viernes, 18 de julio de 2014

Sinfonías # 1 de BRAHMS y SCHUMANN / Filarmónica de Berlín, KARAJAN



Un significativo emparejamiento propone el disco que comparto esta vez, reedición por parte del sello amarillo (DG) del legado de Herbert von Karajan. Dado que el 16 de julio cumplimos 25 años de luto por su partida, sirva como homenaje. Se trata de las Primeras sinfonías en el catálogo de dos compositores estrechamente unidos por la amistad y la admiración mutua, Johannes Brahms y Robert Schumann.

Corrían los años 60 del siglo pasado y el gran director austríaco ejercía ya su autoridad sobre la Filarmónica de Berlín, renovando sin contemplaciones su plantilla de intérpretes (llegó a ser una de las formaciones de promedio más joven en Europa) pero conservando todo lo posible el sonido que habían aprendido de su anterior director, el legendario Furtwängler. Sobre esta base Karajan trabajó tenazmente para configurar un virtuosismo grupal inédito y plasmar un sonido orquestal esplendoroso, cincelado con oído sutil y acuñado como marca de fábrica.

Para entonces y con esos mimbres ya había grabado una integral sinfónica de Beethoven (el famoso ciclo de 1963, habitualmente celebrado como el mejor de los que grabó junto a los berlineses). En ese mismo espíritu dio cauce al sinfonismo de Schumann y Brahms. Las versiones son extraordinarias. Podrá discutirse la idoneidad de una orquesta más afín a la grandilocuencia wagneriana que a dos compositores alejados formalmente de ese credo estético; pero, por favor, que nadie con oídos reproche la musicalidad, el compromiso serio, la chispa expresiva o la potencia del resultado.

En ambos casos Karajan apuesta por la grandeza inherente a la partitura, rasgo más enfático en el discípulo Brahms que en el maestro Schumann. De hecho, esta Primera de Brahms aparece suntuosa, olímpica, inequívocamente imperial. Si recordamos la simpatía política del compositor hacia Bismarck y la creación del Imperio Alemán, debemos admitir que esa resonancia también es brahmsiana. Schumann, en cambio, más confesional y directo, plasma su alegría tras el batallado matrimonio con la mujer de su vida, Clara Wieck, en una obra palpitante de frescura y entusiasmo.

Herbert von KARAJAN y «su» Filarmónica de BERLÍN en plenitud de facultades reviven las sinfonías iniciales de dos maestros de la llamada «gran forma». La sinfonía de la era romántica —no confundir el término con sentimentalismo— ha sido uno de los aportes fundamentales de la música germana a la cultura universal, y ciertamente KARAJAN uno de sus mejores traductores.

La trayectoria de este gran Artista fue meteórica y afortunada, amparada tanto en su talento extraordinario como en su agudeza para las oportunidades o su habilidad en el juego de las influencias. En la posguerra recibió el fundamental apoyo de Walter Legge, productor de EMI y fundador de la Orquesta Filarmonía (Philharmonia) de Londres, para luego regresar a tierras continentales y pararse frente a las dos orquestas que sueña cualquier director: las Filarmónicas de Viena y de Berlín.

Hablé de fortuna: su elección para el podio berlinés significó vencer importantes candidaturas, como las de Celibidache o Maazel, pero que pudieron ser muchas más de no ocurrir la abrupta «extinción en serie» de grandísimos colegas —Furtwängler, Cantelli, Erich Kleiber, van Beinum durante la década de 1950, o Ferenc Fricsay a inicios de los 60s—, acontecimiento que «rompió el eslabón con la vieja guardia» en el decir de Claudio von Foerster, y despejó el panorama para que KARAJAN campeara a sus anchas como el director más famoso del mundo, un súperventas y figura pop que, merced a los lazos con la industria fonográfica, revitalizó el circunspecto circuito de la música clásica.

Con todo, fue un genio. El mencionado Claudio von Foerster lo resume a la perfección:
Estudiando su legado diferenciamos diferentes etapas de su quehacer. La batuta joven y bulliciosa (desde los primeros discos hasta 1945), elegante, refinado, preocupado por la transparencia y el lenguaje directo. El segundo período, su era con la Philharmonia bajo la égida de Legge, casi solamente interesado en el preciosismo sonoro y enmascarando mucho, por ejemplo, los timbales. Su tercera época, los vinilos, como maestro de la técnica y la infalibilidad de estilo. Y sus años finales, los de la suprema sabiduría, condensando todas sus experiencias anteriores, cultivando visualmente el ego en los films pero nunca dejando de justificar su estatura de coloso de toda época. Tuvo la técnica perfecta, el oído absoluto y la memoria infalible; eso más la genialidad. Su sexto sentido musical fue excepcional. Eligió vivir como un autócrata y sigue siendo mítico.
¡Disfrutemos pues ese legado mítico, amigos y amigas!


» D E S C A R G A

MP3 ABR 224 kbps 48 kHz | 8 tracks | RAR 119,1 MB | mega

martes, 1 de julio de 2014

{prosa} LÉVI-STRAUSS

Lévi Strauss
Elogio del Trabajo Manual


(fragmento)

Me alegraría que un intelectual, una vez jubilado, se viera obligado por ley a ponerse a prueba en otra actividad; en ese caso, habría elegido sin vacilar un oficio manual.

¿Por qué digo esto? Desde el advenimiento de la civilización industrial, el trabajo pasó a ser una operación en un sentido único, donde el hombre —sólo él, siendo activo— modela una materia inerte, y le impone soberanamente las formas que le convienen.

Las sociedades estudiadas por los etnólogos tienen del trabajo una idea muy distinta. Lo asocian a menudo al ritual, al acto religioso, como si en ambos casos el fin fuera entablar con la naturaleza un diálogo en virtud del cual naturaleza y hombre pueden colaborar: concediendo ésta al otro lo que espera, a cambio de los signos de respeto, o de piedad incluso, con los cuales el hombre se obliga ante una realidad vinculada al orden sobrenatural.

Subsiste aún hoy una complicidad entre esa visión de las cosas y la sensibilidad del campesino y el artesano tradicionales. Estos, efectivamente, por seguir manteniendo un contacto directo con la naturaleza y con la materia, saben que no tienen derecho a violentarlas, sino que deben tratar pacientemente de comprenderlas, de atenderlas con cautela, diría casi de seducirlas, a través de la demostración permanentemente renovada de una familiaridad ancestral hecha de cogniciones, de recetas y de habilidades manuales transmitidas de generación en generación.

Por eso el trabajo manual, menos alejado de lo que parece del pensador y del científico, constituye asimismo un aspecto del inmenso esfuerzo desplegado por la humanidad para entender el mundo: probablemente el aspecto más antiguo y perdurable, el cual, más próximo a las cosas, es también el más apto para hacernos captar concretamente la riqueza de éstas, y para nutrir el asombro que experimentamos ante el espectáculo de su diversidad.


Claude Lévi-Strauss, 1986, discurso de agradecimiento al recibir el Premio Internacional Nonino


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