miércoles, 25 de enero de 2017

FURTWÄNGLER :: In Memoriam

Sin premeditación ni alevosía, luego de la entrada anterior dedicada a Toscanini ha llegado el onomástico de su «contraparte estética», el grandioso Wilhelm Furtwängler, nacido un 25 de enero de 1886 en Berlín, es decir, hace 131 años. Recupero otro momento de la entrevista concedida por el director alemán al crítico y compositor Walter Abendroth el año 1937. Muy al estilo de entonces, el encuentro de ambos hombres tomó la forma de conversaciones que giraban en torno a temas, dentro de los cuales las preguntas de Abendroth daban pábulo a las reflexiones apasionantes y personalísimas de Furtwängler:

Wilhelm Furtwängler
Abendroth: ¿No ha cambiado nuestra actitud frente al individuo y sus exigencias en comparación con la de antes?

Furtwängler: Desde luego que ha cambiado, y yo sería el último en negar la existencia de cambios de actitud, imperceptibles pero indudables, de épocas enteras, esos cambios de perspectiva, desapercibidos y, sin embargo, por lo general declarados y trascendentales, que llamamos «desarrollo histórico». Queramos o no, todos estamos en medio de este «desarrollo», día tras día. (…)

No se puede negar que hoy somos incapaces de sentir aquel ingenuo placer en la expresión de una personalidad sin límites que caracterizaba la época del Renacimiento primitivo, de la música «clásica», del Romanticismo primitivo, etcétera. Eran tiempos en los que la humanidad redescubrió en cierto modo, tras largos períodos de inercia, la fascinación de lo «individual». Hoy nos hemos vuelto alérgicos a lo puramente individual, a toda clase de torres de marfil, a todas las limitaciones arbitrarias y prematuras en favor de lo personal. Nos hemos vuelto más conscientes de nuestras limitaciones y de nuestra dependencia de la sociedad, de la nación y de la época. Pero precisamente porque hemos aprendido la lección, tenemos la posibilidad, incluso la necesidad, de ver también la otra cara. Porque no somos meras criaturas efímeras, indefensas ante el paso del tiempo, también somos seres eternos, indestructibles, hechos a imagen de Dios. No sólo productos de una generación, miembros de una clase y de un grupo determinados, sino también almas individuales, singulares, únicas, incomparables y responsables sólo ante nosotros mismos. Trasladado a la esfera del arte, esto significa que toda obra tiene dos aspectos, uno referido al «tiempo actual» y otro, a la eternidad. Del mismo modo que podemos decir que el hombre es nuevo, diferente, en cada momento, que es misión del artista dejar constancia de esta mutabilidad, dependencia y limitaciones, así también podemos decir que el alma humana ha sido la misma desde tiempos inmemoriales, que el artista debe representar su esencia eterna, su unicidad e indestructibilidad.

Y aquí vemos, desde otro lado, el contraste entre el historiador del arte y del artista. El objeto del historiador es la evolución del arte a lo largo de los tiempos, mientras que el del artista es el caso aislado que se agota en él mismo. Para el historiador los fenómenos individuales son importantes sólo en cuanto comparables; para el artista, sólo en cuanto incomparables. El historiador se sitúa por encima de las cosas, nos abstrae de nosotros mismos y nos conduce a la observación y el conocimiento. Su propósito último es dominar la multiplicidad de fenómenos. El artista, en cambio, nos coloca—a cada uno de nosotros—frente a la obra, nos obliga a encararnos a ella, del mismo modo que él se encara con nosotros; no quiere dominio, sino rendición. Si el historiador es el hombre de la inteligencia analítica, el artista lo es del amor.

Dos amorcillos, detalle de «Diana y Endimión» / Annibale Carracci, 1597
Furtwängler en el blog

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