lunes, 30 de marzo de 2009

El ‘Pequeño’ Brahms


Brahms joven, con su aire ‘a lo Sting’

Que Brahms haya sido un gran compositor camerista en un siglo de sinfonismo desatado, habla mucho de su personalidad. Además de terco, era un amante de las pequeñas formas. Aunque lleve la etiqueta de “clasicista” —y sin desconocer su amoroso apego al legado de sus ancestros— Brahms se prodigaba en formas nada clásicas: Intermezzos, Rapsodias, Fantasías, Baladas... Es decir, en él las formas avanzaban hacia un controlado grado de experimentación; con relación al pasado no sentía una devoción estática sino creativa, renovadora. Cuando componía para pequeños conjuntos, ampliaba a menudo el canon clásico con un instrumento adicional (piano, clarinete, incluso corno) o la repetición de algún integrante (2 violas, 2 violonchelos, etc.).

Brahms se basta con esa asociación mínima para elaborar mundos de minuciosa riqueza. Lo inmenso en lo pequeño. Verdaderos “aleph” que admiten facetas interminables.

Creo también que su carácter introvertido se revela en la “vida interior” que otorgó a estas obras, donde abundan las melodías subyacentes —voces semiescondidas que poco a poco vamos descubriendo con satisfacción— y también la firme austeridad impuesta a la expresión emotiva.

Por fin, y como siempre sucede con él, no es música que salga al encuentro de nosotros, sus oyentes, sino que nos pide ir hacia ella. Y aunque esta jornada pueda resultar inicialmente difícil, pronto la agradeceremos; entre el dolor y el amor, Brahms nos ofrecerá el magnífico obsequio de su creación.

* * *

Comparto aquí el relegado Trío Op. 114 para Piano, Clarinete y Violonchelo, una obra estupenda que involucra a tres instrumentos disímiles en un discurso común. Les sugiero revisar este LINK para conocer la obra en detalle.


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B R A H M S

Trío para Piano, Clarinete y Violoncello
en La menor Op.114


» D O W N L O A D

Tamás Vásáry, piano
Karl Leister, clarinete
Ottomar Borwitzky, cello
Registro de 1981

MP3 VBR (LAME 3.94b) ~ 41 MB

jueves, 26 de marzo de 2009

Diez años


En vísperas de tu primera década de ausencia, madre, te recuerdo en estas líneas que para ti serían extrañas. Mencionarte en un blog te resultaría inusitado; pero a la larga, sólo es una renovación de métodos para hacer lo que siempre hemos hecho los seres humanos: comunicarnos, desahogar el corazón.

No viene al caso, madrecita, evocar tu biografía. Un homenaje debe apuntar más bien a lo esencial; aquello que la homenajeada fue, y que nadie más será. Aquello que te hizo única.

Ciertamente cada criatura humana es única, pero tú lo fuiste de manera resplandeciente. Fuiste Madre con mayúsculas; más todavía, fuiste un símbolo de la Maternidad. Pues si el amor incondicional define a una madre, eso te definió a ti. Te vi a veces molesta u ofendida, pero nunca fuiste tú la molestia ni la ofensa; fuiste el cariño que nunca se cansó, que jamás puso condiciones, que siempre supo perdonar.

Me permito recordar apenas este episodio: en la sala del hospital, tres días antes de partir, cuando te visité junto a tus amigas, tú nos sorprendiste a todos preguntando con un hilo de voz por cada una de las personas ausentes. Y cuando una de las visitas te preguntó, sorprendida, cómo podías recordar a tantos, tú sonreíste con ojos cerrados y llevaste tu dedo a la cabeza. Nunca olvidabas a quienes querías.

Así pues, madrecita, diez años después de que el cáncer encendiera una nueva estrella en el cielo al llevarte a ti, te digo lo que ya sabes: si Dios me mostrara todas las madres del mundo y me diera la libertad para elegir una... volvería a elegirte a ti. Te tuve solamente 25 años. Pero ya vendrá la eternidad. Mientras tanto, ojalá este hijo tuyo, tu legado, pueda causarte orgullo.

Feliz aniversario mamá. Saludos a papá.

Tu Quino.

sábado, 14 de marzo de 2009

Historia de Dos Hermanos (II)

[François Porché, 'Baudelaire - Historia de un alma', Cap.II]

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Pero entre esa multitud abigarrada, ¿dónde está el hermano espiritual, el que le aprecia a uno en su justo valor porque uno se le parece, el que no ignora que uno es un príncipe, a pesar del paletó raído, porque es todo aristocracia bajo sus vestidos?

¿Dónde está ese gemelo querido, ese doble de uno mismo, que cada artista, sin saberlo, busca locamente a través de la vida? ¿Dónde estás tú, dandy cimbreante que ocultas a todas las miradas un alma virginal? ¿Dónde estás tú, que te emborrachas con alcohol hasta caer en el arroyo, pero que sabes que entre la borrachera vulgar y tu propia borrachera hay mundos de pensamientos, montañas nevadas de delicadezas, abismos de dolor?

Tú, que conoces mis vicios, porque son los tuyos; tú que has seguido siendo puro como yo bajo la capa manchada, tú a quien aprieta la pobreza como me aprieta a mí, a quien atormenta la enfermedad como me roe a mí; tú que vas perseguido como yo en el torbellino de las calles, solo, irremediablemente solo en todos los lugares públicos, en las salas de espera de las estaciones, en las cervecerías, los teatros, los conciertos, los bailes populares, bajo el gas cegador. ¿Dónde puedo encontrarte, espejo de mí mismo? Sin duda no eres sino una criatura de mi imaginación, un sueño febril, o ese consuelo ilusorio y breve que cada vez me cuesta más encontrar en el fondo de mi frasco de láudano.

Baudelaire creyó durante mucho tiempo que su esperanza era quimérica. Quizá ni siquiera había tenido la sensación de que buscaba a través del tiempo y del espacio esa especie de equivalente de su ser, esa respuesta a su vida, esa justificación y, en fin, esa excusa. Quizá nunca había formulado ese llamamiento profundo de su alma. Pero lo cierto es que, consciente o no, deseaba con todas sus fuerzas ese encuentro, esa coincidencia inesperada, pues en toda su vida no sintió una emoción comparable con la que se apoderó de él el día en que por casualidad se alzó ante él la personalidad misteriosa de Edgar Allan Poe.

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Una noche de octubre de 1846 cayó en sus manos en un salón de lectura un artículo de la Revue de Deux Mondes que se titulaba ‘Los Cuentos de Edgar Poe’. Recordaba que sus dedos se habían puesto a temblar como la noche en que vio a Jeanne por primera vez. Pero en este caso no era el temblor vago de la carne perturbada; era una vibración superior y casi musical, una gama de correspondencias intelectuales, un canto enigmático que se elevaba sobre el mar, a tres mil millas de distancia, y que decía: ‘¡Hermano! ‘¡Hermano!’


sábado, 7 de marzo de 2009

Historia de Dos Hermanos (I)

[François Porché, 'Baudelaire - Historia de un alma', Cap. II]

Entre los seres que rodean a una vida, ¿cuáles son los reales y cuáles los fantasmas? ¿Acaso los seres humanos con los que nos codeamos a diario no son a veces sombras para nosotros?
Apenas había en Francia un autor célebre que Baudelaire no conociera personalmente o al que no se hubiese acercado alguna vez. Balzac había muerto, pero el poeta había conocido en la calle al gran novelista en la época en que era todavía un adolescente, y luego se vio con él muchas veces. Víctor Hugo estaba desterrado, pero anteriormente le visitaba Baudelaire en el número 6 de la Place Royale. Conocía a Théophile Gautier desde hacía mucho tiempo. Sainte-Beuve, a quien enviaba versos desde 1844, le trataba con benevolencia, por lo menos verbalmente. Baudelaire lo llamaba “el tío Beuve”. Delacroix, en cuyo estudio de la calle Notre-Dame-de-Lorette le introducía con frecuencia Jenny, el ama de casa, tomaba en consideración sus consejos. Sin duda se trataba de hombres cuyo talento, y hasta cuyo genio en lo que se refería a algunos de ellos, era indiscutible.

http://records.viu.ca/~mcneil/jpg/caillebotte.jpg

Además contaba con camaradas, con colegas que eran verdaderos poetas o verdaderos escritores. [. . .] Y junto a los jefes de fila que Baudelaire admiraba, junto a los compañeros que estimaba, se apretaba el tropel confuso de las relaciones literarias: cronistas, folletinistas, críticos de arte, asistentes habituales a las comidas de Philoxene, el pequeño lírico cruel; a los viernes de Mürger y al café Tabourey, la cervecería Des Martyrs, el Divan Le Peletier, el café de la Régence, adonde Musset iba algunas veces a jugar al ajedrez; el fumadero de Valois; el restaurant Cousinet de la calle Du Bac. En esos lugares se estrechaban las manos, se cambiaban saludos y sonrisas convenidas, se compartían algunos entusiasmos y sobre todo algunas enemistades y había mucho ruido, muchos gestos.


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