Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá de los soles, más allá de los éteres,
Más allá del confín de estrelladas esferas,
Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.
Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y apura, como un noble y divino licor,
La luz clara que inunda los límpidos espacios.
Detrás de los hastíos y los hondos pesares
Que abruman con su peso la neblinosa vida,
¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo
Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!
Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!
Monumento a Antonín Dvořák en Praga, República Checa / foto: Malenkov
La última sinfonía de Antonín Dvorák es probablemente la más popular. Y no porque el músico haya muerto a poco de componerla, como pretende el cliché romántico de la fatalidad asociada al número nueve (número que algunos, como Mahler, evitaban con temor supersticioso). Nada de eso. La “sinfonía del Nuevo Mundo” fue la última de su autor porque éste decidió derivar hacia otros horizontes creativos, engrosando el nicho de sus poemas sinfónicos.
Dvorák es un caso interesante en el contexto musical de su tiempo. Destaca la altísima calidad de su inspiración, aquello tan único que no se aprende ni se enseña, y que causaba admiración de su amigo Brahms. Pero destaca también el que fuera capaz de moverse con autoridad en dos mundos “irreconciliables”, como opinaban entonces algunos miopes.
Me refiero a la música “absoluta” y la música “programática”. Lejos de casarse con alguna facción, el creador checo guardó cuidadosa independencia para elegir los asuntos que se acomodaran mejor a sus intereses.
Felizmente dotado para la melodía, con un sentido del ritmo en directa conexión con el folclore y una armonía llena de atractivas modulaciones, Dvorák supo trasladar las riquezas musicales de su tierra a una formulación artística de calidad universal.
Su nombre gozó de amplia fama, gracias a lo cual recibió la invitación para dirigir el flamante Conservatorio de Nueva York entre 1892 y 1895. De aquella experiencia surge la identidad propia de su última sinfonía, deliberado intento de conjurar un “estilo americano” con la incorporación de motivos tomados de la música negra y nativa. Una idea genuinamente revolucionaria para aquellos tiempos.
Cacería del Búfalo en la pradera norteamericana
Tras volver a su país natal, Dvorák se dedicó a escribir poemas sinfónicos, vale decir, obras cuyo propósito es “contar algo”, expresar un argumento mediante los riquísimos recursos de la orquesta moderna.
Interesado desde siempre por el folclor checo, el compositor asume una balada del escritor Jaromír Erben sobre un malévolo duende fluvial que atrapa a una muchacha y la hace su esposa en las profundidades de su mundo.
Vodník, así se llama, es uno de mis poemas sinfónicos preferidos desde hace mucho tiempo. No es fácil hallar una versión que pueda balancear el chispeante tema principal, la dignidad y añoranza del tema de la madre, los episodios bruscos que suceden en diferentes momentos, la tristeza de la “canción de cuna sumergida” que canta la joven y triste madre a su hijo, el reencuentro con la superficie, la reclamación final del duende, el enfrentamiento, el sentido ominoso que anticipa la presencia del espíritu maléfico... Dvorák es capaz de hacer música a partir de todos estos elementos, hilvanando temas y atmósferas con una magistral fluidez que nunca disminuye ni erosiona su interés.
Un «Kappa», duende acuático del folclor japonés
Vodník / fragmento con el tema del duende y la doliente canción de cuna de la muchacha a su hijo, en el reino sumergido
Disfruten la Sinfonía nº 9 en Mi menor, «desde el Nuevo Mundo», y el poema sinfónico «El duende de las aguas» (Vodník) en una de las más brillantes grabaciones recientes: el inagotable y genial Nikolaus Harnoncourt al frente de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, en un concierto ofrecido en Octubre de 1999.
Harnoncourt comanda una agrupación famosa por su altísima calidad y sabe aprovecharla. Los colores orquestales son vívidos, la atención al detalle es reveladora y su lucidez estructural, intachable. Mencionemos también su distancia del sentimentalismo, asentando en cambio su expresividad en las posibilidades de la música misma, sin regatear garra y brusquedad en las expansiones orquestales. Para mi gusto una de las grandes versiones de la era digital, que espero disfruten (y si pueden, adquieran el disco para apreciar el sonido en toda su riqueza).
Más de alguno lo recordará como Mycroft, el hermano mayor de Sherlock Holmes en la segunda película de Guy Ritchie sobre el genial detective victoriano. Pero el reconocido actor británico Stephen Fry es también un melómano apasionado. Y el centro de sus entusiasmos es Richard Wagner. Ahora bien, Fry es judío, y parientes suyos murieron durante el Holocausto. Ello precipita su fascinación musical en un dilema de conciencia. ¿Es lícito que un judío vibre de gozo por un compositor tan asociado al horror nazi? Eso es lo que él mismo se encargar de dilucidar en un documental de tintes biográficos, entretenido y apasionante: “Wagner y Yo”. Afortunadamente existe una copia subtitulada en YouTube, que les incluyo un poco más abajo de estas líneas.
¡Disfrútenlo!
Por desgracia, el documental ha salido de circulación en YouTube así que les ofrezco nada más que un trailer
Bastantes años atrás conocí a un alemán con el cual trabé cierto grado de amistad. Oriundo del Sur de Chile, en donde existe una pujante colonia alemana instalada desde el siglo XIX, había encontrado su futuro regresando al país de sus antepasados, pero de vez en cuando volvía al terruño. Eran notables su vitalidad, su sentido de responsabilidad y su seriedad, esta última a menudo excesiva: la mayor parte del tiempo, Matías era una muralla lisa y sin adornos. Pasar por alto que esta América es también Latina lo exponía a frecuentes malentendidos sociales, de los cuales no tenía culpa. Era —conviene insistir en ello— la imagen misma de un hombre inalterable, ajeno a toda turbulencia emocional. Y ahí está la cuestión. La única vez que vi a este monolito lanzando chispas de entusiasmo... fue al relatar su visita a Bayreuth para presenciar “El Anillo del Nibelungo”.
Esa simple observación me convenció de la “magia” de Richard Wagner. Su música afecta a niveles profundos. Y aunque naturalmente el auditor germánico congenia más con esa Weltanschauung que invoca arquetipos recibidos con la leche materna, nadie está libre. Claro ejemplo lo ofrece Charles Baudelaire. El escritor genial que apenas conocía algo de música, se convirtió de golpe a la causa artística de Wagner luego de asistir a un concierto de obras suyas. La conmoción emocional experimentada entonces supo expresarla con elocuencia en una carta al compositor:
“El carácter que me impactó principalmente en su música fue su grandeza, […] la solemnidad de los sonidos grandiosos, de los aspectos grandiosos de la naturaleza, y la solemnidad de las pasiones grandiosas del hombre. Y uno se siente al instante arrebatado y subyugado. “Entre los fragmentos más peculiares y que me aportaron una sensación musical nueva, está el dedicado a pintar el éxtasis religioso. Sentí toda la majestuosidad de una vida más amplia que la nuestra.[…] Y la música, al mismo tiempo, respiraba orgullo por la vida. “Por todas partes hay algo de arrebatado y de arrebatador, algo que aspira a ascender más arriba, algo de excesivo y de superlativo. “Por ejemplo, y sirviéndome de un símil tomado de la pintura, supongo que tengo ante mis ojos una vasta extensión de un rojo oscuro. Si este rojo representa la pasión, lo veo llegar gradualmente, mediante todas las transiciones de los colores rojo y rosado, a la incandescencia del horno. Parecerá difícil y hasta imposible llegar a algo más ardiente, y sin embargo, un último cohete traza un surco más blanco sobre el blanco que le sirve de fondo. Éste será, si así lo quiere, el grito supremo del alma llegada a su paroxismo”.
La vívida descripción de Baudelaire corresponde a las propias aspiraciones de Wagner. Éste ambicionó un arte capaz de expresar emociones e ideas trascendentales, no sólo por medio de la música sino combinando las demás disciplinas del arte, en un esfuerzo común que estremeciera al espectador de forma no muy lejana al ritual religioso.
Era él —como dijera el crítico español Ángel-Fernando Mayo— una rara especie de “dramaturgo-compositor”. Su música no debía adaptarse a otra imaginación diferente, la de un libretista, sino que brotaba con la misma inspiración que la palabra, animadas ambas por un enorme instinto dramático y una elevada capacidad de reflexión y comunicación. A ello se sumaba una fuerza de voluntad arrasadora, capaz de realizar en el transcurso de una sola vida humana una concepción ambiciosa como pocos han llegado a perseguir.Bajo este punto de vista, fue Wagner el legítimo heredero de Beethoven, tomando el cariz revolucionario, iconoclasta y voluntarioso del gran Sordo. (Las otras virtudes de Beethoven, como su absoluta maestría en la música pura, su concisión temática o su artesanato instrumental, fueron reflejadas con mayor propiedad por Brahms).
Alberico se abalanza sobre el Anillo / ilustración de Konstantin Vasiliev
OTTO KLEMPERER figura entre los supremos directores orquestales del siglo pasado. En su juventud fogoso adalid de las vanguardias, una sucesión de desgracias produjo al cabo de los años una gran variación tanto del repertorio elegido como de su estilo interpretativo. Cuando Karajan dejó vacante el podio de la Orquesta Philharmonia en 1954 para iniciar su leyenda al frente de la Filarmónica de Berlín, vino Klemperer a empuñar la batuta en su lugar por invitación del productor Walter Legge. Qué decisión más acertada. Aquel director ya veterano —y para algunos desahuciado artísticamente— llevó la extraordinaria orquesta londinense a una nueva edad de oro.Legítimo sarmiento del período romántico, Klemperer concentró su actividad final en el gran repertorio centro-europeo. Y su Wagner es antológico. Majestuoso, acerado, inquietante, tan ominoso como esperanzador, Klemperer se regodea con la maravillosa orquesta que creó el gran compositor alemán para expresar lo más hondo de la naturaleza humana. Así, su grabación para el sello EMI de páginas orquestales wagnerianas con la Orquesta Philharmonia perdura hasta hoy en el catálogo de las referencias ineludibles. Ese magnífico registro les comparto hoy, confiando en que lo disfruten.
Obertura »Tannhäuser« en interpretación de Klemperer y la orquesta Philharmonia. Noten por favor la claridad conseguida por este gran director, manteniendo el equilibrio sonoro de las varias secciones instrumentales, las cuales pueden ser escuchadas sin confusión. Tomen por ejemplo la línea de la tuba (bajo), siempre audible cuando el coro de los peregrinos brilla en los metales, mientras los violines realizan el célebre adorno descendente y el redoble de timbal acrecienta la energía del conjunto.
Vida garfioAmante: no me lleves, si muero, al camposanto.
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
Alboroto divino de alguna pajarera
O junto a la encantada charla de alguna fuente.
A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra
Donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
Alargados en tallos, suban a ver de nuevo
La lámpara salvaje de los ocasos rojos.
A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
Más breve. Yo presiento
La lucha de mi carne por volver hacia arriba,
Por sentir en sus átomos la frescura del viento.
Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
Podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
En medio de las sombras estrujadas y prietas.
Arrójame semillas. Yo quiero que se enraicen
En la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
Yo subiré a mirarte en los lirios morados!
Admito que mi relación con la música clásica contemporánea es difícil. A veces nula. Frente a mucha vanguardia me siento perdido, ajeno, carente de más reacciones que el tedio o el franco desconcierto. Cosa rara, la politonalidad o la atonalidad (como las que sacuden al auditor de la “Consagración de la Primavera” o “Sensemayá”) no me provocan el mismo conflicto, como tampoco ciertos creadores contemporáneos (Pärt el primero de ellos). Me aventuro también —no diré con gusto pero sí con interés— hasta los primeros números de opus de Webern. Pero un paso después llego a la frontera, el abismo frente al cual me detengo.
Y lo digo habiendo hecho intentos serios por firmar la paz con el siglo XX. De hecho, sigo haciéndolos, y eso importa dejarlo claro. Pero aprendí a respetar aquello que en mí se contuerce frente a la música serial, dodecafónica, concreta, etc. Es decir, prefiero acatar mi apetito natural, mis adhesiones viscerales antes que mentir(me) para encajar mejor. Cuando digo “visceral”, no recurro a ninguna hipérbole; en mis audiciones de música contemporánea he tenido que lidiar con sensaciones físicas de desagrado, antónimo biológico de la profunda alegría experimentada a menudo en el seno de la armonía clásica. Estoy firmemente domiciliado en la Tonalidad.
No obstante, años atrás le prometí a un querido amigo de Canarias que no me encerraría en mis cuarteles clásicos como un talibán, sino que mantendría viva la curiosidad y el apetito de descubrimiento hacia estas corrientes. Gracias a esta promesa, que coincide con mis propias intenciones, y porque verdaderamente hay tipos de talento inobjetable como Schönberg o Boulez defendiendo esta alternativa, es que también en el Blog encontrarán ustedes artículos referidos a Alban Berg, Sergei Prokofiev, Lepo Sumera, Béla Bartók o la Sociedad para la Interpretación Musical Privada.
Fue a raíz de estas prevenciones mías que surgió con mis amigos músicos y musicales la expresión “usar la escafandra” o “meterse en el batiscafo” cuando se trata de explorar creaciones modernas. Es decir, al cruzar aquella frontera y sondear el abismo, mundo ácido e incierto que aún no sé disfrutar, pero ya aprendo a conocer.
El BATISCAFO se zambulle en este BLOG mediante la siguiente ETIQUETA:
Wilhelm Richard Wagner (1813-1883) / Retrato por Franz Hanfstaengl
Hace 200 años nació un revolucionario de las artes, un genio fundamental para la Música universal: Wilhelm Richard Wagner(* Leipzig, 22 de Mayo 1813— † Venecia, 13 de Feb. 1883). Amado y odiado, encumbrado y vilipendiado, Wagner fue la gran figura de la música alemana en las postrimerías del siglo XIX, incluso una verdadera “piedra de escándalo” en el arte occidental de su tiempo. Fue un artista que poseyó aquella facultad insólita de crear belleza nueva, gestar una obra que crea un sendero propio, de tal originalidad que a nadie deja indiferente. Probablemente ningún músico fue tan ambicioso, ni tuvo además la energía para hacer realidad frente a sí esas ambiciones. Como ser humano fue lamentable, incluso perverso en su oportunismo, megalomanía y extraño poder de sugestión que le facilitó innumerables manipulaciones; como artista fue y sigue siendo absolutamente indispensable. Y lo digo habiendo confesado aquí muchas veces mi profunda admiración por su gran “opuesto”, Brahms. ¡Feliz aniversario!
George Szell dirige »Amanecer y Viaje de Sigfrido por el Rin«, seguido por »Música fúnebre de Sigfrido«, portentosas interpretaciones de páginas exclusivamente orquestales tomadas de la Tetralogía. ¡Disfrútenlas!