Primavera en Gościeradz — Leon Wyczółkowski (1933)
NOTA: Al despedir Noviembre, mes que conmemora a los difuntos, me ha parecido oportuno echar una mirada a grandes nombres que debimos despedir el año pasado y que luego, con la pandemia de coronavirus, su acelerada expansión y la posterior clausura de todas las actividades culturales de Occidente por mor de la salud pública, quedaron privados de merecidos homenajes. Así, he querido sencillamente colgar algún registro representativo de cada artista que partió el año pasado, justo antes que el mundo se confinara.
2019 resultó un año de despedidas dolorosas. Si la música popular tuvo que decir adiós a Marie Fredriksson (vocalista de Roxette), Doris Day, José José, Alberto Cortez, Camilo Sesto o João Gilberto, la clásica perdió, entre otros, a André Previn, Paul Badura-Skoda, Theo Adam, Peter Schreier, Michael Gelen, Jörg Demus, Anner Bylsma, Jessye Norman, Werner Andreas Albert, Raymond Leppard, Mariss Jansons (que hoy 30 de noviembre cumple un año desde su partida…) etc.
A modo de despedida y homenaje, revisemos el legado de los Artistas que dejaron este mundo pero se ganaron la inmortalidad, y nuestros corazones, por las vías del Arte:
Jessye Norman
★ Augusta, 15 Sept. 1945 — ✚ Nueva York, 30 Sept. 2019
Peter Schreier
★ Meißen, 29 Jul. 1935 — ✚ Dresde, 25 Dic. 2019
Theo Adam
★ Dresde, 1 Ago. 1926 — ✚ ídem., 10 Ene. 2019
André Previn
★ Berlín, 6 Abr. 1929 — ✚ Nueva York, 28 Feb. 2019
“Die Heilige Cäcilie” (Santa Cecilia) por Wilhelm Volz, 1893
¡Feliz día de Santa Cecilia, patrona de la música! Y por supuesto, un saludo a todas quienes lleven ese nombre. Para conmemorarlo aquí dejo un segmento de la famosa “Oda a Santa Cecilia” de Georg Friedrich Händel:
“The trumpet’s loud clangour” de la “Oda a Santa Cecilia” de G. F. Händel
Y puesto que estamos en el “Año Beethoven”, comparto a continuación el homenaje que hoy mismo estrenó The Hanover Band en sus redes para festejar el día: música de cámara de Beethoven, esta vez el famoso Septimino para la poco habitual combinación de violín, viola, violoncello, contrabajo, clarinete, fagot y corno francés.
Septeto en Mi bemol mayor, Op. 20 (“Septimino”) de Ludwig van Beethoven
El gran Franz Schubert junto a los amigos que disfrutaron su talento
Franz Schubert es parte de mi panteón:
su música cautiva, no con el talante heroico y a veces sobrehumano de un Beethoven, sino con la capacidad de contener una inefable humanidad “de dulce y de agraz”, siempre espontánea.
Hoy sólo les compartiré una página para piano de engañosa sencillez. Se trata de la “Melodía húngara”, D. 817. Dicha pieza fue compuesta el 2 de septiembre de 1824 mientras Schubert vivía una temporada en Hungría como preceptor de las hijas del Conde Johann von Esterházy. Se dice que escuchó la melodía canturreada por alguien en la cocina del castillo Zseliz, su lugar de residencia entonces. Haría una segunda versión para dos pianos en su Divertimento a la húngara nº 3 — y además se percibe alguna semejanza con el famoso Momento Musical nº 3 en Fa menor.
Hay variadas interpretaciones de la obra, a veces con ritmos vivos, exhibiendo la urgencia temperamental e improvisatoria que se atribuye a lo zíngaro, y otras veces a tempo más pausado que permite desprender mejor esa emotividad lírica tan propia de Schubert. Hoy les dejo una versión ajustada a esta segunda opción. La pianista es la impecable Dora Deliyska en un precioso (por sonido y estética) piano Bösendorfer Imperial — ¡ideal!:
El pasado 7 de mayo, cuando celebré a Brahms, hice caso omiso de otros dos onomásticos relevantes: en esa misma fecha se estrenó la Novena Sinfonía de Beethoven en Viena (1824) y nació un creador tan extraordinario como Piotr Illich Chaikovsky (1840).
Aunque en lo personal considero a Brahms un peldaño más arriba en lo que atañe a creación musical, lo cierto es que el gran compositor ruso le aventaja en varios aspectos:Chaikovsky fue mejor melodista, poseía un instinto natural para manejar los timbres instrumentales y alcanzar aciertos extraordinarios, y abordó con éxito un área en la que Brahms se mantuvo siempre ajeno, como es la ópera.
Se le daba tan bien el complejo arte dramático-vocal, que algunos analistas defienden incluso que Chaikovskyconcibió sus grandes ballets con mentalidad de operista; así, habría escrito las escenas de una ópera reemplazando arias, dúos y coros por bailarines realizando solos, dúos y coreografías.
Carecía Chaikovsky de la reciedumbre de carácter del alemán, a quien admiraba de manera reticente (en sus cartas lo describe como “una fuerza de la naturaleza” tras conocerlo, pero también espetó aquella famosa crítica en su Diario personal: “He tocado la música de ese patán [bastardo] de Brahms. ¡No tiene nada de talento el muy desgraciado!”).
En cambio, Piotr Illich sufría una melancolía corrosiva que lo atormentaba dolorosamente, si bien se esforzaba por disimular en sociedad y sólo confiaba a sus más allegados estas oscuridades. ¿Serían producto de su imaginación, un trastorno psíquico, o sería una necesidad creativa, un “personaje” que lo impulsaba a la creación? No lo sabemos, pero sí es cierto que la música fue donde transmutó ese arrebato emocional en obras maestras.
Chaikovsky fue el primer artista ruso de éxito internacional, vitoreado en Europa y América. Sus grandes ballets, sinfonías, conciertos y óperas no han perdido nada de su fascinación hoy, a 180 años desde que naciera su creador. De hecho, hoy por hoy su nombre se mide en pie de igualdad con clásicos occidentales como Beethoven y Mozart.
Chaikovsky se prodigó en la composición de óperas. Aunque la más famosa entre ellas es Eugenio Oneguin, existen otras rara vez oídas en nuestros escenarios sudamericanos: La dama de picas, La doncella de Orleáns, Iolanta, La hechicera, Los caprichos de Oksana, Mazepa, Vakula el herrero, El Opríchnik, El voivoda (esta última destruida por Chaikovsky y luego reconstruida a partir de borradores).
Toda esta parcela de su producción contiene momentos orquestales de potencia arrolladora que el maestro Evgeni Svetlanov nos descubre en este disco del sello Melodiya, «Chaikovsky: Fragmentos orquestales de sus óperas». Seguro que esta selección de 25 piezas les resultará una audición inolvidable.
(Dedicado con afecto a mi amigo Mahlerite-Shosta, gran fan de Chaikovsky, y a mi madre que tanto gustaba de esta música)
Hay momentos decisivos en la vida de los pueblos como en la de los hombres. Hoy estamos atravesando uno de ellos con todos los peligros que acarrean, pero toda desgracia tiene su fruto si el hombre es capaz de soportar el infortunio con grandeza, sin claudicar a sus valores.
Como en la vida de los hombres, las culturas atraviesan períodos fecundos donde los momentos de dolor y de alegría se alternan bajo el mismo cielo; los pueblos siguen el acontecer de la vida con una mirada que les viene de generaciones e incorporan los cambios a un sentido que los trasciende.
Éste no es uno de esos momentos, por el contrario, éste es un tiempo angustioso y decisivo, como lo fue el pasaje de los días imperiales de Roma al feudalismo, o de la Edad Media al Capitalismo. Pero me atrevería a decir que es más grave porque es absoluto, ya que la vida misma del planeta está en juego.
Nuestra cultura está mostrando signos inequívocos de la proximidad de su fin. Sin tregua se ve obligada a reinventar noticias, modas o nuevas variantes, porque nada de lo que extrae de sí es perdurable, fecundo o sanante. Como cuando un enfermo está muy grave y el médico le receta algo nuevo cada día y la familia, en su desesperación, cambia de médico y de tratamientos. Así nos está pasando, confundimos noticia con novedad. Lo decisivo es no creer que todo seguirá igual y que este modo de vivir da para rato. (...)
Ésta es una hora decisiva no para este o aquel país, sino para la tierra toda. Sobre nuestra generación pesa el destino, es ésta nuestra responsabilidad histórica.
Ustedes lo sospechaban, y tenían razón:
no dejaría pasar este día sin celebrar a
Johannes Brahms, cuando se cumplen
187 años desde su nacimiento en una oscura habitación de un
lamentable edificio en un barrio portuario que ya no existe más
(★ Hamburgo, 7 Mayo
1833 —
✚ Viena, 3 Abril
1897). Desde ese pobrísimo punto de partida, Brahms descollaría con
talento y carácter a veces hosco y arrogante —él mismo sabía que era un
hombre difícil— pero con “una estrella en la frente”, la de su genio.
Las brumas del Mar del Norte siempre lo acompañarían pero la vida lo condujo
lejos, al sur, a Viena, la radiante urbe que amaba la música, añoraba a
Beethoven y Mozart y se sintió intrigada ante ese joven de aspecto
encantador. Al fin, la capital austríaca lo contaría entre sus hijos más
queridos. Brahms correspondería ese afecto y acogería el encanto
particularísimo que vibraba en esa ciudad, en medio del crepúsculo de toda
una era. Gran parte de la dulzura y nostalgia de su música procede de ese
contexto.
Por eso he querido recordarlo hoy con transcripciones que hacen un guiño a
esa Viena de Brahms: destaco, arriba, el famoso
Intermezzo en La mayor op. 118 nº 2, arreglado para piano y
clarinete. Y abajo les dejo una playlist con creaciones brahmsianas
arregladas a la manera de la música vienesa por antonomasia, la
Schrammelmusik, estilo que hasta hoy sigue vigente y que Brahms gozó en su origen
escuchando a sus creadores, los mismísimos hermanos Schrammel.
La técnica japonesa del Kintsugi destaca con oro las uniones rotas
Empecemos Mayo poniendo al día varios enlaces que caducaron. Justo ahora, cuando vivimos globalmente confinados sin que nadie lo tuviera previsto, la música (y el arte en general) son las ventanas que siempre siguen abiertas para disfrutar una libertad —la de nuestro espíritu— que se ha vuelto más valiosa que nunca…
» BRAHMS & SIBELIUS: Conciertos para violín
Orquesta del Festival de Lucerna / Herbert von Karajan, Nathan Milstein (violín)
Filarmónica de Berlín / Eugen Jochum, Bronislaw Gimpel (violín)