lunes, 7 de diciembre de 2009

¿QUIÉN JUZGA A LOS QUE JUZGAN?


Tenemos los Tres Poderes de nuestra democracia. Tenemos la Ley. Tenemos los castigos a quienes infringen la Ley. Su aplicación equivale a la justicia (con minúscula). Los tribunales analizan la conducta de los ciudadanos de cara a la Ley, y les cargan el peso de su responsabilidad. Es decir, juzgan las decisiones que tomamos. OK, eso está bien, así debe ser. Pero significa consagrar además el principio del análisis a la conducta humana, para sancionar la responsabilidad de sus actos. Obvio, ciertamente, pero ¿cuándo se produce esto con relación a quienes juzgan? ¿En qué momento un juez se hace cargo de sus malas decisiones?

Si todos los ciudadanos merecen un castigo cuando toman malas decisiones (faltas, delitos), ¿cómo pasar por alto a aquellos cuyas decisiones significan la aplicación de la Ley sobre los actos de los demás?

Veo a los jueces de la República caminar por los pasillos de tribunales nimbados con su autoridad, como si en algún momento se hubieran convertido en semidioses, y me pregunto: ¿Quién juzga a los que juzgan? ¿Por qué las responsabilidades de todos son examinadas por personas cuya responsabilidad, cuando falla, nadie suele examinar?

La pertenencia a un poder del Estado no suprime la naturaleza humana, ni sus fallas, ni su responsabilidad. La humanidad nunca se escabulle de sí misma.

2 comentarios:

mara dijo...

YO ACUSO, escribía Émilie Zola al Presidente de Francia por el caso Dreyfus. No era juez ni fiscal. Y sin embargo acusó y juzgó a los que juzgaban.
El silencio, la omisión, también juzgan, "Taking sides".

Quinøff dijo...

Touché! Hasta la ingenuidad puede ser, en ciertas situaciones, culpable. Por inadmisible. El bien tipificado pecado de omisión. Los pánfilos también pagan...

“Taking sides” — eso abre todo un territorio para lo que argumento. Hay juicios pendientes en la Historia del siglo XX. Incómodos pero necesarios juicios. Ya juzgamos a los nazis; faltan los aliados. Falta que respondan por bombardear escuelas y luego pretenderse mejores que los nazis, por lanzar dos veces la bomba atómica y pretender que eso es victoria. En la sucia confusión de la guerra nadie gana.

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