martes, 26 de agosto de 2014

In Memoriam FRANS BRÜGGEN


La música «con prácticas de época» está de luto. Ha perdido a Frans [Franciscus Jozef] Brüggen. El maestro holandés falleció el pasado miércoles 13 de Agosto, aunque llevaba enfermo ya un tiempo, según consignan medios en Internet. Brüggen puede no ser un apellido que «le suene» rápidamente a muchas personas, incluso las familiarizadas con la música clásica, pero eso se debe más que nada a cuestiones de divulgación —parte importante de la fama en nuestra sociedad publicitaria— antes que a peso específico. Porque Brüggen fue importante. Y mucho. Para empezar, como irreemplazable virtuoso de un instrumento bastante mirado en menos hasta su llegada, la flauta dulce (flauta de pico en España, en inglés recorder). Muchos lectores recordarán, tal vez, sus propias clases de música en el colegio tratando de aprender alguna melodía facilona en este instrumento de aspecto simple y técnica accesible. Durante mucho tiempo la flauta dulce fue eso, el pariente pobre de la flauta traversa.

Brüggen, explorando el repertorio y las prácticas musicales de antaño, enalteció este instrumento. Concierto tras concierto, disco tras disco, demostró musicalmente la maestría a la que puede llegar un verdadero artista sin importar la sencillez del medio empleado. En el ancho repertorio de la flauta dulce, secular pero cubierto de mayoritario desdén, este músico navegó con rigor y soltura, desarrollando una autoridad insoslayable.


Miembro de una generación de inquietos músicos europeos que trajo brisa fresca a la interpretación examinando las estéticas del pasado —Leonhardt, Bylsma, Harnoncourt, también Koopman...— Brüggen dio un paso adelante en su trayectoria el año 1981 y co-fundó, junto a Sieuwert Verster, la “Orquesta del Siglo XVIII”, notable agrupación dedicada a las prácticas musicales “de época”, empleando instrumentos originales —fabricados hoy pero a imagen de los que existieron siglos atrás— y funcionando como un colectivo, esto es, distribuyendo en partes iguales las ganancias obtenidas con sus conciertos.

Brüggen perseveró hasta su muerte en su faceta como director, que ejerció también frente a orquestas de mayor abolengo como la Orquesta del Real Concertgebouw, de Chicago, de Oslo, la Filarmónica de Viena, la Tonhalle de Zurich...

Yo conocí primero al Brüggen especialista en flauta dulce. Lo admito, en ese terreno me incliné siempre a favor de su joven colega danesa Michala Petri, por mucho que el holandés manejara el volumen sonoro con destreza superior. Fue el Brüggen director de orquesta el que me cautivó más. Su capacidad para agilizar, matizar y colorear las texturas sinfónicas es un obsequio para agradecer, en especial porque no es cosa fácil aportar novedad al repertorio clásico centroeuropeo. El gran mérito de estos revisionistas estéticos es justamente ése, «poner vino nuevo en odres viejos». La contención emocional del maestro holandés se equilibra con un temperamento recio y a la vez cuidadoso.

cubiertaAsí pues, les invito a disfrutar a Brüggen dirigiendo música de SCHUBERT, las Sinfonías número 1, en Re mayor, y la número 4 en Do menor, llamada «Trágica», en un registro live. En este apartado de su producción, Schubert seguía de cerca los modelos de Haydn y Mozart pero también el ejemplo renovador de su admirado Beethoven. A este último le ofrece un homenaje en su primera sinfonía, citando de manera muy exacta un tema común al ballet «Las Criaturas de Prometeo» y a la Tercera Sinfonía («Heroica») —semejante al testimonio que dará años después Brahms en su propia sinfonía núm. 1, citando el Himno de la Alegría de la Novena—.

La pasmosa facilidad creativa de Schubert es patente en la primera de sus obras sinfónicas, la cual escribió con sólo dieciséis años de edad, directamente sobre el papel pautado, mientras todavía era un escolar en el Internado para el coro de la corte. Un amigo suyo de esos años, Albert Stadler, nos dejó este cuadro: «Con toda calma y apenas distraído por el parloteo de sus compañeros de clase, se sentaba en su pequeño escritorio... escribiendo ágil y fluidamente, con escasas correcciones y dando la impresión de ser aquella la cosa más natural del mundo».

Y ya que mencioné antes a Brahms: el barbado compositor fue requerido para revisar las partituras de Schubert en su primera edición oficial, a fines del siglo XIX , pero en el proceso corrigió las indicaciones de volumen para conseguir un sonido orquestal equilibrado; ahora bien, Schubert es la espontaneidad encarnada y los retoques, aunque cautelosos, le quitan parte de su encanto. Versiones como las de Brüggen nos restituyen esa frescura.

A disfrutar, amigos y amigas, del gran maestro holandés interpretando esta música espléndida:


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MP3 ABR 320 kbps 48 kHz | 8 tracks | RAR 117 MB

sábado, 2 de agosto de 2014

CHAIKOVSKY : Trío en La menor, Op. 50

PIÓTR CHAIKOVSKY (18401893) fue un músico genial, de los que definen estilos y crean escuela; pero también un hombre herido por una sensibilidad enfermiza, pasto de crisis, angustias y depresiones recurrentes. El fragor de las batallas internas amargó los frutos cosechados en su carrera —era favorito del Zar, aplaudido por el público, su fama internacional se acrecentaba rápidamente, invitado por prestigiosos escenarios de Europa y América, gozaba de mecenazgo particular...— además de socavar su desempeño social o exasperar sus reacciones frente a la menor adversidad. Aun así Chaikovsky, educado e indiscutiblemente talentoso, logró reunir junto a sí un buen puñado de amistades y admiradores leales. Algunos, como su hermano Modest, eran confidentes; otros, como Tanéyev o Nikolái Rubinstéin, eran colegas admirados y muy considerados en sus opiniones.

Nikolái (* Moscú, 2 Jun. 1835 – † París, 23 Mar. 1881) era especialmente querido por el compositor. Hermano menor del notabilísimo Antón Rubinstein, era un pianista tan descollante como él, y en opinión de Chaikovsky incluso superior. Nada poco, considerando que Antón era un genuino titán de su instrumento, famoso como el único rival digno de Franz Liszt —el mejor pianista de su tiempo y, hasta donde sabemos, de la historia—. Semejante pericia musical venía acompañada en ambos Rubinstein con probadas dotes para la organización (Antón formó el Conservatorio de San Petersburgo y Nikolái el de Moscú) y para la enseñanza, combinación feliz que los incluye entre los artistas más influyentes de su generación.

La familia Rubinstein vivió en Berlín entre 1844 y 1846. Allí los pequeños hijos del matrimonio judío recibieron lecciones de Theodor Kullak, concitando también la atención y apoyo de Mendelssohn y Meyerbeer. La formación musical no se interrumpió cuando volvieron a Rusia, luego de la repentina muerte del padre, pero aquí Nikolái estudió también Derecho y ejerció un oficio burocrático, dualidad común a la gran mayoría de sus colegas músicos. Eso no quitó ánimos a su tenaz voluntad de artista.

Chaikovsky le dedicó su famoso Primer Concierto para piano, pero el homenajeado reaccionó de manera agria —tenía un carácter explosivo—, descalificando la obra y negándose a interpretarla. El compositor no hizo tal cosa y enfrió las relaciones con su amigo. A la postre, Nikolái, conociendo el éxito obtenido por la pieza y reevaluándola con calma, se retractó de sus opiniones y la presentó en París, durante la Exposición Universal de 1878. En la misma ciudad falleció algún tiempo después, enfermo de tuberculosis.

Chaikovsky dedicó a Nikolái una de las piezas de cámara más eminentes del siglo XIX: el Trío en La menor, subtitulado en francés A la memoria de un gran artista, para violín, violonchelo y piano. Este último instrumento se destaca en la composición, en tributo a la extraordinaria jerarquía pianística del amigo difunto.

Disfruten ustedes, queridos lectores de esta página, una composición inolvidable:

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MP3 ABR 224 kbps 44.1 kHz | RAR 73,6 MB

viernes, 18 de julio de 2014

Sinfonías # 1 de BRAHMS y SCHUMANN / Filarmónica de Berlín, KARAJAN



Un significativo emparejamiento propone el disco que comparto esta vez, reedición por parte del sello amarillo (DG) del legado de Herbert von Karajan. Dado que el 16 de julio cumplimos 25 años de luto por su partida, sirva como homenaje. Se trata de las Primeras sinfonías en el catálogo de dos compositores estrechamente unidos por la amistad y la admiración mutua, Johannes Brahms y Robert Schumann.

Corrían los años 60 del siglo pasado y el gran director austríaco ejercía ya su autoridad sobre la Filarmónica de Berlín, renovando sin contemplaciones su plantilla de intérpretes (llegó a ser una de las formaciones de promedio más joven en Europa) pero conservando todo lo posible el sonido que habían aprendido de su anterior director, el legendario Furtwängler. Sobre esta base Karajan trabajó tenazmente para configurar un virtuosismo grupal inédito y plasmar un sonido orquestal esplendoroso, cincelado con oído sutil y acuñado como marca de fábrica.

Para entonces y con esos mimbres ya había grabado una integral sinfónica de Beethoven (el famoso ciclo de 1963, habitualmente celebrado como el mejor de los que grabó junto a los berlineses). En ese mismo espíritu dio cauce al sinfonismo de Schumann y Brahms. Las versiones son extraordinarias. Podrá discutirse la idoneidad de una orquesta más afín a la grandilocuencia wagneriana que a dos compositores alejados formalmente de ese credo estético; pero, por favor, que nadie con oídos reproche la musicalidad, el compromiso serio, la chispa expresiva o la potencia del resultado.

En ambos casos Karajan apuesta por la grandeza inherente a la partitura, rasgo más enfático en el discípulo Brahms que en el maestro Schumann. De hecho, esta Primera de Brahms aparece suntuosa, olímpica, inequívocamente imperial. Si recordamos la simpatía política del compositor hacia Bismarck y la creación del Imperio Alemán, debemos admitir que esa resonancia también es brahmsiana. Schumann, en cambio, más confesional y directo, plasma su alegría tras el batallado matrimonio con la mujer de su vida, Clara Wieck, en una obra palpitante de frescura y entusiasmo.

Herbert von KARAJAN y «su» Filarmónica de BERLÍN en plenitud de facultades reviven las sinfonías iniciales de dos maestros de la llamada «gran forma». La sinfonía de la era romántica —no confundir el término con sentimentalismo— ha sido uno de los aportes fundamentales de la música germana a la cultura universal, y ciertamente KARAJAN uno de sus mejores traductores.

La trayectoria de este gran Artista fue meteórica y afortunada, amparada tanto en su talento extraordinario como en su agudeza para las oportunidades o su habilidad en el juego de las influencias. En la posguerra recibió el fundamental apoyo de Walter Legge, productor de EMI y fundador de la Orquesta Filarmonía (Philharmonia) de Londres, para luego regresar a tierras continentales y pararse frente a las dos orquestas que sueña cualquier director: las Filarmónicas de Viena y de Berlín.

Hablé de fortuna: su elección para el podio berlinés significó vencer importantes candidaturas, como las de Celibidache o Maazel, pero que pudieron ser muchas más de no ocurrir la abrupta «extinción en serie» de grandísimos colegas —Furtwängler, Cantelli, Erich Kleiber, van Beinum durante la década de 1950, o Ferenc Fricsay a inicios de los 60s—, acontecimiento que «rompió el eslabón con la vieja guardia» en el decir de Claudio von Foerster, y despejó el panorama para que KARAJAN campeara a sus anchas como el director más famoso del mundo, un súperventas y figura pop que, merced a los lazos con la industria fonográfica, revitalizó el circunspecto circuito de la música clásica.

Con todo, fue un genio. El mencionado Claudio von Foerster lo resume a la perfección:
Estudiando su legado diferenciamos diferentes etapas de su quehacer. La batuta joven y bulliciosa (desde los primeros discos hasta 1945), elegante, refinado, preocupado por la transparencia y el lenguaje directo. El segundo período, su era con la Philharmonia bajo la égida de Legge, casi solamente interesado en el preciosismo sonoro y enmascarando mucho, por ejemplo, los timbales. Su tercera época, los vinilos, como maestro de la técnica y la infalibilidad de estilo. Y sus años finales, los de la suprema sabiduría, condensando todas sus experiencias anteriores, cultivando visualmente el ego en los films pero nunca dejando de justificar su estatura de coloso de toda época. Tuvo la técnica perfecta, el oído absoluto y la memoria infalible; eso más la genialidad. Su sexto sentido musical fue excepcional. Eligió vivir como un autócrata y sigue siendo mítico.
¡Disfrutemos pues ese legado mítico, amigos y amigas!


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MP3 ABR 224 kbps 48 kHz | 8 tracks | RAR 119,1 MB | mega

martes, 1 de julio de 2014

{prosa} LÉVI-STRAUSS

Lévi Strauss
Elogio del Trabajo Manual


(fragmento)

Me alegraría que un intelectual, una vez jubilado, se viera obligado por ley a ponerse a prueba en otra actividad; en ese caso, habría elegido sin vacilar un oficio manual.

¿Por qué digo esto? Desde el advenimiento de la civilización industrial, el trabajo pasó a ser una operación en un sentido único, donde el hombre —sólo él, siendo activo— modela una materia inerte, y le impone soberanamente las formas que le convienen.

Las sociedades estudiadas por los etnólogos tienen del trabajo una idea muy distinta. Lo asocian a menudo al ritual, al acto religioso, como si en ambos casos el fin fuera entablar con la naturaleza un diálogo en virtud del cual naturaleza y hombre pueden colaborar: concediendo ésta al otro lo que espera, a cambio de los signos de respeto, o de piedad incluso, con los cuales el hombre se obliga ante una realidad vinculada al orden sobrenatural.

Subsiste aún hoy una complicidad entre esa visión de las cosas y la sensibilidad del campesino y el artesano tradicionales. Estos, efectivamente, por seguir manteniendo un contacto directo con la naturaleza y con la materia, saben que no tienen derecho a violentarlas, sino que deben tratar pacientemente de comprenderlas, de atenderlas con cautela, diría casi de seducirlas, a través de la demostración permanentemente renovada de una familiaridad ancestral hecha de cogniciones, de recetas y de habilidades manuales transmitidas de generación en generación.

Por eso el trabajo manual, menos alejado de lo que parece del pensador y del científico, constituye asimismo un aspecto del inmenso esfuerzo desplegado por la humanidad para entender el mundo: probablemente el aspecto más antiguo y perdurable, el cual, más próximo a las cosas, es también el más apto para hacernos captar concretamente la riqueza de éstas, y para nutrir el asombro que experimentamos ante el espectáculo de su diversidad.


Claude Lévi-Strauss, 1986, discurso de agradecimiento al recibir el Premio Internacional Nonino


lunes, 23 de junio de 2014

[repost] Un poco de RICHARD STRAUSS


No hace mucho celebramos un aniversario más desde que vino a este mundo don Richard Georg STRAUSS (* Múnich [Baviera] 11 Jun. 1864 ~ † Garmisch-Partenkirchen, 8 Sept. 1949) y, dada la escasez de tiempo para compartir con ustedes algún material de mis estanterías, opto por reflotar un post de 2011, en el cual escuchábamos grabaciones históricas del mismísimo compositor empuñando la batuta. Y es que fue, aparte de creador genial, un gran director de orquesta; gozaba de dotes naturales para hacerse entender por sus dirigidos y obtener de ellos una musicalidad superior. Eso sí, desde el podio nada delata su enorme capacidad porque, al revés de su eufórico colega Mahler —o incluso de su propia exuberancia al escribir música—, los gestos de Strauß eran parcos casi llegando a la desidia.

Richard Strauss dirigiendo su poema sinfónico “Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel” / comentan Yehudi Menuhin y George Szell

Disfruten nuevamente las grabaciones históricas de Strauß, registradas en los años veinte del siglo pasado junto a señeras formaciones sinfónicas de la Alemania de entonces:

disco»RICHARD STRAUSS EMPUÑA LA BATUTA« — Registros históricos de 1928 y 1929 Grabaciones de Richard Strauss interpretando obras propias y ajenas al frente de la Filarmónica y la Staatskapelle de Berlín. Pincha el título o la carátula del disco para ir directamente al post.

viernes, 20 de junio de 2014

Lieder de SCHUBERT junto a Sviatoslav RICHTER y Dietrich FISCHER-DIESKAU

Schwind«Mañana» / Moritz von Schwind, 1858

En el fondo todos queremos ser únicos. Y la verdad es que lo somos, pero anhelamos reconocimiento. Es justo: cada persona en este mundo “tiene su gracia”, su encanto particular, pero no todos la ven. A veces casi nadie. ¡Qué desperdicio! Tanto como el amor revela a los enamorados la riqueza íntima del otro, así también debiéramos atrevernos a mirar al mundo con ojos benévolos (que no ingenuos); probablemente descubriríamos el colorido que revisten personas y situaciones a los cuales la vida común, en su tropel de falsas urgencias, ignora.

¿A qué viene todo esto? Schubert. El gran músico ignorado en la capital europea de la música, Viena. Lleno de originalidad, lleno de talento, lleno de amigos (en su mayoría tan ignotos como él) pero invisible más allá de ese territorio privado. Sólo otro habitante de Viena igual de grande —Beethoven— supo calar en la modesta personalidad de ese hombre bajito que lo admiraba: “Verdaderamente hay en este joven una chispa divina”, dicen que exclamó en su lecho de enfermo al hojear unas partituras suyas. Lástima que los cazanoticias no accedieron a los salones indicados pregonando esas palabras, porque a diferencia del mismo Beethoven o de Mozart antes que él, Schubert ya no estaba vivo cuando su obra arrancó por fin los aplausos que siguen sonando hoy, más de dos siglos después.

Schubert y amigos
Franz junto a dos amigos

Sin embargo, por esas paradojas, Schubert tenía el don de reconocer a los demás y de convertir ese reconocimiento en canción. En un país germánico como Austria, donde cantar es parte de la vida diaria, él supo escribir las mejores melodías de su tiempo y además sin maltratar un solo verso de aquellos poetas que encendían su chispa divina, antes al contrario, favoreciendo la expresión de sus palabras con un nuevo alcance.

Por eso los lieder de Schubert son únicos. Inconfundibles. Tanto como el talento de los dos artistas que hoy les invito a escuchar: Sviatoslav Richter en el piano y Dietrich Fischer-Dieskau en la voz, los cuales ofrecen un recital de lieder (canciones) de Schubert en el Festival de Salzburgo, el 29 de Agosto de 1977, con un repertorio de obras conocidas y otras que debieran conocerse más. Ahora sí, artistas únicos para música única. ¡Disfruten, amigos y amigas!

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MP3 CBR 224 kbps 48 kHz | 23 tracks | RAR 127 MB

viernes, 30 de mayo de 2014

HINDEMITH Sinfonía »Harmonia Mundi« + HONEGGER Sinfonía Litúrgica / Mravinsky, Filarmónica de Leningrado


Hoy pisaremos tierra extranjera en lo que a mis gustos habituales se refiere: música de vanguardias del siglo XX, no la senda radical de Schönberg sino las rutas personales de Paul HINDEMITH (* Hanau [Alemania] 16 Nov. 1895 ~ † Frankfurt am Main, 28 Dic. 1963) y Arthur HONEGGER (* Le Havre [Francia] 10 Mar. 1892 ~ † París, 27 Nov. 1955).

Se trata de dos autores relevantes en el volátil panorama musical del siglo pasado. Afiliados a corrientes de vanguardia, ni uno ni otro dependió de cualquier ideología artística, antes bien tomaron las influencias que mejor les pareció y así maduraron un estilo personal, arduo, sin duda, pero distintivo.

Hindemith, la otra vanguardia

Hindemith

El primero, Paul HINDEMITH, cinceló una expresión musical ajena a la dominante presencia de Schönberg, aunque aspiró como éste a organizar los sonidos en un nuevo sistema racionalizado y coherente. Fue una figura destacada y polémica desde su juventud, cuando reacciona contra el Romanticismo (pese a que Brahms y Reger dejan honda huella en su estilo inicial) y hace suyos los postulados de la “Nueva Objetividad”, negándose a utilizar la música como vehículo de emociones personales o descripciones.

Creador fecundo, HINDEMITH incursionó en todos los géneros musicales. La ópera entra en su catálogo varias veces, y en dos ocasiones el compositor asume también la escritura del libreto. Una de estas ocasiones llegó con la ópera «DIE HARMONIE DER WELT» (La Armonía del Mundo, 1957), cuyo personaje principal es nada menos que Johannes Kepler, el genial astrónomo-matemático alemán, autor entre otras obras de «Harmonices Mundi» (Armonía de los Mundos, 1619). Allí se encuentra la tercera ley del movimiento planetario en su primera formulación; pero al compositor lo atrajo algo diferente: Kepler desarrolla en el libro la relación pitagórica entre las proporciones del cosmos y los intervalos musicales. Según esta idea, cada astro del firmamento “vibra” en una afinación específica al girar en torno al sol. El estudio del movimiento planetario traduciría matemáticamente esa vibración en intervalos, a su vez traducibles en música, la “música de las esferas”.

Aproximación a la música universal según los cálculos de Kepler

HINDEMITH recupera así una de las teorías místico-musicales más longevas, no obstante su conocido antirromanticismo. Y es que la idea de una armonía superior presente en la mecánica misma del universo, armonía posible de representar en música, es un enfoque, digamos así, “romántico en la intención”. Por otra parte, aludir a la “Armonía del Mundo” en los años cincuenta del siglo pasado, cuando fueron estrenadas la ópera y sinfonía, provocaba un sabor inevitable de ironía y protesta contra los acontecimientos.

Las ideas de Kepler se avienen con los arreglos hechos por el compositor al sistema tonal, cuando su evolución estilística había llegado ya a una forma de neoclasicismo (en un sentido muy amplio que admite influencias desde la música medieval hasta el jazz). Este alejamiento de la vanguardia movió contra el compositor el ácido desdén de cierta crítica luego de la Segunda Guerra Mundial, clavándole banderillas de retrógrado e inadmisible, aunque su lenguaje no fuera sino una sumatoria personalísima de las influencias adquiridas a lo largo de una extensa trayectoria.

Nuestro compositor, dueño de especiales aptitudes para la expresión instrumental, compuso su Sinfonía «Harmonia Mundi» mientras trabajaba todavía en la ópera. La dividió en sólo tres movimientos, cada uno de los cuales lleva nombre latino. Tomando la explicación del cuadernillo que acompaña el disco, «toda la jerarquía del Universo queda reflejada en los títulos de las tres partes: I. Musica instrumentalis – la música instrumental, edificada sobre la armonía de acordes; II. Musica humana – la música del hombre, expresión de la armonía entre alma y cuerpo; III. Musica mundana – la música de la globalidad del espacio, personificando la armonía del macrocosmos. Hindemith asciende por esta ruta de armonía global que fijara Boecio

Honegger y el dolor de su tiempo

Honegger

Por su parte Oscar-Arthur HONEGGER tenía sus afinidades artísticas en Francia; integró Les Six, relevante grupo de jóvenes compositores unidos por amistad pero de estilo independiente. A partir de este núcleo de creativa intimidad, HONEGGER pudo trabar contacto con artistas de diferentes áreas cuyos nombres guardará la Historia: Erik Satie, Jean Cocteau, Pablo Picasso, Tristan Tzara...

Pero la Segunda Guerra Mundial y muy especialmente la ocupación nazi cambiaría por completo el panorama. La brillante bohemia de París, prestigiosa e influyente, fue abatida por una utopía totalitaria que, como sus homólogas en Rusia y luego en China, pugnaba por crear un “hombre nuevo”. Duro golpe en especial para las vanguardias, dispersadas sin miramiento. Nuestro compositor registrará la tragedia en su producción: entre 1945 y 1946 escribe su Tercera Sinfonía, «Litúrgica», concebida durante un viaje nocturno en tren desde Basilea a Berna. Esta obra, también tripartita, plasma las crudas experiencias que la guerra llevó a todas partes en el Viejo Mundo. HONEGGER tituló cada movimiento con citas de la misa católica de difuntos (Dies irae / De profundis / Dona nobis pacem), aunque apenas como referencia expresiva porque su moderno lenguaje musical es ajeno a cualquier canon litúrgico. Sin duda una de sus páginas más viscerales y mejor conseguidas.

La interpretación de estas dos sinfonías corren por cuenta de un equipo formidable: la Filarmónica de Leningrado [San Petersburgo] dirigida por su incomparable titular Yevgeny Mravinsky, en un concierto ofrecido el año 1965. ¡Disfrútenlo!

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MP3 ABR ~256 kbps 48 kHz | 6 pistas | libreto PDF | RAR 119,6 MB | mega

Dedicado especialmente a mi amigo Fernando en su cumpleaños

martes, 13 de mayo de 2014

Jazz para vacas... y mariachis para una Beluga

Tal como suena. Música para regocijar animales. Primero jazz tocado para vacas. Vacas en la campiña francesa. Frente a ellas, miembros de un grupo de jazz (The New Hot 5) con sus instrumentos de bronce improvisando melodías en esa anchura tranquila y deliciosa del campo. Los apacibles animales no quedan indiferentes al concierto...

En segundo término, un grupo de mariachis asentados en Connecticut, luego de llevar música a una boda celebrada en un Acuario turístico, descubren que tras las vitrinas tienen una hermosa y albina seguidora...

Los Cuatro Músicos de Bremen / Walter Crane

miércoles, 7 de mayo de 2014

Aniversario de BRAHMS: SINFONÍA número 1 en Do menor, op. 68 / Christoph ESCHENBACH, Sinfónica de HOUSTON

Johannes Brahms en un daguerrotipo de la época

Hoy se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Johannes BRAHMS en un barrio popular del puerto de Hamburgo, en 1833.

Sensible y huraño a la vez, el compositor llevará impreso en su carácter los recuerdos de su cuna. Tanto la simpatía por influencias populares (canciones estudiantiles, folklóricas, melodías de tierras húngaras, etc.) como la contención emocional del carácter nórdico se abrirán camino en la producción de este genio, uno de los más grandes de la escuela alemana y complemento (que no antagonista) de Richard Wagner: mientras este último apuntaba a las últimas consecuencias del estilo musical romántico, BRAHMS reconciliaba de manera perfecta el mismo estilo con la admirable tradición procedente de Bach y aun antes. No en vano fue llamado “el más clásico de los románticos” por su capacidad de equilibrar fondo y forma, el gran desafío para todo creador. Recuperó formas caducas y les dio uso en la música de su tiempo, algo que él describía como “poner vino viejo en odres nuevos”.

Pero —y esto es mera impresión personal— quizá su faceta más conmovedora sea el rasgo “otoñal” que se ha apuntado muchas veces en su música: una especie de nostalgia profunda que la impregna más y más a medida que los años pasan. No es terca inflexibilidad sino la sensación de, como leí en algún autor, “quizá haber nacido demasiado tarde”, lo suficiente para sobrevivir a las tradiciones que amaba y servirles de colofón, pero también de percibir que toda una época estaba pronta a sucumbir.

Comparado a menudo con Beethoven, BRAHMS fue un genio eminentemente sinfónico, que hizo suyas las aspiraciones musicales de su mentor y amigo Schumann. Llevó la concisión de las ideas y la profundidad de la expresión a un nivel que no sería igualado después y, contra todo pronóstico, llegó a influir sobre la rupturista Segunda Escuela Vienesa gracias a su capacidad para desarrollar, dividir y reorganizar los temas y motivos musicales.

Con motivo de este aniversario, amigos y amigas, les dejo la sensacional Sinfonía número 1 en Do menor, escrita pasados los 40 años de edad y dueña, por eso mismo, de una madurez extraordinaria. La versión corre por cuenta de Christoph Eschenbach al frente de la Sinfónica de Houston, firmando una interpretación estupenda e intachable:

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WMA CBR 320 kbps 44.1 kHz | 4 tracks | RAR 120,1 MB

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