«Les Musiciens», óleo de Albert Bartholomé (1848-1928)
Hay gente que cree que la música clásica es un arte extraño, a la vez distinto y distante, que poco o nada sabe decir al corazón humano en nuestro tiempo. Amigos o amigas a quienes quiero mucho no titubean en acusarme a veces, con sonrisa socarrona, de preferir la «música fome», chilenismo que significa música aburrida, insípida. Pobres amigos...
Al mismo tiempo en barrios modestos, a veces marginales de la ciudad que habito, progresan iniciativas valientes para formar a muchachos muy jóvenes en la práctica de algún instrumento musical, reuniéndolos en orquestas principiantes. Este empeño ha logrado cuasi-milagros sociales por obra y gracia de la tal «música fome». Probablemente alguno de esos niños estará ahora mismo ensayando con su violín o su clarinete, abismándose ante un universo nuevo. Sé que esto ocurre. Mi embeleso personal con más de cinco siglos de tradición musical, el mismo embeleso que intento compartir con ustedes a través de esta página, data de los días del colegio, cuando correr tras una pelota en los recreos o enmudecer frente a alguna chica en particular era tan frecuente y natural como descubrir las notas bellas escritas por un alemán sordo en Viena, mucho mucho tiempo atrás. La conexión con la gran música se produce a despecho de cualquier prejuicio porque, como aquel mismo sordo escribió, es música «salida del corazón y destinada al corazón». Lejos de ser aburrida, resulta trascendental: une, reaviva, eleva.
Escribo esto al compartir con ustedes un registro de lieder interpretados por el grandísimo Dietrich Fischer-Dieskau, barítono-bajo cuya reciente desaparición aún conmociona, y ello precisamente porque caló hondo en el corazón de generaciones durante su larga trayectoria. Su voz, perfecta en timbre y técnica, sabía estremecer. Fue gracias a Fischer-Dieskau que conocí las canciones de Schubert y, a continuación, de una larga estela: Schumann, Loewe, Wolff, Brahms, Mahler... etc.
Ahora que el insigne cantante bávaro ha dejado este mundo, la añoranza es inmensa, como si formara parte de mi familia más cercana. Ojalá estos artistas supieran lo centrales que llegan a ser en la existencia de incontables personas, a las cuales tal vez nunca conozcan pero que siempre les dedicarán aprecio, cariño, gratitud.
Es que por medio de ellos el milagro de la vida y de la creación —cada vez más indispensable en un mundo poluído de contradicciones— acude a rescatarnos del tedio, la estrechez, la mediocridad, devolviéndonos lo mejor de nosotros mismos.
Con gratitud, pues, despido a este amigo compartiendo interpretaciones suyas de Lieder sobre poesías de Goethe grabados junto al pianista Karl Engel en 1970 — registro reeditado en 1995 por el sello ORFEO.
aquímp3 VBR ~ 205kbps | 29 tracks | .7z 78,3 MB | scans | yandexDIETRICH FISCHER-DIESKAU, barítono
/ KARL ENGEL, piano



De Músorgsky diremos que fue el más genial de cuantos reunió Balakirev. Su temperamento comunicativo y original se avino a la música escénica, donde descolló como autor operístico. Tuvo un notable enfoque de la lengua rusa adaptada al canto y firmó ciclos breves, pero memorables, de canciones de concierto. También escribió algunas páginas netamente sinfónicas y otras tantas para piano solista, entre las cuales sobresale la suite Cuadros de una Exposición; pero su precaria formación musical, así como la inestabilidad nerviosa y el desorden constante en que pasó sus días, mermaron la eficacia de sus esfuerzos creativos. Tras su muerte, su obra saldría a la luz gracias a otros músicos que la hicieron «presentable» para las salas de concierto. Sólo con el correr del tiempo se cayó en cuenta que la buena voluntad de estos mediadores había escondido audacias todavía más valiosas, y durante el siglo pasado se fue realizando un redescubrimiento del «auténtico» Músorgsky. Pero cuidado; el famoso óleo de Repin que retrata al compositor en el triste desaliño de sus días finales ha llevado a pensar que esa imagen a lo Rimbaud corresponde a su vida entera, y nada más falso. Músorgsky, aunque inigualable cantor del pueblo ruso, nunca renegó de su cuna aristócrata, empleaba fluidamente el francés en muchas de sus cartas, como se estilaba en su medio, y fue cuidadoso de su aspecto y su vestir.

