domingo, 27 de enero de 2019

LENINGRADO, 75 años

Cadáveres apilados, una imagen cotidiana durante los 900 días del cerco a Leningrado
 

Hoy se conmemoran 75 años desde el fin del asedio nazi a la ciudad de Leningrado (nombre soviético de la actual San Petersburgo). Casi 900 días de inenarrable penuria que alcanzó cotas de horror suficiente para helar la sangre de quien los conoce. El plan de Hitler de llevar la ciudad al completo colapso por inanición, frío y aislamiento estuvo muy cerca de ser un éxito, y sólo se estrelló contra una voluntad de supervivencia aun más tenaz que la crueldad de la Wehrmacht.

Lamentablemente los sufridos habitantes de la metrópoli no estaban en su mejor momento cuando el ejército alemán los encerró. Stalin se había ensañado con Leningrado durante el oscuro período de las purgas, en la década de los treintas del siglo pasado. Uno que conoció muy de cerca el miedo y la paranoia que caían junto con la noche (el horario de las detenciones por parte de la policía política) fue el genial Dmitri “Mitia” Shostakovich. Había visto desaparecer a varios de los más entrañables amigos que tuvo en su vida y comenzaba a padecer también él los efectos de la censura al arte, en nombre de argumentos tan absurdos como feroces, ventilados por mediocres en ascenso.

Shostakovich permaneció en la ciudad tanto como pudo, y la abandonó sólo tras una tajante orden de retirar de la ciudad a los ciudadanos notables. Había comenzado a escribir una sinfonía que retratara la calamidad del momento, y siguió escribiéndola en Kúibyshev (actual Samara), la ciudad adonde fue trasladado. La idea de Shostakovich era expresar la lucha del pueblo ruso, por lo que pensó en asignar subtítulos a cada movimiento de la obra —“Guerra”, “Memorias”, “Los grandes espacios de mi patria”, “Victoria”—, algo que finalmente descartó.

Un soldado saca su entrada para el estreno de la 7ª sinfonía de Shostakovich

Es la sinfonía más larga del compositor (80 minutos) y fue interpretada en la propia ciudad durante el momento más álgido del cerco, con una orquesta de músicos famélicos (en los ensayos previos al estreno, los músicos de bronces a veces no podían soplar con suficiente fuerza sus instrumentos) en donde se hallaban incluidos todos los miembros sobrevivientes de los orfeones, bandas militares y cualquier unidad musical que estuviera disponible (es decir, vivos). El concierto mismo y las circunstancias que lo rodearon son descritos de manera emocionante (y rigurosa) por Brian Moynahan en su libro “Leningrado: Asedio y sinfonía”, en cuya lectura me encuentro inmerso estos días.

Conmemorando la fecha, pues, comparto a continuación un fragmento del Allegretto inicial, con el episodio conocido informalmente como “Invasión”, representación musical del avance alemán (notable el crescendo sobre una melodía fija, aquí registrado ya a cierta altura de su desarrollo, y la orquestación capaz de traducir en sonido rechinante la maquinaria de guerra en movimiento [1:21 min]):



Shostakovich plays 7th symphony (1941) from DSCH Journal on Vimeo.



martes, 1 de enero de 2019

¡FELIZ 2019! / Happy New Year



Muy feliz Año Nuevo para todos y cada uno junto a sus seres queridos. Que las sombras del año anterior se disipen rápidamente, dejado lugar par cosas mejores y más brillantes en la vida de todos.

Y para dar paso a la música de inmediato, les dejo con una obra que fue estrenada justamente un primero de Enero, pero en 1879 en Leipzig. Se trata del Concierto para violín de Johannes Brahms, que ofició como director del estreno mundial; el solista era el dedicatario de la obra y mejor amigo de su creador —claro, Joseph Joachim— acompañados por la orquesta de la ciudad, la famosa Gewandhaus de Leipzig.

¡Que disfruten el movimiento final con su chispa zíngara y su optimismo!

miércoles, 26 de diciembre de 2018

¡FELIZ NAVIDAD!

Cristo nace en las ruinas
A quienes visitan este rincón, a cuantos leen estas páginas a lo largo del año, a ti que te detienes con benevolencia para mirar estas líneas en este momento, deseo la más feliz Navidad y me permito enviar un afectuoso abrazo, esperando que estas fiestas y también el año venidero nos deparen a todos paz, alegrías y bendiciones.

jueves, 25 de octubre de 2018

EN SUEÑOS

«Joven dormido» / William Dobell
 
Los sueños refieren a un enigmático mundo interior que cada persona lleva consigo. Los míos me divierten y me extrañan al mismo tiempo. A menudo logro recordarlos tras despertar y, si puedo, los anoto.

Aventuras de todo tiempo y circunstancia, situaciones extravagantes o de ambigua familiaridad, presencia permanente de todo mi bagaje de conocimientos y experiencias —desde personajes de cómic hasta “enemigos intelectuales” de otros siglos que asoman sin invitación—, escenarios urbanos que se repiten, recuerdos de otros sueños dentro del sueño, poderes que voy ‘dominando’ con el paso del tiempo... Es una vorágine a veces agotadora.

Según parece, el caso ha ido recrudeciendo en intensidad, porque mi otrora pacífica manera de dormir dio cabida a gestos corporales —ya me han visto levantando brazos y mascullando palabras—. Anoche mismo pasé una áspera velada sentado a la mesa con Carlos Marx y familia (suya y mía) en una casa que frecuenté durante mi adolescencia... No sé si contarlo a un psicólogo o a un guionista...


«Träume» (1857) / Richard Wagner, ciclo de canciones sobre poemas de Matilde Wesendonck

miércoles, 3 de octubre de 2018

El amor (según un inglés del siglo XVI)

Waterhouse
«El Alma de la Rosa» (John William Waterhouse)
“—Qué pacífica sería la vida sin amor, Adso.
Qué segura. Qué tranquila... y qué aburrida.”

(Fray William de Baskerville en “El Nombre de la Rosa”)

Ha pasado un tiempo desde mi última entrada en esta página. El tiempo se me ha vuelto un bien muy escaso, pero no equivale a olvido. Esta vez haré una visita breve para colgar una canción isabelina (Renacimiento inglés) que me conquistó cuando la conocí, gracias a la mediación inesperada de Sting en cierto famoso disco que dedicó a John Dowland.

Pero la canción no es de Dowland sino de Robert Johnson (* c.1583 — † c.1633). Sting la incluyó porque le gustó mucho. Fue un acierto.

Se llama Have you seen the bright lily grow?, y es una canción de amor impregnada de nostalgia. La bella melodía se dedica a resaltar el texto. Y aquí es donde se apoya mi fascinación por esta pieza.

Supongo que todos habremos sentido esa emoción trascendental, el amor, no de manera abstracta sino encarnada en alguien que nos haya robado el corazón. Bendición temible... Quedamos expuestos, inermes, a pesar de cuanto hagamos; y el destino tiene sus jugarretas. Cualquiera sea el curso que sigan los acontecimientos, todo aquello puede originar canciones que llegan a ser inmortales. Porque sin importar el lugar o la época, el amor es una de nuestras grandes constantes.

En este caso de hoy, la canción emplea uno de los recursos expresivos más perdurables: la comparación. El poeta intenta comunicarnos el deslumbramiento que siente ante la mujer que lo cautiva, y para eso enumera imágenes que, cada una a su modo, suponen una sorpresa o un instante de gracia:

“¿Has visto crecer un lirio radiante, antes que manos toscas lo hayan arrancado?

¿Has notado la nieve al caer, antes que la tierra la haya manchado?

¿Has palpado la lana del castor o las plumas del cisne?

¿Has respirado la fragancia del nardo en el fuego, o probado el sabor de la miel?

¡Oh!, tan blanca, tan suave, tan dulce: ¡así es ella!”

Esa última frase, que nos revela el sentido de todo lo mencionado previamente, está cantada en un ascenso que culmina en una nota que parece interminable, para, tras una pausa fugaz, resolver en la palabra she (ella)... Incomparable. Una de mis canciones favoritas, porque su edad de 400 años no es importante. Importa, sí, que refleja hoy como entonces, con total actualidad, lo más hermoso que otorga el amor: el deslumbramiento, el hallazgo de alguien único. Como un destello de luz en un mundo generalmente opaco.


Mágica interpretación de Valeria Mignaco y Alfonso Marín (Lutevoice)

sábado, 2 de junio de 2018

GUSTAV HOLST

Gustav Holst
Gustavus Theodore von Holst

Recordábamos el pasado 25 de mayo al compositor inglés Gustav Holst (* Cheltenham, 21 Sep. 1874 — † Londres, 25 Mayo 1934). Holst es uno de los músicos británicos que ha perdurado en el repertorio, sobre todo gracias a la suite “Los Planetas”, compendio de siete cuadros sinfónicos que deslumbran con su imaginación instrumental y originalidad temática.

La aceptación clamorosa que alcanzó esta suite, sin embargo, condenó a su autor a la célebre lista de los “compositores de una obra maestra” (lo que en música popular serían One-Hit Wonders), esto es, los creadores de alguna pieza cuyo éxito eclipsa al resto de su producción. Esta categoría funciona para el público menos familiarizado con la música clásica, puesto que auditores con más experiencia saben muy bien que Ravel es más que su Bolero, Dukas más que su Aprendiz de Brujo, Vivaldi más que Las Cuatro Estaciones... y Holst más que sus Planetas.

Precisamente esa parcela de su producción que merece ser mejor conocida es la que quiero incluir en esta breve nota. Holst trabajó en la “St. Paul’s Girls’ School” de la capital británica, ejerciendo como director musical desde 1905 a 1934 (año de su muerte). Compuso varias obras para la orquesta estudiantil del lugar, siendo la más famosa la “Suite St. Paul”. El cuarto y último movimiento es un arreglo para cuerdas de la “Fantasía sobre el Dargason”, pieza que originalmente escribió para orfeón militar. Este Dargason es una melodía popular, una variación del celebérrimo Green Sleaves; y es que Holst fue un apasionado folklorista.

Aquí dejo una versión de esta pieza, para que disfrutemos al gran Holst:

jueves, 12 de abril de 2018

STRAVINSKY :: Consagración de la Primavera

Stravinsky por Picasso
Ígor Stravinsky dibujado por Pablo Picasso

Se cumplió días atrás un nuevo aniversario del deceso de un creador fundamental para entender la música contemporánea, el ruso Ígor Fiódorovich Stravinsky (* Oranienbaum, 17 Jun. 1882 — † New York, 6 Abr. 1971). Fallecido con 88 años de edad, su dilatada existencia abarcó la mayor parte del siglo XX, sobre el cual influyó activamente.

Aunque Stravinsky tuvo una capacidad proteica de adaptación y asimilación que le permitió cultivar los más variados estilos musicales, y aunque su currículum lo acredite como autor de numerosas obras maestras, su nombre se hallará siempre ligado a una de sus genialidades tempranas: la irrepetible música escrita en París para La Consagración de la Primavera —1913— por encargo de los Ballets Rusos de Sergéi Diagilev.

stravinsky bailarinas
Sería demasiado extenso comentar la siembra de novedades que el ruso prodigó en su partitura. Basta decir que fue una genuina revolución, violenta y escandalosa. Una andanada de artillería pesada lanzada contra la mojigatería cultural de los snob para, como el mismo Stravinsky espetó, “mandarlo todo al diablo”. Nunca antes la orquesta se había convertido en una máquina de ritmos salvajes, de urgencia visceral. Me ciño en esto a la síntesis de Malcolm Hayes [revista Audioclásica nº 22, pp. 52-53]:
“Como convenía al tema étnico, no clásico de La Consagración de la primavera, su lenguaje rítmico era diferente: pesado, sin descanso, sísmico y subversivo.

Lo más interesante de la partitura, sin embargo, es cómo consigue esta cualidad sísmica. El uso de la percusión como tal por Stravinsky es bastante parco, aparte de una batería de timbales (en una compleja disposición que requería dos músicos). En vez de eso, despliega a toda la orquesta como una sola unidad percusiva. Cuando trabajaba en la partitura con el piano (como siempre hacía), se encontró a sí mismo explorando el efecto de los acordes superpuestos en diferentes claves; literalmente, con una clave en la mano derecha y otra en la izquierda.

Estas combinaciones de acordes, según pudo darse cuenta, eran unidades de material musical en bruto que podían impulsar complejos ritmos irregulares que estaba buscando de forma instintiva. [...] Los acordes superpuestos de la coral Zvezdoliki (El rey de las estrellas), compuesta justo antes de La consagración..., son un antecedente directo de la idea, pero evocan una quietud mágica y visionaria. Stravinsky se dio cuenta de que se podía utilizar el mismo artificio con un fin completamente opuesto: el desencadenamiento natural del ritmo. Ése fue su toque genial.


El estreno de la obra provocó el mayor escándalo de la historia musical reciente (el segundo de esa lista también sucedió en París, cuando Wagner estrenara allí su Tannhäuser). La provocativa coreografía ideada por Nijinsky concentró repudios y fervores, lo mismo que la propuesta musical inaudita que acompañaba la escena. Estoico, el joven director Pierre Monteux dirigió con absoluto compromiso y sin importar la trifulca que campeaba a sus espaldas, con pugilatos, gritos, silbidos y asistencia de la fuerza pública. Stravinsky debió abandonar el teatro por la puerta trasera... pero acababa de entrar en la historia de la Música por la puerta principal.

Vayamos a la música, que les dejo en tres versiones de YouTube. Son tres versiones que resumen un entretenido intercambio con Elgatosierra y Mahlerite-Shosta, dos amigos que saben dar siempre las mejores recomendaciones:

—Primero, la versión de Evgeny Svetlanov con la Orquesta Sinfónica de la URSS (1966) en la primera grabación de la obra de Stravinsky en Rusia soviética, tras ser levantado el veto gubernamental en su contra. Aunque el maestro Svetlanov pudiera parecer fuera de su territorio con este compositor, lo cierto es que logra un acierto espléndido, en parte gracias a la muy eslava mezcla de tosquedad, energía, lirismo y color instrumental:


—En seguida, la versión legendaria de Pierre Boulez con la Orquesta de Cleveland (1969). Está considerada con justicia una de las mejores grabaciones de la obra. Boulez dirigió (y grabó) varias veces La Consagración..., con distintos voltajes según sus años y según la orquesta que lo acompañara en la aventura. Siempre resalta la fenomenal precisión y claridad de Boulez para desenmadejar las combinaciones rítmicas y permitir que la música aflore con sus propias emociones:


—Y por fin, dejando varias alternativas que no encontré disponibles, la interpretación extraordinaria de Karel Ancerl con la Orquesta Filarmónica Checa (1964). El nivel y la inspiración de esta combinación artística nos legaron una referencia:


¡Disfruten, amigos!

 
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