viernes, 26 de marzo de 2010

RIES, EL LEAL AMIGO DE BEETHOVEN

Ferdinand RiesFerdinand Ries (* Bonn, 28 Nov. 1784;  Frankfurt am Main, 13 Ene. 1838) fue un compositor alemán de la “generación bisagra” que media entre el último Clasicismo y el primer Romanticismo, es decir, aquellos que vivieron (y expresaron) el cambio de era. La generación de Ries se enardeció con los últimos fuegos del “Sturm und Drang” pero creció en un mundo todavía dieciochesco, experimentando a la vez el ocaso de viejos cánones y el amanecer de nuevas sensibilidades.
RIES: Scherzo de la Sinfonía nº 5

Aquel cambio de marea en la música occidental lo anticipaban las últimas composiciones de Mozart o Haydn. Beethoven avanzó mar adentro, agitado por el estrépito de la revolución francesa y los ejércitos de Bonaparte, hasta que la sordera lo recluyó en sí mismo e hizo de su música un acontecimiento “universal”, es decir, a la vez ajeno a su tiempo y destinado a todos los tiempos. Pero, con Beethoven confinado a sus visiones, cada vez más separado de su época, las nuevas corrientes se desarrollaron gracias a la generación “centaura” de Ries, Spohr, Field, Moscheles, Hummel, Hoffmann, Weber, etc. Con ellos el movimiento romántico, que había eclosionado en la literatura germana gracias a Goethe, Novalis o Hölderlin, impregnaría la música, llegando a producir a lo largo del siglo XIX algunas de las obras de arte más admirables e influyentes de la Historia.

BeethovenFerdinand Ries tenía un vínculo personal con Beethoven. Su padre, músico importante de la corte de Bonn, había sido amigo de la familia e incluso llegó a dar lecciones de violín al futuro creador de las Nueve Sinfonías. Al morir la madre de éste, Magdalena Keverich, Ries padre contribuyó generosamente a remediar la precariedad de aquel hogar. Beethoven jamás lo olvidó. Cuando años después recibió en Viena al joven hijo de su amigo para darle lecciones de música, distinguió al muchacho con un afecto especial, estimuló su carrera y lo incluyó en su círculo íntimo hasta el final de sus días. A su vez Ries hijo, a pesar de sus frecuentes giras como virtuoso del teclado, nunca interrumpió su relación con el maestro. Cuando la fortuna lo llevó a Inglaterra, promovió la obra beethoveniana en los medios musicales de la Isla y fue el gestor de la comisión hecha al Sordo por la Philharmonic Society, que redundaría en la Sinfonía nº 9, “Coral”.

Ries padre

Franz Anton Ries (1755-1846), padre de nuestro compositor y amigo de Beethoven. Los sobrevivió a ambos.

El estilo de Ferdinand Ries respira la influencia directa de su mentor. Un crítico inglés llegó a elogiar su “salvaje romanticismo”; sin embargo, la música de Ries se muestra capaz de equilibrio, transparencia y fantasía suficientes como para recordar los logros (futuros) de Mendelssohn. Además fue un autor prolífico (más de 150 obras publicadas en vida) y, como se ha dicho, un brillante pianista.


Con ustedes comparto esta vez la Sinfonía n° 5 en Re menor, Op. 112, de Ferdinand Ries, en la preciosa interpretación de la Radio Kamerorkest dirigida por Arnold Östman en un concierto de principios de 2001 en Amsterdam... AQUÍ

[Prosa] HÖLDERLIN

holderlinHiperión


(fragmento)


“A ser uno con todo lo viviente, volver en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza. A menudo alcanzo esa cumbre... pero un momento de reflexión basta para despeñarme de ella. Medito, y me encuentro como estaba antes, solo, con todos los dolores propios de la condición mortal, y el asilo de mi corazón, el mundo enteramente uno, desaparece; la naturaleza se cruza de brazos, y yo me encuentro ante ella como ante un extraño, y no la comprendo. Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía, y me agosto al sol del mediodía. ¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.”


Friedrich Hölderlin

domingo, 21 de marzo de 2010

TÍO ALBERTO



Yo tuve un tío inolvidable. Fue uno de los hermanos de mi abuela; se llamaba Antonio Fuenzalida, aunque debió llamarse Antonio Giusto. Que llevara un apellido diferente al de sus hermanos era el resultado de una triste historia que ya no importa; para mí simplemente era “mi tío Alberto”.

A este hombre lo distinguía de inmediato un atributo: su inteligencia aguda, ágil y sin titubeos. Me incitaba a la admiración oírlo exponer sus opiniones, o resolver sin mucho ajetreo asuntos que para los demás habían sido penosos durante horas. Tío Alberto se tomaba con buen humor esos pequeños triunfos, y además se complacía en ayudar… aunque tenía poquísima paciencia si alguien le pidiera repetir lo recién explicado.

Ese intelecto era responsable de una falta de calor emocional muy característica. La objeción provenía de las mujeres de la familia, quienes criticaban su estilo tachándolo de demasiado cerebral. A mí, en cambio, me parecía que ellas ganarían bastante con menos lengua y más cerebro, y frente a sus comentarios yo oponía, silencioso, mi experiencia infantil: tío Alberto era siempre cariñoso conmigo, aunque ciertamente no excediera la medida. Con las emociones no tenía la misma pericia que con las ideas, pero se trataba de una forma de ser como hay tantas otras, y punto.

El afecto creció entre nosotros —fue mi tío favorito— gracias a 88 razones blancas y negras: el teclado del piano. Ahí, en la música, estaba nuestro verdadero lugar de encuentro, de comunicación y de entendimiento. Yo como alumno y él como maestro a la antigua usanza, involucrado personalmente para brindar a su pupilo una formación tan amplia como fuera posible.

Pues mi tío Alberto era pianista. El piano fue su instrumento y su sustento, pero no en la tradición clásica sino “popular”… a la manera de aquellos tiempos. Era pianista de salón. Quienes hayan visto la película “El Pianista” recordarán que el protagonista, Szpilman, se vio obligado a tocar en salones de té; de aquellos elegantes espacios les hablo, donde la fingida ligereza de la música exigía un serio dominio técnico.

Hubo una verdadera tropa de pianistas sobresalientes que ejercieron su arte sin que casi ninguno legara registros a la posteridad. El repertorio “albertino” lo formaban abundantes piezas pensadas para estos artistas (ritmos de baile, rapsodias, notables arreglos de música operática, sinfónica, etc.). Yo estudié esas partituras, y su calidad no desmerecía en nada frente a una buena música de piano “clásico”.

Tío Alberto llegó a tener banda propia, bautizada, claro, “Orquesta Don Alberto”. En su casa había un cuadro que enmarcaba un afiche de juventud, donde él aparecía en un óvalo central rodeado por los rostros de sus colegas, entre los cuales el más recordado era el clarinetista. También conocí las partituras, impresas en la Alemania de Entre Guerras, con reducciones para “orquesta de salón”. Borodin, Weber, Glinka, Mendelssohn, Mozart, los infaltables valses de Strauss… todos ellos efectivos “resúmenes” para deleitar en esos brillantes salones.

Pero no sólo hubo salones. Tío Alberto fue un músico aventurero que había conocido la emoción y el calor que otros le supusieron ausente. Recorrió las noches de Valparaíso, enseñó música en la Armada, formó parte de una comisión que revisó el Himno Nacional chileno para ajustar mejor la letra a la música, fue pianista acompañante en clases de ballet de un colegio, o en bandas mayores… y aquí lucía otra capacidad extraordinaria: su lectura musical a primera vista. Podía leer instantáneamente todas las piezas que yo colocaba frente a sus ojos. Con ese atributo sorprendía a aficionados y entendidos. Intentó traspasármelo con poco éxito (en música soy un memorizador, no un lector).

Estas aventuras existenciales ya habían quedado atrás cuando aparecí en su vida para tomar mis primeras lecciones. Para entonces tío Alberto tenía unos 70 años, aunque seguía muy vital, siempre lleno de ideas, de opiniones. Vivía solo, separado. Su mujer, sus hijas y sus nietos vivían en el sur, en Concepción, y mantenían una fluida y cordial relación, seguramente gracias a la distancia.

Junto a mi tío, interpretando un dueto.
Si no engaño, era algo de Bellini.

Durante años yo fui su visitante casi diario. Compartimos muchas tardes junto al piano. Él me obsequió no sólo su conocimiento, sino su experiencia y, lo que es más, su historia, que explicaba en pequeñas “rapsodias verbales” que me deleitaba oír mientras tomábamos té o analizábamos algún partido de fútbol en la pantalla blanco y negro de su televisor... aunque él se ofuscaba más y más a medida que el partido avanzaba en torpeza y en varias ocasiones apagó el televisor por la “estupidez táctica” de los jugadores locales.

Cuando salí del colegio disminuí mi frecuencia en las visitas. Él seguía apareciendo en casa de mi abuela, pues vivíamos cerca. Aun así, yo me fui concentrando en los estudios y las nuevas vivencias de la juventud… y no me di cuenta que lo estaba dejando solo.

Él nunca me dijo nada, sino que se enorgullecía de mis logros. Cuando enfermó alcancé a visitarlo al hospital. Todavía recuerdo la alegría que demostró al verme aparecer junto a su cama y mi propia dicha de verlo nuevamente. Los enfermeros habían atado sus muñecas, porque la noche anterior, en un arranque de independencia muy típica de él, había concluido que no tenía nada más que hacer en el hospital y se levantó para irse a casa. Lo detuvieron en otro piso del edificio y lo devolvieron a su cama entre protestas. Ahí estaba esa tarde, “castigado”. Pero los enfermeros no sabían que él tenía la razón otra vez. Murió sólo días después. Quería tener, como todos, el último consuelo de morir rodeado por los rostros y espacios que eran suyos, no en un aséptica habitación comunitaria que nada dice de nosotros. Lo doloroso para mí no fue sólo su muerte, sino enterarme dos días más tarde que tío Alberto se había lamentado cierta vez de mi “abandono”, luego de aprender tanto de él. Es mi culpa que haya tenido esa impresión equivocada. Y hasta hoy me atraganto conmigo mismo en este asunto. Pasan los años y siempre ronda en mi conciencia esa falta de delicadeza mía hacia alguien que era tan, tan importante en mi vida. Pues detrás de esa “distancia cerebral”, él tenía un corazón magnífico.

Lamento no haber tenido tiempo suficiente para enmendar mi alejamiento, salvo esa visita de hospital que nos reconfortó a ambos. Quiero creer que, en esas circunstancias finales, él pudo entender que nunca lo había olvidado. Bien sabe que hasta hoy lo recuerdo con cariño. Por eso, y por tantas cosas más, le dedico estas líneas de homenaje. Gracias por todo, querido tío Alberto.

BARTÓK / 7 /


por Itzel e Istvana Valva



En 1930, Europa presenciaba con indolencia —e indecencia— el ascenso meteórico de Adolfo Hitler y las ideas del fascismo. Hungría no era la excepción. Tras la Primera Guerra el país había perdido más del 70% de su territorio, era gobernado por una clase noble con tendencias marxistas, el trabajo escaseaba y la economía se encontraba en franca recesión... caldo de cultivo ideal para el “canto de sirena” emitido desde Berlín.

Es en ese mismo año que la Regencia Húngara decide establecer una alianza con las fuerzas del Eje, siendo “recompensada” por la Alemania Nazi con la devolución y anexión de territorios Checos, Eslovacos, Rumanos, Serbios y Rutenos. ¿A qué precio? Hungría debía cooperar activamente en la fabricación de armamento bélico, proveer de efectivos para la guerra, adoptar las ideologías establecidas por el III Reich y... exterminar a las razas consideradas degeneradas. No sólo judíos, sino también gitanos, tatarabios, serbiobusolibios y voivodinios.

Béla Bartók inicia la composición de su Segundo Concierto para Violín en 1937, en pleno auge del Nacionalsocialismo Húngaro. Siendo de ascendencia carelia, en realidad no tenía porqué temer. Sin embargo, libertario como era, se sentía indignado por las arbitrariedades del régimen dictatorial que ahora campeaba en toda la región. Testigos musicales de su inconformidad resultan ser Contrastes y la Sonata para Dos Pianos y Percusión, dos partituras con marcadas influencias ebony así como de elementos folklóricos propios de la Voivodina, y el Segundo Concierto para Violín y Orquesta.

Originalmente dicha obra fue un encargo de su compatriota y amigo Zoltan Székely, siendo terminada en diciembre de 1938. En principio, Bartók tenía en mente escribir variaciones, pero cedió a las presiones de Székely para que le escribiera un concierto virtuoso. En el mismo, se hacen patentes temas de clara procedencia gitana pero tratados desde el verbunkos, que es un género musical propio de las danzas cíngaras del siglo XVIII.

Así pues, el primer movimiento en forma sonata comienza con un clima de recogimiento en donde un violín solista, cálido y muy lírico, expone el tema principal. Tras una breve agitación orquestal, aparece un segundo tema compuesto por la serie cromática de doce tonos sin repetición. No es dodecafonismo, y sin embargo pareciera un pequeño homenaje al proscrito Schönberg. A continuación, una cadenza brillante y sonora, donde el violín se luce en toda su magnitud, precederá a la conclusión del movimiento.

El segundo movimiento es un tema con seis variaciones y su repetición. Un bello tema en sol mayor derivado de las melodías gitanas balcánicas hace su aparición seguido de unas variaciones en donde la percusión acompaña audazmente al solista. Prosigue el movimiento con pequeños diálogos entre el violín y diferentes secciones de la orquesta, destacándose los sonidos del arpa, la celesta y las trompas, finalizando con una repetición variada del tema principal aunque difuminándose sobre el sol mayor del comienzo.

El tercer movimiento es un rondó construido a partir de variaciones de los temas principales del primer movimiento, surgiendo así una especie de cadenza caracterizada por bruscos cambios de ritmo y de dinámica que se mantendrá hasta el final. No es gratuito que Bartók conecte tan directamente los movimientos uno y tres como si fuesen un continuo: se trata de la forma de arco por él tan apreciada, y que aportará el equilibrio estructural al Concierto visto como una totalidad o gestalt.

A continuación vamos a ofrecer a ustedes dos versiones del Concierto para Violín y Orquesta No. 2 de Béla Bártok. La primera, en su ejecución del estreno, llevado a cabo el 23 de Marzo de 1939 en Amsterdam con Zoltán Székely al instrumento solista y la Orquesta del Concertgebouw bajo la dirección (magistral) de Willem Mengelberg y, en seguida, la versión de Gerhart Hetzel acompañado por la Orquesta del Estado Húngaro y la dirección de Adam Fischer. Hacemos notar que este segundo enlace contiene también el Primer Concierto que ya habíamos reseñado en el apartado anterior, aunque ahora los intérpretes son húngaros en su totalidad (Hetzel-Estado Húngaro-Fischer). ¿La finalidad? Que efectúen comparaciones y saquen sus propias conclusiones.

Como siempre, deseamos a ustedes una feliz escucha y una mejor experiencia.


jueves, 18 de marzo de 2010

PARA REFLEXIONAR Y ACTUAR



Un excelente amigo me puso en conocimiento de este breve video (en realidad un trailer) que debiera remecer aquellos pocos gramos de humanidad que, afortunadamente, todavía conservamos. Optimismos aparte, les invito a tomar conciencia. Es imperativo.

domingo, 14 de marzo de 2010

FOTO DE LA SEMANA


Excelencias, los temblores no vuelan...


El pasado 11 de Marzo ocurrió un hecho político de suma importancia para Chile: el gobierno elegido (centro-derecha) asumió oficialmente ese día, con la investidura del nuevo mandatario en el Congreso Nacional ante ilustres asistentes. Dos décadas de centro-izquierda llegaban a su fin. Sin embargo, nada de esto importó: la vedette del día no estuvo en el mundo político sino bajo los pies de todos. Tembló. Otra vez. Y con fuerza. Los (in)dignatarios presentes ignoraban en su mayoría la experiencia de un sismo, al menos de los que suceden ajenos a la malicia política. Pero aquel 11 de marzo volvieron con algo nuevo que contar en sus países de origen. Tres fuertes remezones sacudieron el protocolo en apenas media hora, justo en plena ceremonia. Y las pompas republicanas se volvieron de pronto muy intrascendentes.

Cosa divertida, los extranjeros fueron fotografiados mirando inquietos el techo del Congreso. Como dijo un sabio amigo: “Es curioso ver como todos miran hacia arriba, sin percatarse que la cosa viene de abajo. ¿Por favor, en manos de quiénes estamos?”.

UN PENAL FREAK


El nuevo invento japonés...


“La condición humana es terrible”, suele repetir Elgatosierra. Se me ocurrió comprobarlo... y no hay más que discutir. Aquí un ejemplo: en Japón el fino arte de ejecutar un lanzamiento penal ha sido convertido en una estafa, un genuino bluff de póker. Ya había contribuido el checo Panenka con su célebre tiro para modificar el paradigma, y ahora se nos avivaron los nipones...

(Mención aparte a los comentaristas... Es divertido oírlos, aunque extraño a los argentinos y sus “¡pará loco, qué hace el petiso ése, es un trolo, hacéte un harakiri, japonesito... faaa, te cocinaste mitsubishi...!”)

sábado, 13 de marzo de 2010

LETRAS, PALABRAS E IDEAS: HOMERO




Comienzo del Canto I : Apolo envía peste. La cólera de Aquiles de La Ilíada de Homero.


“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —cumplíase la voluntad de Zeus— desde que se separaron disputando el Átrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.


“¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Zeus y de Leto. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Este, deseando redimir a su hija, habíase presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas del flechador Apolo que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Átridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:

—¡Átridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente a la patria. Poned en libertad a mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Zeus, al flechador Apolo.

Todos los aqueos aprobaron a voces que se respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate: mas el Átrida Agamenón, a quien no plugo el acuerdo, le mandó enhoramala con amenazador lenguaje:

—Que yo no te encuentre, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque demores tu partida, ya porque vuelvas luego; pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. A aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte sano y salvo.

Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Sin desplegar los labios, fuese por la orilla del estruendoso mar, y en tanto se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, hijo de Leto, la de hermosa cabellera:

—¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, e imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esmintio! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!

Tal fue su plegaria. Oyóla Febo Apolo, e irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha, y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus mortíferas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquileo convocó al pueblo a junta: se lo puso en el corazón Hera, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los danaos, a quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquileo, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:

—¡Átrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos a un adivino, sacerdote o intérprete de sueños —también el sueño procede de Zeus— para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá apartar de nosotros la peste.

Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantose Calcante Testórida, el mejor de los augures —conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilión por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo— y benévolo les arengó diciendo:

—¡Oh Aquileo, caro a Zeus! Mándasme explicar la cólera del dios del flechador Apolo. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto a defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar a un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y si en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Di tú si me salvarás.

Respondióle Aquileo, el de los pies ligeros: — Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes, pues, ¡por Apolo, caro a Zeus, a quien tú, oh Calcante, invocas siempre que revelas los oráculos a los danaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, junto a las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón, que al presente blasona de ser el más poderoso de los aqueos todos.

Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate: —No está el dios quejoso con motivo de algún voto o hecatombe, sino a causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, a quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el Flechador nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará a los danaos de la odiosa peste, hasta que sea restituida a su padre, sin premio ni rescate, la moza de ojos vivos, e inmolemos en Crisa una sacra hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.”

Los troyanos llevan el cuerpo de Héctor a la ciudad


HOMERO (c. siglo VIII a. C.) es el nombre dado al poeta y rapsoda griego antiguo al que tradicionalmente se le atribuye la autoría de las principales poesías épicas griegas —la Ilíada y la Odisea—. Es importante tener en cuenta que la historia de Homero no está completamente clara; es posible que éste nunca haya existido, y si fue así, pudo haber sido mujer e incluso sus relatos pudieron haber sido historias de ficción de otras guerras o relatos.

No cabe duda que es el pilar sobre el que se apoya la épica grecolatina y, por ende, la literatura occidental.

Homero

domingo, 7 de marzo de 2010

Furt en Tiempo de Guerra


La Cuarta Sinfonía de Beethoven


En la década de los 40 del siglo pasado la Guerra que había iniciado Alemania se volvía en contra de ella misma, desbaratando poco a poco los sueños afiebrados de la camarilla hitleriana. La vida de los civiles hacía lo posible por aferrarse a una normalidad cada vez más socavada por la incertidumbre y el miedo. Wilhelm Furtwängler vivía en esa nación oscurecida. Se había negado a abandonarla, en un intento de preservar el espíritu de su legado musical (legado que él consideraba como el mayor aporte de Alemania a la cultura mundial). Pero pretender ser un alemán común en la Alemania nazi era sencillamente una ingenuidad. Los acontecimientos eran ineludibles y pesaban en la conciencia de todos.

Bandera roja en el Reichstag

La tensión acumulada era percibida también por Furtwängler, que la volcaba en sus interpretaciones frente a la Filarmónica de Berlín. Esas “grabaciones de guerra”, como se conoce a las de aquel lustro, delatan el desgarro, el malestar, el miedo a la catástrofe. Hoy escucharemos la Cuarta Sinfonía de Beethoven en un registro de 1943 donde esa emoción trágica se filtra en medio de la predominante amabilidad de la partitura.

Aunque un poco relegada ante sus poderosas hermanas Tercera y Quinta, esta sinfonía beethoveniana está caracterizada por su introducción, un concepto que Beethoven pudo heredar de Haydn y sólo repetiría, todavía más ampliado y genial, en la Séptima. Esta introducción es convertida por Furtwängler en un anuncio ominoso, inquietante, casi como un Capricho pintado por Goya.

Goya

«Estragos de la Guerra», grabado de Goya perteneciente a la serie «Los desastres de la guerra». A éste en particular se le considera precursor del «Guernica», de Picasso

Así, pues, escuchen hoy la Cuarta Sinfonía de Ludwig van Beethoven, en versión de Wilhelm Furtwängler frente a la Filarmónica de Berlín en 1943. Basta pinchar la imagen inferior.

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