domingo, 6 de noviembre de 2016

CHAIKOVSKY :: Sinfonía # 5 en Mi menor

Tchaikovsky

Fragmento del Andante - Allegro con anima que abre la 5ª Sinfonía

Hay acuerdo en considerar a Chaikovsky como el mayor sinfonista ruso del siglo XIX, cuando menos en la vertiente occidentalizada de la Escuela Rusa (esa vertiente ligada a los centros de instrucción formal establecidos en Moscú y San Petersburgo, donde la enseñanza impartida tomaba muy en cuenta el modelo de Europa central). En la otra vereda, la de la vertiente nacionalista, refractaria a toda influencia extranjera, la sinfonía también encontró maestros: Mili Balakirev y sobre todo Aleksandr Borodín. Pero, aun con los hallazgos creativos de estos últimos, Chaikovsky fue el mejor de todos. En esto, el veredicto del tiempo ha sido claro.

Si bien en la actualidad se aprecia cada vez más el valor de las seis obras firmadas por el ruso, son las últimas tres las que han acaparado siempre más prestigio y mayor número de interpretaciones. Stravinsky lo resumió con su lengua cáustica: «Chaikovsky sólo tiene tres sinfonías: la cuarta, la quinta y la sexta».

En su Sinfonía nº 5 —aunque ya desde la sinfonía previa, y también en la siguiente— el maestro evocará esa sensación de fatalidad que parece rasgo común del mundo eslavo en general (y suyo en particular), explotando la idea del Destino tal como hiciera antes Beethoven en su propia quinta sinfonía. Pero, si el alemán se declara triunfador al cabo de sus cuatro movimientos, el ruso no culmina su manifiesto sonoro con igual convicción. En su lugar da indicios de la atemorizada resignación que la próxima sinfonía —su famosa Patética— dejará en evidencia.

La Quinta, que algunos siguen considerando su mejor sinfonía pese a las ácidas críticas que recibió en Rusia el día de su estreno y la poca estimación del propio compositor, concentra lo más elevado de su inspiración en los primeros tres movimientos.

El fantástico primer movimiento inicia en el oscuro registro de los clarinetes bajos en Mi menor, cantando el tema del Destino con oscura melancolía. Este tema en particular que regresará durante la sinfonía entera, generando un efecto de cohesión para todo el material, con lo que se afirma aun más la cuidada construcción formal —detalle que siempre causaba inseguridad en el de por sí dubitativo Chaikovsky—. El lírico segundo movimiento incluye uno de los más hipnóticos solos de trompa de toda la literatura musical, una larga melodía cuya inspiración nunca decae, marca de genio de este «maestro de momentos inolvidables». Este Andante cantabile, con alcuna licenza constituye por sí solo una obra maestra aparte. El tercer movimiento es un Vals —refinado, perfectamente adecuado a la trama sinfoníca del mismo modo como un siglo antes eran los minuetos de Haydn y Mozart— que ofrece una alternativa al scherzo patentado por Beethoven.

Y llegamos entonces al Finale. Esta parte de la sinfonía no tiene el magistral acabado de los movimientos precedentes... pero aun así, un maestro sigue siéndolo en todo momento. Chaikovsky imita la ocurrencia de Beethoven en su 5ª (el final en tonalidad mayor) y lleva su propio Tema del Destino a un luminoso Mi mayor, despejando las penumbras del principio y lanzándose pronto a una desbocada secuencia donde la orquesta exhibe combinaciones tímbricas extraordinarias y un empuje vehemente. En los acordes finales Chaikovsky se permite juegos rítmicos y tímbricos que regocijan al oyente; detalles de genio musical para aplaudir de pie. El compositor ruso plasmó buena parte de su alma en las páginas efervescentes, dramáticas, soñadoras y anhelantes de esta Sinfonía extraordinaria, cuya suerte no fue la mejor en Rusia al estrenarse pero, en cambio, fue acogida con asombro y fervor en Europa y Norteamérica.

Andante cantabile, con alcuna licenza de la 5ª Sinfonía / fragmento

La Quinta de Chaikovsky es una de mis sinfonías favoritas. Y aquí la comparto con ustedes en una versión que le hace total justicia: Herbert von Karajan, que fue un GRAN intérprete de Chaikovsky, al frente de la Filarmónica de Berlín en la década del 60 del siglo pasado, cuando enriqueció la historia del disco con interpretaciones de calidad sin igual (dicen las malas lenguas que ni siquiera él mismo volvió a visitar las mismas cumbres en las décadas que vinieron).

La orquesta se comporta como una máquina de virtuosismo estremecedor. Los bronces, en particular trompetas y trombones, desgarran las texturas de las cuerdas —nervio mismo de la filarmónica— o bien se desvanecen en las voces graves de las maderas, que tienen importancia tímbrica en esta sinfonía. El temperamental compositor ruso encontró un traductor eficaz en el gran director austríaco. Por fin, y a modo de bonus, completa el disco el famoso Capricho Italiano, en Mi mayor, de cuya interpretación aquí puedo celebrar las mismas virtudes instrumentales.

» D E S C A R G A

MP3 ABR ~ 320 kbps · 48 kHz | 5 tracks | .7z 138,8 MB | Yandex.ru


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