miércoles, 4 de julio de 2012

La Orquesta de Kinshasa

Populosa, en un continente de millones. Pobre, en el país más pobre del mundo. Humanamente diversa. Tal es Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo. Ser la ciudad principal de un país atormentado por la guerra, por el hambre, por nuevas pestes, por la más variadas miserias, podría tentarnos fácilmente a la desesperación. Y sin embargo, ese doloroso rincón del mundo sabe ofrecernos una emocionante lección de esperanza, inspirada por el afecto a lo mejor del ser humano. Me refiero a la Orquesta Sinfónica de Kinshasa, única agrupación instrumental de ese país, compuesta por músicos profesionales y amateurs, o para ser más exacto, por músicos netos entre los cuales unos dedican todo su tiempo a la profesión y otros deben alternarla con más oficios. Ahí donde vayan llevarán sus instrumentos consigo para arrancarles música. Música, que se convierte así en audacia y en milagro. Probablemente nada pueda sintetizarlo mejor que la afirmación de una cantante asociada a la orquesta: «Para mí cantar es orar». Ella no se equivoca; cuando la gran música se hace presente, crea un ámbito propio dentro del cual se hace posible la trascendencia por sobre cualquier limitación material. La utopía es posible. La Orquesta de Kinshasa nos lo demuestra.


En 2010 los directores alemanes Claus Wischmann y Martin Baer presentaron un precioso documental denominado «Kinshasa Symphony». No lo tengo en mi poder para compartirlo, pero búsquenlo, véanlo. Son los relegados del mundo conjurando su tragedia cotidiana en nombre de la música, pero en realidad, en nombre de ideales y valores más altos que nada ha podido matar.


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