domingo, 9 de noviembre de 2008

...ser cantado

Persistir en el tiempo. Derrotar al Olvido. Aspiraciones tan esenciales, que vertebran y justifican gran parte de nuestros esfuerzos una vez que abandonamos la niñez. A cambio de un puñado de años, la eternidad; envidiable trueque, ¿pero cómo conseguirlo? No pretendo despejar aquí un asunto tan intrincado, sino apuntar una de las maneras en que hemos ayudado a otros a lograrlo: el canto.

Por algún motivo todo aquello que nos llena el corazón, cautiva nuestro asombro o excede nuestra comprensión acaba transformándose en música. Y en poesía, claro, pero no habita en libros sino en voces. La posteridad en esta tierra es profundamente musical. También arquitectónica, pictórica o escultural; pero, por así decir, “la Esfinge no canta”. La vida que no impregna la piedra, palpita en las canciones. La música cantada —ya lo dije antes— implica necesariamente una recreación, revive con nuestro aliento; y como retribución, le permite a ciertas vidas quedar impresas en canciones, las cuales preservarán como un altar o un patíbulo sus mejores y peores momentos, mucho después que esas trayectorias hayan sido cortadas por el dedo seco de la muerte. Serán un testamento.

Todos aquellos que han motivado una canción popular pueden sentirse dueños de una cuota de inmortalidad. El Olvido suele cobrarse una pequeña venganza adulterando los rasgos originales en beneficio de la leyenda, pero eso no quita méritos. ¿Quién conoce hoy el humor con que despertaba Ulises, el peinado favorito de Scheherezada, los ademanes de Lorelei...? Ni siquiera sabemos si la leyenda los fabricó por completo, o si la sencillez de una humanidad como la nuestra era suya también, antes que las historias y las canciones cincelaran otro rostro. El Mozart histórico ha cedido su realidad a
un personaje de ópera (“Mozart y Salieri”, de Rimsky-Korsakoff) o del cine (“Amadeus” y su carcajada equina); otro tanto sucede con Leonardo, comienza a suceder con Einstein o sucederá con Juan Pablo II. La curiosa memoria humana recuerda mejor un Arquetipo, que un rostro común.

Pero eso importa poco. La música es un buen amuleto contra la muerte. Ya sea un himno gregoriano, una balada nórdica, un cante flamenco... ahí se va tejiendo la memoria que persistirá mucho más allá de nuestros propios días.



lunes, 3 de noviembre de 2008

Cantar ...


“Cantar en grupo es algo más que cantar”. Esta frase, que parece ociosa, adquiere pleno sentido cuando uno ha tomado parte en la experiencia. Podría decirse, además, que el canto coral da una buena noción de trascendencia. Deja de sonar nuestra sola voz y emerge otra, más elocuente, más flexible, más majestuosa: una voz comunitaria que funde los timbres personales.

Entonar esa voz al unísono o, mejor, en polifonía, lo lleva a uno por la senda razonada y sugerente de la música. Razonada, reitero, porque las líneas maestras de una pieza coral son premeditadas. Pueden conducirnos por el claroscuro de las emociones humanas, pero vividas y estilizadas por un compositor, que las asoció (misterio del genio) con determinadas armonías para dotarlas con la fuerza de lo evidente. En muchos casos, estas “evidencias” son tan elusivas a las definiciones verbales como el límite entre los colores de un atardecer, pero inspiran el gozo rotundo de la belleza. Es una alegría envolvente, sin duda, que se distingue de otras: ordenadora, “reconstructiva”, capaz de infundirnos la armonía que cantamos. Pues no se trata de una contemplación pasiva ni exterior; recreamos la belleza nosotros mismos, le pasamos algo de nuestra vida y ella corresponde. ¿Atisbo fugaz del gozo del Creador en el séptimo día? Muy probablemente.

Esta alegría de cantar recorre la historia de nuestra humanidad, y se mezcla con la gloria de ser cantado. Pero de eso hablaremos después.

Ahora escuchen una brevísima selección de obras corales, que equivalen a alegrías musicales.

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