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“A partir de esta cuestión, se originaban otros problemas fundamentales y en apariencia se concentraban en el misterio de su verdadera edad, pero de hecho y más profundamente se centraban en el secreto impenetrable: «¿Quién es mi verdadero padre?»
Aún no sabes de quién eres hijo. No sabes quién prepara los lienzos que te envuelven, quién te calienta y te suministra leche. De todos modos, creces en paz. En pocos años más, aprenderás a distinguir a tu madre entre todos aquellos que se ocuparon de ti. Sea como fuere, hay un proveedor oculto que a todos nos atiende —démosle nuestras gracias— con alimentos y bebida. Mi oscura inteligencia aún no lo comprende, pero después que pasen los años, si me muestro piadoso y creo, incluso él se revelará.“Desde aquí hay un corto trecho hasta la fantasía de la novela de familia.
“Sin embargo, la fantasía puede arraigar profundamente sólo cuando el niño se siente descuidado, maltratado, sin amor (o imagina que ésa es la situación). Las circunstancias de familia de su niñez, trágicas y rara vez mitigadas, situaban la «edad de oro» personal de Beethoven, no en su primera infancia, sino en el período que precedió a su nacimiento, inmediatamente después del matrimonio de sus padres, celebrado en 1767 y hasta la muerte del primer hijo, Ludwig María. «¿Qué es el matrimonio?» preguntaba a su madre, y Beethoven la oía: «Un poco de alegría y después una sucesión de pesares.» Envuelto en la tristeza, hundido en el aislamiento y la ensoñación, es posible que Ludwig van Beethoven haya sentido íntimamente que el primer eslabón de esa cadena de pesares se forjó en el momento de su propia concepción y su nacimiento. Volvía los ojos angustiados hacia un Edén al que no podía llegar, excepto compartiendo la identidad de su hermano mayor más favorecido.
“En definitiva, la novela de familia de Beethoven implicaba su creencia de que él era el «falso» hijo, que nunca podría ocupar el lugar del hermano muerto. Su fantasía de ennoblecimiento fue no sólo la afirmación de una nobleza deseada, o el rechazo engañoso de sus humildes padres, sino sobre todo la admisión de un patético anhelo de haber sido el primogénito, llorado pero no olvidado por sus padres. Por lo tanto, todas sus fantasías pueden tener una fuente única y transparente: pueden ser la expresión, la negación y la trascendencia simbólica del sentimiento de que no se lo amaba ni deseaba. Son la rectificación de una presunta ilegitimidad. Son el clamor, profundamente sentido —y sin respuesta— de un niño que ansía el amor de sus padres...”
Esto de la lluvia que anegó Santiago durante el fin de semana anterior y volvió anoche a la capital sirva al menos como propuesta musical; y, aunque se haya desbordado el río que atraviesa la ciudad, omitiré una audición de “El Moldava” para apuntar al gran Franz SCHUBERT con una de sus canciones célebres, Auf dem Wasser zu singen, es decir “Para cantar en el agua”.
Huelga decir que SCHUBERT fue uno de los mayores y mejores creadores en este género “menor” como es la canción culta alemana, el lied; sobra igualmente mencionar que fue uno de los más inspirados melodistas que alguna vez pisaron este mundo. En cambio, sí es interesante revisar un elemento arquetípico del compositor que se halla presente en esta obra, como es el agua. Lo resume la siguiente afirmación: «Decimos, pues, con fundadas razones, que el agua para Schubert es un genuino espacio de la mente, sumamente apreciado. […] Relacionado al tema del arroyo, del agua corriente, está el del flujo del tiempo, entendido como vertiginosa parábola del arco de la vida, a cuyos extremos se hallan el nacimiento y la muerte, y la alternativa perpetua entre alegrías y dolores, sonrisas y lágrimas, con lo cual se vuelve fuente inagotable de fecundidad espiritual, cuyo aguijón escondido lo representa el binomio de la enfermedad y la muerte» (A. Solbiati y S. Cerruti, I Luoghi della Mente: L’acqua in Schubert – traducción propia).
En este lied, el piano desarrolla un adorno descendente que pinta la imagen del agua asociada a modulaciones armónicas conmovedoras. La melodía del canto se integra con mano maestra en la “corriente” musical, impulsando el discurso iniciado por el piano en uno de los mejores acompañamientos creados por el compositor para este género — y eso, amigos, ya es decir bastante.
En segundo término, el lied tal cual, en voz diáfana de la soprano Barbara Bonney acompañada al piano por Geoffrey Parsons:
Llamado con afecto “el Padre de la Sinfonía” aunque tal título no sea del todo exacto (esos laureles corresponden mejor a Sammartini), podemos agradecerle haber dado a la forma sinfónica un grado asombroso de entidad y definición artística, explorando sin cesar esa fórmula en más de un centenar de obras de genial inventiva. Sí es HAYDN el padre del Cuarteto de Cuerdas, una de las formas perfectas de la música clásica. Ese fue uno de sus grandes dones: la capacidad de formulación, de crear obras modélicas en los géneros que abordaba (sinfonías, sonatas, cuartetos, conciertos...); obras armónicas, bien razonadas, pero nunca exentas de ingenio, chispa y buen humor. Es que el gran HAYDN, al igual que Mozart –algo que se suele olvidar— acataba las normas, pero siempre era superior a esas normas.
HAYDN fue fecundo y renovador hasta el fin de sus días. En esta última etapa encontramos obras que resumen su sabiduría musical y otra vez dictan cátedra en el ámbito de la forma: me refiero a sus dos oratorios, La Creación y Las Estaciones. Para recordarlo, les invito a oír selecciones del primero de estos dos:El maravilloso recitativo que ilustra el primer amanecer y primera noche. Haydn es incomparable al describir las primeras luces que se abren paso en la oscuridad primigenia. También asigna claro carácter masculino al sol y femenino a su contraparte. El contraste genera un instante de dulzura mágica; no hace falta entender el alemán para reconocer la tenue y silenciosa claridad de la luna. En ese momento ha nacido el primer nocturno orquestal...
Dice el texto de esta parte: «Con todo su esplendor se eleva ahora el sol radiante, como marido victorioso, gigante, fiero y exultante recorre su camino. Con paso leve y etérea claridad se desliza la luna en la noche silenciosa. La bóveda celestial se engalana con el innumerable fulgor de las estrellas. Y los hijos de Dios proclaman su poder, anunciando el cuarto día con un canto celestial».
HAYDN fue sin la más mínima duda uno de los grandes compositores de todos los tiempos, y el oratorio “La Creación” muy posiblemente, en su conjunto, la cima más importante de su vasta obra.
Mi querido amigo Elgatosierra nos comenta que “según Solomon (2001, 92), uno de los biógrafos de Beethoven más nombrados siempre: ‘Beethoven asistió al concierto del 27 de marzo de 1808 en honor del septuagésimo sexto cumpleaños de Haydn; allí se ejecutó La Creación. Permaneció de pie con los miembros de la alta nobleza, «a la puerta del salón de la universidad, para recibir al venerable huésped que llegó en el carruaje del príncipe Esterházy», y lo acompañó mientras lo introducían en una silla de manos, al son de trompetas y tambores. Afírmase que Beethoven «se arrodilló ante Haydn y besó férvidamente las manos y la frente de su anciano maestro». Después de la muerte de Haydn, un hecho que no se menciona en la correspondencia de Beethoven, desaparecieron todos los indicios de resentimiento y amargura, reemplazados por una actitud de elogio y afecto ilimitados. Durante los años siguientes Beethoven se refirió siempre a su antiguo maestro con términos reverentes, y lo consideró el igual de Händel, Bach, Gluck y Mozart. Y cierta vez incluso rehusó reconocer que él mismo merecía un lugar junto a estos hombres. «No despojéis de sus laureles a Händel, Haydn y Mozart», escribió en 1812 a un joven admirador; «tienen derecho a los suyos, pero yo aún no he conquistado ninguno.»’
“En 1812 BEET ya había compuesto los 5 conciertos para piano, el de violín y el triple, 11 cuartetos de cuerdas, ‘Egmont’, ‘Leonora’, 7 sinfonías, 26 sonatas para piano y algunas series de variaciones inmarcesibles, 6 tríos para piano..., pero todavía seguía humillándose ante HAYDN... JAJAJA”.
Admiremos estas selecciones del Oratorio “La Creación”, de Franz Joseph Haydn, en versión de Lucia Popp, Kurt Moll, otros solistas, Coro y Orquesta de la Radiodifusión Bávara, todos bajo la dirección del inolvidable Leonard Bernstein en junio de 1987:
MP3 ABR 320 kbps 48 kHz | 14 pistas | .7z 160,9 mb | Yandex
Tal día como hoy, 26 de marzo, fallecía en 1827 uno de los artistas mayores de la Humanidad, Ludwig van Beethoven, el hombre cuya expresividad arrolladora abrió cauces nuevos a la música occidental, revolucionando especialmente la sinfonía, el cuarteto de cuerdas y la literatura para piano.
Recordemos su memoria con la Marcha Fúnebre que el maestro incluyó en su Música Incidental «Eleonore Prochaska» (para solistas, coro y orquesta, WoO 96). La pieza es el cuarto número (y final) de esta creación ocasional, y consiste en un arreglo para orquesta completa de la marcha fúnebre de la Sonata para Piano nº 12 en La bemol mayor, Op. 26, que en esta ocasión Beethoven transporta a la tonalidad de Si menor (es decir, un tono y medio más arriba que el original).
De mi parte lo guardaré entre los intérpretes más queridos, por mucho que haya enfoques suyos que a veces no me gustaran tanto (como algunas de las sinfonías beethovenianas). Pero jamás me dejó indiferente.
Larga vida a la memoria de Nikolaus Harnoncourt.El genio operático de Wilhelm Richard Wagner se prodigó en efectivas escenas corales, generando un apartado siempre bienvenido ...