y saxofón, Glazunov en su Concierto para saxofón de 1935).
Segmento solista confiado al Saxofón por Sergéi Rajmáninov en la primera de
sus Danzas Sinfónicas /
Con esta elección el creador ruso ratificó su excepcional oído para el
sonido orquestal y de paso firmó una de sus melodías inolvidables. Años
después, para el estreno de las Danzas en la URSS, el gobierno soviético
vetó al saxofón (!) por considerarlo emisario cultural de EE.UU. (!!) y la
melodía fue reasignada a dúo de clarinetes y fagotes.
El saxofón fue haciéndose un espacio en el repertorio sinfónico pero sobre todo en las bandas y orfeones, para las cuales había sido pensado. Era un invento exitoso y Sax pudo sentirse satisfecho. Lo que no llegó a saber es que a contar de la década de 1920 el saxofón sería adoptado por el jazz y su popularidad se dispararía en todo Occidente, llegando a ser uno de los instrumentos musicales más populares del siglo XX junto con la guitarra eléctrica. Sus facilidades mecánicas y la belleza de su sonido, que Sax supo mantener homogéneo a lo largo de su extensión, cautivaron a músicos tan imprescindibles como Charlie Parker o Lester Young, y confirió el sonido característico a las Big Band estadounidenses.
A 201 años de su nacimiento, Adolphe Sax disfruta una aplaudida inmortalidad.
No sólo Lennon o Gould tienen su estatua sentada... / Estatua de Sax a la entrada de su museo en Dinant, la ciudad que le vio nacer
Todavía como homenaje a MENDELSSOHN —aunque breve— les comparto en el reproductor bajo estas líneas la inigualable Obertura para el «Sueño de una Noche de Verano» de Shakespeare, op. 21. en versión del grandísimo Otto Klemperer dirigiendo a la orquesta Philharmonia.
Tengo pensado traer a la página la Música Incidental completa escrita por Mendelssohn en dos etapas de su vida; pero no obstante, la obertura es tan extraordinaria que permite diferentes acercamientos sin sufrir desgaste. Fue compuesta en plena adolescencia (un apelativo que no me convence para describir a aquel muchacho de 17 años en la primavera de su genio), luego de acabar la lectura de la obra homónima de Shakespeare. Sólo puedo maravillarme ante todo lo que supo conseguir Mendelssohn en esta pieza: desde los evocadores acordes que sirven de pórtico a las melodías ágiles de la cuerda, que representan los diminutos pasos de las hadas, pasando por la habilidad armónica en las transiciones de los “episodios” que se suceden en perfecta fluidez, o el amplio vuelo de las melodías, rasgo que marcará toda la obra de este músico. En fin, el sutil mundo feérico plasmado sin esfuerzo aparente. Con esta obertura de concierto —especie de poema sinfónico antes que Liszt les diera ese nombre— Mendelssohn presenta sus credenciales como uno de los supremos pintores musicales.Klemperer, a su vez, aporta su capacidad para la cohesión arquitectónica, sus trazos firmes y el sabor ácido y a la vez tan variado que extrae de la paleta instrumental. ¡Disfruten esta versión!
Hoy se cumple otro aniversario más (168 años) de la muerte de quien fuera uno de los músicos más celebrados de Europa en la primera mitad del siglo XIX, para luego devenir uno de los más vilipendiados por el «nacionalismo germánico» al finalizar aquella misma centuria: FELIX MENDELSSOHN, fallecido tempranamente un 4 de noviembre de 1847, con 38 años de edad.Fue hijo de prósperos banqueros judíos de Hamburgo y disfrutó una vida desahogada y éxito artístico internacional, algo que incitó la envidia de muchos colegas (Wagner a la cabeza), que alegaron falacias raciales para rebajar el prestigio de su obra y arrinconarla en el olvido. Todos ellos omitieron (y por supuesto no igualaron) su conocida generosidad y especialmente la grandeza de sus dotes musicales, comparables a las de Mozart en precocidad y brillo. Mendelssohn fue un genio musical nato, dibujante y acuarelista notable, con madera de escritor (sus cartas lo delatan) y gran director de orquesta. En esta última faceta tuvo el mérito de revivir a Johann Sebastian Bach ante el gran público, al representar su »Pasión según San Mateo« en 1829, en Berlín. Nada menos.Como recuerdo de este enorme creador copio el enlace a la obertura de una obra poco conocida, »Die Heimkehr aus der Fremde«, escrita aquel mismo año de 1829:
Hoy, 25 de septiembre,GLENN GOULD habría cumplido 83 años. Uno de los genios fundamentales del piano que surgió durante el siglo XX, y sin duda uno de los más carismáticos, Gould brilló por sus sobrehumanas dotes técnicas tanto como por sus excentricidades y, en especial, su profunda conexión con el contrapunto de Bach, admirablemente expuesto en sus famosas versiones de las “Variaciones Goldberg”. Gould fue un músico desafiante, analítico, que no sentía afinidad por los elementos románticos del repertorio pianístico, antes bien, prefería enfoques intelectuales y música abstracta. Con todo, su peculiarísimo estilo de interpretación era un verdadero trance dionisíaco, con Gould perdido en la recreación musical mientras canturreaba las melodías desgranadas por sus manos.A este legendario artista vaya el homenaje de nuestra página:
La segunda mitad del siglo XIX contempló un fenómeno renovador: los nacionalismos. El nombre después ganó triste fama, pero aquí cumple la mera función de designar un acontecimiento.
Reverdece la tradición
A lo largo del siglo XIX países alejados del centro europeo tomaban conciencia de su lugar en el mundo y exploraban su propia identidad. En parte alentados por los conceptos republicanos acuñados en Francia desde antes de la Revolución de 1789, en parte inspirados por los filósofos del Romanticismo alemán con su idea del Volkgeist, la eclosión obedecía sobre todo a una realidad más básica: los pueblos alcanzan su propia madurez. Aquellos países desistieron de imitar a reinos mayores y buscaron expresión original. Desbordaron sus aportaciones en el receptáculo de la cultura europea, y así incorporaron sus hallazgos particulares al bagaje de nuestra cultura occidental. En el terreno musical, por ejemplo, estilos considerados al principio una novedad exótica (rusos, checos o escandinavos) ganaron pronto un lugar estable y merecido en el repertorio estándar.
Viene también al caso recoger las observaciones agudas del crítico musical Harold Schonberg:
Los países habitados por ciudadanos satisfechos normalmente no producen música nacionalista, la cual en cierto modo es propaganda, un llamamiento espiritual a las armas. Un país cuyo pueblo está dominado por una nación extranjera, por ejemplo el reino de Bohemia durante el dominio austríaco, o un país donde el pueblo gemía bajo el puño de hierro de un zar y su aristocracia arraigada y codiciosa, no tenía muchos modos de exponer su protesta social. Pero podía manifestarse en la literatura y la música, y así se lo hacía. Si las manos de los activistas estaban atadas, el músico por lo menos podía expresar el anhelo de libertad de su país, o el orgullo de sus propias tradiciones.
Campesinos austrohúngarosbailando danzas típicas
No es que se hubiera agotado la savia en las “grandes escuelas” de Europa central (Alemania, Italia, a su modo Francia); lo que hubo fue un cambio de ruta, cuando su respetada tradición se abrió a cauces inesperados, creando agitadas controversias a menudo furibundas: los franceses ardieron en polémicas, la vida musical germánica se partió entre dos bandos afiliados uno al pasado y otro al porvenir...
Tiempo de síntesis
Pero el tiempo avanzó. La joven generación que había tomado influencias de Liszt, Bruckner o Wagner, también Brahms o los rusos (pensemos en Richard Strauss o Mahler)cultivó un estilo suntuoso, de refinadísima riqueza instrumental y avanzada armonía que tantea la disolución: el post-romanticismo. Antes de la Gran Guerra, su prestigiosa influencia tuvo tiempo de irradiarse. A este momento y a este contexto históricos pertenece el compositor que hoy les presento: Mieczysław Karłowicz, uno de los grandes creadores que Polonia ha dado al mundo... aunque también uno de los menos conocidos.
Mieczysław Karłowicz, con su aspecto de Quijote juvenil
El compositor nació en 1876 en Vishneva, una parte de Polonia que hoy pertenece a Bielorrusia, y tuvo una infancia ajetreada: sus padres vivían en una propiedad rural que vendieron en 1882, trasladándose a Heidelberg (Alemania), luego a Praga (República Checa), a Dresde (Alemania) para finalmente asentarse en Varsovia (Polonia) en 1887. Aquí estudió composición (ya se aplicaba al estudio del violín desde los 7 años) y en 1895 viaja otra vez a Alemania para una larga estancia en Berlín, donde prosigue estudios con Heinrich Urban y, entrado el nuevo siglo, recibe lecciones de dirección orquestal del mismísimo Arthur Nikisch.
Karłowicz absorbió con fruición la música finisecular que lo rodeaba —Wagner, Chaikovsky, Richard Strauss, Scriabin...—; en su tiempo hubo quienes criticaron esta influencia, tanto más que las asumía mientras Europa sentía el impacto revolucionario de Stravinsky o Schönberg. Pero Karłowicz no atendía a esa última estética; para él, el profeta del futuro era Richard Strauss, cuyos principios musicales desarrolló con éxito. Luego de tanteos estudiantiles sin demasiada personalidad, el polaco llegó al nicho donde creó sus mayores obras: el poema sinfónico. Escucharlos es todo un descubrimiento.
Procesión de marzo / Jan Rembowski, 1910
Aunque la influencia germana marcó desde temprano la vida de nuestro compositor, también se sabía parte de un contexto propio: el movimiento “Mloda Polska” (Joven Polonia). Involucrando a la juventud de las artes polacas (literatura, pintura, escultura, música), este movimiento fue esencialmente un marco neorromántico donde tuvieron cabida las influencias del decadentismo, el simbolismo, el impresionismo... en suma, los rasgos culturales del fin du siècle. Operó como una especie de actualización cultural de Polonia en el concierto europeo. Sólo terminó con el estallido de la Primera Guerra Mundial y los subsecuentes tumbos políticos que sufrió la nación eslava en las décadas por venir.
El silencio de la montaña
Mieczysław Karłowicz no llegó siquiera a conocer este trastorno histórico. Era un cultor del montañismo y esquiador experto que disfrutaba las caminatas y paseos en los escarpados paisajes de su país. (Pasión curiosa pero no inusual; sería interesante formar un elenco de los grandes creadores que cultivaron deportes al aire libre, como Mahler y su afición por la natación y las embarcaciones a remo, o Brahms y su pasión por las largas caminatas, a veces de días, que hoy calificaríamos como senderismo.) Nuestro creador dejó varias estampas suyas disfrutando la alta montaña, debido a que también la fotografía era un hobby que disfrutaba en el escenario majestuoso de la naturaleza.
Pero tal faceta aventurera lo exponía a los mismos riesgos que conoce todo quien se adentra en la montaña… porque la nieve, la altura, la piedra conforman un mundo impredecible. Así terminó la vida de la gran promesa musical polaca. Su última excursión en los Montes Tatras, el 8 de febrero de 1909, fue interceptada por una avalancha; la nieve devolvió su cuerpo inerte a los rescatistas, al otro día. Karłowicz contaba sólo 33 años. En ese mismo lugar se colocó un monolito conmemorativo al cual acuden hasta hoy quienes recuerdan al brillante creador.
(Existe un sitio web que reconstruye ese último itinerario del compositor/montañista, aparte de ofrecer interesante material fotográfico de entonces y hoy: http://karlowicz.free.fr )
Karłowicz ocupa en la historia de la música polaca el rol de eslabón entre Fryderyk Chopin y Stanisław Moniuszko, por un lado, y Karol Szymanowski por el otro. Su lenguaje musical, truncado en su desarrollo por el fatal accidente, había logrado un perfil original y reconocible, al paso que la maestría de su escritura orquestal sigue causando asombro; en este apartado, pocos llegan a su nivel.
Queridos amigos, conozcan y disfruten la música de Mieczysław Karłowicz, uno de los grandes creadores polacos de todos los tiempos, en versión de Antoni Wit y la Filarmónica de Varsovia. Una alternativa la ofrece el sello CHANDOS con la Filarmónica de la BBC dirigida por Yan Pascal Tortelier, con toda la potencia sinfónica que exige el sonido tardorromántico de Karlowicz. No obstante, los músicos comisionados por el sello NAXOS aportan una visión digamos idiomática, con fluctuaciones de humor que subrayan la opulencia orquestal. Ambos sellos ofrecen las mejores iniciativas recientes dedicadas a la música del creador polaco, quien ahora baja por fin desde su memorial en la montaña a tomar contacto con los auditorios. Antes, las convulsiones que descargó el siglo XX sobre Polonia habían saboteado la apropiada difusión de sus obras. Los invito, pues, a conocerlo:
En 1819, el músico y editor vienés Anton Diabelli tuvo una gran idea que debe más a su talento como hombre de negocios que al de compositor: contactó a los músicos más afamados de Austria y también a un puñado de alemanes relevantes, solicitándoles escribir una variación a partir de un tema suministrado por él mismo (a saber, un vals corto e inofensivo) para una publicación mensual de su casa editorial, y finalmente reunir el compendio de variaciones en un solo volumen bajo el título de "Asociación de Compositores Patrióticos" (la reacción popular contra Bonaparte seguía siendo un buen gancho comercial).
51 compositores atendieron la propuesta de Diabelli. El variopinto grupo incluía al Archiduque Rudolf de Austria, Franz Xaver Mozart (hijo de Amadeus), Moritz Conde de Dietrichstein, Heinrich Eduard Josef Barón de Lannoy, Ignaz Franz Barón de Mosel, Carl Czerny, Johann Nepomuk Hummel, Ignaz Moscheles, Franz Schubert... Hasta el juvenísimo Franz Liszt recibió una copia del tema, cortesía de su influyente maestro Czerny, y contribuyó con una variación.
Beethoven fue el último en entregar su parte, cuatro años después. ¡Bendita demora! No era una sola, sino 33 variaciones que constituían en sí mismas un corpus completo, testimonio impresionante de genialidad e inspiración y, de paso, pieza fundamental del repertorio pianístico desde entonces. Diabelli decidió publicarlas por separado. Y la grandeza de este grupo de variaciones eclipsó a las demás.
No obstante, las variaciones originales (ahora constituyendo el segundo volumen) rindieron suculentos frutos editoriales. El nutrido grupo de músicos configuró un amplio abanico con las influencias y estilos de aquel momento, dando vivos colores al tema original. Todo eso resultó muy atractivo para el público. Recordemos que el siglo XIX fue el siglo del piano; el instrumento estaba presente en muchísimas casas y tenía cultores repartidos en toda la escala social; era la manera de hacer sonar la música antes de la radio o de los discos.
El siguiente video recopila algunas de las variaciones del segundo volumen. Especial atención merecen las de Liszt [4:23 min] y Schubert [8:16 min], ambas modificando la tonalidad de Do mayor a Do menor, y además la extraordinaria Coda compuesta por Czerny como cierre de la colección. Disfruten: